Crónicas de Alasia (XXVI): El Portal de los Lamentos

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Arn Rooc, justicar de Grymn procedente del reino de Carellia
  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl
  • Encinal, aventurero medio-elfo proveniente de la gran ciudad de Stonehold
  • Sir Alister Norff, gigantesco caballero de la Orden del Dragón

Halcón 3

Tras ascender con los caballos por el escarpado camino a través de las laderas boscosas, y dejando atrás el Valle de los Santuarios, los Portadores llegaron de nuevo ante el oscuro hueco conocido como el Portal de los Lamentos. El coro de voces gimientes seguía surgiendo de su interior, pero después de todo lo que habían pasado, no iban a dejar que eso les detuviera. En un pequeño claro del bosque a una distancia prudencial del Portal dejaron atados a los caballos, excepto a Trueno, el enorme corcel de Sir Alister, que no lo necesitaba, y se prepararon para adentrarse en el resquicio triangular dejado por las enormes columnas rotas que se apoyaban precariamente entre sí. Shahin, el más perceptivo de todos, iba en cabeza, con los ojos bien abiertos en busca de sorpresas desagradables. Justo detrás iban Sir Alister, que tuvo que encorvarse mucho debido a su enorme estatura, y Arn, que avanzaba con expresión torva y decidida. Adà iba a continuación, ansiosa en sus adentros por descubrir el origen de los extraños lamentos, y Encinal cerraba la comitiva, sospechando que a partir de aquel momento más le valdría poner en práctica todo lo que había aprendido en la Academia de las Artes Mixtas.

Avanzaban extremadamente despacio, pues Shahin se estaba tomando su tiempo para asegurarse de que no se le escapaba nada, y tales precauciones pronto dieron su fruto. El “túnel” de columnas caídas daba, tras varios metros, a un gran umbral encajado en la misma roca de la colina. Estaba despejado de restos y escombros, y aunque en sus tiempos debió ser magnífico, ahora estaba repleto de símbolos siniestros garabateados en todo su contorno, similares a los que encontraron en los santuarios de Gardron y Heimthar. Musitando un sencillo conjuro que le permitía vislumbrar los entramados de poder, el magus comprobó que el símbolo que estaba justo sobre el arco del umbral relucía con una aura mágica. Ya habían encontrado salvaguardas parecidas en los santuarios gemelos, y sabían que eran peligrosas. Los conocimientos de Shahin no bastaban para intentar interferir de alguna manera con el símbolo sin arriesgarse a dispararlo. pero habían comprobado que esos glifos custodios, si eran detectados a tiempo, en muchas ocasiones podían ser evitados sin problemas. Tras varios tanteos cautelosos, Shahin comprobó que el glifo no parecía reaccionar a su presencia, así que con una plegaria a Sûl en los labios, cruzó el umbral… y no ocurrió nada. Invocando un orbe luminoso para alumbrar el camino, vio que un largo y ancho pasadizo se internaba en línea recta hacia el interior de la colina. Dio la señal a sus compañeros para que le siguieran, y en cuanto Sir Alister cruzó el umbral, el glifo custodió empezó a brillar con una intenso resplandor y explotó, enviando energía arcana en todas direcciones. Los cinco se vieron golpeados por ella, aunque por fortuna no se trataba de una salvaguarda particularmente potente y gracias a ello sobrevivieron al estallido, aunque algo maltrechos.

[El símbolo sólo se activaba cuando un personaje de alineamiento Bueno cruzaba el umbral… por lo que ignoró al Neutral de Shahin pero se disparó ante Sir Alister.  Los jugadores no relacionaron ese hecho en ese momento, pero resultaría tremendamente importante para lo que vino a continuación.]

Tampoco tuvieron tiempo para recuperarse y sanar sus heridas, pues la explosión del símbolo no pasó desapercibida. Poco a poco, algunos de los lamentos omnipresentes empezaron a escucharse más cerca, retumbando por el pasadizo de enfrente, y en cuestión de segundos, un grupo de esqueletos apareció a la luz del orbe de Shahin, moviendo las mandíbulas y profiriendo los siniestros gemidos. Eran muy parecidos a los que habían acabado con Norben, y los Portadores recordaron entonces que aquellos también habían movido sus mandíbulas en silencio, sin que ningún sonido surgiera de ellas. Poco a poco se asentó en las mentes de los Portadores el significado de aquello, de lo que significaba el coro de gemidos que provenía del interior de la tierra, y la aterradora visión de hordas de aquellos horribles engendros cruzó por sus mentes. Los no-muertos se abalanzaron sobre ellos sin darles tiempo a reaccionar, y pronto se vieron luchando nuevamente por sus vidas. Shahin y Adà dedicaron sus primeros conjuros a cubrirse con protecciones mágicas, mientras Arn y Sir Alister salían al paso de los monstruos sin dudarlo ni un instante. Ambos eran veteranos del campo de batalla, y se notaba. Sir Alister inmediatamente demostró su valía como guerrero: no era un simple bruto, como su aspecto podía dar a entender, sino que parecía tener un gran control del campo de batalla, y empezó a usar esas dotes tácticas para indicar a sus nuevos compañeros las mejores posiciones y coordinar sus ataques.

