Crónicas de Alasia (LXVIII): Draeglor

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Adavia Morthelius, hechicera enoquiana recién iniciada como Dra’gashi
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Sir Alister Norff, gigantesco caballero de la Orden del Dragón
  • Assata Silil, invocadora kushita capaz de llamar a su eidolon panteriforme Shakar
  • Ealgar, aprendiz de herrero, poseedor de un misterioso tatuaje

Cosecha 12

Reponerse de los ataques de las sombras llevó varios días a los Portadores, en especial a Adà. La dra’gashi había estado a punto de perder la vida y el alma al hacer ostentación de su nuevo poder, y tan sólo los secretos aprendidos le permitieron sobrevivir. El resto del grupo no había quedado mucho mejor parado. Lo que era aún peor, lo sucedido les había demostrado que había algo o alguien en los niveles inferiores de aquel laberíntico complejo cuyo poder para dominar a los no-muertos era más fuerte que el de Adà. Durante los días que pasaron restableciéndose en un campamento en los bosques, los compañeros hicieron toda clase de cábalas y especulaciones. Una de las opciones más verosímiles apuntaba a la presencia de cultistas y sacerdotes de Orcus, príncipe demonio de la no-muerte. Habían encontrado muestras de su actividad a lo largo de sus aventuras en el Portal de los Lamentos: glifos custodios, lugares sagrados profanados vilmente, y quizá incluso la corrupción de la Fuente de los Huesos, de donde interminables esqueletos surgían sin cesar. Sólo un clérigo poderoso de una entidad tan oscura como aquella podría arrebatar el dominio de un alma en pena a un nigromante dra’gashi.

Ninguno lo decía en voz alta, pero habían hallado otra prueba irrefutable de la presencia del culto de Orcus en aquel lugar. Draeglor. El guerrero tumulario bendecido por su señor del averno, el paladín oscuro de Orcus que les había puesto en jaque y cuya maldad había dado como fruto la muerte de Arn. Draeglor les había derrotado por completo y se había quedado con el poderoso Cetro de Kishad como trofeo. No era descartable en absoluto que la Gema Oscura, el objeto maldito cuya búsqueda les había llevado hasta allí, estuviera en poder de Draeglor, y a pesar de ello, habían evitado la cripta del campeón de Orcus a toda costa. No estaban preparados para enfrentarse de nuevo a él.

Pero ahora se les acababan las opciones, o mejor dicho, se les presentaban demasiadas alternativas poco halagüeñas. Habían explorado a fondo las cavernas bajo el antiguo templo, y tan sólo habían hallado un buen número de accesos a niveles aún más profundos. Ninguno de ellos parecía seguro. Y sabían que la precaución aconsejaba no dejar enemigos a las espaldas. Cuando por fin estuvieron en condiciones de levantar campamento y adentrarse de nuevo en el Portal de los Lamentos, aún no habían decidido cual sería su objetivo.

Los corredores marmóreos del nivel de la entrada estaban en silencio, y los gemidos habituales no se dejaron oír aquella vez. Acercándose hasta el umbral de la sala de la Fuente, se asomaron sin entrar en ella, y los orbes luminosos de Shahin revelaron que estaba vacía. Aquella era una buena ocasión para intentar explorar lo que había más allá. Recordando una teoría con la que había especulado su antiguo compañero Encinal, decidieron ponerla a prueba. Según su amigo, era posible que la runa oscura que presidía la fuente reaccionara ante la presencia de intrusos opuestos moral y espiritualmente a sus creadores… devotos de los dioses de la bondad y la luz, honorables caballeros y paladines, y gente de alma noble y buen corazón. Shahin dio un paso hacia el interior de la gran cámara y se detuvo para ver qué ocurría. Después de lo que le había hecho a Arn, sabía que ningún dios le consideraría un espíritu noble. Nada ocurrió. La runa permaneció inerte. Adà, cuyos preceptos como seguidora de la senda del Seràh la dejaban al margen de conceptos como el bien y el mal, le siguió los pasos. De nuevo nada sucedió.

