Crónicas de Alasia (LI): El Castillo de Redoran

LOS ESCUDOS DE PIEDRA
• Lomborth, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
• Tobruk, enano ex-esclavo convertido en furioso luchador
• Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Halcón 27

La caminata desde Nueva Alasia hasta la aldea de Rasad fue llevada a cabo bajo un tiempo de perros. Los tres enanos llegaron a la pequeña aldea al caer la tarde, con sus gruesos capuchones calados hasta las cejas y con la ropa todavía húmeda por las lluvias de la jornada anterior. Los Escudos de Piedra ignoraban por completo que alguien había abandonado la ciudad poco después de que lo hicieran ellos, siguiendo sus pasos. En aquellos momentos, todo lo que tenían en mente era buscar un lugar cálido y cómodo bajo techo. Aquel mundo bajo un cielo cambiante que en cualquier momento podía decidir arrojar un diluvio sobre sus cabezas era una locura; no era de extrañar que sus habitantes también fueran inconstantes e impredecibles.

Su llegada a Rasad se había visto demorada por el pequeño desvío que habían tomado en el camino. Los tres solos, sin una compañía de guardias humanos a quien rendir cuentas, habían regresado a la guarida de Vorlak para examinar con más detalle el botín oculto que habían hallado bajo tierra. Tras encargarse de la cobra de hierro que sabían que custodiaba el contenido del cofre cerrado que habían dejado atrás, en un combate en el que la innata resistencia enana contra los venenos les evitó grandes disgustos, fueron capaces de inspeccionar las riquezas que contenía. El botín oculto de Vorlak, compuesto por joyas, bienes y objetos de artesanía de una gran calidad, cantaba una canción que hacía hervir la sangre de todo enano. Los Escudos de Piedra decidieron que, si bien todo el botín que habían recuperado de la caverna principal había sido declarado y entregado a la guardia para ser devuelto a sus legítimos propietarios si era posible, aquella parte constituía un premio más que merecido por su hazaña. Si durante sus viajes por ventura se encontraban con alguien que pudiera reclamarlo legítimamente, se lo devolverían, pero de lo contrario, era una recompensa por la que habían derramado sangre y que se habían ganado por derecho de conquista. Grugnir se sintió atraído por un viejo casco de bronce con cuernos, cubiertos de antiguas runas de potencia. Probándoselo, lo reclamó para sí. Lomborth adornó su barba con un montón de pedacitos de piedra, poco valiosos pero de un hermoso color azul brillante, que inmediatamente le ganó entre sus compañeros el apodo de Lomborth Barbazul. Por su parte, Tobruk se quedó con una capa de pesado cuero marrón forrada de lana, con el cuello y los bordes de piel de zorro. Además de aquellos objetos, se guardaron lo que podían transportar cómodamente, y siguieron su camino hacia Rasad y su verdadero objetivo, el Castillo de Redoran.

La aldea de Rasad, situada cerca de sus ruinas, había surgido como una granja a medio camino entre Campo de Aeron y Welkyn, y poco a poco se había convertido en una pequeña villa. Según habían oído en Welkyn, su gente era humilde, sencilla y agradable, poco amiga de buscarse problemas, y la mayoría de ellos nunca habían visto nada más que su aldea. Se decía que los moradores de Rasad eran la viva encarnación del sentido común, y a pesar de ser un lugar distante y apartado, la hospitalidad de sus ciento sesenta habitantes parecía ser legendaria. Probablemente lo era, pero los campesinos que todavía había por las calles durante la hora crepuscular demostraron, con sus miradas de asombro y expresiones de sorpresa apenas contenidas, que no habían visto a un enano en toda su vida. Sin saber muy bien cómo dirigirse a quienes hasta ese momento habían sido para ellos personajes de cuento, los aldeanos lograron dar indicaciones a los enanos, dirigiéndoles a la única posada y taberna del lugar, el Dragón Dorado.

