Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXV) Un Misterio Resuelto

LOS MAPEADORES DEL NORTE

Thaena Sveinsdóttir, guerrera y exploradora korrwyf con sangre de gigantes

Qain’naan, monje enoquiano seguidor de la senda del Fantasma Hambriento

Petrus Cornelius Faust, alquimista andmar recién llegado a Alasia

Assata Silil, conjuradora kushita acompañada de su eidolon panteriforme Shakar

Fray Dervan Oban, clérigo itinerante y bonachón de Uriel

Escudo 1

El pequeño vial humeaba en las manos de Petrus, y la temperatura del compuesto que acababa de mezclar aumentaba por segundos. Debía lanzarlo antes de que el volátil líquido le estallara en las manos, pero era difícil apuntar cuando su compañero Qain se había enzarzado en una danza mortal contra la bestia simiesca en los empinados tejados de Crawford Manor. Por fin el enoquiano maniobró de tal manera que el demonio quedó de espaldas al alquimista, y Petrus lanzó el frasco contra él con todas sus fuerzas. Al romperse contra su pelaje explotó en llamas, pero la criatura las ignoró por completo. ¡Debería haberlo imaginado!

El monstruo consiguió ponerle una mano encima al monje, agarrándolo de un hombro, pero antes de que pudiera hacer nada devastador, una flecha se hundió profundamente en su nuca, obligándole a soltarlo. [Segundo crítico del combate]. Provenía de la torre donde Alida se había apostado, arco en mano. Los guardias de las torres soltaban flechas también, a las órdenes de Ceirin. 

En ese momento, una ráfaga de aire frío recorrió el tejado, agitando las ropas de los dos aventureros que se enfrentaban al demonio-simio. El viento se arremolinó, adoptando la forma de un pequeño torbellino que arrastraba polvo, plumas y suciedad hasta convertirse en algo vagamente parecido a un ser humanoide. Desde otra de las torres, Assata movía las manos resplandecientes mientras conjuraba a la entidad aérea desde el Plano Elemental del Aire y lo dirigía contra el demonio. 

Qain agradeció el apoyo. Había estado debatiéndose con todas sus fuerzas para defenderse de la enorme y forzuda criatura, capaz de levantarle sin el menor esfuerzo y arrojarle a su muerte, decenas de pies por debajo. La aparición del elemental le permitió dejar de estar exclusivamente a la defensiva, y lanzar un amago de ataque. Sus puñetazos y patadas no le hacían gran cosa a la bestia, pero reaccionaba ante ellos, con lo que no era totalmente inmune al dolor. 

Con la espalda erizada de flechas, la criatura rugió y asestó un terrible golpe con ambas manos contra el tejado. Varias tejas se soltaron y resbalaron hacia abajo, y Qain notó que el suelo bajo sus pies empezaba a deslizarse a toda velocidad hacia el vacío. La cosa aprovechó aquellos momentos que el monje necesitó para recuperar el equilibrio para ensañarse con el elemental de aire, destrozando su forma apenas tangible y disgregando la materia que le mantenía atado a aquel mundo. Libre de aquella molestia, se volvió para acabar con el monje. 

Pero Qain también había encontrado la oportunidad que buscaba. Llegó corriendo junto al simio, le asestó una patada en el pecho más obligarle a dar un paso atrás que para hacerle daño, y estrelló el frasco de agua bendita contra su rostro bestial. [Tercer crítico, y vamos para bingo]. Su carne empezó a humear y sisear audiblemente, y la criatura aulló agónicamente. Su grito se convirtió en amenaza.

¡Os arrepentiréis de esto! ¡No vais a interrumpir los planes de mi amo!

Y con esas palabras, desapareció en una nube de humo negro que hedía a azufre y sulfuro.

