Crónicas de Alasia (XXV): El Caballero Gigante

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Arn Rooc, justicar de Grymn procedente del reino de Carellia
  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Encinal, aventurero medio-elfo proveniente de la gran ciudad de Stonehold

Halcón 2

El buen tiempo de Lughnasadh no duró, y el imprevisible verano alasiano volvió a obsequiar a los viajeros que recorrían las Tierras Reclamadas con chubascos y nubes de tormenta. Envueltos en sus capas de viaje, los Portadores del Amuleto se sentaban sobre las sillas de sus caballos y avanzaban por el embarrado camino de Welkyn. Durante la noche, se habían refugiado de la tormenta en la Posada del Agua, que seguía cerrada para el común de los viajeros pero cuyas puertas estaban abiertas para ellos. Ahora, después de una noche de lluvia intensa, proseguían su camino. Regresaban al Portal de los Lamentos, decididos a adentrarse por fin en sus profundidades y encontrar la Gema Oscura que, según todos los indicios, el viejo Bórr había ocultado allí. Era la primera expedición que emprendían sin Norben a su lado, y estaba por ver como les iría sin el paladín a la vanguardia. Soplaba un viento fresco que arremolinaba sus capas tras ellos, y el sol asomado entre los nubarrones ya empezaba a secar el barro bajo los cascos de los caballos.

Recorrían el camino en su último tramo, una larga pendiente flanqueada de bosques, con el lago de  Welkyn azul y cristalino a su izquierda, decenas de metros por debajo. El paisaje desde allí era espectacular, y los haces de luz solar que descendían del cielo como lanzas hacían difícil creer en un mal como el que llevaban a cuestas. Entonces, tras un recodo del camino, un par de grajos elevaron el vuelo graznando, y la visión de una masacre se desplegó ante sus ojos. Media docena de hombres y otros tantos caballos yacían muertos en el barro. De algunos cuerpos sobresalían los largos astiles de flechas disparadas por la espalda, y otros presentaban heridas atroces. Algunos habían sido víctimas de una violencia extrema, mostrando unos tajos tan brutales que parecía que ningún humano pudiera haberlos asestado. Uno de esos tajos, aparentemente, había partido en dos a un jinete y casi le había hecho lo mismo a su montura. Los cuerpos claramente habían sido saqueados a toda prisa pero concienzudamente. Los Portadores detuvieron sus caballos y empezaron a escudriñar los bosques que les rodeaban, por si los responsables de aquella matanza seguían por allí, ya que aquello no podía haber sucedido más que unas pocas horas antes.

Encinal escuchó un ruido a su derecha, proveniente del bosque, el resople de un caballo. Cuando el medio-elfo se volvió hacia allí, vio entre los árboles al caballo más imponente que jamás había podido contemplar. Era un corcel de guerra negro como la noche, robusto, sano y bien cuidado, con una marcada musculatura en la cruz y una lustrosa crin también negra. Debía medir más de veinte manos de altura, y estaba perfectamente ensillado y enjaezado. La inmensa bestia golpeaba el suelo con uno de sus cascos delanteros, y resoplaba ansioso, como impaciente. Intercambiando una mirada de precaución, los Portadores desmontaron y, con las armas en mano, se acercaron al animal. Al llegar cerca del percherón, vieron que el corcel se encontraba de pie frente a un cadáver ataviado en armadura, el cuerpo de un hombre tan enorme que sólo un caballo como aquel podría servirle de montura. Superaba los siete pies de altura, pero eso no le había salvado de la media docena de flechas que sobresalían de su cuerpo como si de un puerco espín se tratara. Una gran espada se hallaba a su lado, tirada entre la maleza. El caballo parecía estar protegiendo al caído, y delante de ellos tocó la cabeza del hombre con el morro, como intentando darle la vuelta. Entonces Shahin se percató que a unos metros de distancia había otro cadáver, un medio-orco feo y contrahecho cuyo cráneo había recibido tal golpe que se había hundido hacia adentro, dejando escapar gran parte de su contenido. No les quedó duda alguna sobre el responsable, y al instante comprendieron porqué el cuerpo del masivo guerrero no había sido saqueado. El caballo negro relinchó, y volvió a golpear el suelo con una pezuña manchada de sangre y sesos.

Arn enfundó su espada y, con pasos lentos y cautelosos, empezó a aproximarse, intentando no parecer amenazador. El caballo rebulló nervioso, pero no hizo ademán de ponerse agresivo. El justicar se arrodilló junto al hombre, y mientras Shahin y Encinal intentaban calmar a la gran bestia con palabras suaves y gestos apaciguadores, Arn le dio la vuelta al cuerpo y le quitó el casco. A pesar de su gran tamaño, era un hombre, y para sorpresa del clérigo, ¡seguía con vida! El gigantesco guerrero se aferraba a la vida, pero estaba perdiendo mucha sangre y se encontraba ya más al otro lado del Velo que a este. Rezando a Grymn, Arn puso las manos sobre el pecho del desconocido, y sintió como el poder de su dios pasaba a través suyo y entraba en el caído, sanando milagrosamente sus peores heridas al instante. El hombre empezó a toser sangre, y aferró con una manaza enguantada el hombro del clérigo, como decidido a seguir la lucha en la que había caído, pero acababa de regresar del umbral de la muerte y no estaba en condiciones. Hizo falta todo el poder que Grymn estuvo dispuesto a conceder para restañar las heridas totalmente y permitir que el gigantón recobrara plenamente el sentido y se pusiera en pié.

