Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXIX) El Vuelo de la Flecha

EXPLORADORES DE WILWOOD

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

ESCUDOS DE PIEDRA

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

Escudo 16

El silencio se hizo en la Cueva de Herne tras las palabras del anciano de rostro súbitamente cansado. Solo el borboteo de la pequeña cascada llenaba el aire. La revelación que acababa de hacer fue calando poco a poco en los aventureros. Sus repercusiones eran enormes.

Mi nombre era Allanon, sí. Antes. Cuando abandonamos los restos de Lhudu, yo acepté la carga de portar el Clavo de Plata. Por aquel entonces desconocíamos el oscuro poder de las reliquias. Pero cada día que pasaba, sentía que mi temperamento cambiaba. Se hacía más irritable, más iracundo. Pronto la presencia de mis semejantes se me hizo insoportable, pues el menor contratiempo o encontronazo inundaba mi mente de pensamientos asesinos. Así fue como traje el Clavo de Plata a Wilwood.

Fue entonces cuando me percaté de que el Clavo era el origen de mi furia creciente, que de algún modo la maldición de Lhudu seguía en él, y decidí llevar el Clavo a un lugar donde nadie pudiera volver a encontrarlo jamás. Pero al hacerlo traje el mal a este bosque, y su guardián más fiel me salió al paso. El Espíritu del Lobo me hizo frente para obligarme a abandonar sus verdes fronteras. Intenté hacerle entender, intenté resistir, pero una vez más fui débil. Una furia salvaje y atroz se adueñó de mí cuando el Espíritu atacó. Enloquecido por la influencia del Clavo, lo usé para defenderme. Hundí con todas mis fuerzas el Clavo de Plata en el corazón del Lobo, donde sigue clavado a día de hoy. El dolor y la oscuridad enloquecen al Espíritu del Lobo. Todos los lobos del bosque son sus hijos, y comparten su agonía… y su locura. 

Al deshacerme del Clavo, la cordura volvió a mí, y me di cuenta de lo que había provocado. Y era demasiado para soportarlo. Me dirigí al roble más alto y viejo que pude hallar -Entonces el anciano se retiró el cuello de su manto gris, para revelar una gruesa cicatriz rojiza rodeando su cuello. –Colgaba de su rama más gruesa cuando el Astado vino a mí por primera vez.

Los poderes de la Luz y la Oscuridad deben estar en equilibrio, me dijo. Yo había roto ese equilibrio, y yo me convertiría en el instrumento que lo reparara. A través de mí, Herne ha protegido el bosque. El Cazador está usando su poder no solo para evitar que los lobos salgan del bosque, sino también para impedir que la maldad que anida en el Valle de los Túmulos siga creciendo. 

Pero el Clavo de Plata desea reunirse con el Amuleto. Cada luna llena empuja al Gran Lobo con más y más rabia. Yo sirvo al Astado como receptáculo de su poder, pero cuando entra en mí, el dios se hace carne, y este cascarón mortal no puede frenar por más tiempo ambas maldiciones.

Gaul recordó al lobo-hombre abatido en las inmediaciones de Lindar durante la última luna llena. Era la primera vez que uno de los licántropos abandonaba los confines del bosque. Su mirada se cruzó con la del anciano, y Allanon asintió en muda confirmación.

La próxima luna llena, nada impedirá que los hijos del Lobo salgan del bosque y arrasen con su rabia todo cuanto encuentren a su paso.

Y solo hay una manera de impedirlo -dijo Elian en voz baja-.

Allanon asintió. 

Para deshacer el daño que cometí y devolver la paz a este bosque, es necesario arrancar el Clavo de Plata del pecho sangrante del Gran Lobo. No hay otro modo. 

El viejo ermitaño cogió el viejo tocado y les dedicó con un gesto que podían tumbarse a pasar la noche, antes de retirarse de nuevo hacia las grutas interiores, dejando solos a sus huéspedes. Tenían mucho que asumir, y decisiones que tomar. Pero aquello noche no montaron guardias, sabiendo que el poder de Herne el Cazador les protegía en aquel lugar.

Escudo 17

Fue Herne, no Allanon, quien regresó a ellos con el nacer del día. El Astado se había manifestado, y el hombre con el tocado de ciervo se había convertido en un verdadero avatar del Señor de los Árboles. Sin mediar palabra, el Astado cogió un tosco cuenco de madera y lo llenó con el agua de la cascada, y se lo entregó a Gaul.

El semiorco sabía bien qué significaba. El Cazador les estaba ofreciendo su bendición, según las antiguas costumbres de la Vieja Fe. Tomó un sorbo del agua, pura y limpia, y dijo:

Herne, protégenos.

Y pasó el cuenco a Tobruk, que estaba justo a su lado. Participar en la ceremonia implicaba la aceptación de la tarea, pero también recibir la bendición del Astado. Uno a uno, los compañeros aceptaron el cuenco y compartieron el agua.

Herne, protégenos.

El último en hacerlo fue Ephraim, que había dedicado su vida al servicio de un dios muy diferente. Pero supuso que al pícaro Barin no le importaría demasiado aquella pequeña transgresión.

Herne, protégenos.

[Aceptar la bendición del Astado tenía efectos mecánicos. Una sola vez, mientras se dedicaran al cumplimiento de la misión, cada uno podía “gastar” su bendición para repetir una tirada crucial, propia o de un enemigo. Aquello les gustó a los jugadores, que no lo supieron hasta haber aceptado, pero a la vez les puso algo nerviosos, con comentarios de “si el máster nos da esto, es que lo que nos espera es…”]

Al terminar la ceremonia, el Astado habló, con aquella voz que parecía surgir del albor de los tiempos:

La morada del Lobo se encuentra al oeste, más allá del Pico del Águila, en el lugar donde los dos ríos se tocan.

Durante la noche, los compañeros habían estado haciendo todo tipo de especulaciones. Fue Grugnir el que habló al dios, para preguntar:

Si el Pico del Águila está donde creemos, nuestro destino es un lugar lejano. ¿Puedes hacer algo para facilitarnos el viaje? ¿Para que podamos llegar a tiempo?

Herne alzó los brazos, y respondió.

El Arco ha sido disparado. El Vuelo de la Flecha ya no depende del Arquero.

No hicieron falta más explicaciones, ni hubo más preguntas. Dependía de ellos, y solo de ellos, llegar hasta el Pico del Águila y encontrar la morada del Espíritu antes de que la siguiente luna llena asomara en el cielo. No perdieron tiempo, pues todo instante era precioso. Recogieron rápidamente sus cosas, y abandonaron en silencio la Cueva de Herne para ponerse en marcha. 

Mientras se alejaban, adentrándose de nuevo en las profundidades inexploradas de Wilwood, el Astado habló una última vez, desde la boca de su cueva, con su silueta recortada por la bruma matutina. 

Recordad, el Lobo nunca lucha solo. Su manada combatirá a su lado. 

Gaul se volvió para contemplar a su dios reencarnado una vez más, pero allí ya no había nadie. Tan sólo una pequeña cueva entre rocas cubiertas de musgo.

 

Ilustración de Anthony Potts.

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8 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXIX) El Vuelo de la Flecha”

    1. Como decía aquella frase del Manual de Campaña de Theron Marks, “El arma correcta para cada monstruo”.

      O, como decía aquella otra, “¿Estacas de madera y mazos? No, no me lo digas. No quiero saberlo.”

      Les veo fundiendo sus monedas de plata en el fuego de campamento XD

      Le gusta a 1 persona

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