Liminal 1×01: Mercado goblin (1)

We’re questioning,

We’re measuring

We can’t relate to anything

We don’t belong here

We don’t believe in hidden bonds

We are apostles of nonsense

We don’t belong

Anywhere, anywhere…

                   –Strangers, Unseelie

La ciudad de Londres, a vista de pájaro, es como un enorme collage de cemento, ladrillo, polvo y niebla, partido en dos por la serpenteante línea de plata del río Támesis. El reconocible skyline londinense se recorta contra el cielo de una mañana sucia y fría de otoño, perfilando las siluetas de los grandes edificios que incluso el más despistado reconoce a simple vista: el Big Ben, la catedral de St. Paul, el Ojo de Londres.

Pero Londres es una ciudad antigua, muy antigua, y eso quiere decir muchas cosas. Edificios milenarios coexisten con rascacielos modernos, a veces pared con pared. El peso de la historia lo impregna todo, hasta el aire. Nunca se está a más de 5 metros de una rata, la veas o no. Y el subsuelo está plagado de túneles en desuso, catacumbas, criptas y ruinas de las Londres anteriores. Es un mundo que la gente normal nunca ve, aunque lo estén pisando cada día.

Es un Mundo Oculto.

En el East End, en el corazón del Londres anónimo, que no sale en las películas ni en las guías de viaje, existe una vieja comisaría de policía que ha visto tiempos mejores. Es la sede de la División P en Londres, o como se llaman a sí mismos, la Guardia. Son pocos, su presupuesto es magro y las horas extra se dan por supuestas: Londres es un hervidero de actividad sobrenatural.

La División P es la sección más inusual de todo Scotland Yard. Sus agentes, inspectores y detectives son los encargados de resolver los casos más inusuales y extraños que llegan a conocimiento de las autoridades. Para la mayoría de miembros del cuerpo británico de policía, ser asignado a la División P es una especie de castigo, un exilio al sótano y el fin de una carrera prestigiosa para pasar a ocuparse de frikis desbocados, lunáticos que se creen satanistas y borrachos que te piden que les encierres en las noches de luna llena creyendo que se van a transformar en licántropos. Los agentes de la División P saben la verdad. Saben que su trabajo es mucho más complicado que eso. Londres es una ciudad con muchas sombras, y la División sabe lo que habita en ellas.

Lo único que hace manejable la situación de la ciudad es la Pax Londinium, un acuerdo formal entre las grandes facciones del Mundo Oculto según el cual la ciudad al sur del Támesis es terreno vetado para los sobrenaturales. Eso incluye a los Liminales, esos pocos individuos que tienen un pie en el reino de lo mundano y otro en el Mundo Oculto.

En la mañana del 7 de noviembre hay más ajetreo de lo normal en la sede de la Guardia. El capitán William Davenport frunce el ceño mientras echa un nuevo vistazo al dossier que tiene en la mesa. La cosa es grave. Descuelga el teléfono y llama al inspector detective MacLeod a su despacho. Angus MacLeod es el detective más recientemente asignado a la División, pero este caso… El escocés había revolucionado la comisaría con sus propuestas, propuestas que Davenport había aprobado pero que le estaba costando justificar a sus superiores de la Sede Central. MacLeod había organizado y estaba al frente de un equipo de “asesores civiles”, un grupo de Liminales de habilidades muy diversas creado para llegar donde la División P no podía e investigar aquellos casos que requerían talentos y capacidades fuera de lo policial. Era una situación inusual, y no todos en la División lo veían con buenos ojos.

Alguien llama a la puerta del despacho, y Davenport hace pasar a MacLeod para asignarle un caso, el primer caso importante para él y su equipo.

Pasa, MacLeod. Tengo trabajo para tí y para tus chicos.

Le pasó el dossier marrón al policía más joven, y éste empezó a ojearlo con detenimiento. MacLeod era alto y algo desgarbado, sus largas patillas se extendían por los costados de su rostro. Davenport habló

Han sucedido una serie de asesinatos violentos en la ciudad de York, de entre todos los sitios. Muertes que huelen al Mundo Oculto. La División apenas tiene personal en Yorkshire. Se trata de una zona más bien rural y tranquila, así que hay que hacerse cargo de inmediato.

