Crónicas de Alasia (VII): La Tumba de Kishad

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Norben Arroway, joven paladín de la sangre del león
  • Arn Rooc, justicar de Grymn procedente del reino de Carellia
  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl

Llama 12

Habiendo ascendido de nuevo hasta la posada en busca de un merecido descanso, los cuatro aventureros expusieron a Leyman lo que habían encontrado debajo de su casa. El buen posadero palideció, y les dijo que aunque aquella era la única fuente de ingresos de su familia, no podía reabrir la posada hasta que no volviera a ser segura para sus huéspedes, ya que su conciencia no le perdonaría jamás que alguien sufriera algún mal bajo su techo. Los compañeros le apoyaron en aquella decisión, y le prometieron hacer todo lo posible para resolver el asunto cuanto antes. Le recomendaron que, si tenía familia o amigos con los que alojarse mientras la posada no fuera segura, se marchara con ellos. Así, Leyman, Annalie y su pequeño montaron en su carro y partieron hacia Welkyn, donde vivía una tía de la joven.

Tras descansar para reponer sus fuerzas, y con la tranquilidad que les daba no sufrir por la seguridad de la familia, los aventureros descolgaron cuerda y descendieron de nuevo por el pozo hasta el extraño complejo que se abría en las profundidades. Sin más ganas de trastear de nuevo con la Roca Negra, avanzaron hasta la gran cámara de los bajorrelieves. Estaba claro que las seis escenas representadas formaban la historia de la vida de alguien. Shahin reconoció las arcaicas armaduras y el estandarte del águila que portaban los soldados como pertenecientes al antiguo Imperio Khandiano, que durante el albor de la era de los hombres trajo la civilización a las tierras de Valorea desde su desaparecida isla-continente. Los protagonistas de aquellas escenas en bajorrelieve habían vivido y muerto hacía miles de años, y de nuevo los compañeros se preguntaron por la antigüedad de aquellos salones. Norben no percibió el mal en la sala, aunque avisó a sus camaradas de que sus sentidos no podían atravesar la piedra con certeza. Shahin dio un paso adelante, y decidió demostrar qué clase de talentos podía contribuir al grupo. En el pasado, dijo, había explorado varias tumbas milenarias y viejas pirámides tragadas por las arenas de su desierto natal, y en su experiencia, el ingenio de sus constructores siempre era notable. Palpando el primer bajorrelieve, el de los soldados atacando un poblado, y dando suaves golpecitos con el pomo de su jambiya, no tardó en descubrir que los ojos de piedra del niño que huía aterrado parecían poder presionarse. [Shahin no era un pícaro o un ladrón, pero siendo el más ágil del grupo, y habiendo invertido bastante en habilidades de percepción, podía cumplir con esa función razonablemente bien]. Con el visto bueno del grupo, pulsó los dos ojos a la vez, y al instante, el bajorrelieve se sacudió, liberando una nube de polvo centenario, y se dividió en dos por el centro, como alas de una puerta doble que se abrieron hacia dentro, revelando un corto pasadizo y una visión de muerte. El pasadizo terminaba en una puerta abierta, detrás de la cual sólo había una pared con un hueco a la altura del pecho. En frente de ella, en el suelo, había un esqueleto, con un gran venablo atravesándole el pecho. El cadáver en sus tiempos había vestido como un aventurero, con una media coraza oxidada e inservible y una espada y un escudo tirados a su lado, en todavía peores condiciones. Su cráneo, sin embargo, seguía cubierto por un plateado yelmo alado, de excelente diseño y que destellaba ante la luz mágica del sûlita. En su cinto había un viejo y quebradizo pergamino enrollado.