Decidieron que ya se habían arriesgado bastante. Mientras Sir Allister, Ealgar y Assata permanecían en la entrada con las armas en mano, Shahin y Adà empezaron a recorrer la vasta cámara en busca de lo desconocido. En las paredes este y oeste hallaron cortos tramos de escaleras de mármol que ascendían a lo que parecían mausoleos. En ellos había sarcófagos de piedra, en cuyas tapas de mármol había talladas las efigies de antiguos sacerdotes y clérigos de los Señores de la Luz. La visión de aquellos hombres santos, muertos tantos siglos antes de su nacimiento, con sus rostros inmortalizados en el duro mármol, le pesó como una losa al sûlita. Sentía que de alguna manera u otra le estaban juzgando, aunque su mente racional le decía que era su propia conciencia la que estaba actuando. Había hecho lo que había creído mejor. Mejor para la misión, para el alma de Arn, para el resto de sus compañeros, y sí, para sí mismo. Y ahora la sangre de su amigo le mancharía las manos para siempre. Le pidió a Adà que le dejara un tiempo a solas. La enoquiana no hizo preguntas, y se limitó a apartarse para examinar el resto de mausoleos.

A solas con los sacerdotes muertos, Shahin desenfundó una daga, la misma con la que le había cortado el cuello a Arn, y la depositó con gran reverencia sobre las manos de una de las efigies. El magus cayó de rodillas, y rezó. Habló a clérigos de dioses que no eran los suyos, que se habían convertido en polvo hacía milenios. Habló de Arn, y de lo que le había hecho. Nunca les había rezado. No era especialmente devoto, pero su alma pertenecía a Sûl el Radiante, el Halcón sobre el Desierto. Quizá fuera un infiel a ojos de los dioses norteños, pero aún así les pidió fuerzas, y les pidió perdón. El camino que recorrían era oscuro y traicionero, y la carga de su pecado le pesaba cada vez más, como una rueda de molino en torno a su cuello. El vacío mausoleo únicamente le devolvió el eco de su propia voz susurrada, y el sûlita se levantó, dispuesto a reunirse nuevamente con Adà. Entonces vio que algo había cambiado. Las manos de mármol de la efigie del sacerdote se habían cerrado milagrosamente alrededor de la empuñadura de la daga de Arn. Shahin alzó la vista hacia las alturas, inundado por un profundo sobrecogimiento, y abandonó el mausoleo, con el espíritu mucho más liviano que cuando entró en él.

Además de más mausoleos, al fondo de la gran cámara hallaron dos largos pasadizos que se adentraban hacia el norte. Adentrándose en uno de ellos, y sin dejar de tener en  cuenta de que se estaban alejando bastante de sus compañeros, llegaron a atisbar que acababa en lo que parecía un punto muerto. El otro pasadizo parecía idéntico, pero tras recorrer un par de pasos hacia su interior, ambos empezaron a ver un resplandor rojizo al final, y todos sus instintos les dijeron que debían salir de allí sin dar un paso más. Haciendo caso omiso, se acercaron algo más, y con cada nuevo paso, la sensación de pavor y maldad crecía exponencialmente. Ambos eran duchos en el arte de la magia, y sabían que lo que aguardaba al final era terriblemente poderoso e inenarrablemente malvado. Lo que desprendía un aura tan nefasta parecía ser algo inscrito en la pared del fondo. Haciendo caso al vello erizado en la nuca y a los latidos desbocados de sus corazones, dieron media vuelta y regresaron junto al resto del grupo. Aquello no era algo con lo que jugar a ciegas.

Reunido de nuevo, el grupo revaluó sus alternativas. Sir Allister fue el primero en proponerlo. El caballero afirmó que ya habían tolerado demasiado tiempo que el campeón de Orcus siguiera mancillando aquel lugar sagrado con su presencia. Había llegado el momento de vengar a Arn o morir en el intento. Shahin y el caballero a menudo no estaban de acuerdo, pero aquella vez el magus asintió en silencio sin decir palabra. Lo ocurrido en el mausoleo le había afectado profundamente. Adà también se mostró a favor. La venganza era un sentimiento que no albergaba, pero aquel siervo de Orcus seguía teniendo su Cetro y usándolo en servicio de su oscura deidad. Ya era hora de volver a recuperar lo que era suyo. Assata y Ealgar no habían luchado antes contra Draeglor, pero habían oído historias. Eran conscientes de la gravedad de lo que estaba a punto de suceder, pero se habían convertido ya en Portadores. O luchaban juntos, o morirían solos.

