La Leyenda de Deirdre y los Hijos de Uisnach

Una de las leyendas más conocidas del Ciclo del Ulster, el principal corpus mitológico de la Irlanda pre-cristiana, es la leyenda de Deirdre y los Hijos de Uisnach. Se trata de una historia de amor y pérdida que ha trascendido los confines del tiempo. Deirdre de los Pesares es quizá la heroina trágica celta más conocida a día de hoy, pero para conocer su historia debemos viajar a la verde y mágica isla de Eire antes de la llegada de la cruz cristiana.

De todas las leyendas existen varias versiones, y esta no es la excepción. El relato de este humilde bardo es solo uno de tantos, llegado de entre las brumas del tiempo y narrado, si el Awen me sonríe, con la ayuda de los fuegos de la inspiración. Que lo crea quien quiera. 

Viajemos pues al reino de Ulster, a la corte del rey Conchobar mac Nessa en Emain Macha, su Gran Salón de madera de viejos robles. El Gran Salón se preparaba para la celebración del Samhain, en la hora entre horas del crepúsculo. Los guerreros de la Rama Roja, los campeones del rey, habían dejado ya sus armas y se preparaban para el festejo y las canciones y los relatos de sus grandes aventuras. 

 

Allí se encontraban también el arpista del rey, Fedlimid, y su esposa encinta. También Cathbad, el druida de Conchobar, estaba presente, con su cabello plateado y larga barba reflejando la luz de la luna mientras atisbaba desde el ventanal los misterios insondables del Otro Mundo. 

 

Entonces un chillido penetrante rompió la paz del Gran Salón, y los guerreros aprestaron sus armas. Cathbad ordenó a todos que guardaran la calma. El druida avanzó hasta el centro del salón apoyado en su bastón y dijo que había estado escudriñando los cielos, las estrellas y la luna. Posó su mano en el vientre de Elva, la esposa de Fedlimid, y habló con la voz de la profecía.

“Este bebé nonato es quien ha gritado. No es una niña corriente. Será la mujer más bella de toda Eire, y su nombre será Deirdre, la de pelo rojo como el sol de otoño y ojos verdes como las esmeraldas de los Sídhe. De su belleza surgirá una espada que cercenará el árbol del Ulster. Los reyes la desearán como esposa. La Rama Roja se partirá, y por su causa la guerra y el dolor llegarán a esta tierra.”

Nadie dudó de las palabras del druida. Varios guerreros se ofrecieron a acabar con el bebé nonato para evitar tales males futuros. Pero Conchobar no deseaba romper la ley de la hospitalidad y causar dolor a sus invitados, y tan solo la idea de una belleza semejante ya había cautivado su corazón. 

“La niña crecerá”, ordenó el rey, “en un lugar remoto, y yo la desposaré cuando se convierta en mujer. Bajo mi protección y después como mi reina, toda disputa quedará atajada de raíz”. Así lo ordenó, y así se hizo.

La pequeña Deirdre creció en una casa de piedra rodeada por un muro circular, en la ladera de un monte lejano. Su única cuidadora fue Leabharcham, poetisa y mujer sabia, a quien el rey Conchobar confiaría su propia vida. Bajo su tutela, Deirdre se convirtió en una doncella tan hermosa como el druida había profetizado, dulce, amable y bondadosa con todos los seres vivos, y aprendió las artes bárdicas de la canción, el relato y el arpa.

Cuando Deirdre cumplió los quince años, Leabharcham le dijo que en su siguiente cumpleaños, el rey del Ulster acudiría a ella para desposarla con grandes honores. Aquello entristeció a Deirdre, cuyo corazón era aún libre de las cadenas del amor. 

Aquel invierno, Deirdre contemplaba la nieve desde su ventana, con sus rojos bucles al viento, cuando vio tres cuervos que descendían del cielo. Uno de ellos picoteó una hermosa manzana roja recién caída del árbol. Entonces supo que así sería el único hombre al que amaría en su vida: cabello negro como el ala de cuervo, piel blanca como la nieve y mejillas sonrosadas como la manzana. 

