Crónicas de Alasia (LVII): El Retorno de los Portadores

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Adavia Morthelius, hechicera enoquiana recién iniciada como Dra’gashi
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Sir Alister Norff, gigantesco caballero de la Orden del Dragón
  • Assata Silil, invocadora kushita capaz de llamar a su eidolon panteriforme Shakar
  • Ealgar, aprendiz de herrero, poseedor de un misterioso tatuaje

Cosecha 1

El halcón había pasado de largo, y por fin el mes de la Cosecha acababa de empezar, trayendo consigo los últimos días de verano. La ciudad de Nueva Alasia era un bullicio. Las noticias de que iba a celebrarse un gran Torneo se habían propagado como un fuego sobre la hierba seca, y sus habitantes parecían estar preparando la ciudad para la inminente llegada de nobles, dignatarios y caballeros que sin duda estaba a punto de producirse. Nadie era consciente de que en el sur se estaba levantando un puesto avanzado kanthiano, ni de que un brujo darkon que trabajaba en las sombras para desestabilizar la región había derrotado a los únicos que podían hacerle frente. Nueva Alasia se preparaba para el mayor festejo de su breve historia, y la población estaba exultante.

En el gran salón del Hacha y el Suspiro, Gorstan, desde la barra, presenciaba una reunión que no se había producido en dos semanas. Los Portadores del Amuleto se habían encontrado de nuevo alrededor de la Mesa del Mapa, y todos ellos parecían cambiados de una manera u otra tras aquellas dos semanas de separación. Cada uno parecía distinto a su modo, pero todos tenían algo en común. Parecían andar más ligeros, menos tensos y encorvados, como si sus almas se hubieran liberado de un peso enorme que les había mantenido oprimidos hasta entonces. El posadero ignoraba de que se trataba, pero incluso él sentía que la presencia de aquel malhadado grupo se hacía más liviana y luminosa que antes, como cuando sale de nuevo el sol tras haberse ocultado largo tiempo tras una nube de tormenta.

El cambio más evidente era el de la enoquiana, Adà. Había dejado de intentar disimular su orígen, y su cabello, antes teñido de un color negro azabache, le caía en una larga melena blanca como la nieve. Su atuendo también había cambiado, sustituido por los sencillos y negros mantos de una iniciada Dra’gashi. Pero por visibles que fueran esos cambios, no se podían comparar con el que mostraba su rostro, más sereno que nunca. Parecía una mujer que había hecho las paces consigo misma. Había pasado aquellas dos semanas prácticamente encerrada, sometida a un duro adiestramiento físico y mental bajo la tutela de sus dos maestros. Ial-Thas’ak se había encargado de fortalecer su cuerpo para resistir los rigores que implicaba entrar en comunión con las energías que bullían más allá del Velo, y a usar a voluntad esas energías como arma. Bajo su guía, Adà dio los primeros pasos en su senda para transcender la propia mortalidad. El maestro Rahab se centró en mostrarle los secretos más profundos del Seràh, y en convertir su mente en un bastión que protegiera su alma de lo que vería y sentiría al asomarse al otro lado del Velo. Le enseñó a comprender las energías que fluyen entre todas las cosas vivas y muertas, y como volverlas hacia su interior o hacia el exterior según le fuera más conveniente, y a imponer su voluntad sobre los muertos reanimados por espíritus retornados del más allá.

Fue entonces cuando Adà comprendió la mentira. Sus ojos nunca habían visto realmente. Tan sólo había podido observar el mundo tal y como lo conocen aquellos que nunca han recorrido el sendero del Seràh. Ahora ella entendía el significado de todas esas cosas que tan solo había creído percibir. Su instrucción acababa de empezar, pero su alma estaba entregada y pronto entró en comunión con las enseñanzas que recibía de sus maestros. Admiraba la fortaleza de Ial-Thas’ak y escuchaba atentamente cada palabra que pronunciaba el anciano Rahab. Su propio cuerpo reaccionó a aquello que despertaba en su interior, expulsando todo lo que fuera falso o impostado. Su cabello rechazó el tinte negro que usaba para disimular su melena plateada y sus ojos se iluminaron como si alguien hubiera encendido una vela dentro de ellos, una vela que ardía de un color verde pálido. Fue con esos ojos que entendió mejor todo cuanto sucedía a su alrededor, cómo todo estaba conectado al Círculo del Seràh, y que las cosas estaba sucediendo por alguna razón. La última noche de su adiestramiento, tras una antiquísima ceremonia secreta, Adavia completó su iniciación y aceptó su nuevo papel como Dra’gashi y guardiana del Gran Ciclo.