Así fue como los Portadores del Amuleto se enfrentaron por segunda vez al Campeón de Orcus y sus guerreros de ultratumba. Aquella vez iban preparados. Sabían a qué se enfrentaban, y no cargaban con el Amuleto. Si morían en el intento, no dejarían una poderosa reliquia en manos del mal. Cruzaron el túnel que conducía a la cripta de Draeglor, y llegaron ante la puerta que la cerraba. La abrieron de golpe y entraron ya en formación de combate. Los seis esqueletos guerreros que hacían las veces de guardia de honor de Draeglor seguían allí, y se pusieron en movimiento inmediatamente. Adà usó su poder sobre el Velo para controlar a uno de ellos mientras Shakar entraba en tromba y saltaba sobre otro. Ealgar y Sir Alister entraron justo después y se trabaron con sendos enemigos, mientras Assata preparaba uno de los pergaminos mágicos que habían hallado en la cripta de las sombras. Por su parte, Shahin se llevó la mano a la espalda, e hizo aquello por lo que tanto tiempo había esperado. Saif al’Qamar, la Espada de la Luna, salió de su funda, y su curvado filo plateado centelleó bajo la luz mágica de su portador.

Draeglor no tardó en hacer acto de presencia. Salió del interior de su morada, apareciendo en el oscuro umbral. Los ojos del tumulario refulgían bajo su yelmo, y en la diestra empuñaba el Cetro de Kishad. Antes de que pudieran reaccionar, apuntó con el Cetro a Shakar y al instante un rayo negro y serpenteante cruzó el aire como ansioso de alcanzar a su objetivo. La pantera extraplanar rugió de dolor. En ese momento Assata leyó a pleno pulmón las runas del pergamino y, mientras éste empezaba a consumirse, señaló a Draeglor. Al momento un montón de hebras viscosas y gruesas como los brazos de Sir Allister se formaron alrededor del tumulario y llenaron por completo el umbral donde se alzaba, aprisionándole en el interior de una enorme telaraña mágica.

Al momento el no-muerto empezó a forcejear y empezar a avanzar lentamente en mitad de aquella maraña, pero les dio a los Portadores la oportunidad que buscaban. Para cuando el paladín oscuro se hubo liberado, ya habían acabado con sus esqueletos guardianes, y se preparaban para el cara a cara final.

Sin el más mínimo temor por verse rodeado, Draeglor avanzó hasta situarse junto a ellos y pronunció la palabra que activaba la runa de su armadura. Aquel símbolo de Orcus infundía un pánico cerval en sus enemigos, y gracias a ella había derrotado a los Portadores en su primer encuentro. Pero aquella vez fue distinto. Tal vez fuera por que la muerte de Arn estaba en la mente de todos, o quizá por estar libres de la carga del Amuleto. Lo que es cierto es que únicamente Adà se vio afectada por el terror sobrenatural. Sir Allister apretó los dientes y se negó a huir de forma deshonrosa por una segunda vez, y Ealgar permaneció a su lado. Shahin tenía una cuenta pendiente que no podía dejar sin saldar. Y Assata, acostumbrada a fortalecer su voluntad para entrar en contacto con los planos exteriores, resistió fácilmente el influjo. Aquella vez, los Portadores no se retiraban.

Pasaron al ataque casi al unísono, rodeando al no-muerto por todos los flancos y atacando con toda la ferocidad de la que eran capaces. Tenían que neutralizarle lo más rápidamente posible, o el tumulario empezaría a consumir sus fuerzas vitales. Y si uno de ellos caía, no tardaría en alzarse de nuevo como un nuevo tumulario a las órdenes de Draeglor. Pero el campeón de Orcus demostró ser un rival más que suficiente incluso luchando contra todos a la vez. Iba defendiéndose de los ataques con el Cetro de Kishad, cuyos poderes claramente había logrado dominar, mientras asestaba golpes terribles potenciados por la ira de Orcus y que, además, drenaban las fuerzas de los compañeros. Draeglor no concentraba sus ataques, sino que repartía sus ataques porque sabía que debilitándolos a todos aumentaban sus posibilidades de vencer. A pesar de su inferioridad numérica, poco a poco el combate iba declinando en favor del tumulario. Cuando Shahin afectó al no-muerto con uno de sus conjuros, el paladín oscuro pasó a centrar toda su ira en él. A pesar del escudo mágico que le protegía, el magus se vio alcanzado, y sintió que la vida de su interior menguaba hasta casi extinguirse.