Aquella vez, además, no cometieron de nuevo el error de subestimar a sus enemigos. Adà pronunció a pleno pulmón las palabras de poder de su mejor baza contra los esqueletos, el conjuro que disipaba temporalmente la energía necromántica que les animaba, y logró que dos de ellos cayeran al suelo como simples cadáveres inertes. Los demás se dividieron en dos grupos para flanquear a los dos esqueletos restantes, y no tardaron en acabar con ellos, y en destrozar a los caídos antes de que se reanimaran.  Aquellos esqueletos gimientes parecían atacar con más saña a Encinal y Sir Alister que a los demás, como también habían hecho con Norben, y las llamas de sus ojos parecían arder con más fuerza cuando lo hacían. Tras el combate, los Portadores decidieron moverse rápido para no verse abrumados. Tras asomarse a una pequeña habitación lateral que resultó ser una celda dormitorio de estilo monacal, vieron que no les quedaba más remedio que avanzar hacia el coro de lamentos.

Al hacerlo dieron con la entrada a una inmensa sala funeraria, tan grande que la luz mágica del orbe no alcanzaba a iluminar el fondo. Las paredes albergaban numerosos sarcófagos de piedra, pero los símbolos sagrados que antaño presidieran la sala habían sido profanados y desacralizados sin remedio. A cada lado se veía un par de escalinatas ascendentes, pero sin duda la sala mortuoria estaba presidida por una verdadera aberración situada en su centro: una enorme fuente de mármol, antaño grandiosa, ahora estaba manchada de carmesí, y en lugar de agua estaba llena a rebosar de sangre y huesos. Una runa roja brillante desprendía pura maldad en el frontal de la base de la fuente, y la sangre parecía bullir a borbotones en su interior, salpicando a goterones el suelo a su alrededor. Sin duda, la fuente era el origen de los lamentos que daban su nombre al lugar.

Avanzando despacio, los compañeros entraron en la sala. Arn y Shahin querían examinar la extraña runa más de cerca, para ver si tenían algún medio de contrarrestarla. Encinal y Sir Alister les cubrían, sin dejar de controlar los sarcófagos por si acaso. Entonces, cuando se hallaban a medio camino aproximadamente, una mano huesuda surgió del pozo de sangre en la fuente, y luego otra, y otra, hasta que cuatro esqueletos más surgieron de sus profundidades, empapados en sangre y con las cuencas vacías ardiendo de odio.  De nuevo los Portadores se defendieron contra los muertos vivientes, decididos a mantener la posición, pues no había otra manera de avanzar que no pasara por aquella sala. De nuevo empezaron a volar los conjuros de Adà y las estocadas cargadas con magia del puñal de Shahin, los espadazos de Encinal y Sir Alister y las oraciones cargadas de poder divino de Arn. Los esqueletos eran duros de pelar, no obstante, y pronto los Portadores empezaron a mostrar señales de los tajos y zarpazos que asestaban sin parar. Entonces, unos segundos después de haber empezado el combate, y cuando aún no habían logrado acabar con ninguno de los esqueletos, cuatro más surgieron de la fuente y se unieron a la refriega sin dejar de gemir. De repente, los Portadores se vieron superados en número, y el combate empezó a cobrar un cariz desesperado.

De inmediato Sir Alister ordenó la retirada. El pasadizo era un lugar mucho mejor para enfrentarse a un número superior, y la fuente no tenía visos de dejar de escupir esqueletos. Si ese era el caso y se quedaban allí dentro, podían darse por muertos. Pero hay una gran diferencia entre una unidad de soldados entrenados y disciplinados y una compañía de aventureros errantes, y Sir Alister la comprobó en ese mismo instante. Los Portadores luchaban bien juntos, pero cada uno actuaba por libre, y el combate se convirtió en una retirada lenta y caótica cuando los miembros del grupo intentaban aprovechar alguna oportunidad fugaz o lanzar un último conjuro antes de salir. Arn y Shahin, reticentes a abandonar, estaban casi junto a la fuente, rodeados por esqueletos. Adà por el momento había logrado mantener lejos de ella a todos los monstruos, pero sus energías arcanas empezaban a agotarse, y tuvo que empezar a recurrir a sus conjuros más sencillos para defenderse. Sir Alister y Encinal lograron llegar al umbral mientras combatían contra sus enemigos respectivos, y en cuanto abandonaron la sala, los esqueletos dejaron de salir de la Fuente de Huesos, el medio-elfo ató cabos al instante. Por alguna razón, la presencia de ellos dos activaba la magia oscura de la runa, y hacía que los muertos siguieran saliendo de la fuente sin un final aparente. [Como el símbolo de la entrada, era la presencia de personajes Buenos lo que despertaba a la Fuente.]

