Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXVI) El Último de los Voadkyn

EXPLORADORES DE WILWOOD

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

Ephraim, médico errante y clérigo de Barin, dios de los ladrones

ESCUDOS DE PIEDRA

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

Escudo 24

El objetivo de su búsqueda estaba al alcance de sus manos. El paisaje avistado desde el mal llamado Pico del Águila les había revelado que a menos de un día de camino se tocaban dos ríos. El Astado les había indicado que allí encontrarían la guarida del Espíritu Lobo. Y en ella, el Clavo de Plata. Esa reliquia oscura, ahora alojada en el corazón del espíritu, era la causante de la maldición que pesaba sobre Wilwood, capaz de transformar a todos los lobos de sus confines en licántropos ávidos de sangre humana. Pero Herne, el Señor de los Árboles, también les había advertido. El Lobo no lucharía solo.

Avanzaban a través del bosque en silencio, con la sensación de estar acercándose a un momento crucial en su destino. Si lograban su misión, no solo se harían con otro fragmento de ese Amuleto maligno que había que destruir a toda costa, sino que al levantar la maldición, abrirían los caminos y veredas de Wilwood a exploraciones de más largo recorrido, y posibilitarían el viaje hasta las regiones ignotas que había más allá. Sobre el bosque pendía un pesado silencio, como si también él estuviera conteniendo el aliento.

Llevaban unas pocas horas andando por la espesura, cuando un silbido rompió el silencio y algo cortó el aire justo delante de Lomborth y Grugnir. El chasquido de una flecha clavándose en un árbol más allá sobresaltó al grupo entero, y más cuando comprobaron que la flecha que cimbreaba aún tenía casi el tamaño de una lanza. Fuera quien fuera el arquero, se había acercado a ellos con un sigilo absoluto, y había disparado con una precisión increíble justo entre dos filas de la columna en la que avanzaban. 

Mientras todos corrían a desenfundar sus armas, una voz grave pero melodiosa habló, en un idioma que ninguno de los presentes comprendió. La voz repitió su tenso mensaje, aquella vez en un común de fuerte acento.

-¿Como osan los Asesinos del Árbol venir a este lugar?

Intentando localizar el origen de la voz, escudriñaron el bosque, y entonces le vieron. Era un cazador encapuchado, vestido de cuero y ropas pardas y verdes, situado junto al tronco de un árbol. El desconocido era tan alto como el tronco, y su cabeza rozaba la copa de los árboles. Tensaba un arco tan largo como él, con el que les seguía apuntando. Aunque esbelto, parecía de musculatura recia, y una melena de cabello castaño como la corteza de un árbol se escapaba de la capucha. 

Recordando las historias que habían oído en Lindar, aquel gigante sólo podía tener un nombre.

-¿Rhynn Pwyll? -dijo Gaul, apartando la mano de la empuñadura de su espada.

-Responded o morid -dijo el gigante, impertérrito. No se le podían ver bien los ojos, pero parecía tenerlos clavados en los Escudos de Piedra.

Grugnir dio un paso hacia delante, y la madera del arco gigantesco crujió al tensarse más. El enano pelirrojo levantó las manos en gesto de paz. Se decía que aquellos nacidos bajo el signo del unicornio eran buenos mediadores… era el momento de comprobarlo. 

-No somos intrusos ni pretendemos ningún mal a este bosque. Todo lo contrario. Somos aliados de la gente de Lindar. Si lo que nos han contado es cierto, tú también lo eres. 

-No hay fraternidad entre mi pueblo y el tuyo, hijo de la roca. La sangre de mi gente está en vuestras manos. Marcháos de mis dominios, y no regreséis jamás. 

Enanos y gigantes, pensó Elian. Esperaba que el bribón supiera lo que estaba haciendo.

Mis hermanos y yo venimos de tierras lejanas, no pertenecemos a los clanes con quien tienes tu feudo. Hemos sido enviados a este lugar por el mismísimo Herne el Cazador. Venimos a salvar al Espíritu Lobo. Somos aliados, no enemigos.

[Aquí el jugador sacó un 20 natural en la tirada de Diplomacia. Aquello no solo evitó un enfrentamiento sin sentido, sino que abrió posibilidades interesantes…]

El gigante miró al resto del grupo, dubitativo. Gaul añadió:

-Tienes mi palabra de druida de que eso es cierto. 

-Siento… la bendición del Astado sobre vosotros. 

El gigante bajó el arco y salió de la espesura, acercándose a ellos pero manteniendo aún las distancias. Retiró la capucha hacia atrás, revelando un rostro muy humano, apuesto y de rasgos ligeramente élficos, a los que contribuían sus orejas puntiagudas. Llevaba una cinta de cuero trenzado en la frente. 

-Mi nombre es Rhynn Pwyll, sí, y soy el último señor de los Voadkyn. Mi pueblo antaño moraba en los valles y cañadas de este bosque. Ahora yo soy todo lo que queda. 

-Pudimos ver la tumba de Elora -dijo Elian-. Le presentamos nuestros respetos.

La mirada del gigante se oscureció.

Con ella murió toda esperanza para mi pueblo. Pero nada más hay que decir sobre ella. Decis venir a liberar al Espíritu Lobo de su aflicción. ¿Cómo vais a hacerlo?

Los aventureros se miraron entre ellos. Era algo que habían discutido varias veces a lo largo de su viaje. No sabían qué les aguardaba, ni qué haría falta para lograr su objetivo. Iban a ciegas, y no les quedaba más opción que improvisar sobre la marcha. Cuando se lo contaron al gigante, éste meneó la cabeza.

Yo intenté hacer lo que vosotros os proponéis ahora. Fracasé. Y el precio de mi fracaso fue perder a mi más fiel compañero. Espero que Herne os proteja. Lo váis a necesitar.

