Crónicas de Alasia (VIII): El Acertijo de los Kishadi

LOS PORTADORES DEL AMULETO

  • Norben Arroway, joven paladín de la sangre del león
  • Arn Rooc, justicar de Grymn procedente del reino de Carellia
  • Adà de Montaigne, misteriosa hechicera de siniestros poderes
  • Shahin ibn Shamal, un guerrero-mago del remoto Desierto de Sûl

Llama 12

El coro de estatuas de hierro alrededor de la Tumba de Kishad seguía repitiendo su mensaje, pero los cuatro aventureros eran incapaces de entender sus palabras. Aún así, tenían muy clara una sola cosa: aquella cripta era un lugar peligroso. La conclusión a la que llegaron fue que, probablemente, la razón de que no hubiera ninguna trampa en el relieve que llevaba a aquella cámara debía ser por que la cripta en sí debía estar extremadamente bien protegida. Sus miradas se posaron en el sarcófago de piedra en el centro de la sala, con el anciano esculpido en su tapa, y el mismo pensamiento les cruzó por la mente: allí se encontraba el origen de la presencia sobrenatural que embrujaba la posada. Sin embargo, la facultad de Norben para sentir la maldad no reveló absolutamente nada allí. Tenían que hacer algo, pero decidieron que sería una inconsciencia tocar nada, o incluso poner el pie en la cripta, sin antes averiguar qué decían las estatuas. Arn afirmó que, durante sus oraciones matutinas, él podría rezar a Grymn para que le revelara su significado [es decir, que podía preparar un conjuro de Comprensión de Lenguas después de una noche de descanso], y acordaron regresar a la Tumba una vez la deidad le hubiera concedido ese don. Norben dijo que, por lo menos él, se veía en la obligación moral de sacar los restos del aventurero muerto y darles buena sepultura como mandan los dioses del Valoreon. Shahin pidió a sus nuevos compañeros que, antes de regresar a la superficie, aprovecharan para mostrarle el resto de cámaras que habían descubierto antes de su llegada. Cuando le llevaron ante la Roca Negra, todos vieron un brillo de emoción en los azules ojos de la hechicera. Desde su primer encuentro con ella, Adà se había muerto de ganas de seguir trasteando con la Roca Negra, cuyo oscuro poder la atraía sobremanera. Por su origen y su linaje, la magia de ultratumba latía en sus venas, aunque se cuidó muy mucho de no mencionar ese detalle a los dos rectos hombres de fe que tenía por compañeros. La hechicera afirmó tener una hipótesis acerca del funcionamiento de la piedra, y les dijo a sus compañeros que quería ponerla en práctica. En los relieves, los seguidores del extraño brujo-sacerdote posaban la mano sobre una piedra muy parecida (aunque más grande), y el propio personaje lo hacía también para destruir a un ejército imperial. Quizá ella pudiera también canalizar el poder de la Roca. [En realidad se estaba limitando a experimentar: no tenía ni idea de cual sería el resultado, pero deseaba saber más acerca de los poderes del monolito, y no le importaba correr riesgos para conseguirlo… ni aunque esos riesgos no se limitaran a su persona]. A ninguno de sus compañeros les hizo demasiada gracia y Norben (recordando el resultado de su primer intento) se opuso con vehemencia, pero la joven estaba decidida, y finalmente se limitó a posar la mano sobre la fría superficie de la piedra. Las vetas purpúreas en ella parecieron serpentear y agitarse por un extraño efecto óptico. Al instante, Adà sintió como la Roca Negra absorbía hambrienta su fuerza vital, y una vez saciada, la oscuridad empezó a arremolinarse alrededor de la roca para luego salir proyectada en forma de cuatro serpenteantes y veloces rayos negros que salieron disparados hacia los cuatro puntos cardinales, atravesando las paredes y desapareciendo de su vista en un santiamén. Adà cayó al suelo, temblorosa y más pálida de lo habitual. No tenían ni idea de lo que acababa de pasar, ni de qué consecuencias tendría el imprudente tanteo de la hechicera, pero estaba claro que había llegado el momento de dejar la exploración hasta el día siguiente.

[Además de puntos de vida, Adà perdió también 6 puntos de Constitución, y en aquel momento el jugador no sabía si la pérdida sería permanente. No lo fue, pero podía haberlo sido…]

Llama 13

El descanso no fue fácil aquella vez, y el sueño de los compañeros estuvo plagado de pesadillas en las que eran acechados por una presencia de una malevolencia increíble, que tenían constantemente a sus espaldas, haciendo que se erizara el vello de sus nucas al notar su frío aliento, pero al volverse nunca había nada. La llegada del alba pareció disipar aquellos terrores nocturnos, y con los ánimos algo renovados, volvieron a descender, dirigiéndose directamente a la tumba, donde comprobarían si Grymn accedía a intervenir en favor de su siervo mortal. Así fue, y desde el umbral, Arn suplicó a su inclemente dios para que revelara las palabras de las estatuas. Así fue como los compañeros conocieron el nombre de Kishad de Jalur, enemigo del Imperio en los días antiguos. Sus seguidores y discípulos, que se hacían llamar los Kishadi, parecían haber formado una especie de culto iniciático en torno a sus enseñanzas, y probablemente fueron quienes edificaron aquel complejo subterráneo. Shahin opinó que toda aquella sala, y quizá el complejo entero, estaba diseñada como un rompecabezas, pensado para destruir a aquellos que no poseían los secretos reservados a los Kishadi. Las palabras de las siete estatuas eran una clara amenaza. El sûlita, aconsejando a sus camaradas que aguardaran en el umbral, se adentró en la sala sin tenerlas todas consigo.