Shahin ibn Shamal, en cambio, había cambiado poco externamente, pero Gorstan también le notó distinto. Quizá fuera su porte, o su postura, pero había algo indefinible que indicaba al viejo aventurero que durante aquellos quince días el sûlita se había curtido como guerrero. Shahin había estado entrenando bajo la tutela del Ithandir Sovieliss de Liadiir, el alto elfo que servía de maestro de armas al Barón. Había sido un maestro extremadamente duro y severo, que no perdonaba ningún error, por nimio que fuera. El sûlita llevaba dos semanas luchando y peleando en desigualdad de condiciones, sin que se le permitiera usar los trucos mágicos y conjuros protectores de los que dependía tan a menudo en combate. Aquello le costó dolor, rasguños y moratones, pero sabía que sólo el fuego y los golpes podían templar el mejor acero, así que empezaba cada nuevo combate contra sus compañeros de entrenamiento con una sonrisa en los labios, aunque lo terminara medio muerto en el suelo.

El ambiente en el patio de armas del Ithandir le gustó a Shahin. Siempre solitario, estudiando las artes mágicas y explorando antiguas ruinas, nunca antes se había dado cuenta de lo mucho que le gustaba estar en compañia de soldados. Le gustaba la sana competición, el esfuerzo conjunto de superación y la camaraderia. El cambio de los lechos de la posada de Gorstan por los duros catres de los barracones del castillo había sido natural, el orden correcto de las cosas. La notícia de que se celebraría un torneo durante el festival de la cosecha había corrido por los barracones como el agua desbordada de un río. Todos los reclutas estaban emocionados. Podrían lucirse ante las damas y festejar de lo lindo. Shahin sonreía distraído ante los comentarios de sus compañeros, pero su ánimo no había estado para fiestas.

El sûlita recordaba las órdenes del Barón Stephan Sus palabras sobre el Amuleto habían sido tajante. Haciendo uso de su autoridad, les había liberado en gran parte de la pesada carga que habían acarreado hasta entonces y que les había obligado a estar en un estado constante de tensión y alerta. Pero Shahin empezaba a hacerse preguntas. Se estaba dando cuenta que llevaba semanas jugándose la vida por una causa pero que sus motivos no habían sido los correctos. Sí, aun pretendía salvar el mundo… pero ¿para quién? ¿Y a qué precio? Cuando se dejaba caer en el catre del barracón, agotado tras un dia de entrenamiento, las dudas le asaltaban. Se habían hecho sacrificios: habían caído compañeros de armas. El recuerdo de la muerte de Arn aun pesaba como una losa sobre sus hombros, sobre su conciencia… Su vida había el precio por salvar su alma, lo había tenido muy claro en el momento en que hundió la daga en el cuello del clérigo. Pero… ¿y si se había equivocado? ¿Habría podido salvarle de haberlo intentado? ¿O eran todas esas dudas la influencia del Amuleto poniendo a prueba su resolución, sembrando la duda para hacer flaquear su voluntad?