Qain y Petrus corrieron a ascender la Torre Blanca sin perder un segundo en regodearse de su victoria. Thaena estaba allí, tumbada en el suelo. Seguía con vida, pero la alta korrwyf estaba muy maltrecha por los puñetazos del simio. Por fortuna, Fray Dervan había logrado desplazar su corpachón escaleras arriba, y estaba llegando para socorrerla con su auxilio divino, mientras intentaba no despeñarse por el traicionero tejado. Las bendiciones de Uriel, la Dama de las Estrellas, restablecieron la vitalidad de la joven y sanaron las peores de sus heridas. Mientras aquello ocurría, Qain no dejaba de vigilar atentamente. Sabían que el demonio, además de transportarse en sus nubes de humo, podía hacerse invisible. Un ataque a traición no era descartable. Allí seguían sin estar seguros. El hueco que se abría en lo alto de la Torre Blanca daba a una habitación que, sin duda, el demonio había estado usando de escondrijo. Allí estaba el cadáver del pobre y viejo Waldron. Le habían roto todos los huesos del cuerpo, uno a uno. No parecía un acto bestial y fruto de la ira, sino una especie de tortura inenarrable. A pesar de confirmar el destino funesto del jardinero, respiraron aliviados al comprobar que Bran, el pequeño de los Crawford, no se encontraba allí también. Pero entonces, ¿donde demonios estaba el niño? Aquel era el único rincón de la mansión que les quedaba por investigar.

Descendiendo a la seguridad de tierra firme, no se detuvieron en buscar un merecido reposo. Después de lo vivido, era imperativo encontrar a Bran. Las posibilidades de hallarle con vida disminuían con cada minuto que transcurría. El problema era que ya habían peinado la mansión, y se les agotaban las ideas. Después de un nuevo registro a fondo, y empujados quizá por la extrema crueldad con la que Waldron había sido asesinado, regresaron a su pequeño jardín, junto a Alida y Sir Inghram. Fue allí cuando se fijaron de nuevo en el espantapájaros del huerto. Seguía en la misma posición, medio torcido y con una expresión de miedo y quizá dolor en su rostro de calabaza. 

-¿Siempre ha estado ahí? -preguntó Qain.

Sir Inghram respondió.

-Waldron siempre ha recurrido a los espantapájaros para… para ahuyentar a los cuervos.

Los aventureros cruzaron una mirada de recelo. ¿Sería posible que…?

Assata hizo un rápido gesto con la mano y pronunció la palabra que le revelaria la presencia de brujerías y encantamientos a su alrededor. El extraño espantapájaros brillaba con la fuerza de una antorcha. 

-Es un conjuro… de un poder considerable -dijo la conjuradora-. Esto no lo ha hecho un hechicero del tres al cuarto.

Sir Inghram partió sin decir palabra hacia arriba en busca de Griswell, el mago de la mansión. Pero el hombre nada pudo hacer para disiparlo ni romper el hechizo, fuera cual fuera. Entonces Fray Dervan decidió apelar a un poder menos terrenal. Cogiendo el símbolo de la rueda de Uriel en sus manos, se plantó delante del espantapájaros.

-Que el mal que anida aquí sea desterrado. Que la negra brujería abandone este lugar. ¡En el nombre de Uriel lo ordeno! ¡Por el poder sagrado de la Dama del Destino! ¡YO LO ORDENO! 

No hubo ningún despliegue de luz celestial, ni ningún rayo de sol descendió sobre el lugar, pero todos los presentes sintieron la presencia y el poder de la fe que emanaron del icono sagrado. El espantapájaros cayó al suelo, derribado por una fuerza que solo le afectaba a él, y poco a poco se fue retorciendo, encogiendo, tornándose más y más humano. Tras unos segundos, el fraile bajó el símbolo, y jadeando, dijo:

-Está hecho…

En el suelo, donde se había hallado el espantapájaros, se encontraba el pequeño Bran Crawford.  Estaba pálido y ojeroso, y miraba a su alrededor en estado de shock. Lo único que fue capaz de hacer, mientras su hermana corría a su lado, fue balbucear.

¡El Hombre Delgado! ¡Está loco! ¡Nos matará a todos!