Entonces Sir Allister rugió, y le asesto un mandoble tan poderoso y brutal al tumulario que habría partido en dos a un hombre normal. Draeglor se tambaleó, y Ealgar hundió su arma cargada de energía mística en él. Nada de aquello bastó para tumbarlo, pero le dio tiempo a Shahin, al borde de sus fuerzas, para preparar su ataque más poderoso. Cargó el filo de Saif al’Qamar con los restos de magia que le quedaban, y recordando las enseñanzas del Ithandir, blandió la cimitarra encantada en un amplio arco. El filo de plata alcanzó el rostro del no-muerto, abriendo un largo corte a su paso, y en ese momento la magia acumulada se descargó. Con un fogonazo eléctrico y el olor a carne muerta chamuscada, Draeglor, el Campeón de Orcus, cayó fulminado.

Lo habían logrado. Débiles y consumidos, pero lo habían logrado.

Regresando junto a sus compañeros, Adavia se abrió paso en silencio hasta el cadáver de Draeglor y se arrodilló. Cuando volvió a alzarse, tenía una expresión triunfal en el rostro. El Cetro de Kishad volvía a estar en sus manos. Sir Allister y Shahin intercambiaron una mirada. Durante mucho tiempo, la muerte de su compañero había abierto una brecha entre ellos, pero en aquellos instantes, nada de eso importaba ya. Por fin lo habían logrado.

Habían vengado a Arn.

Ilustración de Rafael Tavares.

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8 comentarios en “Crónicas de Alasia (LXVIII): Draeglor”

    1. Efectivamente, pero en cuanto empezaba a centrarse en uno, ése PJ empezaba a recurrir a tácticas defensivas, ponerse en defensa total y ese tipo de cosas, con la intención de “tanquear” haciendo malgastar ataques al enemigo mientras los demás le pegaban impunemente. Así que al malo no le quedó más remedio que ir cambiando de objetivo para frustrarles la táctica. Estuvo muy bien jugado por su parte, y aún así estuvieron a un pelo (Shahin por ejemplo ya había sido drenado a nivel 1, un toque más y fuera).

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  1. Yo pensaba que la mentalidad caballeresca de Sir Alister le impediría atacar en grupo al tumulario y lo obligaría a retarlo en duelo singular. Que sí, tácticamente el todos contra uno es muy efectivo y el enemigo era duro de pelar, pero para un guerrero que sigue las enseñanzas de la caballería…¿no es un poco de cobardes?

    Por lo demás, tan bueno como siempre. Me gustan mucho las entradas de Hexplora!, pero las andanzas de los grupos de juego en Alasia son mis preferidas y con mucha diferencia.

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    1. Es un buen apunte. Sobre esto se ha debatido un montón en el mundillo del rol, y la verdad es que el tema da para mucho. Una forma de verlo es la que sugieres, pero también habría que tener en cuenta que el mundo en el que se mueven estos personajes se rige por normas muy distintas al nuestro propio. El concepto del reto singular y el combate uno contra uno, por ejemplo… ¿seguiría siendo válido como prueba de valentía ante la presencia de la magia? La misma existencia de la magia hace que ciertos códigos tengan que ser adaptados para tenerla en cuenta. Cuando tu rival puede infundirte un miedo atroz con una mera palabra, ¿estás siendo un cobarde si sucumbes? Si puede convertirte en cenizas con un gesto, ¿está siendo él honorable? ¿Debe uno ser honorable contra un espíritu de ultratumba que sirve de brazo armado en la tierra a un príncipe demonio? Con enemigos del calibre de dragones, demonios y liches, ¿es preferible conservar el honor personal sabiendo que eso conlleva ser derrotado a ciencia cierta y, por lo tanto, dejarles seguir con sus malvados planes?

      Por otro lado, están las propias mecánicas de los juegos de rol, que en la mayoría de los casos presentan los desafíos pensando en un grupo entero de jugadores. Obligar a ciertos tipos de personaje o ciertos alineamientos a enfrentarse en combate singular contra enemigos como Draeglor implica condenarles a una carrera muy, muy corta por sistema.