Cuando entraron, todas las miradas se pusieron a ellos, desviándose de quien hasta el momento había sido el centro de su atención. De pie y subido a una silla había un hombrecillo de largas y gruesas patillas y poco más de un metro de altura. El mediano sin duda había estado contando algo que había tenido fascinados a los parroquianos hasta la entrada de los Escudos de Piedra. La pequeña sala común se inundó de murmullos y susurros.

“Son ellos”. “Son los enanos de los que hablaba el pequeño”. “¿Los que capturaron a Vorlak?” “¿Quienes sino?”

Al ver que los tres enanos ignoraban el revuelo que había causado su llegada y se dirigían a la barra, el mediano se bajó de la silla de un salto, y se presentó ante ellos. Su nombre era Flambard Finnegan, para servirles, y decía ser narrador por devoción y aventurero de profesión. El hombrecillo les preguntó si realmente eran los Escudos de Piedra, de quien tanto había oído hablar. Los enanos le respondieron en su estilo tosco y directo, mientras pedían cena y habitaciones, y empezaban a preguntar a los lugareños por las ruinas de Redoran. Así supieron que la silueta de sus torres rotas podían verse desde las afueras del pueblo, aunque todo el mundo las evitaba. Eran un lugar de siniestra reputación, y los pastores y cabreros intentaban que sus rebaños no pacieran cerca de la loma sobre la que se alzaba. Ahora que se decía que un mago negro se había refugiado en ellas, el viejo castillo parecía aún más tétrico. Nadie de los presentes había visto al mago Gerbal, pero todos habían oído hablar de él, y su mala reputación le precedía. Sólo los verdaderamente valientes, o los peligrosamente necios, osarían desafiarle en sus propios dominios.

Al ver que los tres enanos no se mostraban preocupados por tales habladurías y se disponían a aventurarse en aquel malhadado lugar con las primeras luces del alba, Flambard Finnegan corrió a hacerles una propuesta. Si la fama de los Escudos de Piedra debía crecer y extenderse, necesitarían un cronista propio, alguien con dones para la narración que hubiera visto con sus propios ojos sus hazañas y sus hechos de armas, un heraldo que les anunciara y propagara su leyenda, como ya había estado haciendo el mediano cuando llegaron al Dragon Dorado. ¡Flambard era ese alguien! Los tres enanos se miraron entre ellos con escepticismo. Aunque reconocieron la valía de la propuesta, los Escudos de Piedra era una compañía enana, dijeron. Ante eso, Flambard se apresuró a declarar que tenía sangre de enanos corriendo en las venas, que de hecho era más enano que mediano, exhibiendo sus pobladas patillas como prueba. Era como un enano pequeño. Después de troncharse de risa entre cervezas, los Escudos decidieron darle una oportunidad al pequeñajo, advirtiéndole que, si quería su parte del botín, sería mejor que supiera hacer algo más que hablar y componer historias sobre ellos.

[Flambard se incorporaba así en el grupo, como primer personaje jugador no enano de la compañía… En el improbable caso de que alguien tenga alguna duda, su clase de personaje era bardo.]

Halcón 28

Tras apenas una hora de caminata, los Escudos de Piedra, acompañados de su nuevo escudero y cronista Flambard, llegaron ante las ruinas del Castillo de Redoran. Por el camino se habían cruzado con un amistoso granjero, que les contó que últimamente había visto a monstruos entrar y salir del castillo por la noche, pequeñas bestezuelas parecidas a lagartijas que andaban como hombres. Al infame Gerbal que supuestamente habitaba el lugar, nunca lo había visto. Preparados y con las armas en la mano, los cuatro aventureros coronaron la loma, y las ruinas aparecieron ante sus ojos. Sólo quedaba en pie la estructura de la planta baja, apoyada en el risco vertical que tenía detrás. El edificio estaba rodeado por los otros tres lados por una alta muralla que, aunque plagada de agujeros dejados por grandes piedras caídas, aún se mantenía en pie. La torre de entrada había dejado de existir mucho tiempo atrás, pero unas enormes puertas exteriores seguían tiradas en el suelo, pudriéndose frente a las murallas. Lo que debía ser en sus tiempos el portalón interior se mantenía en pie, y era obvio que las grandes puertas que lo cerraban eran de factura reciente. En la parte izquierda de la muralla frontal se abría un agujero apenas lo bastante grande como para permitir el acceso al patio interior.