 

 

Tras el invierno llegó la primavera, y su decimosexto cumpleaños se acercaba. Una mañana, mientras recogía flores cerca del Bosque Real, escuchó una alegre canción y vio tres cazadores surgiendo de la espesura. Ellos no repararon en su presencia, pero al ver al primero de ellos, el más alto y fuerte, se le paró el corazón. Era el joven de su visión.

El muchacho se separó de los demás y volvió a meterse en el bosque. Incapaz de contenerse, corrió hacia él. Al llegar a un amplio claro le llamó, y él se dio la vuelta, con las mejillas sonrojadas. Los corazones de ambos se aceleraron, y supieron que se amaban en ese mismo momento.

 

 

Ella le besó y le dijo, “Te amo como se amaba en los días antiguos, como Clíodhna amó a Ciabhan, pero mi beso es contrario a los deseos del rey. Con la luna nueva vendrá a mí, y me convertirá en su esposa. Llévame lejos de él.”

Y él se hundió en sus verdes ojos, atrapado sin remedio, y respondió casi sin aliento: “Soy Naoise, el mayor de los Hijos de Uisnach. Y te amaré hasta el fin de los tiempos”. Pero el cazador había oído la leyenda de Deirdre, y supo que era ella a quien tenía delante. Sintió temor por ella, sabiendo que amarla podía ponerla en peligro,  y con un gran dolor añadió: “Te amo, pero si regresas ahora, quizá la profecía de Cathbad nunca llegue a cumplirse”.

“Este instante contigo vale más que diez vidas encerrada en Emain Macha”, respondió Deirdre. Y Naoise le entregó todo su amor, y huyó con ella. Los hermanos del joven, Ardan y Ainnle, viajaron con ellos pues temían por su destino. Juntos partieron más allá del mar, a las tierras de Alba, que ahora llaman Escocia.

Y a orillas del lago Etive, acogidos por los hombres de Dál Riada, vivieron dos años de felicidad absoluta. 

 

 

En Eire, Conchobar carecía ya de enemigos; se había convertido en Alto Rey por la fuerza de las armas o mediante pactos de paz. Solo una cosa enturbiaba su mente, y así se lo dijo al druida Cathbad. Los Hijos de Uisnach, las tres llamas de Eire, los más nobles entre los hombres, se hallaban en el exilio, por culpa de la mujer que debía ser suya. Decidió enviar a Fergus mac Roigh como portador del perdón real, e instarles a regresar con honores a Emain Macha. El druida asintió en silencio.

Fergus llegó al lago Etive y Naoise le dio la bienvenida, y escuchó las buenas nuevas. Pero Deirdre advirtió a su amado de la visión que había recibido: tres cuervos descendían desde Emain Macha y traían gotas de miel en el pico, pero se marchaban de allí con tres gotas de sangre. Deirdre supo que la miel era el mensaje, y las gotas de sangre, los Hijos de Uisnach. La oferta era un regalo envenenado.

Pero Naoise era incapaz de actuar con cobardía, y decidió regresar a Eire a pesar de la advertencia. Añoraba su patria, y deseaba zanjar la disputa y seguir sirviendo con honor a su rey. Los Hijos de Uisnach embarcaron, y Deirdre partió con ellos, tocando una canción de pesar y dolor con su arpa.

 

 

Muchas cosas ocurrieron durante su viaje hasta Emain Macha, y las visiones de Deirdre les alertaron del peligro en más de una ocasión, pero sus augurios cayeron en saco roto. Cuando se alojaban en los Salones de la Rama Roja, Conchobar envió al temible guerrero Gelban Grednach para comprobar si Deirdre seguía siendo tan bella. Grednach se quedó atónito por su belleza, y Naoise le descubrió. Le arrojó unos dados que había en la mesa y le dejó tuerto de un ojo. 

Grednach huyó de regreso a Conchobar, y le habló del ataque de Naoise y la belleza sobrenatural de Deirdre, y aquello enfureció al rey. Convocó a sus cien mejores guerreros, y les ordenó que abatieran a los Hijos de Uisnach y le trajeran a Deirdre. Pero Leabharcham lo oyó, y partió en secreto a avisar a su ahijada. 

