Crónicas de Alasia (LII): El Asalto a Redoran

LOS ESCUDOS DE PIEDRA

  • Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
  • Tobruk, enano ex-esclavo convertido en furioso luchador
  • Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos
  • Flambard Finnegan, cronista y poeta mediano con ínfulas de enano

Halcón 28

Tras limpiar sus armas de la sangre de los kobolds, los Escudos de Piedra inspeccionaron el perímetro del patio antes de iniciar su asalto al Castillo de Redoran. La idea era asegurarse de no dejar a ningún posible enemigo a sus espaldas, pero lo que hallaron les resultó más interesante: una caja de hierro oculta en las ruinas de una de las torres, que contenía lo que sin duda era el tesoro de las viles criaturas, varias monedas de oro y una gema negra. Demasiado grande y pesada para llevarla consigo, decidieron ocultarla en la guarida del gusano carroñero, bajo las puertas podridas. En ella también guardaron algunas de sus armas de repuesto, algo que se confirmaría a no mucho tardar como una idea excelente. Después, los tres enanos y su compañero mediano se encararon de nuevo con las antiguas ruinas, y cruzaron su umbral en pos de su presa.

El vestíbulo de entrada estaba bien iluminado por la luz del sol que se filtraba a través del umbral, y estaba salpicado de escombros. No les hizo falta el experto ojo de Lomborth para descubrir en el polvo las huellas de varias criaturas entrando y saliendo, sobre todo en dirección a una puerta cerrada al norte. Al este y al oeste, sendos umbrales daban paso a la oscuridad. Asomando la cabeza por el acceso occidental, y aprovechando que la penumbra no le perjudicaba en absoluto, Grugnir comprobó que más allá había una cámara mohosa con varias mesas y sillas de madera, y una chimenea que ascendía junto a un gran agujero en el techo de piedra. El grupo decidió avanzar en la dirección contraria.

MistamereUn dungeon old-school donde los haya…

Mientras avanzaban por una sala ruinosa y de vigas peligrosamente podridas, el grupo llegó hasta lo que parecía ser un almacén repleto de cajas y barriles polvorientos, Flambard especuló sobre la presencia de los kobolds en el castillo. Se decía que era habitual que magos e individuos de semejante ralea emplearan a monstruos como guardianes, y el mediano había oído hablar de una tribu kobold cercana que había estado dando problemas a la aldea de Welkyn. Sin duda, allí les había reclutado ese Gerbal. Las cavilaciones de los Escudos se rompieron bruscamente cuando una de las cajas saltó convertida en astillas y de su interior surgió un cadáver humano putrefacto que atacó a Tobruk por sorpresa, golpeándole con su puño.

La criatura no-muerta se mostró considerablemente resistente, y sus golpes tenían detrás la fuerza de los condenados. Mientras los cuatro compañeros se esforzaban por derribarla, se empezaron a escuchar gemidos de ultratumba provenientes de una especie de armario empotrado. Las puertas del mismo se abrieron para vomitar más cadáveres. Uno tras otro, cuatro no-muertos lentos y pesados se les echaron encima bamboleantes, convirtiendo el combate en un asunto caótico y repentinamente peligroso.

No había demasiado espacio para luchar con libertad ni para grandes piruetas, así que a los Escudos de Piedra les fue imposible usar la lentitud de los cadáveres ambulantes en su beneficio, y se vieron obligados a poner toda la carne en el asador ya desde su primer enfrentamiento dentro de los muros de Redoran. [El combate cerrado complicaba bastante algunas de las tácticas habituales de algunos PJs, como las maniobras de flanqueo de Grugnir o el quedarse a distancia para disparar que prefería Flambard… Tobruk tuvo que recurrir a la furia casi desde el primer asalto]. Aunque emergieron vencedores, fue necesario que Lomborth empleara parte de sus poderes curativos para restañar las heridas de sus camaradas. Inspeccionando el armario del que habían salido los cadáveres, Grugnir comprobó que recorría por detrás toda la pared norte del almacén, y que parecía estar abierto por el otro lado. Intrigados, avanzaron en fila de a uno por el estrecho armario, y fueron a salir a lo que parecían unos aposentos. Antiguamente elegante, el dormitorio ahora estaba mohoso y polvoriento, y el dosel y las sábanas de la gran cama que aún contenía estaban sucios y harapientos.

Al no encontrar ningún peligro ni nada de valor en él, los Escudos examinaron las salidas. Un corredor llevaba al oeste, hasta lo que parecían ser unas escaleras descendentes, mientras que en la pared este se abría un nuevo umbral. Prefiriendo explorar toda la planta principal antes de hundirse en los sótanos del castillo, avanzaron hacia el este, llegando a un vestíbulo central. Si la orientación no les fallaba, se encontraban al otro lado de la puerta que habían visto al entrar, y las huellas en el suelo parecían confirmar eso mismo, entrando desde el sur para perderse por un umbral al oeste, opuesto al que les había llevado a ellos hasta allí. Al norte, una puerta de madera más recia y nueva les cerraba el paso. Decidieron averiguar qué se escondía detrás.