[Es muy posible que esta descripción y lo que sucede a continuación os suene de algo a los más veteranos. Si es así, entenderéis que les insistiera a los jugadores que Gerbal se pronuncia “Guérbal”.]

Cuando los Escudos se aproximaron al portalón para comprobar si estaba cerrado, algo monstruoso surgió de debajo de las puertas tiradas en el suelo y se abalanzó sobre ellos por sorpresa. Era una extraña mezcla entre una oruga y un ciempiés de color amarillo verdoso, con ocho largos tentáculos sobresaliendo alrededor de su boca repleta de colmillos. Viéndole salir de su nido cubierto por las planchas de madera, Tobruk se interpuso en su camino, hacha en ristre, pero los ocho tentáculos se proyectaron en su dirección. Incapaz de evitarlos todos, algunos le golpearon, y a pesar del gran esfuerzo que hizo el batallador por resistirse, sintió que todos sus músculos se agarrotaban y cayó al suelo totalmente paralizado.

Con sendos gritos de guerra, Lomborth y Grugnir se lanzaron al combate. Menos deseoso de entrar en un mano a mano con la criatura, Flambard sacó un pequeño arco y empezó a buscar la oportunidad de un tiro limpio mientras entonaba una oda guerrera que esperaba que alentaría el ardor combativo de sus jefes enanos. Mientras Lomborth se defendía con su escudo ofreciendo una distracción, Grugnir rodeó al gusano carroñero y logró herirle con una puñalada bien asestada. Entonces la cosa se complicó aún más. Se escucharon correteos y voces chillonas parecidas a ladridos al otro lado de la muralla, y de repente, a través de los diversos agujeros y boquetes que había en ella empezaron a silbar balas de honda disparadas en su dirección, ¡Los defensores del castillo aprovechaban su lucha contra la bestia para apedrearles! Apretando los dientes y con una ira creciente, los dos enanos redoblaron sus esfuerzos por acabar rápidamente con el monstruo. Retirarse no era una opción, pues intuían que el gusano arrastraría a su indefenso compañero a su agujero y le devoraría mientras seguía paralizado.

Para acabarlo de arreglar, el gusano empezó a dividir sus ataques entre los dos enanos, y Grugnir no tardó en caer paralizado también, dejando a Lomborth sólo frente a la criatura, que hasta el momento había ignorado las flechas de Flambard. Situándose frente a sus dos camaradas caídos para protegerles de la bestia, el discípulo de Dumathoin se enfrentó en solitario con el gusano, luchando a la defensiva desde detrás de su escudo de madera para protegerse también de las pedradas. No era un luchador ágil, pero era recio como un roble, y prácticamente inamovible una vez plantaba los pies en un sitio. Lomborth Barbazul aguantó golpe tras golpe de los tentáculos, que le atacaban en una implacable y rápida sucesión, resistiendo la parálisis una y otra vez. Apenas era capaz de asestar un golpe decisivo, pero aguantó lo indecible, hasta que Flambard vio la oportunidad que estaba buscando, y la aprovechó. Cuando los ocho tentáculos se lanzaron una vez más contra el enano, el gusano carroñero abrió de par en par las fauces, y allí disparó su saeta el mediano. La flecha se hundió profundamente en la boca del monstruo que, ya herido, soltó un chirrido agónico y cayó al suelo entre convulsiones.

