Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXVIII) Herne el Cazador

EXPLORADORES DE WILWOOD

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

ESCUDOS DE PIEDRA

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

Escudo 10

Ephraim estaba en la plaza de Lindar, recogiendo su pequeño puesto de médico ambulante, cuando les vio llegar. Cruzaron la puerta de la empalizada de madera con el sol del ocaso, como una visión surgida de un cantar de antaño. Un grupo de hombres, elfos y enanos, armados y pertrechados para la guerra. Incluso había un medio orco entre ellos. Mostraban las marcas de heridas aún recientes, signos de alguna épica batalla librada no mucho tiempo atrás. Aún sin haberlos visto nunca, Ephraim supo quienes eran. 

El joven se acercó a la compañía de aventureros, ofreciéndoles sus servicios como médico y físico, movido también por la curiosidad. Acababa de llegar al pueblo, y de hecho a la baronía, y ya era la segunda compañía errante que veía desfilar entre las casas de madera y piedra de aquella aldea de cazadores y leñadores. Aquello acabó con el médico compartiendo cena en el  Viejo Roble junto a los Exploradores de Wilwood y los Escudos de Piedra. Por el momento se reservó su verdadera afiliación. Los clérigos de Barin, dios de los ladrones, no siempre eran comprendidos por todo el mundo, y como antiguo esclavo en la pérfida Tiphris, quería asegurarse de saber lo que aquella variopinta partida de aventureros opinaba de ciertos temas. Pero si su intuición no le fallaba, probablemente le interesaba unir sus pasos a los de ellos por el momento.

[Supongo que lo habéis adivinado todos: Ephraim es el nuevo personaje del jugador de Dworkin, un clérigo de Barin, el dios neutral de los ladrones y de los pícaros. La iglesia de Barin es conocida por ser una fuente de apoyo para los movimientos de resistencia que intentan socavar regímenes autoritarios y esclavistas como el que impera en Tiphris y tantas otras ciudades-estado de las llanuras de Kanth. La llegada de Ephraim a las tierras de Alasia no era casualidad.]

Escudo 11

Por la mañana, la doble compañía se dividió. Gaul y Quarion permanecieron en Lindar, mientras el resto del grupo regresaba a Nueva Alasia para preparar su siguiente expedición a Wilwood. Su victoria en las ruinas y el descubrimiento de la antigua catedral en el bosque les habían dado aún más motivos para querer llegar hasta el final de su misión. Si lograban acabar con la maldición de la luna de sangre, explorar Wilwood sería mucho más fácil para cualquiera. La mejor explotación de los recursos naturales del bosque ayudaría a prosperar la región, y abrir de nuevo el camino que lo cruzaba haría posible explorar las tierras que se abrían al oeste. 

Y algunos de ellos tenían motivos personales también. A Gaul le impulsaba su juramento druidico, y el deseo de descubrir más presencia de antiguos círculos en el bosque, pues ya había encontrado indicios de que habían existido. Shelaiin deseaba encontrar más ruinas de los elfos de la antigüedad, y en especial el Arth-í-Berhael de  Caramrost. Elian seguía la pista del Tomo de Conjuros de Nadrath, un legendario archimago sartiano. Y los Escudos querían abrir la ruta a través de Wilwood para llegar a las Colinas Doradas. Pero todo ello pasaba por acabar con la maldición del espíritu lobo. 

Escudo 14

Después de tres días encerrados en la biblioteca de la catedral, Elian y Caellum descubren una antigua mención a los Grandes Espíritus de Wilwood: el Rey Alado tenía sus dominios en el norte, la Gran Sierpe en el sur y el Espíritu del Lobo en el oeste. El este estaba custodiado por “un poder superior”. Por su parte Gaul, durante sus días en Lindar, obtiene información de los animales cercanos al bosque. Las aves le dicen que todo ser del bosque que viste plumas es hijo del Rey Alado, igual que todos los lobos son hijos del Espíritu del Lobo. El Rey Alado, según las aves con las que logra comunicarse, tiene sus dominios al norte del “sendero de caza de los hombres”, lo que Gaul interpreta como el viejo camino. Los animales también le informan de que la parte del bosque en la que se encuentran está protegida por “el Astado”. 