Resultó ser un gran comedor. Una larga mesa de madera ocupaba el espacio central, con una docena larga de sillas dispuestas a su alrededor. En cuatro de ellas se sentaban cuatro esqueletos, aún vestidos con los harapos de elegantes ropas de gala. En la mesa, frente a cada silla, había un plato de oro, junto a polvorientas copas de cristal y cubertería de plata. Una enorme chimenea de piedra reposaba junto a la pared del norte. El efecto era tétrico en su conjunto, pero hace falta mucho más que eso para amilanar a un enano cuando el oro aparece ante sus ojos. Lomborth se aproximó a la mesa y, ni corto ni perezoso, cogió uno de los platos dorados para examinar su valor. Rápidamente se dio cuenta del error que acababa de cometer, pero no pudo hacer nada para remediarlo. El color dorado del plato se debía a una capa de moho amarillento que los recubría a todos y cada uno, y en cuanto el discípulo de Dumathoin lo perturbó, se levantó en una nube de esporas venenosas que le envolvieron por completo y penetraron en sus pulmones. Lomborth era conocido por ser recio como un roble, pero empezó a sentirse enfermo y a toser incontrolablemente. Como si fuera una señal de aviso, un poderoso aleteo empezó a resonar en el gran comedor, seguido del batir de otro par de grandes alas, y de repente, del hueco de la enorme chimenea salieron volando dos criaturas grotescas, cantando con voces de ángel pero con la muerte asomada a sus ojos inyectados en sangre.

Parecían feas mujeres humanas de rostro contorsionado por el odio, pero tenían alas emplumadas y llenas de inmundicia y hollín, y sus piernas emplumadas terminaban en garras de pájaro. Las dos arpías empezaron a sobrevolar la cámara, y sus bellos pero disonantes cantos infectaron la mente de los Escudos de Piedra. Se sintieron totalmente cautivados por aquella extraña melodía, y de repente, olvidaron todo pensamiento que no fuera acercarse dócilmente a aquellas dos mujeres voladoras, totalmente hechizados. Las arpías descendieron sobre ellos, dispuestas a masacrarles mientras los enanos no hacían el más mínimo gesto para defenderse.

Pero afortunadamente, no todos habían sucumbido al embrujo. Flambard sabía de los poderes mágicos del canto de las arpías, y se obligó mentalmente a no escucharlo. Al momento, empezó a entonar un cántico guerrero, una oda al valor y a la gloria de la batalla cantada a pleno pulmón. La música del bardo empezó a elevarse por encima de la canción de los dos monstruos. Las dos mujeres-pájaro aumentaron la intensidad de su canto, pero Flambard no se quedó atrás, y su música siguió presentando batalla. El mediano se estaba desgañitando, pero poco a poco, su enorme esfuerzo empezó a surtir efecto. Las criaturas chillaron de rabia, y los tres enanos empezaron a salir de su nefasto trance, con el corazón henchido y los ánimos inflamados por el himno de Flambard. El grito de guerra a tres voces que resonó en ese momento en las ruinas de Redoran hizo temblar las paredes: ¡los Escudos de Piedra se lanzaban a la carga! Algo después, las dos arpías yacían muertas en el suelo, y a los cuatro compañeros les faltaba poco para seguirlas hasta el otro lado del Velo. Había sido un combate terriblemente ajustado, y lo habían tenido que dar todo.

[Este combate les fue muy, muy, pero que muy justo. Quizá más que la lucha contra Vorlak y los suyos. Si no llega a ser por la oportuna presencia de Flambard, y porque fue el único en superar la tirada de salvación contra la canción de las arpías, la cosa hubiera terminado fatal. Ya cuando les describí como salían las ¡dos! arpías justo después del moho amarillo, los jugadores pusieron cara de pánico. A aquellas alturas de la campaña, ya no debería haberles sorprendido encontrarse con cosas “demasiado peligrosas para su nivel”, pero en fin.]

Quizá sí tengas sangre de enano en esas venas, muchacho -le dijo Tobruk a Flambard. Por primera vez, los tres enanos le miraron no como a un secuaz o empleado, sino como a un miembro de la compañía por méritos propios. Sabían perfectamente que les había salvado el pellejo. Incapaces de proseguir con su asalto a Redoran en su actual estado, y con toda su magia y recursos agotados, los Escudos de Piedra salieron al exterior, con la intención de descansar frente a las murallas del castillo y así controlar si había movimientos de entrada y salida. Pero al llegar al patio, les aguardaba otra sorpresa.

Dos siluetas se alzaban en medio del patio, escudriñando y viéndoles salir por el umbral. Una tenía la inconfundible figura alta y esbelta de un elfo. Llevaba un arco largo en las manos y estaba apuntando en su dirección. Insólitamente, a su lado se encontraba nada más y nada menos que otro enano. Este último les miró fijamente, con cara de pocos amigos, escupió al suelo, y les dijo, más gruñendo que hablando:

Los Escudos de Piedra, supongo. Que me fundan si no llevo días persiguiéndoos por estos puñeteros caminos olvidados por el Forjador. Vosotros no perdéis el tiempo, ¿eh? Mi nombre es Caellum, y quiero saber qué demonios hay que hacer para unirse a esta maldita compañía.

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Un pensamiento en “Crónicas de Alasia (LII): El Asalto a Redoran”

  1. Gran entrada. La espera para una de tus entradas se me había hecho eterna. Genial ese mediano, que sin duda ahora puede decir con orgullo que pertenece a los Escudos de Piedra.

    Tienes un don para los cliffhangers. Ahora tendré que esperar a ver cómo se resuelve la reunión con el nuevo par de socios (o socio en singular?).

    Le gusta a 1 persona

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