Cuando lo hizo pudieron comprobar realmente la magnitud de su estatura. Superaba en más de un pie a Arn, el más alto de los Portadores, y era el doble de ancho de hombros. Al verse rodeado de amigos, el gigante acarició la crin de su caballo y le dio una manzana de su zurrón, agradeciendo su lealtad. Se presentó a los Portadores como Sir Alister Norff, un caballero errante de la Orden del Dragón. Había llegado a las Tierras Reclamadas desde el sur, como miembro de una compañía armada dispuesta a entrar al servicio del Barón Stephan…. compañeros que ahora yacían muertos y tirados en el camino. El enorme caballero parecía sumamente contrito, claramente afectado por la masacre de sus aliados, o quizá por seguir con vida cuando el resto había perecido. Mientras dejaban que el gigante se despidiera de sus amigos muertos en soledad, Arn contó a sus compañeros que la Orden del Dragón creía, por encima de todo, en los preceptos de la lealtad y la amistad, y que sus miembros están más que dispuestos a entregar sus vidas para proteger a sus aliados… para sir Alister, aquella debacle debía suponer un duro golpe, un fracaso personal.

Cuando se reunió con ellos, el caballero les contó lo que había sucedido allí: una emboscada sin que mediara ningún tipo de alto o amenaza. Los atacantes habían sido todos inhumanos, completamente o en parte. En sus filas había semiorcos y hobgoblins, incluso un gnoll, pero el peor era su líder, una mole aún más grande que el caballero, con un brazo hipertrofiado con el que blandía una enorme mandoble con una fuerza sobrehumana. Sir Alister había cargado contra él sin dudarlo, retándole a luchar cara a cara, pero los secuaces del monstruoso bastardo le habían acribillado, y perdió el conocimiento mientras seguía luchando a pie por un golpe asestado por la espalda, mientras a su alrededor sus amigos gritaban y morían. Por los rumores que llevaban escuchando desde que llegaron a Alasia y los carteles de Se Busca colgados en el Hacha y el Suspiro, los Portadores no dudaron en poner nombre al bruto responsable de la carnicería: Vorlak el Mestizo, Su banda se estaba volviendo más audaz por momentos, y si alguien no les detenía pronto, nadie sabía hasta donde serían capaces de llegar. En aquel momento, mientras volvía a ponerse su yelmo, Sir Alister se dirigió a los Portadores. Les dijo que tenía una deuda de honor con ellos por salvarle la vida, y fue su turno de hacer preguntas. Tras oír una versión muy parcial de la búsqueda de los Portadores, el Caballero del Dragón les dijo que ponía su espada y su lanza a su servicio. Sus compañeros estaban todos muertos, y si su causa era noble y justa, Sir Alister Norff la tomaría como suya de ahora en adelante. Aunque ya no disponían de la sobrenatural intuición de Norben para presentir el mal, a todos les pareció que el gigantesco guerrero era un hombre de honor. Le dijeron que estaban embarcados en una empresa terriblemente peligrosa que ya había costado la vida a uno de ellos, y que les llevaba a enfrentarse al espantoso mal al que intentaban poner fin, pero eso en vez de arredrar a la mole, pareció darle un nuevo propósito. De esta manera, como si de la misteriosa voluntad de los dioses se tratara, Sir Alister Norff unió su destino al de los Portadores del Amuleto, y con el tiempo se convirtió en uno de ellos.

[Supongo que a estas alturas, no quedará nadie que no se haya dado cuenta de que Sir Alister es el nuevo personaje del jugador de Norben. Había perdido a un paladín, pero seguía interesado en el trasfondo caballeresco de la campaña, y decidió que era la oportunidad de probar una nueva clase que había aparecido no hacía demasiado en la Guía Avanzada del Jugador, el caballero (cavalier). En Pathfinder, un caballero es un tipo de guerrero dedicado a una causa concreta, que varía en función de la Orden escogida, y ganan habilidades especiales por su gran convicción en esos ideales. Todos son excelentes jinetes y empiezan a primer nivel con una montura especial de mayor fuerza e inteligencia, que va mejorando con los niveles, y la capacidad de retar a sus enemigos en combate, pero al contrario que los paladines, carecen de poderes divinos. El concepto del personaje, básicamente, fue “¿y si la Montaña que Cabalga (de Juego de Tronos) fuera tan justo y honorable como un Stark?”. Esta manera de introducirle daba sentido a su incorporación a las filas de los Portadores, y a la vez me dejaba mostrar a los jugadores que las cosas de la campaña a las que ningún grupo se ha dedicado (como la banda de Vorlak) no se quedan en pausa y congeladas hasta que los personajes tomen cartas en el asunto, sino que siguen su curso natural, con las consecuencias que eso conlleva. También me servía para dar indicios de lo muy peligrosa que es esa banda. Hay que aprovecharlo todo…]

Tras llevar a los fallecidos hasta Welkyn y darles sepultura en su cada vez más nutrido cementerio, los Portadores, ahora con el gigantesco Sir Alister a su lado, partieron de nuevo a través de las tierras agrestes en dirección al Aguasverdes. Al otro lado, en lo alto de las colinas boscosas, les esperaba la oscura oquedad del Portal de los Lamentos, y el mayor peligro al que jamás se habían enfrentado.

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