Norben musitó una oración a su dios, Gardron, por el alma del pobre desgraciado que había caído en aquella trampa, mientras Arn comentaba que su muerte les había servido a ellos como aviso de que, efectivamente, aquel lugar estaba custodiado por trampas letales. Adà comprobó que nada de lo que había allí dentro era mágico, y Shahin, tras asegurarse como buenamente pudo que no había más trampas, se metió en el tramo de pasadizo, y constató que efectivamente, se trataba de una puerta falsa con el único objetivo de matar a quien la abriera. Cogiendo con cuidado el viejo pergamino, los cuatro le echaron un vistazo: parecía un mapa tosco de una zona salpicada de bosques y colinas, con un río atravesándola en diagonal y un lago en el extremo occidental. El único lago que se conocía en la región era el de Welkyn, así que decidieron que aquello debía representar el sureste de las Tierras Reclamadas, una región que no aparecía tallada en la Mesa del Mapa del Hacha y el Suspiro. El mapa contenía varias anotaciones misteriosas, como un lugar marcado como “el Portal de los Lamentos”, una zona en la que se leía “extraña música anoche!”, una cruz bajo el mensaje “aquí yace Argonus”, la advertencia de “evitar al viejo del bosque” (cerca de una arboleda dibujada), y una flecha indicando más o menos al noroeste junto a la que se leía: “¡hormigas!”.  Sin duda, aquel mapa era un tesoro en sí mismo, pero no parecía haber nada en él que les ayudara en aquellos momentos, así que lo guardaron con todas las precauciones posibles.

[Este mapa se lo entregué a los jugadores en físico, dibujado a mano en una hoja de papel, y se lo fueron pasando de unos a otros mientras lo examinaban. Sin embargo, hubo algo importante que no pensaron en hacer, y que más tarde tendría consecuencias…]

Tras discutir brevemente si debían seguir investigando el resto de bajorrelieves, y decidiendo que tampoco tenían otra opción, optaron por revisarlos en orden, con la teoría de que quizá formaran parte de un camino simbólico a seguir. También pensaron que quizá la imagen de los relieves podían dar alguna pista de lo que aguardaba detrás, viendo un parecido entre los soldados matando a lanzazos a los aldeanos y la trampa de venablo. [Ahí estuvieron muy bien los chavales, hay que reconocerlo]. Norben tomó el yelmo plateado del cadáver, jurándole a éste que le daría un buen uso, mientras Shahin empezaba a investigar el segundo panel de piedra, que mostraba al muchacho recibiendo instrucción de un anciano macilento en las profundidades de un bosque. El anciano sostenía un cayado de madera y parecía que algo estaba a punto de materializarse frente a él. Aquella vez era la punta del cayado lo que abría el relieve, y de nuevo se reveló un corto pasadizo igual que el anterior, y terminado en una puerta exactamente igual, pero cerrada aquella vez, y sin cadáver que sirviera de advertencia. Al instante se creó el dilema… ¿sería el primer relieve una trampa para los incautos, y el segundo la verdadera puerta? Por desgracia sólo había una manera de averiguarlo. Adà les comentó que una leve aura mágica parecía emanar de detrás de aquella puerta. Con el corazón en un puño, Shahin la abrió, saltando a un lado inmediatamente por si acaso. Sin embargo, ningún venablo salió lanzado hacia él, ni tampoco ningún conjuro mágico. Como en la primera, detrás de ella sólo había una pared, pero esta era lisa y negra como la noche. Los tres que estaban fuera del tramo de pasadizo vieron que algo parecía formarse en la oscuridad oleosa de aquella pared, acercándose rápidamente a su superfície, y gritaron al magus para que saliera de allí. Shahin intentó cerrar la puerta antes de irse, pero comprobó que una vez abierta había quedado trabada por algún tipo de mecanismo. Pudo retroceder a la gran cámara instantes antes de que una criatura surgiera del negro material como si brotara de él. Parecía una sombra deslizándose por el suelo, sin cuerpo alguno que la proyectara, y con forma de un gran lagarto de dos cabezas. Se movía sobre cuatro patas que parecían disiparse en la nada, pero tanto sus cabezas como su cola espinosa parecían más definidas y sólidas que el resto. Por fortuna, el ser no era tan incorpóreo como parecía, y mientras se lanzaba al ataque, Adà especuló que quizá se tratara de un morador del Plano de las Sombras. El combate fue atroz, pues la bestia atacaba tanto con sus dos fauces como agitando a bandazos su cola espinosa. Cuando se trabó en combate con Shahin y este intentó zafarse para protegerse con su magia, el monstruo sorprendió al magus extendiendo sus cuellos más allá de lo que era físicamente posible, exactamente como una sombra alargándose bajo el sol poniente. El sûlita fue herido, pero Arn y Norben corrieron a su lado con las armas en ristre y le cubrieron la retirada. Mientras luchaban, otra silueta empezó a hacerse visible al otro lado de la sobrenatural pared negra, y mientras se defendían tuvieron que apañarselas para cerrar de nuevo el relieve antes de que otra criatura más se uniera al combate. Finalmente, entre los cuatro consiguieron abatir a la criatura, que se deshizo en la nada al morir, pero el combate les llevó al límite, siendo de lejos el enemigo más duro al que se habían enfrentado hasta entonces.