Aquella noche, la última de luna llena, un arquero de Lindar abate a un lobo surgido del bosque, asegurando que cuando le disparó, estaba corriendo erguido como un hombre… Un licántropo había logrado atravesar lo que fuera que les mantenía en el interior del bosque. Los aventureros cruzaron una mirada de preocupación. Si la magia que les retenía desaparecía, la siguiente luna llena las Tierras Reclamadas caerían bajo una marea de garras, colmillos y rabia. 

Escudo 15

Los Exploradores y los Escudos se adentraron una vez más en Wilwood, y Ephraim iba con ellos. Aquella vez no subieron hasta el camino, sino que entraron por la parte más cercana a Lindar, con la intención de explorar una amplia franja al sur del camino en la que nunca se habían adentrado. Al evitar dar el rodeo, esperaban ganar algo de tiempo. Tan cerca de la luna llena, nada perturbó la paz del bosque a su paso.

Escudo 16

La nueva jornada de exploración transcurrió también sin incidentes dignos de mención, y la numerosa compañía se dispuso a acampar mientras la noche brumosa caía sobre ellos. Estaban ya sentados en torno al fuego, cuando todos y cada uno de ellos sintió como se les erizaba el vello de la nuca mientras un silencio sobrenatural caía como un manto sobre el bosque. Estaban siendo observados.

Entre la niebla convertida en plata por la luz de la luna apareció una silueta oscura, recortada en un alto. Era la silueta de un hombre alto envuelto en un manto, y con la majestuosa cabeza de un ciervo de gran cornamenta. 

Gaul lo reconoció de inmediato, y se postró de rodillas ante él.

Era su dios. El Astado. Herne el Cazador, el Señor de los Árboles.

El Astado habló, con una voz reverberante surgida del más allá.

“El Bosque os ha estado esperando.”

El dios con cabeza de ciervo se dio la vuelta y empezó a andar. Gaul se puso en pie y empezó a seguirle, conminando a sus compañeros a hacer lo mismo. 

El Astado les guió en silencio a través de aquella zona inexplorada del bosque, hasta la entrada de una cueva medio cubierta de musgo. En el interior de la cueva se abría un lago, en cuya superficie se arremolinaba una fina capa de bruma. Varias antorchas hechas de ramas ardían en las paredes, iluminando el interior de aquel extraño santuario natural. El Astado se subió a una gran almadía, y los aventureros le siguieron, en absoluto silencio, presas de un temor reverencial. Herne cogió una pértiga y empezó a propulsar la balsa hacia el interior del lago subterráneo, llevándoles hasta una cámara al otro lado, donde caía la cascada de aguas puras y limpias que originaba el lago. Una piedra se erguía en el centro, casi como un altar moldeado por la propia naturaleza.

El Astado desapareció por una pequeña oquedad, dejándoles allí. Ephraim hizo gesto de acercarse a la cascada para refrescarse y limpiarse el rostro, pero Gaul le indicó torvamente que no lo hiciera. Aquel era un lugar sagrado para la Vieja Fe. Cuando el dios de cabeza de ciervo regresó a ellos, su aura sobrenatural había desaparecido. La cabeza de ciervo, que tan real les había parecido al seguirle hasta allí, ahora se revelaba claramente como un tocado que cubría la cabeza del hombre.

“¿Eres realmente un dios?” -preguntó Elian. 

“Cuando el Astado me posee, yo soy Herne el Cazador”, respondió el extraño, quitándose el tocado para revelar un rostro anciano y barbudo, con la barba gris enmarañada. 

Lomborth y Tobruk le reconocieron en el acto: era el extraño viejo que nada más llegar a Alasia les había advertido que había algo oscuro en el corazón del bosque. Otros habían escuchado también los rumores sobre un misterioso ermitaño que parecía vivir en la espesura. 

“Si realmente deseáis acabar con la maldición del bosque, debéis reparar el daño que yo mismo causé.”

El silencio se hizo entre los compañeros, cuando uno a uno empezaron a atar cabos, y una sospecha se abrió paso en sus mentes.

“Tú… tú eres Allanon” -dijo alguien.

El dolor ensombreció los ojos del anciano.

“Hace años que no escuchaba ese nombre. Sí, yo fui Allanon, portador del Clavo de Plata. Yo hundí el Clavo de Plata en el corazón del Espíritu del Lobo y traje el mal a este bosque. Yo provoqué la maldición de Wilwood.”

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