Alida le acarició el pelo, intentando calmarle, y el niño se sumió en la inconsciencia más profunda. El niño estaba bien, confirmó Dervan, pero su mente y su cuerpo necesitaban reposo absoluto tras su terrible ordalía. Aquello daba un nuevo sentido a todo. Posiblemente, el culpable de todo, ese Hombre Delgado, había transformado al niño desde el primer momento, haciéndose pasar por él. Todas las veces que habían interactuado con el niño desde que habían llegado… ¡habían tenido al asesino delante!

Después del inusitado exorcismo, se reunieron en la biblioteca de la mansión a deliberar y poner en común todo lo que sabían. Tenía que haber alguna respuesta que estuvieran pasando por alto. El demonio-simio no actuaba por cuenta propia, sino que era el siervo de ese Hombre Delgado, el verdadero culpable de lo que estaba sucediendo en Crawford Manor. Quizá se tratara de otro agente de Wickmore, como el falso sargento Bane. Si algo se sabía de los darkons es que antes de moverse abiertamente, siempre intentaban  abonarse el terreno corrompiendo, envenenando y desestabilizándolo todo. En cualquier caso, era necesario averiguar el porqué. 

Sabían por los enanos muertos que un gran poder estaba atado a aquella mansión, probablemente aquella fuera la causa. Y que la mansión estaba protegida por seis guerreros del pueblo cuervo, y siempre lo estaría.

Los cuervos son las víctimas -afirmó Petrus-. No hay otra conclusión posible. Ese “Hombre Delgado”, sea quien sea, está buscando a los hombres-cuervo y acabando con ellos uno por uno. Quizá por eso Waldron fuera torturado: para obligarle a revelar la identidad de sus compañeros. 

Las palabras del alquimista sonaban certeras. Lo más lógico era que el asesino estuviera intentando dejar Crawford Manor sin sus legendarios protectores. Pero los espíritus habían afirmado que si uno moría, su hijo se alzaría para tomar su lugar. Eso hacía que la primera teoría que elaboraron no cuadrara del todo. Si los hijos ocuparían su lugar, ¿qué sentido tenía tanto esfuerzo?

Entonces Assata intentó recordar todo cuanto sabía de cambiapieles y licántropos. Había oído leyendas de todo tipo durante sus días como artista ambulante. Todas las historias coincidían en algunos puntos. Algunos cambiapieles lo eran por una maldición, ya fuera lanzada por un brujo o al ser mordidos por otro, pero otros lo eran de nacimiento. Y en cualquiera de los casos, su primera transformación siempre se daba bajo la luz de la luna llena. 

-Todos los muertos tenían hijos, ¿verdad? -preguntó.

Así era. Waldron era el padre del joven Ramsey, y Corbett había legado al morir su puesto como maestro de armas a su hija Ceirin. Breanda, por su parte, tenía un hijo de la edad de Bran, Kern. 

-Si los seis cuervos murieran ahora -prosiguió la kushita-, sus hijos no serían capaces de sustituirles hasta la próxima luna llena. La mansión se quedaría unas dos semanas sin sus protectores sobrenaturales… un margen de tiempo suficiente para hacer cualquier cosa que ese Hombre Delgado tenga planeada.

-Si lo consigue -dijo Thaena-, la profecía de los Crawford podría cumplirse de la manera más terrible.

-Entonces nuestra prioridad está clara -respondió Petrus-. Hay que encontrar a los otros tres cuervos. Ellos serán las siguientes víctimas. 

Qain, más cruel e implacable de lo que sus compañeros sospechaban, apuntó otra idea.

-Ahora que sabemos lo que trama ese Hombre Delgado, tenemos una opción mejor. Podemos dar caza al cazador.

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3 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXV) Un Misterio Resuelto”

  1. ¡Dos publicaciones en menos de una semana! ¡Las dos de Alasia! ¡Épica y aventura! ¡Espada y brujería! ¡Siento como los jugos vuelven a llenar mis pe…! Quiero decir, ¡BRAVO! ¡Magnífico! ¡Que el ritmo no pare!

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