Una tarde buscó al Ithandir después de la lección. El elfo era adusto y poco dado a socializar pero sin duda escucharía sus cuitas. Cuanto más pensaba en ello más incierto le parecía todo. Sovieliss le escuchó con expresión imperturbable, y cuando fue el turno de darle respuestas, el alto elfo sacudió la cabeza. Él no podía darle lo que estaba buscando. Un guerrero debía tomar decisiones duras, y en ocasiones era necesario perder una batalla para ganar una guerra. Los sacrificios formaban parte de ello, y había que estar dispuesto a pagar el precio que fuera necesario para alcanzar la victoria. Y si la lucha era justa, no había precio demasiado alto. Lo peor que podía hacer un guerrero era dejar que la duda se apoderara de él. Un guerrero con dudas era una espada con mellas, un escudo hendido, una flecha torcida. No servía de nada a nadie. Si lo que buscaba era el perdón por sus actos, él no podía dárselo. Sólo los dioses y su propia conciencia podían concedérselo, y de ambos, la última era la más severa. Que sus actos fueran el testimonio de sus intenciones; sólo así volvería a verse digno. Shahin dió las gracias a su maestro, y éste le respondió que ya no lo era. Le había enseñado tanto de la esgrima élfica como era capaz de dominar por el momento, y a partir de ahora necesitaba poner en práctica lo aprendido, sublimar las enseñanzas recibidas en el crisol del combate a vida o muerte. Antes de despedirse, el sûlita preguntó al Ithandir si participaría en el Gran Torneo que se avecinaba. Sovieliss de Liadiir contestó negativamente. Estaba organizando una expedición a las ruinas de la Ciudad Antigua, y partiría en unos días junto a un grupo de hombres seleccionados cuidadosamente. Sorprendentemente, el elfo le preguntó a Shahin si quería formar parte de aquella expedición, aunque sabía de antemano cual iba a ser la respuesta. El alto elfo y el hombre del desierto se despidieron ante las puertas del castillo, ya no como alumno y maestro sino como dos guerreros que se respetaban mutuamente.

Sir Alister había estado también enormemente ocupado durante aquella quincena. El gigantesco caballero había dedicado casi todas las horas de sus días en ayudar en la organización del Torneo de Rocablanca, como había empezado a conocerse en toda Nueva Alasia. Había supervisado personalmente el reclutamiento de personal. Haciendo gala de un gran sentido común y de una curiosa capacidad de conectar y empatizar con el pueblo llano, había hecho partícipe a toda la población de la organización del evento. Bajo su dirección, los preparativos avanzaban viento en popa, y eran muchos quienes se habían animado a participar y colaborar con el montaje de gradas y andamios, la preparación de los campos y los circuitos, el inventariado de armas y armaduras, y demás tareas arduas pero necesarias. Sir Alister había cabalgado sin descanso de un rincón a otro de las Tierras Reclamadas, como tantos otros Caballeros alasianos, para llevar las nuevas a todas las mansiones y caseríos. Incluso había trabajado junto a lord Belenor Selwyn, el senescal, en la escritura de cartas y envío de palomas mensajeras que llevaran las nuevas del evento a lugares distantes con la suficiente antelación.

Y todo aquel trabajo no tardó en dar frutos. Pronto empezaron a llegar respuestas, afirmando que una casa y otra enviaría a sus mejores caballeros, guerreros o arqueros para participar en el Torneo. Tal como había planeado el enorme caballero, el propio pueblo de Nueva Alasia empezó a organizar por su cuenta un gran festival alrededor del marcial evento. Mientras que el Torneo consistiría en concursos de arquería y combates singulares, justas, duelos de hechicería, e incluso una gran carrera alrededor de la ciudad, en el festival popular se estaban preparando juegos de taberna como Enanos y Gigantes o Dagas Borrachas, duelos bárdicos de canciones, competiciones de pulsos y de lanzamiento de troncos, concursos de bebida e incluso torneos de As’Sathrani, un antiguo y complejo juego de mesa que se desarrollaba sobre tres tableros superpuestos. El Torneo de Rocablanca estaba cobrando visos de convertirse en un acontecimiento verdaderamente inolvidable.

Y en los escasos ratos que todo este trabajo dejaba libre a Sir Alister, y durante las noches robadas al merecido descanso, Sir Alister se ponía a prueba ante los Caballeros Protectores, con la esperanza de ganar méritos para unirse a tan distinguida orden. Gregario por naturaleza, Sir Alister se encontraba mejor de lo que había estado en mucho tiempo, ahora que volvía a hallarse en compañía de caballeros y soldados. La masacre de su anterior compañía a manos de Vorlak el Mestizo había sido un duro golpe para alguien que hacía de la protección de sus compañeros su credo personal. Ahora una parte de ese duro golpe había empezado a sanar, y lo hizo todavía más el día que un joven llamado Ealgar se presentó ante él en la casa capitular y solicitó convertirse en su escudero. Alister le había visto alguna vez en el Hacha y el Suspiro, era aprendiz de Baldwin, el herrero. En su brazo llevaba un curioso tatuaje, que a Sir Alister le recordó al que llevaban los guerreros de brazo tatuado de la lejana Kurath, al norte. Sin embargo, aquel era distinto de alguna manera que el fornido caballero no alcanzaba a entender. Pero vio que el muchacho era sincero en su afán, y tras ponerle a prueba durante unos días y advertirle de que estaba embarcado en una cruzada harto peligrosa, Sir Alister nombró al joven escudero. Sentía que estaba recuperando la sensación de hermandad que había empezado a ganar lentamente junto a los Portadores y que Shahin ibn Shamal había destrozado con su cobarde y deshonroso acto. Si lo que se había roto entonces podía volver a forjarse, quizá la guerra contra el Amuleto no estuviera perdida del todo aún. Pero tarde o temprano, el sûlita tendría que responder por la muerte de Arn.