[Lomborth es duro de narices, entre sus resistencias enanas y su ¡18! en Constitución. No sé cuantas tiradas de salvación aguantó, por lo menos veinte. Y cuando ya se mascaba que en cualquier momento iba a fallar una, Flambard sacó un crítico y remató al bicho. No sería la última vez en aquella sesión que demostraría ser un buen fichaje… ¡a pesar de no ser enano! Bueno, o sí.]

Lomborth no perdió el tiempo. Levantando una de las puertas caídas para usarla como cobertura contra las pedradas, él y Flambard se parapetaron tras ella hasta que Tobruk y Grugnir empezaron a dar muestras de recuperar el control de sus cuerpos. Entonces iniciaron su asalto al Castillo de Redoran. Esquivando piedras y entre gritos y chillidos monstruosos, los cuatro salieron de su refugio a la carrera, lanzándose hacia el boquete en la parte izquierda de la muralla. Grugnir, el más ágil de todos, fue el primero en subir y atravesarlo, y vio lo que les aguardaba al otro lado. Una decena larga de kobolds estaban repartidos a lo largo de la muralla, con hondas en la mano y cortas espadas en el cinto. Uno de ellos vio al enano entrando, soltó un grito, y en seguida se movilizaron para repeler el asalto.

Pero sin una muralla de por medio, los kobolds no eran rivales para la marea de destrucción que suponían los Escudos de Piedra a la carga. Vorlak el Mestizo no había podido con ellos, y por el Forjador de Almas que no iban a dejar que unos miserables perros-lagarto pusieran fin a su historia. Gerbal, o Arakh Zuul, podía esconderse detrás de todos los kobolds del mundo: los Escudos de Piedra iban a por él, y aplastaban toda resistencia con la fuerza de una avalancha. El combate fue corto, intenso y furioso, y cuando terminó, el patio de Redoran estaba regado por la sangre de los kobolds, y los cadáveres de las criaturas se amontonaban en el suelo. Limpiando sus armas, los enanos y el mediano volvieron la vista hacia el ruinoso edificio que tenían delante. La morada del brujo les esperaba. Tenían trabajo por hacer, una dama que rescatar y un mago darkon al que despachar. Y si algo detestan los enanos, es perder el tiempo.

Ilustración de Silberius (Deviantart.com)

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6 comentarios en “Crónicas de Alasia (LI): El Castillo de Redoran”

  1. Esa descripción ha hecho que vuelva 27 o 28 años en el pasado, a una casa de colonias en Banyoles, antes incluso de llegar a conocernos, Yo era un joven elfo de los bosques, armado con un arco y una espada corta, acompañado por un clerigo armado con una maza y su fe….me trae recuerdos muy dulces !
    Recuerdo al gusano carroñero que me paralizó, y a la media docena de kobolds que aguardaban en el patio, y también recuerdo ciertas criaturas que moraban en un comedor cercano …jejeje…
    Y por supuesto, el villano icónico. Aquel capaz de lanzar bolas de fuego cuando llegamos a alcanzar su mazmorra ( grácias al recien adquirido por nuestro master manual de tapa azul, en inglés por supuesto ), el que yo mismo he vuelto a usar muchas veces, y cuyo nombre sale del anagrama que insistes en pronunciar.
    Sublime!!!

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  2. Para la generación que empezamos con la entrañable Caja Roja, esas ruinas no pueden ser más míticas, y su habitante principal no puede ser más infame… ¿Cuantos roleros no habrán tenido ese gusano carroñero como primer encuentro de sus vidas?

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  3. Ah, los gusanos carroñero siempre nos hacen viajar al pasado, sí…

    Hasta que no he visto en acción a Flambard no tenía claro si había salido de Dragonheart o era aquel que cantaba lo de “Brave Sir Robyn” en la peli de los Monty Python. Me alegra ver que no es este último… 😉

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  4. Jajaja me mondo con lo de la sangre enana del halfling!

    Y la compañía enana está siendo mucho más divertida de lo que pensé, y eso que he sido más siempre de elfos.

    En serio, tienes habilidad para la narración, porque leyendo otros blogs de partidas no tengo la misma sensación.

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