MacLeod frunció el ceño al comprobar los detalles del caso. Tres cadáveres, con dos días de diferencia entre cada uno. Causa de la muerte idéntica: traumatismo por objeto contundente en la parte trasera de la cabeza. Según los batas blancas, la fuerza del impacto estaba más allá de lo humanamente posible. Aunque eso no necesariamente implicaba algo sobrenatural, el detective vio al momento la necesidad de investigarlo de manera urgente. Si se trataba de un asesino en serie, podría haber más víctimas. Y si el asesino pertenecía al Mundo Oculto, las autoridades locales no podrían hacer nada para detenerlo.

Davenport avisó a MacLeod de la importancia del caso.

Necesito que esto salga bien para justificar a “los de arriba” la existencia del equipo. Ya conoces a Skinner. Es un poli de los de la vieja escuela. Me ha estado presionando para que le de el caso a él, pero si la investigación se va patas arriba, tendré que pasar el caso a Andersen, y sabes lo que eso significa. Sangre, agentes heridos y un montón de daños colaterales que cargar a los contribuyentes.

MacLeod asintió. Andersen venía de Operaciones Especiales. Su forma de solucionar los problemas era de todo menos sutil.

Abandonó la comisaría con el dossier del informe bajo el brazo, mientras citaba a sus compañeros en la estación de King’s Cross para coger el primer tren hacia York. Paró a un taxi, uno de los míticos taxis negros de Londres, marcado con el número 01.

El taxista, un hombre blanco, bajito, de escaso pelo negro y barba de dos días, con la patilla izquierda de las gafas pegada con cinta adhesiva, le preguntó si le importaba que pusiera música, a lo que MacLeod accedió con un gesto de la mano. Mientras empezaba a sonar Dead Souls de los NIN, MacLeod empezó a revisar en mayor profundidad el dossier del caso. La primera víctima era Stephen Aplebee, 58 años. Un indigente y músico callejero local. Hallado muerto el 1 de noviembre, seis días atrás, en Coppergate Street. Hora de la muerte aproximada: 23:00. La segunda víctima era William Quick, profesor de secundaria de 42 años, hallado muerto en Tower Gardens el día 3. Hora de la muerte: 19:30. La víctima más reciente había sido asesinada el día anterior, el 6 de noviembre. Virginia Wheatley, 17 años, estudiante de secundaria. Hallada en Rowntree Park, muerta sobre las 18:30. En ninguno de los casos había testigos presenciales, a pesar de lo céntrico y concurrido de las escenas del crimen.

***

En la sede de Kloeckner Metals, en un sector industrial a orillas del Támesis, varios móviles empiezan a sonar con notificaciones de mensaje. La empresa de gestión de residuos industriales era la tapadera bajo la que se ocultaba la base de operaciones del equipo de “asesores civiles” de MacLeod. Uno a uno dejan lo que estan haciendo (al sonido de canciones que por una serendipia o por obra y gracia del espíritu que parece mostrar la ciudad a veces resultaban extrañamente apropiadas para cada uno) y se ponen en marcha.

John Pierce, el antiguo SAS, estaba limpiando sus armas y haciendo munición. El ex-militar apretó la mandíbula cuando desde el pequeño transistor los Pumpkins empezaron a cantar que el mundo es un vampiro, justo antes de que llegara la notificación. Para él, los vampiros no eran algo sobre le que se pudiera hacer chistes o canciones.

Siempre ansioso de conocimientos arcanos, Aedus Cook estaba enfrascado indagando en los viejos y valiosos volúmenes de la biblioteca que había conseguido acumular como asociado en ciernes del Consejo de Merlín. El joven mago intentó que la música de Uriah Heep que se filtraba desde el exterior de la biblioteca no le desconcentrara cuando el pitido de su teléfono acabó de arruinar sus intentos.

En el laboratorio, “Doc” Gwyndwr analizaba unas muestras de sangre que MacLeod le había pasado para ver si podían pertenecer a algo no humano, sonriendo con las primeras notas del Doctor, Doctor de los UFO que el modo aleatorio de Spotify le acababa de servir. La sonrisa se cortó al leer el contenido del mensaje del detective.