Lo primero que hizo fue tantear el suelo en busca de cables disimulados, placas de presión, y mecanismos ocultos, lo que no reveló ninguna trampa parecida. A continuación, examinó las estatuas de rostros agachados más de cerca, ¡sin tocar!, una idea bastante enervante pero que dio sus resultados. En seis de ellas, las que se encontraban flanqueando las paredes laterales, no había un rostro esculpido en el interior de sus capuchas, mientras que la séptima, que estaba en la pared contraria a la puerta, tras la tumba, tenía el rostro esculpido con las facciones del mismo Kishad. También se dio cuenta que todas las estatuas parecían estar articuladas, lo que no contribuyó precisamente a su tranquilidad. Arn y Norben desenvainaron sus espadas al oír eso, y se mantuvieron en guardia por lo que pudiera pasar. Adà contribuyó a la tensión y a la paranoia comentando que, si las estatuas eran en realidad guardianes animados por arte de magia y carentes de alma, no serían percibidos como amenazas por la visión del mal de Norben. Shahin y sus compañeros empezaron a discutir posibles maneras de distinguir a aquellas estatuas que guardaban las llaves, ya que parecía claro que un error al elegir tendría consecuencias funestas. Finalmente, el sûlita pidió a sus compañeros que le dijeran cuales eran las escenas de los relieves en las que aparecían iniciados Kishadi. Eran dos, los paneles cinco y seis. Aquello pareció desmontar la teoría del magus, ya que estaban buscando tres llaves, una para cada cerrojo en el sarcófago, pero entonces Norben apuntó que el propio Kishad había sido también discípulo, en el segundo panel. La intuición de los compañeros les decía que estaban sobre la pista correcta, pero probar su teoría sin más podría resultar letal. Shahin tuvo la ocurrencia de derramar algo de agua de su nuevo odre (cogido de la despensa de la posada) a los pies de cada una de las estatuas, para comprobar si había huecos imperceptibles, y el truco le salió bien. Aparentemente, los báculos de las estatuas no se apoyaban en el suelo, sino que se hundían ligeramente en él. Actuando por instinto, Shahin levantó el báculo de la quinta estatua, y para su sorpresa, ella sola terminó de realizar el movimiento, revelando una pequeña oquedad anteriormente tapada por el bastón. Parecía vacía, pero por fortuna el polvo de milenios que se levantó arremolinado se posó sobre algo invisible, haciendo que la afilada mirada del magus pudiera percibir momentáneamente su contorno: una pequeña llave. Envalentonado, siguió probando la teoría levantando el bastón de la sexta estatua, y encontrando de nuevo una llave invisible. Ahora sólo restaba por ver si el paladín había acertado en su suposición de que la tercera estatua era la del propio Kishad. Una tercera llave apareció bajo su cayado, y en todos reinó la impresión de haber logrado evitar un terrible castigo.

[Efectivamente, aquella sala estaba pensada para castigar severamente las decisiones precipitadas o imprudentes. Las siete estatuas eran constructos animados, que se activaban todos a una para matar a golpes a los intrusos que cometieran el más mínimo error… un combate realmente chungo a estos niveles, del que además no se podía escapar pues la puerta de piedra se cerraba por sí sola, atrapando al saqueador de tumbas en su interior. Y aquí tengo que aplaudir sinceramente a los jugadores por su actuación. Vale que cuatro cabezas pensando y maquinando en equipo dan para mucho, pero aquí estuvieron finos, finos. Al diseñar la aventura pensé que quizá me había pasado de sutil con las pistas, pero esto me hizo dejar de preocuparme. Ahora ya sé que me puedo emplear a fondo jejeje…]