El joven Ealgar había decidido hacer caso a los consejos de Gorstan. El jovial tabernero había sido capaz de ver que en él había algo fuera de lo común. Ealgar no sabía si lo suyo era un don o una maldición,  pero tenía muy claro que no lo descubriría trabajando durante años como aprendiz en la herrería. Había recibido una intensa formación militar en su Carellia natal, y sabía luchar y defenderse. Y además estaba el tatuaje, claro. A su llegada a las tierras de Alasia había tenido que buscarse un trabajo para sobrevivir, mientras permanecía atento a cualquier indicio sobre el destino que le habían vaticinado sus ancestros. Consumido por la enfermedad, prostrado en cama entre fiebres, sus ancestros se le habían aparecido en sueños, y le habían encomendado la misión de viajar hasta allí, ya que el futuro de los suyos dependía de eso. Y le marcaron. Cuando se restableció, creyó que el extraño sueño no había sido más que un delirio febril, pero el tatuaje seguía en su brazo, y lo que podía hacer con él era completamente real. Así que, dejando su antigua vida atrás, el joven emprendió su viaje. Cuando conoció a los Portadores en el Hacha y el Suspiro, y tras la conversación con Gorstan, comprendió que aquello formaba parte de la misión encomendada por sus antepasados. Ahora, quizá, descubriera cual era su papel en todo ello.

Por su parte, Assata parecía la misma de siempre. De todos los Portadores, la joven kushita era la que menos había soportado la carga del Amuleto, y parecía la menos afectada por su mancha. Había dedicado aquellos días a cuidar de su fiel Shakar, que había sido herido hasta casi morir en el Portal de los Lamentos. El Padre Justin, como le había prometido, rezó a los dioses de la luz para sanar al ser ultraterreno, y a cambio, Assata entregó una generosa donación a la catedral, oro destinado a los pobres y desamparados de la ciudad. El anciano clérigo estaba muy débil aún, y apenas podía levantarse de la cama más que a ratos breves, pero aún así restableció la salud del ser en forma de pantera. El Padre Justin, fiel a su palabra, también había dedicado buena parte de sus fuerzas a investigar los antiguos códices de la biblioteca catedralicia, en busca de más información sobre el Cáliz de Elhanir y la Piedra de Tir Sadhene, las antiguas reliquias sagradas que su antiguo compañero Encinal le había mencionado antes de partir. El anciano sacerdote le permitió a Assata el acceso a la biblioteca, pues si había algún indicio sobre ellas sin duda debía hallarse en aquel lugar.

Juntos, el sacerdote cojo y la invocadora pasaron días revisando crónicas antiguas, registros eclesiásticos y códices polvorientos. Finalmente dieron con algo de información en un legajo de pergaminos, la copia de un documento datado en los días anteriores a la caída de la antigua Alasia. En ellos se hablaba de las dos reliquias. El Cáliz había sido un regalo de los dioses, y se decía que tenía grandes poderes curativos. La Piedra procedía de un altar blanco de la lejana ciudad de Tir Sadhene, al norte de la Baronía, ciudad considerada sagrada por los antiguos alasianos y sede de uno de los legendarios Barones de la Fama, Alric Montadhan. Los poderes de la Piedra no se mencionaban, pero se creía que bendeciría a su portador con la misma gracia divina que había protegido a la Ciudad Blanca antes de la Caída. Los pergaminos también decían que, de usarlos juntos, el Cáliz y la Piedra eran mayores que la suma de sus partes. El último paradero de ambas reliquias era el mismo: fueron transportados por los últimos clérigos alasianos fieles a los dioses verdaderos a los salones consagrados ahora conocidos como el Portal de los Lamentos. Assata frunció el ceño y tomó buena nota de ello. Quizá aquellas reliquias les permitieran contrarrestar en cierta medida la perversa influencia del Amuleto. Sin duda, encontrarlas haría que su misión fuera mucho más fácil.