Blake Travers salía de la ducha y se arreglaba mínimamente la poblada barba negra frente al espejo, un objeto de anticuario que solo podía haber salido de las adineradas arcas del clan MacLeod. El móvil trinó, cortando a los Zeppelin y su irónicamente apropiado Black Dog.

Tenían un caso.

Tras reunirse con MacLeod en King’s Cross y montar en el tren que les llevará a través de la campiña inglesa hasta York, el detective pone en antecedentes a su equipo y comparte toda la información del caso con ellos. Durante el viaje, cotejan las escenas de las muertes para ver si existe algo parecido a un patrón. Las tres muertes forman una especie de línea recta de norte a sur, en la zona más antigua y visitada de la ciudad, cerca del castillo y la espectacular catedral de York Minster. Las tres muertes se produjeron después de anochecer.

[Los jugadores empezaron a investigar por su cuenta en Internet, buscando planos de la ciudad, su historia, etc. Es divertido verles empezar a especular y formular teorías. Uno de ellos apuntó a que todo había empezado justo después de Halloween, Samhain. Otro que las tres muertes se habían dado en el casco antiguo de la ciudad. Hacía mucho que no dirigía partidas de investigación, demasiado…]

Llegaron a la ciudad sobre las tres de la tarde. A aquellas alturas del año, no quedaba mucho rato ya para el crepúsculo. Mientras recorrían la ciudad desde la estación hasta Rowntree Park, la escena de la última muerte, pudieron hacerse una idea del carácter de York. Otra ciudad milenaria y rebosante de historia, donde el pasado medieval se manifestaba prácticamente a cada paso. Mientras caminaban pudieron admirar las espectaculares murallas de la ciudad, recorridas por un buen número de turistas incluso a estas alturas del año. Al mirarlas, Doc fijó su mirada en ellas y el color escapó de su rostro. El médico galés estaba bendito -o maldito- con el Don de la Segunda Vista. Podía ver todo aquello que normalmente está oculto al ojo mortal. Y lo que vio le dejó lívido. Siguió andando sin comentar nada a sus compañeros, como si quisiera protegerles de algo que es mejor no saber. Cuando el siempre instintivo Travers se percató y le preguntó qué había visto, tan solo respondió que aquella ciudad había visto mucha muerte.

En la escena del crimen les estaba esperando el sargento Andrew Higgs, el agente de la North Yorkshire Police encargado del caso. Era un policía mundano, ajeno a la División P, y el hombre pareció muy aliviado por poder pasar esto a manos más acostumbradas a crímenes violentos.

¿El detective MacLeod, supongo? -saludó Higgs al verles llegar-. Bienvenidos a York, caballeros. Pasen y vean.

Les llevó hasta el otro lado del puentecillo sobre el canal de Rowntree Park, a una zona acordonada junto a un seto. Una silueta trazada en el suelo sobre el césped indicaba el lugar donde había sido hallado el cadáver. La silueta parecía desmadejada, como un muñeco roto.

Mis chicos y yo hemos peinado la zona. Creo que no se nos ha escapado nada, pero no estaría de más que ojos más expertos lo revisaran, por si acaso.

¿Hay algo más que puedas contarnos sobre las víctimas, Higgs? -preguntó MacLeod tras devolver el saludo y una breve charla de cortesía-. ¿Qué sabemos de ellas? ¿Se conocían? ¿Hay alguna relación entre ellas? ¿Algo en común?

No estaban relacionadas entre sí, hasta donde hemos podido averiguar. Distintas edades, profesiones, procedencias. Aparte de la forma de morir solo comparten una sola cosa, y no sé si podría tener alguna relevancia para el caso. Los tres ejercían o habían ejercido alguna vez, ocasionalmente o a menudo, como músicos callejeros en la ciudad.

Curioso -respondió Aedus Cook. Su mente ya estaba en marcha, barajando posibilidades.

John Price se levantó tras inspeccionar el lugar donde se hallaba la silueta dibujada junto al seto, y se volvió hacia el sargento Higgs.

Me imagino que los cadáveres estarán en la morgue.

Así es. Ron ha estado ocupado estos días. Dios, pobre gente. Esta era tan solo una niña. La golpearon fuerte, muy fuerte.

Un mazo y un brazo fuerte bastan para causar ese tipo de heridas.