¿Puedes decirnos algo que nos ayude en nuestra misión? -dijo Tobruk. La mirada fiera que recibió a cambio le dejó muy claro que el gigante seguía sin sentir la menor amistad hacia los enanos. Aún así, el Voadkyn respondió.

Ya no puedo regresar a ese lugar. Ahora me está vetado. No puedo ayudaros en la lucha. Pero quizá hay algo que sí pueda hacer. 

El gigante se colgó el arco a la espalda, y cogió una larga lanza que había dejado apoyada en el tronco de un árbol. Se apoyó en ella durante unos instantes, pensativo. Se debatía entre su odio y la necesidad de hacer lo correcto. Finalmente habló.

Puedo daros una opción. Puedo llevaros a la Tumba del Matagigantes. 

Estaba claro que había revelado aquello solo tras un gran esfuerzo. El grupo le miró, intrigado.

-En un lugar de este bosque, entre las colinas, se halla el sepulcro de Fingil Mano de Hierro. 

Algunos de los Escudos de Piedra habían oído ese nombre en su niñez. Se trataba de un legendario héroe enano, que había liderado grandes guerras contra los enemigos de su pueblo. Así se ganó el epíteto de Matagigantes. Pwyll siguió hablando, con evidente desprecio.

-Sus manos se encontraban entre las que asesinaron al Árbol. Mi pueblo sufrió su ira, y mató a muchos de mis ancestros antes de que por fin se encontrara con la horma de su zapato. Pero sus afrentas siguieron incluso después de muerto, pues erigieron su tumba en nuestro propio hogar. Ese lugar está vetado para mi gente, las runas de los Ásesinos del Árbol lo protegen. Pero puedo llevaros hasta allí. 

¿Y qué conseguiríamos con eso? -dijo Lomborth.

Las armas de Mano de Hierro están enterradas con él. Su hacha, manchada con la savia del Árbol. Su lanza, capaz de inmovilizar al más grande de mis hermanos. Su armadura, dura como escamas de dragón. Con ellas en vuestro poder, quizá logréis salvar al Espíritu del Lobo. Pero no os guiaré hasta allí, ni os revelaré su paradero, si no formuláis un juramento por lo que tengáis por más sagrado, que al finalizar vuestra misión, me entregaréis esas armas. Están empapadas de la sangre de mi gente, y deben ser destruídas para que nunca más se vuelvan contra nosotros. Juradlo y os guiaré hasta la Tumba de Fingil. De lo contrario, deberéis enfrentaros al Lobo sin mi ayuda.

Y sabed, además, que el poder del Espíritu Lobo va atado a los rostros de la luna, y crece y mengua a la par que ella. Si os enfrentáis a él ahora, le encontraréis en su estado más vulnerable. Las armas de Fingil os proporcionarán una enorme ventaja, pero probablemente deberéis hacerle frente en la plenitud de sus poderes. 

Gracias por tu ayuda, Rhynn Pwyll -dijo Grugnir-. Debemos considerarlo atentamente y deliberar.

La decisión es vuestra -respondió el gigante, apartándose para dejarles concurrir en privado.

La discusión fue larga y, por momentos, incluso tensa. Las opciones estaban muy claras: o seguir adelante por su cuenta, con la esperanza de que podrían enfrentarse sin ayuda al Espíritu en su momento más débil, o hacerse con armas mágicas del pueblo enano, aunque supusiera combatir contra el Espíritu en su versión más fuerte. La idea de obtener armas encantadas tentó a más de uno, pero la idea de entregarlas para su destrucción era impensable. Lomborth propuso rechazar la oferta del gigante, combatir al lobo sin ayuda y luego buscar la Tumba por su cuenta, para hacerse con las armas sin necesidad de someterse a juramento alguno. Otros incluso llegaron a proponer jurar en falso y quedarse con las armas después, plan al que Gaul, Elian y Tobruk se negaban en redondo. 

[Nunca subestiméis la codicia y el hambre de objetos mágicos de los jugadores, másters del mundo… Echarle el guante a armas mágicas y luego renunciar a ellas es algo casi impensable.]

Finalmente, más o menos por consenso, tomaron la decisión de seguir adelante y no desviarse en busca de la Tumba de Fingil. Si el Espíritu del Lobo estaba más vulnerable en aquellos momentos, lo mejor sería aprovecharlo, aunque significara enfrentarse a él sin ayuda mágica, y sin saber qué sería necesario para lograr salvarle. Si el Astado les había enviado a aquella misión era porque estaban preparados para ella. O eso se dijeron, en un intento de convencerse de que habían tomado la decisión correcta.

Así sea -respondió Rhyn Pwyll cuando le informaron de ello-. Aquí se separan nuestros caminos, entonces. Vosotros debéis seguir con vuestra misión, y yo tengo que hallar el modo de cumplir con la mía. Que Herne nos proteja a todos. 

Y dicho aquello, el gigante de los bosques, último rey de su pueblo ya desaparecido, se caló de nuevo la capucha y desapareció entre los árboles, lanza en mano, silencioso y furtivo como una sombra verde. Tras su marcha, los exploradores reemprendieron su camino, esperando no haber cometido un terrible error.

4 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXVI) El Último de los Voadkyn”

  1. Noooooooooooooo. El montyhaul que hay en mí, encerrado dentro de otro montyhaul (que va oculto en la carreta de un montyhaul junto con el resto de sus bienes, todos los cuales son valiosos a su manera y deben ser guardados cuidadosamente y transportados por doquier) grita por esas armas mágicas.
    Apuntad en qué dirección se marchó el gigante, ya iremos a por esa tumba…

    Le gusta a 1 persona

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