Crónicas de Alasia (XIV): La Iglesia del Albor Resplandeciente

LOS EXPLORADORES DE WILWOOD

  • Elian Arroway, mago abjurador de la sangre del león
  • Gaul, semiorco bárbaro instruido por los druidas de Dun Emain
  • Shelain Liadiir, impetuosa guerrera elfa, hija del maestro de armas del Barón

Llama 15

La Llamada volvió a resonar por las calles de Durham, su perverso canto de sirena nuevamente ejerciendo su influjo en las mentes del pequeño grupo refugiado en la posada del Lobo Invernal. Los tres aventureros, aunque pillados por sorpresa, se obligaron a desoír la bizarra pero seductora invitación, pero no todos tuvieron tanta fuerza de voluntad. Tanto Marthen como Randal, dos de los mercaderes, como uno de los guardias, se vieron obligados a ponerse en pie y salir a las embarradas calles sobre las que aún caía un aguacero, encaminándose de nuevo hacia el acantilado. El resto se pusieron en acción rápidamente para impedir que se mataran, pero mientras la Llamada seguía sonando en sus mentes, Elian atisbó a varias siluetas que se acercaban, bamboleándose torpemente, bajo la lluvia. Arrastrando los pies hacia ellos venían pesadillas vomitadas por las entrañas de la misma tierra. Vagamente humanoides, estaban cubiertas de un pútrido barro viscoso, y su piel era una horrenda amalgama de pelo, escamas y carne blanca como la de una larva de gusano. Sus enormes ojos nunca parpadeaban; sus bocas de lamprea se abrían y se cerraban incesantemente mostrando hileras circulares de dientes, pero ningún sonido salía de ellos mientras se acercaban. Gritando para alertar a sus compañeros, el mago pronunció un conjuro, levantando una barrera arcana que le protegería a él y a quien tuviera cerca. Fuera lo que fuera lo que estuviera detrás del secreto de Durham, parecía que ya no iba confiar exclusivamente en la Llamada para hacerle el trabajo.

Gaul, que estaba inmovilizando al joven Randal, soltó un puñetazo que tumbó al artesano mientras desenfundaba su alfanje y se preparaba para recibir a dos de las repulsivas criaturas. Shelain, por su parte, ya estaba volteando su curva espada élfica e interceptando el paso de las otras dos, permitiendo que Tehra y el otro guardia se ocuparan de ayudar al resto de víctimas del embrujo. El combate fue sucio y visceral: la visibilidad era casi nula por la tromba de agua, y el barro bajo sus pies hacia que fuera muy fácil dar resbalar y dar un paso en falso. Las criaturas atacaban siempre de dos en dos, intentando abrumar a su objetivo y rematarlo rápidamente. Vistas de cerca, eran aún más grotescas y antinaturales, de carne blanca como la tripa de un pez mezclada con escamas y piel humanoide, lo que hacía estremecer hasta al más impávido, y al ser cortados de sus heridas rezumaba y salpicaba un ícor nauseabundo que revolvía las tripas. Una vez liberados todos del influjo de la Llamada, los dos guardias se unieron al combate, aunque estaban claramente aterrados. Las abjuraciones de Elian fueron cruciales para proteger a sus compañeros, y finalmente, las criaturas empezaron a caer, no sin antes herir de gravedad a uno de los guardias. Shelain y Gaul luchaban como polos opuestos, la elfa toda gracilidad, frialdad y precisión, el semiorco lleno de una ferocidad animal, pero ambos fueron igual de efectivos, y apoyados por la magia de Elian, consiguieron acabar con las espeluznantes aberraciones. En aquel mismo momento, la Llamada cesó.