Así los compañeros emplearon su tiempo, y al empezar el mes de la Cosecha, se reunieron de nuevo en los salones de Gorstan para reemprender su misión. La Gema Negra seguía en algún lugar bajo el Portal de los Lamentos, y la pista del Clavo de Plata se perdía en Wilwood. Y mientras el Amuleto no estuviera completo, sería imposible destruirlo. El perverso talismán había quedado bajo la custodia del Barón; no habían podido hacer nada al respecto salvo asegurarse que estuviera custodiado de la manera más segura posible. Los Portadores se habían reunido con el Barón Stephan y su Consejo Privado, formado por Lord Belenor Selwyn, el Padre Justin y Sir Matthew Corven, para decidir como debía ser custodiado el Amuleto de Kishad. Los compañeros advirtieron al Barón y a sus hombres de confianza del poder corruptor del Amuleto, y de su capacidad de insinuarse mentalmente y tentar a cualquier hombre o mujer. Al final se llegó a un acuerdo que satisfizo a todas las partes. Se haría construir un cofre de acero aldurio, tan duro que el metal normal no podía ni mellarlo, y en él quedaría encerrado el maléfico objeto, con cinco candados del mismo material que tan sólo pudieran abrirse cuando sus cinco llaves giraran a la vez. Cada miembro del Consejo se quedó con una llave, mientras que la quinta permaneció en custodia de los Portadores. El cofre sería encerrado en la celda más profunda y segura de las mazmorras del castillo, y vigilado en todo momento por dos Caballeros Protectores y un acólito de la Iglesia de la Luz. De aquella manera, aunque el Amuleto poseyera a alguno de sus centinelas, no le bastaría para liberarse.

Antes de encerrar el Amuleto, sin embargo, Adavia se lo mostró a sus mentores Dra’gashi, a petición del maestro Rahab, no sin un cierto recelo. El anciano, cogiendo con un respeto casi reverencial la cadena de la que colgaba, hundió su mirada en las profundidades del objeto. Durante unos largos y tensos minutos, el anciano permaneció inmóvil. La única señal de que seguía con vida eran las gotas de sudor que poco a poco iban perlando su arrugada frente, y la dilatación de sus pupilas cubiertas de cataratas. De repente, el anciano gritó y cayó de espaldas al suelo, jadeando, tras romper el contacto visual con un supremo acto de fortaleza mental. El Amuleto cayó al suelo como si pesara una tonelada. Mientras Ial-Thas’ak y Adà corrían a auxiliarle y a ponerle en pie, el maestro Rahab agarró el brazo de la muchacha con una fuerza sorprendente, y sin dejar de temblar le dijo:

¡Es más de lo que crees, hija mía! ¡Mucho más! ¡Hay algo antiguo en sus profundidades, algo oscuro y poderoso que intenta regresar de más allá del Velo! ¡Intenta regresar a través del Amuleto! No debe hacerlo, ¿me oyes? ¡No debe! ¡Destrúyelo, Adavia! ¡Pase lo que pase! ¡Haz lo que debas, pero destrúyelo!

¡Todo se desteje! ¡Todo se deshace! ¡Destrúyelo, Adavia! ¡Destrúyelo!

Ilustración de Noah David Henson.

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4 pensamientos en “Crónicas de Alasia (LVII): El Retorno de los Portadores”

  1. Ya tenía ganas de que recuperaras a esta pandilla. Muy interesante cómo ha evolucionado cada uno, sí señor.

    ¿Y me lo parece a mí o todo (kanthianos en armas, brujos tramando en castillos abandonados sin que nadie les vea) va a confluir de alguna manera en el torneo…?

    Le gusta a 1 persona

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