Sólo quedaba averiguar cómo usar las llaves correctamente. Decidieron que habiendo tres cerrojos distintos, era lógico suponer que tuvieran que ser abiertos los tres a la vez, requiriendo al menos tres miembros del culto para acceder al interior del sarcófago de su maestro. Así, Norben se quedó en guardia, espada en mano, mientras Arn, Adà y Shahin tomaban una llave cada uno y las giraron a la vez, dando una vuelta en el cerrojo. La llave de Arn, situado más a la izquierda, soltó un click, pero el sarcófago no se abrió. Shahin, en el centro, y Adà, a su derecha, decidieron dar otra vuelta a sus llaves, y aquella vez fue la del sûlita la que sonó. Con el corazón en un puño, Adà dio una tercera vuelta a la suya, y en aquel momento, con el tercer click, la losa del sepulcro soltó un siseo al dejar entrar el aire en su interior por primera vez en milenios, y se deslizó sobre unos raíles para revelar su contenido. Dentro, un esqueleto momificado vestido con harapos negros aferraba sobre su pecho un cetro negro recubierto de runas plateadas. En uno de sus dedos colgaba suelto un anillo de oro con una gema oscura engarzada, mientras que en la otra muñeca todavía se podía ver una pulsera de bronce verdoso con tallas desgastadas e inapreciables e incrustaciones de marfil. Nada más ocurrió, ni el cadáver se animó para atacarles, ni su espíritu vengativo se alzó de su tumba, ni ninguna maldición cayó sobre ellos. Tan sólo un viejo cuerpo momificado, enterrado con sus posesiones más valiosas. Los conjuros de Adà revelaron que el cetro poseía magia propia, y los ojos de la hechicera centellearon con avidez. Norben y Arn eran partidarios de no profanar el cadáver y dejar en paz los objetos, pero los otros dos, más pragmáticos, opinaban que después de superar aquel complicado reto, se merecían la recompensa. Además, dijeron, el cetro podía ser necesario para el cumplimiento de su misión. Aquello convenció a los dos guerreros sacros, aunque a regañadientes, y ninguno de los dos quiso participar en el saqueo de la tumba. Los intentos subsiguientes de coger los objetos de Kishad, aunque cuidadosos, hicieron que el esqueleto se convirtiera en polvo instantáneamente, como si el peso de tan largos años le hubiera caído encima de golpe. Descifrando las runas del Cetro de los Kishadi, Adà y Shahin aprendieron a usarlo: era un conducto arcano al Plano de las Sombras, que se podía usar como arma para disparar rayos de oscuridad y redes de penumbra a los enemigos. Adà reclamó el Cetro para sí, y se lo colgó del cinto, muy ansiosa por empezar a usarlo.

[El Cetro, además, podía haberle ahorrado a Adà dolor y sufrimiento, pues de haberlo tenido en la otra mano mientras “activaba” la Roca Negra, no habría sufrido daño alguno.]

Habían superado con éxito una complicada prueba, y se habían hecho con un poderoso y extraño objeto mágico, y la exultación casi les hizo olvidar un simple hecho: la Tumba de Kishad carecía de más salidas, era otro punto muerto. Que ellos supieran, no habían hecho nada para acabar con la presencia que embrujaba la posada, y su investigación se encontraba en un callejón sin salida. Con la sabiduría propia de su posición, Arn sugirió que el único curso de acción que les quedaba era investigar más a fondo todas las salas que habían encontrado en el complejo. Tenían que haber pasado algo por alto, dijo el clérigo, convencido de que aquel lugar y sus constructores aún no habían dicho su última palabra. Shahin estuvo de acuerdo con el justicar, añadiendo que por lo que había visto, aquella clase de lugares solían estar sembrados de puertas secretas y pasadizos ocultos. Así pues, retrocedieron para registrar a fondo las estancias anteriores. La primera que les salía al paso era la bóveda que servía de antesala a la Roca Negra, y el pequeño santuario en que se encontraba aquella. La cámara circular no reveló ningún secreto por mucho que la registraron minuciosamente, y Adà sugirió examinar el santuario, pues en sus anteriores visitas únicamente habían prestado atención al monolito. La propuesta tuvo un resultado inesperado: el descubrimiento de una trampilla oculta en el suelo, detrás de la roca, que daba a una oxidada escala de mano que se hundía hacia abajo. Bajando a investigar, hallaron una pequeña bóveda tras un umbral en forma de arco, que a juzgar por su contenido aún esparcido por el suelo, había servido a los ocupantes del complejo como cámara del tesoro. Reflejando la luz embrujada del magus había un montoncillo de monedas de diversos metales preciosos. Tras examinarlas de cerca, y ver los extraños caracteres grabados en ellas y su forma octogonal, Shahin afirmó que eran pre-sartianas, de acuñación tan antigua que era imposible determinar su origen. Entre las monedas también había otros objetos relucientes, anillos enjoyados de una factura exquisita y brazaletes de oro. Y lo más curioso de todo, una pequeña linterna de hierro negro puesta sin más en un rincón. Adà examinó la pila de tesoro, y confirmó lo que ya sospechaba: aquella simple linterna estaba encantada. Probando a encenderla después de echarle algo de aceite, comprobaron que actuaba de manera opuesta a cualquier otra linterna: en lugar de iluminar la zona, parecía hacer que las sombras y la oscuridad fueran más espesas a su alrededor, llegando incluso a sofocar el resplandor del orbe luminoso de Shahin. Todo en aquel lugar parecía relacionado con las tinieblas, el frío y la muerte, algo que, por desgracia, los compañeros no tardarían en sufrir en sus propias carnes…

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