Regresando al interior del edificio, los tres camaradas sabían que aunque aquella vez habían prevalecido, la Llamada volvería, y que era cuestión de tiempo que se hiciera demasiado fuerte para resistirla. Poco después, mientras los heridos eran atendidos, un ruido sospechoso atrajo la atención de Shelain: alguien estaba merodeando en la cocina de la posada. Armas en mano, sorprendieron a Gilman, el posadero, hurgando de hurtadillas en la cocina, intentando envenenar las provisiones de comida. Capturándole con facilidad, le encerraron a solas en una de las habitaciones, junto a la de su otro prisionero, y decidieron que era perentorio intentar extraerles toda la información posible. El interrogatorio duró el resto de la tarde, y además de amenazas e intimidación también utilizaron el hecho de tener a dos prisioneros separados, sin saber qué había confesado el otro exactamente, como factor de ventaja psicológica. En un principio, ambos acabaron contando lo mismo. Los aldeanos de Durham, dijeron, celebraban un ritual religioso una vez al año. Según aseguraron, el objetivo de ese ritual era el de protegerles contra la Llamada de las Profundidades. Los líderes de la comunidad, como el alcalde Oben Slough y la sacerdotisa de Durham, la Madre Shala Raan, probablemente ya habían ido a prepararse para el rito, que iba a tener lugar aquella misma noche bajo la Iglesia del Albor Resplandeciente. Sin embargo, Elian estaba convencido de que no habían contado toda la verdad, y con un poco de “insistencia” por parte de Gaul, el macilento posadero se echó a reír y confesó la verdad. Los dioses del Valoreon jamás habían hecho nada por Durham, y ante un futuro aciago, sus habitantes empezaron a buscar a otros amos a los que rezar.  Ahora, el pueblo gozaba de cosechas abundantes, incluso en tiempos de sequía o escasez. Allí el bosque ofrecía sus riquezas voluntariamente, como una madre verde y sombría cuidando de sus hijos. Y de vez en cuando, llegaba el momento de que Durham pagara su deuda. Los lugareños ofrecían sus oraciones. Ofrecían su devoción. Y una vez al año ofrecían la sangre y el alma de aquellos desventurados a los que habían atraído hasta la normalmente aislada aldea. Con la risa de un demente, Gilman reveló que Durham rendía culto a un nuevo patrón, uno oscuro y antiguo, que no toleraba otro pago a cambio de su benevolencia: Ammon-Shaffai, el Padre Oscuro. Aquello fue lo último que pudieron sacarle al posadero, que no volvió a hablar sino para balbucear frases sin sentido o farfullar alabanzas a Ammon.

Elian reconoció el nombre de Ammon-Shaffai al instante. Se trataba de uno de los Señores del Abismo, el príncipe demonio de las Profundidades Cavernosas. Era posible, dedujo, que en algún momento los aldeanos hallaran algún antiguo altar o lugar de culto bajo el pueblo, un resto de las eras anteriores a la revelación del libro sagrado del Valoreon, cuando muchos hombres adoraban a toda clase de entidades oscuras, primigenias y ctónicas. Se encontraban en el seno de un culto al que probablemente pertenecía todo el pueblo. A pesar del agotador día que habían tenido, no había otra opción. Debían ir a la Iglesia del Albor Reluciente y poner fin a aquel ciclo perverso de una vez por todas. Dejando algunas armas al resto de supervivientes para que pudieran defenderse, salieron de nuevo a la lluvia y se encaminaron hacia el templo.  Un largo reguero de huellas en el barro les indicó que la congregación había empezado.

Situada en el punto más alto del risco sobre el que dormitaba Durham, tras una corta pendiente que le confería una posición de superioridad sobre el pueblo, la Iglesia del  Albor Reluciente les aguardaba. Construida en madera recia, parecía que antaño estuviera recubierta de pintura blanca que desde entonces se había caído y desconchado casi por completo. Aunque no llegaba a estar en ruinas, el estado de la iglesia dejaba bastante que desear. El gran símbolo sagrado de Athor, dios del sol, que se hallaba sobre el bajo campanario casi parecía sangrar al resbalar la lluvia sobre él. Unas cortas escaleras talladas en la piedra ascendían hasta el lugar, y en fila india, los tres aventureros subieron hasta ella. No había nadie en el interior, que contenía toda la parafernalia y símbolos habituales, aunque con aspecto de no haber sido usados recientemente. Una inspección del lugar reveló que uno de los banquillos de madera pivotaba sobre sí mismo, revelando una escalera que bajaba en la oscuridad. Las escaleras crujieron y temblaron bajo sus pies, casi como si se quejaran de dolor. La cámara a la que descendían era redondeada por un lado, con dos puertas abriéndose a su izquierda y derecha. En frente, una gran puerta doble se alzaba entre dos mucho más pequeñas. Todas las paredes estaban grabadas con imágenes de horrendas criaturas de las profundidades de la tierra, desde inmensos gusanos sin ojos a seres de grandes zarpas. Sus ojos parecían mirarlos con odio. Si había alguna duda de que se hallaban en un santuario oculto a Ammon-Shaffai, dijo Elian, aquello las disipaba por completo.