Cuando ya pensaban que, después de dos trampas mortales en una misma habitación no podía haber otra, el tercer relieve les sacó de su error. La imagen representaba a un hombre encapuchado ante una enorme puerta, y esta era de tamaño natural. Examinando su relieve, Shahin se percató de que era una puerta doble de verdad, y que aparentemente podía abrirse empujando hacia dentro. Tras probar infructuosamente a abrirla desde lejos mediante hechizos y un palo muy largo, el hombre del desierto se encomendó a su dios Sûl, y empujó la puerta doble. Daba a otro punto muerto, y en cuanto hubo empujado las puertas lo bastante para poder entrar, las dos hojas de piedra (que ahora quedaban perpendiculares a él) salieron propulsadas hacia delante, intentando aplastarle entre ambas. Sólo su suerte y sus reflejos le salvaron, y se apartó de un ágil salto hacia atrás. Norben se sentía incómodo dejando que fuera otro quien corriera todos los riesgos, y así lo manifestó, pero también sabía que en ciertas ocasiones, la velocidad era mejor defensa que la fe. A la hora de enfrentarse al siguiente relieve, lo estudiaron durante un largo rato, intentando deducir qué clase de trampa ocultaría a partir de la imagen representada. Se trataba del hombre, cargado de odio, aniquilando soldados imperiales con rayos oscuros y serpenteantes, aparentemente canalizados de la roca oscura que tocaba con la otra mano. Los soldados moribundos se iban hundiendo en la tierra, como si ésta se los estuviera tragando. Nada de ello auguraba nada bueno, pero a la vez partían de la lógica: nadie coloca tantas trampas mortales y elaboradas sin un motivo. Alguno de los relieves debía ocultar algo de inmenso valor para quienes construyeron aquel complejo subterráneo, y no había manera de saber cual, así que siguieron con su plan original y procedieron a intentar abrir el cuarto. Como el resto, también ocultaba una puerta secreta, y ésta también daba a un corto pasadizo terminado en una puerta. Pero aquella vez tomaron precauciones aún mayores. Después de varios tanteos sin éxito, se les ocurrió atar varios odres de agua y otros objetos con tal de crear un fardo de un cierto peso, y lo arrojaron al interior para ver si se producía alguna reacción. Aquello fue un acierto monumental. En cuanto el fardo se posó en el suelo, se escuchó un sonoro “click” y la puerta secreta se cerró de golpe, tras lo que empezó a escucharse una especie de siseo sordo, que Shahin identificó al instante: el espacio de dentro se estaba llenando a gran velocidad de arena o tierra, un tipo de trampa que había presenciado más de una vez en las criptas del desierto. Podían olvidarse de recuperar los odres, pero se habían librado de una buena.

[La mayoría de estos intentos de buscar puertas secretas y detectar trampas, como lo del fardo, se jugaron muy a lo old school, a pesar de estar usando Pathfinder. Es decir, si me contaban qué hacían exactamente para intentar abrir la puerta secreta o si ponían en marcha algún buen plan, yo no dejaba el resultado a su tirada de Percepción o de Desactivar Mecanismos, sino que relataba directamente lo que ocurría, fuera bueno o malo. Sólo si se limitaban a decir “busco trampas”, sin más detalles, les hacía tirar (a una dificultad considerable). Tirar, pues, no era la solución por defecto, sino el último recurso cuando se agotaban las ideas.]