En ese caso, debe ser un brazo condenadamente fuerte -Higgs señaló a  unos triángulos indicadores de pruebas en el suelo, junto al extremo del puente, a unos buenos cuatro metros de distancia-. Aparentemente la chica fue golpeada allí, junto al puente. Su cadáver apareció aquí. No fue arrastrado ni movido. Parece que… bueno, salió volando.

El sargento se frotó los párpados, mientras el resto asimilaba la información, y después prosiguió.

Le dieron tan fuerte que varias esquirlas de su cráneo atravesaron el cerebro y salieron proyectadas por las cuencas oculares. Es como si a la pobre chica la hubiera golpeado una bola de demolición.

Los miembros del equipo cruzaron miradas entre sí, claramente compartiendo el mismo pensamiento. Las explicaciones mundanas no podían descartarse por completo aún, pero aquello parecía obra de una fuerza sobrehumana.

Tras despedir a Higgs para poder comentar los posibles aspectos sobrenaturales del caso, Price apuntó que le recordaba a la historia de Grendel, el monstruo del poema épico Beowulf, una especie de gigante o troll de fuerza descomunal que atacaba el salón del hidromiel del rey Hrothgar cada vez que festejaban con cantos y música. Por su parte, Aedus Cook había revisado mentalmente lo que sabe de criaturas sobrenaturales. Existían muchos seres con fuerza sobrehumana, como los licántropos y algunos vampiros, pero no parecía el ataque de un animal salvaje ni el cuerpo había sido desangrado. Travers comentó que el ataque se produjo junto a un puente, y mencionó la posibilidad de un troll.

El equipo peinó de nuevo la escena del crimen en busca de algo que pueda haber pasado por alto los agentes locales, y MacLeod demostró su gran olfato policial. Al arrodillarse para comprobar el agua bajo el puentecillo, logró entrever algo flotando en la superficie, una especie de libro abierto boca abajo. Tras recuperarlo comprueban que se trata de una novela gráfica, un tomo en tapa dura del Sandman de Neil Gaiman. La página por la que estaba abierto estaba muy manchada de sangre.

La sangre se secó antes de caer al agua. Por la forma de las salpicaduras -dijo Doc Gwyndwr-, lo más probable es que estuviera abierto cuando la víctima fue atacada. Fue un ataque por sorpresa.

MacLeod recuperó el libro, ojeándolo pensativamente, y encontró algo más entre sus páginas: un punto de libro pegado a una página por efecto del agua. Al despegarlo con cuidado, vio que eso había hecho posible que un texto escrito a mano en su reverso fuera aún legible:

Querida, no te quedes hasta tan tarde

El crepúsculo no es bueno para las doncellas;

No deberías demorarte en el calvero

En las moradas de los hombres duende.

D.

Un académico de la talla de Aedus Cook reconoció al instante el texto. Se trataba de un pasaje de un poema del siglo XIX, Goblin Market, de Christina Rosetti. Tras una rápida búsqueda online, Travers leyó un resumen del argumento del poema: trata sobre las desventuras de dos jóvenes hermanas al implicarse con los duendes y probar los exóticos y deliciosos frutos que éstos venden en su mercado. Otra  búsqueda en internet le revela a Price que el poema fue originalmente ilustrado por el hermano de la autora, Dante Gabriel Rosetti. ¿Una D como la de la firma en el punto del libro?

Pero con la información de la que disponían solo podían hacer conjeturas. La escena del asesinato de Virginia Wheatley no tenía nada más que ofrecerles. Los cinco Liminales echaron un último vistazo a la silueta dibujada en el suelo.

Algo o alguien estaba matando a músicos en la ciudad de York. Y algo les decía que los brutales asesinatos no se detendrían ahí. Tenían que averiguar qué estaba sucediendo y encontrar al asesino, o la sangre volvería a bañar las calles de aquella pequeña y vetusta ciudad.

2 comentarios en “Liminal 1×01: Mercado goblin (1)”

  1. Nueva crónica de campaña y además de investigación. Más que interesado en seguir el devenir de estos nuevos personajes.
    Gracias por seguir compartiendo este tipo de crónicas, Jordi.

    Le gusta a 1 persona

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