Entonces Shahin cayó fulminado por los zarpazos de uno de los esqueletos, que había logrado superar su escudo mágico. Arn se vio obligado a mantener la posición para proteger a su camarada inconsciente, y con sus oraciones destruyó a dos de los esqueletos que le rodeaban. Cargando con el cuerpo de Shahin a hombros, emprendió la retirada. Solo quedaban dos esqueletos que se acercaban peligrosamente a Adà, quien parecía resistirse a huir, quizá negándose a permitir que su nigromancia no bastara para doblegar a los muertos. Ante eso, Encinal perdió los nervios y, a pesar de saber que su presencia reiniciaría la aparición de más esqueletos, entró de nuevo en la sala en un intento de acabar el combate antes de que eso pasara. Sir Alister lanzó una sonora maldición al ver como, efectivamente, cuatro esqueletos más aparecían ante la impulsiva irrupción del joven. Con un sonoro bufido, y olvidando toda idea de luchar con un mínimo de estrategia, el enorme caballero entró también a la carga. Adà estaba a punto de salir, poniendo a Encinal y Sir Alister entre ella y los esqueletos, pero decidió lanzar un último conjuro mientras retrocedía, intentando atontar a uno de los cadáveres. No resultó, y aquello hizo que las criaturas le dieran alcance y la derribaran en un charco de sangre.

Sir Alister llegó justo cuando los monstruos iban a rematarla, y se lanzó contra ellos con todo el peso de su inmenso cuerpo, mientras Encinal corría a ayudar a Arn. Los esqueletos se cebaron contra el caballero, atacándole con esa furia especial que cargaba sus golpes de una potencia inhumana, y el guerrero cayó de rodillas, medio consciente pero demasiado débil para seguir luchando. Arn vio que las vidas de todos colgaban de un hilo, y con su poder para repeler a los muertos casi agotado, tuvo una idea en el último minuto, y la puso en práctica. Sacó uno de los viales de agua bendita que había conseguido en la catedral de Nueva Alasia después de la muerte de Norben, y lo lanzó directo contra la runa maléfica de la fuente. Era una apuesta desesperada, algo con lo que el estricto justicar no se sentía demasiado a gusto, pero si funcionaba sería la única posibilidad de salir de allí con vida. El frasco voló por los aires y se estrelló directo en la runa, pero esta no se desactivó, ni se borró, ni perdió su poder… pero su brillo se amortiguó un poco, como contenido, y los esqueletos empezaron a tambalearse, descontrolados y aturdidos. El brillo rojo de la runa siseaba por debajo, evaporando rápidamente el agua bendita que la empapaba, y Arn supo que sólo había conseguido algo de tiempo. Salió a toda prisa de la sala con Shahin a cuestas, mientras Encinal se sacudía el esqueleto que tenía encima y demostraba una fuerza muy por encima de su tamaño al arrastrar el corpachón de Sir Alister hasta el exterior. Mientras Arn sanaba las heridas de Shahin y Sir Alister e impedía que se desangraran hasta la muerte, el medio-elfo volvió a entrar corriendo en busca de Adà. La runa quemó todo resto de agua bendita, y los esqueletos recuperaron su plena movilidad. Encinal cogió a Adà en brazos en el mismo instante en que cuatro esqueletos más empezaban a salir de la fuente, y salió corriendo sin mirar atrás. Cargando y arrastrando a los caídos como pudieron, los dos Portadores que quedaban en pie se batieron en retirada hacia la luz del sol, con los tétricos gemidos resonando a sus espaldas. El Portal de los Lamentos les había rechazado vilmente, y no sabían si vivirían para intentar una segunda incursión.

[Pues sí, aquella sesión estuvo al borde de acabar en un Total Party Kill. En parte se debió a lo que yo llamo el efecto “retirada rolera”, esa curiosa reticencia de muchos jugadores a huir o al menos de hacerlo de una forma organizada. A veces bromeo diciendo que es como si, cada vez que un personaje intenta retirarse, su jugador tirara en una tabla a ver qué hace en realidad. “Me retiro pero antes le pego un flechazo”, “mientras los demás huyen yo cargo para cubrirles”, “el próximo asalto salgo”, “dejad que vengan”, y cosas así… Conste que me incluyo, seguramente cuando juego en vez de dirigir haga exactamente lo mismo. Pero este combate fue la mezcla de eso, una retirada más bien caótica, y de la sorpresa de comprobar turno tras turno que, efectivamente, el número de esqueletos no parecía tener límite. El jugador de Sir Alister, que acababa de perder a Norben a manos de este tipo de esqueletos, comprensiblemente estaba que se subía por las paredes ante la perspectiva de repetir. Por fortuna, aunque la cosa fue muy muy justa lograron evitar la debacle total. Pero una mazmorra muy, muy dura les seguía esperando…]

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