      Por todo esto, yo suelo ser flexible con estos temas a la hora de dirigir. Un duelo entre caballeros, en igualdad de condiciones, y sin brujerías o ardides de por medio es una cosa. Un combate contra un horror sobrenatural que debe ser borrado de la faz de la tierra a toda costa es otra. Pero por supuesto, ahí entra el criterio de cada master y de cada grupo de juego, ya que depende mucho de como se interpreten y se quieran jugar esos códigos de honor. Lo más importante es asegurarse que los jugadores y el master están en la misma longitud de onda al respecto, para que nadie se lleve sorpresas desagradables en pleno juego.

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      1. Me temo que yo, en ese caso, soy más rígido y arcaico que tú. Concedo en que no son condiciones idóneas para enfrentarse al caballero oscuro, pero la literatura caballeresca está llena de ejemplos de seguidores que perdieron la vida a manos de enemigos más poderosos que ellos, y eso no los detuvo a la hora de enfrentarse con ellos. Precisamente muchas de ellas sirvieron de acicate para que otros caballeros (y escuderos) se pusieran en marcha para vengar a sus hermanos caidos en batalla. El honor es más importante que la propia vida, y es lo que hace, en parte, que sean tan carismáticos: su idealismo y su voluntad para seguir esas virtudes. Es parte del roleo de la Clase elegida, y una de las razones por las que es tan poderoso es que debe enfrentarse a grandes enemigos.

        Se trata la tuya, también, de una posición más pragmática. Podrías incluir en el juego las dos posiciones: una más cerrada que acusa a la otra de cobardía y poner la vida por encima del honor, y otra más pragmática que ve a los otros como ingenuos y estúpidos. Puede que dentro de la Orden algunos piensen que Sir Alister perdió su honor al escapar de Draeglor la primera vez, y que debía haberse enfrentado en combate personal con el tumulario, frente a aquellos que apoyan su decisión.

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      2. No, si coincido con la visión del honor idealizado que expresas, que forma parte de la mitología en torno a esos personajes, y de hecho es lo que me gusta de ellos cuando los interpreto. El problema es que a menudo si interpretaramos ese código de conducta a rajatabla, esos personajes serían injugables. En una historia o novela donde el narrador tiene las riendas, no es problema, pero en un juego donde el objetivo final es divertirse todos, puede llegar a ser frustrante para el jugador. Por esa razón me inclino más por una postura pragmática a la hora de llevar estos temas a la mesa de juego.

        Es a lo que me refería con ser flexible. Prefiero dejar que sea cada jugador el que decida la postura de su personaje sobre el honor y la caballerosidad… pero obviamente, los PNJs hacen otro tanto según su personalidad, alineamiento, clase, etc. Los hay pragmáticos, los hay indulgentes, los hay rígidos y los hay que directamente se van al “muerte antes que deshonor”.

        También lo que hago es ceñirme bastante a los parámetros de la clase de personaje o arquetipo concreto del personaje. En realidad, los modelos de caballería que conocemos por la literatura o las leyendas serían uno solo de los tipos de caballero que podemos encontrar en D&D y Pathfinder. En Pathfinder, el código de honor del que estamos hablando suele pertenecer a paladines y a los caballeros de la Orden de la Espada, cuyos edictos son justamente los que mencionas.

        Pero Allister, por ejemplo, es un caballero de la Orden del Dragón, que dedican sus vidas a proteger y luchar junto a un estrecho grupo de aliados (en este caso los Portadores). Estos caballeros creen en la lealtad y la amistad por encima de todo, y están dispuestos a dar sus vidas para proteger a sus aliados. Los edictos de esta orden, el “código de caballería” que ha jurado cumplir Sir Allister, no pasan tanto por esa concepción del combate singular y la muerte antes que el deshonor sino por permanecer leal a sus aliados, protegerles y ayudarles a perseguir sus objetivos. En este caso, y siguiendo este código que es parte de la mecánica de su clase de personaje, creo que Allister actuó como debía.

        Bueno, como ves me encanta hablar de estos temas… en parte porque me dedico a ello (doy clases de literatura medieval en la uni) y en parte porque me fascina cómo estos aspectos de esa literatura son llevados al rol de maneras tan distintas por cada grupo de juego. Sin duda es un debate muy interesante, y lo estoy disfrutando. ¡Gracias!

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