El quinto relieve, a pesar de sus largos y minuciosos intentos de registro, se resistió a revelar la existencia de una puerta secreta o un mecanismo de apertura. Aquello les rompía el patrón que habían observado y que por el momento parecía estarse cumpliendo, así que siguieron insistiendo, pero fue en balde. Finalmente, se rindieron a la evidencia de que, o se trataba de un bajorrelieve normal y corriente, o el ingenio de sus constructores les superaba con mucho. No les quedaba más remedio que examinar la última de las imágenes, la que representaba el extraño funeral del hombre entre sus encapuchados discípulos y un mar de oscuridad que descendía sobre el cuerpo. Allí sí encontraron el modo de abrirlo, pues parecía equilibrado para que simplemente cediera tras ser empujado con las manos puestas sobre el altar del relieve. Así lo hicieron, y de nuevo, un corto pasadizo acabado en una puerta, idéntico al resto. Después de mil intentos y pruebas para hacer saltar cualquier posible trampa, y ver que no ocurría nada, Arn y Norben tomaron la delantera y abrieron aquella última puerta. Y todos vieron lo que habían estado protegiendo aquellas trampas.

Tras la puerta se escondía una amplia cámara iluminada por un fantasmal resplandor azulado. A juzgar por el polvo que se levantó al entrar en ella, parecía no haber sido perturbada en siglos, o quizá en milenios. La luz fantasmal provenía de grandes braseros que colgaban del techo en las esquinas, en los que ardían extrañas llamas de un azul gélido. Las paredes estaban surcadas de huecos que albergaban estatuas de hierro macizo, siete en total, que representaban a hombres encapuchados de túnica negra. Cada uno de ellos aferraba un cayado en su mano derecha, y la profundidad de sus capuchas y su cabeza agachada hacían que los rasgos de sus rostros fueran imposibles de distinguir. En la pared sur, frente a los aventureros, sobre las cabezas de las estatuas, se podía leer un texto formado por extraños caracteres de aspecto muy antiguo. En el centro de la habitación, un enorme sarcófago se alzaba sobre una tarima de piedra elevada. La figura reclinada de un hombre anciano vestido en un manto oscuro estaba tallada en la tapa. El manto y el propio sarcófago estaban recubiertos de cientos de signos crípticos. En la parte delantera del sarcofago había esculpida una hilera de tres rostros diabólicos de bocas abiertas, siendo el interior de cada boca el agujero para una llave.

Tan pronto como los aventureros entraron en la habitación, las siete estatuas empezaron a hablar al unísono, con voces profundas, graves y resonantes. Su inquietante discurso, que se repetía sin cesar, estaba pronunciado en una lengua que ya nadie hablaba en la actualidad, pero todos estuvieron seguros que estaban recitando el texto inscrito en la pared. Nuestros héroes aún no lo sabían, pero estas eran sus palabras:

Aquí yace el venerable Kishad de Jalur, Descubridor de la Gran Roca Negra, Fundador del Templo de las Sombras, Señor del Poder Oscuro, Creador de las Cuatro Reliquias, Vengador de los Jalur, Exterminador de Khandianos, Azote del Imperio. Nosotros, los Kishadi, honraremos por siempre su memoria y transmitiremos su enseñanza. Nosotros, los Kishadi, custodiaremos su tumba y castigaremos a los saqueadores. Si eres un hermano de los Kishadi, conoces a los que custodiamos las llaves. Si eres un intruso, preparáte para luchar por tu vida, pues conocerás nuestra ira.

Continuará…

(Imagen: The Sanctuary por Alyn Spiller)

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3 pensamientos en “Crónicas de Alasia (VII): La Tumba de Kishad”

  1. Este es uno de los grupos que más actividad ha tenido en la campaña, y más intensa, por lo que quedan aventuras suyas para rato. De hecho, para intentar mantenerme a la altura cronológicamente, voy a seguir escribiendo sobre ellos durante una o dos entradas más, hasta que avancen al mismo punto del mes que el resto de grupos (día 14-15), momento en que volveré a intercalar narraciones.

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