La exploración del lugar pronto se demostró peligrosa. Un par de hombres-bestia como los que habían atacado en las calles les tendieron una emboscada, pero aunque la magia y el acero dieron buena cuenta de ellos, sus aullidos espeluznantes retumbaron por las cámaras subterráneas, sin duda alertando al resto de sus ocupantes.. Prosiguiendo rápidamente su avance, dieron con una habitación que contenía un gran pozo de piedra exactamente en su centro. El borde de la fuente estaba grabado con repetitivas imágenes de seres gigantescos surgiendo de la tierra y devorando aldeas enteras, y el agua –a pesar de que no podía tener más que unos pocos pies de profundidad- era de un negro impenetrable. Allí les aguardaba la plana mayor del culto en persona. El alcalde Slough y la Madre Shala Raan, con las espaldas cubiertas por un grupo de sectarios, se interpusieron en su camino, y con gritos fanáticos, juraron ofrecer sus cuerpos y sus almas a Ammon-Shaffai. Protegidos por sus maníacos guardaespaldas, los dos sumos cultistas empezaron a lanzar conjuros perturbadores contra el grupo. De nuevo la magia abjuradora de Elian resultó la protección perfecta contra los oscuros maleficios de los cultistas, y su conjuro de sueño durmió a más de la mitad de guardaespaldas, con lo que sus camaradas luchadores pudieron pasar a centrarse rápidamente en los líderes. El combate fue arduo, pues las impías bendiciones de Ammon protegían a los suyos, pero aún así los héroes se impusieron, y después de que Shelain matara al alcalde y de que Gaul hiriera a la Madre de gravedad, ésta intentó huir lanzando un conjuro de invisibilidad sobre sí misma. Y lo hubiera logrado, si Elian no hubiera interrumpido su concentración con un rápido y certero proyectil de luz que impactó en la sacerdotisa y la fulminó cuando ya empezaba a volverse  transparente. El grupo se tomó unos instantes para recuperarse del combate, careciendo de toda magia curativa, y sin saber que los cultistas se habían apostado allí precisamente para dar tiempo a que toda la congregación reunida para el ritual escapara de los salones subterráneos por una puerta secreta.

Tras recuperar el aliento, los tres incansables compañeros siguieron avanzando, decididos a peinar el lugar y no marcharse de allí hasta averiguar si la desaparecida Enhara se encontraba en él. Tras hallar varios aposentos y dormitorios, uno de ellos rebosante de libros y diarios de los que se llevaron los que parecían más relevantes, llegaron por fin al centro neurálgico del santuario: el altar de Ammon-Shaffai. Era una cámara perfectamente cuadrada, vacía salvo por varias esterillas para arrodillarse en las cuales había bordadas enormes, cavernosas y primigenias fauces. En el lado opuesto, una estrecha escalera conducía a una plataforma superior. No pudieron ver mucho de lo que había allí, excepto dos estatuas que parecían representar masas de zarcillos entrelazados, enormes garras escamosas y rostros bestiales, y un enorme altar de piedra negra del que se alzaba la escultura de un gusano con garras, mirando hacia la izquierda. Aunque no podían estar seguros, alguien parecía estar moviéndose detrás del altar. Cuando se acercaron al pie de las escaleras con la intención de ascender, una voz les interrumpió desde arriba, desde detrás del altar. Pertenecía a un anciano, viejo pero firme, de largo cabello gris y grasiento y con cada ojo de un color distinto, de pie tras el bloque de basalto. Sus rasgos eran muy parecidos a los del alcalde Slough, como si se tratara de una versión más mayor del mismo hombre.

“Amigos míos, por favor. No hay necesidad de más violencia. ¡Uníos a nosotros! Entregaos al Señor de lo Profundo, y seréis generosamente recompensados. Oro, joyas y grandes magias serán vuestras, al igual que el perdón por todos aquellos fieles a los que ya habéis matado. Porque el Gran Padre Ammon-Shaffai siempre acoge a los suyos.”