Y cuando los hombres de Conchobar llegaron a la Gran Llanura, Naoise y sus hermanos estaban preparados para la batalla. Nunca ha habido hombres tan en desventaja como los Hijos de Uisnach aquella noche, ni tampoco hombres tan nobles y valerosos como ellos. Cada uno de los hermanos luchaba como veinte de sus enemigos, y su espíritu era inquebrantable. 

Las espadas centellearon azuladas en la oscuridad, la sangre corrió como ríos, y cuando todo terminó, los Hijos de Uisnach se alzaban triunfantes. Torvos, iniciaron su marcha al encuentro del rey, con el destino ardiendo en la mirada. Conchobar se retiró, iracundo, y llamó a gritos a su druida. “Deténlos, Cathbad, o pagarás tu fracaso con el destierro”. 

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El druida conjuró un bosque en la llanura, pero los tres hermanos lo cruzaron con facilidad; conjuró una tormenta que inundó la llanura con un mar de aguas gélidas, y los hermanos nadaron contra corriente; y finalmente transformó las aguas en rocas afiladas como espadas, que se cerraron unas contra otras como los colmillos de la propia tierra. Primero sucumbió Ainnle, el más joven, y después Ardan, el mediano. Naoise, impulsado por su amor por ellos y por Deirdre, fue el último en sucumbir a la hechicería del druida. Pero cayó también vencido y exánime.

 

 

Conchobar ordenó al guerrero Éogan mac Durthacht que cortara la cabeza de Naoise y sus hermanos, y Naoise le ofreció su propia espada, regalo del dios Mananann, para que le diera tan triste uso. Un solo golpe puso fin a la vida de los tres hermanos. 

“Los Hijos de Uisnach se han ido”, dijo Cathbad torvamente. “No volverán a perturbar vuestra paz.”

Y el druida desapareció en la oscuridad, para no volver a ser visto jamás. Pero fuera donde fuera, su maldición cayó sobre Emain Macha. Nunca Conchobar ni ninguno de sus descendientes volvería a reinar en ese lugar. 

Naoise y sus hermanos fueron enterrados allí donde murieron, con un menhir indicando el lugar en el que se talló el nombre de Uisnach. El destino de Deirdre es incierto. Hay quien dice que se arrojó allí mismo al lugar donde había fallecido su amor verdadero y murió de dolor. Otros dicen que se arrojó del carro de Conchobar cuando éste la llevaba a Emain Macha y se partió el cráneo contra las rocas. Muchos afirman que languideció en los salones del rey durante una luna entera antes de sucumbir al pesar. Lo único cierto es que antes de morir entonó su lamento por los Hijos de Uisnach, la canción más bella y triste que se haya oído jamás en tierras mortales.

 

Conchobar la hizo enterrar en las laderas donde había crecido, pero alguien, dicen las malas lenguas que Leabharcham la poetisa, se la llevó de allí y la enterró junto a Naoise. Plantaron dos estacas para señalar el lugar de reposo de los enamorados. Con el tiempo, dos grandes tejos crecieron allí, y a pesar de la distancia que les separa, sus ramas se fundieron en un abrazo sin fin. Hay quien dice que los dos árboles siguen allí, tan eternos como el amor de Deirdre y Naoise. Si es verdad, solo los bardos lo saben.

La leyenda de Deirdre ha aparecido varias veces en la cultura occidental. Yeats (entre otros) le dedicó una obra teatral, y varias novelas han relatado su historia con mayor o menor fortuna. Lo que os dejo para cerrar este larguísimo hilo es música: el disco A Celtic Tale: The Legend of Deirdre, de los hermanos Mychael y Jeff Danna. En concreto, el único tema cantado del álbum, que pone letra y música al lamento de Deirdre.

Este es la leyenda de Deirdre y los Hijos de Uisnach. Espero que os haya gustado y que por un rato aunque sea os haya transportado a aquellos días de magia, heroismo y tragedia antes de que el velo de lo mundano cayera sobre la tierra. Y si en algún momento tenéis a bien alzar vuestras jarras y brindar por la memoria de Deirdre y Naoise:

¡Sláinte!

4 comentarios en “La Leyenda de Deirdre y los Hijos de Uisnach”

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