Por la mente de Elian cruzó la idea de engañar al anciano y fingir aceptar su trato, pero la impetuosidad de Shelain dio al traste con todo ardid posible. Al grito de “¡nunca!”, la guerrera elfa se lanzó escaleras arriba para acabar con el que sin duda era el verdadero líder del culto, y posiblemente su originador. Evidentemente, el anciano no estaba solo, y varias de las nauseabundas lampreas humanoides le surgieron al paso. Heridos por su anterior combate, y con la magia de Elian casi agotada, se enfrentaban a un combate a vida o muerte. Al empezar a combatir a media escalera, Shelain y Gaul pudieron ver mejor los contenidos del nivel superior de la sala. Las estatuas de zarcillos parecían retorcerse por sí mismas, aunque esto podría ser el resultado de las llamas continuas que parpadeaban cerca de ellos. El altar era un enorme bloque de negrura, como si hubiera sido tallado a partir del cielo nocturno, y el gusano con garras que se alzaba de él era primordial, feroz y furioso, la encarnación terrenal del propio Ammon-Shaffai. En la parte trasera de la sala, un oscuro pozo del que surgía un hedor putrefacto parecía sugerir profundidades sin fondo. Cuando Gaul se vio atacado por dos de las criaturas a la vez, mientras Shelain se debatía a su lado para zafarse de los conjuros del viejo, el semiorco vio algo en uno de los seres que le dejó estupefacto: una hoja plateada tatuada en su piel. ¡Aquella horrenda abominación fue una vez uno de los guardias de la Hoja Plateada que se sacrificaron a sí mismos en el risco! Cuando se abrieron paso hasta la plataforma del altar, el anciano empezó a convulsionarse, su carne estremeciéndose y su rostro hinchándose, con los ojos amenazando con salirse de sus cuencas. La corrupción que ocultaba en su interior estaba saliendo a la luz, convirtiéndole en una masa grotesca recubierta de bestiales fauces babeantes, carne semi-fundida e innumerables ojos. Tan antinatural visión hizo dar un paso atrás a Gaul, criado entre druidas y educado como novicio de la Vieja Fe, pero Shelain pertenecía al pueblo de los altos elfos, y no sentía ningún temor hacia los horrores del mundo antiguo. Saltando con su espada élfica por delante, hundió su filo en el horror. Su valor hizo que el semiorco saliera de su trance y corriera en su ayuda, mientras Elian, completamente exhausto, recurría a los últimos resquicios de magia en su bastón para quitarles de encima a los hombres-bestia restantes. Shelain estuvo a punto de perecer, y Gaul ya estaba agotado tras su intensa furia salvaje inicial, pero entre los tres finalmente consiguieron abatir a la criatura, que se desplomo en un charco de ícor, convulsionándose. Entre la carne fundida asomó de nuevo el rostro del anciano, y con voz débil, les dijo que no se arrepentía de nada. Había salvado a Durham de una larga agonía cuando halló el ancestral altar en las cuevas bajo el risco, cuando juró fidelidad al Señor de lo Profundo. Logró que todo el pueblo, acosado por las penurias y la frustración, le siguiera. Él, Wilber Slough, había salvado el pueblo que ayudó a fundar, y ellos… ellos verían la luz de Ammon, o jamás saldrían de allí con vida. Gaul, hartándose de discursitos, cercenó la cabeza del deforme anciano de un brusco espadazo, y la pisó con su bota, reventándola como un melón maduro.

Lo habían logrado. Habían triunfado sobre el culto de Ammon-Shaffai y lo habían descabezado en su propio santuario. No había rastro de Dhelia en aquel lugar, pero estaban seguros que, con sus líderes muertos, alguno de sus prisioneros acabaría confesando cual había sido su destino. Maltrechos y exhaustos, pero victoriosos, abandonaron el impío templo y salieron de nuevo a la superficie para descubrir que el alba había llegado por sorpresa. Todos y cada uno de los tejados de Durham estaban cubiertos de grandes pájaros negros, centenares de grandes cuervos surgidos de Wilwood, que miraban impasibles todo lo que ocurría debajo con sus fríos ojos negros. Y entonces, al emerger del santuario, toda sensación de victoria y triunfo que pudieran albergar se hizo añicos dolorosamente. Pues por todas partes, más fuerte e iracunda que nunca, surgida de las profundidades de la tierra, la espantosa Llamada resonó una vez más. Ocurriera lo que ocurriera en aquel pueblo maldito llamado Durham, estaba muy lejos de terminar…

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