Crónicas de Alasia (XXXVIII): El Rastro de Morden

LOS ESCUDOS DE PIEDRA

  • Lomborth, enano de las montañas discípulo de Dumathoin
  • Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Halcón 13

Estamos cazando. Cazando cerdos.

A los jinetes Sarathan, suspicaces por naturaleza, la respuesta de Tobruk no les hizo ninguna gracia, y rebulleron sobre sus sillas de montar. Nunca habían visto enanos antes, pues su hogar, el inmenso mar de hierba conocido como Pal Sarath, estaba muy lejos de cualquier montaña. Pero habían oído hablar de los hijos de la roca, historias extrañas de hombres pequeños y codiciosos que nacían de oscuros agujeros y fabricaban armas fabulosas para los mismos dioses.

Lomborth dio un paso hacia delante y tomó las riendas de la conversación. No sabía mucho aún del pasado de Tobruk, pero notaba que su compañero estaba tenso y a punto de saltar. Él también estaba en guardia, pero si dejaban que la sangre llegara al río, sabía que no sería la de los jinetes la que regaría el suelo. Sin dar demasiados detalles, les contó que estaban persiguiendo a un grupo de bandidos que al parecer habían estado haciendo de las suyas por la zona. Ante las palabras del enano, el líder de la partida, el guerrero de cabello ceniciento, respondió:

Si decís la verdad, entonces no tenemos porqué ser enemigos, hijos de la roca. Los Sarathan también somos cazadores en busca de presa. Mi nombre es Holgrym. Mis hombres y yo batimos esta zona, pues sabemos de ciencia cierta que nuestros enemigos merodean por estas tierras. 

Cuando Tobruk preguntó quienes eran esos enemigos, los Sarathan rieron a coro, con risas torvas carentes de todo humor. Cuando respondió, los ojos de Holgrym relucían de puro odio.

No sabemos que se traen entre manos, ni donde se esconden, pero una cosa sabemos con certeza. Los Darkons recorren las Tierras Reclamadas.

La mera mención de ese nombre oscureció el ánimo de los dos enanos. Ninguno de ellos era un gran conocedor de la historia humana, pero apenas había nadie en toda Valorea que no hubiera oído hablar de los moradores de la oscura Wickmore, la tierra donde incluso el sol se negaba a brillar, un pueblo sádico y traicionero de hombres y mujeres Atados a la Sombra, servidores de los Reyes de la Noche por propia voluntad desde el principio de los tiempos. Fueron los Darkons los culpables de la Caída de Sartia, se decía, y las guerras de los antiguos Reyes Sartianos contra la Llama Oscura de Wickmore por la supremacía en el continente eran legendarias. Si existía algo parecido a un demonio nacido mortal, eso era un Darkon, o eso contaban los bardos de uno a otro confín de Valorea. Holgrym siguió hablando.

En vuestro lugar, abriría bien los ojos, hijos de la roca. Si sois tan honorables como dicen los cuentos de viejas, los Atados a la Sombra son tan enemigos vuestros como nuestros.  Los Sarathan fallaron una vez en su eterna guardia contra la Llama Oscura, pero por el honor de nuestros ancestros, eso no volverá a ocurrir. Vigilad vuestras espaldas y temed a la oscuridad, pues vuelve a haber Darkons en las Tierras Reclamadas. 

Y con un leve gesto de saludo, los jinetes Sarathan levantaron las lanzas y picaron espuelas, atronando por los verdes prados y dejando a los enanos donde les habían encontrado.

[El encuentro con los jinetes fue generado de manera aleatoria, y pudo haber acabado en un combate con pocas esperanzas de supervivencia para los dos Escudos de Piedra. La reacción inicial de los jinetes fue de desconfianza, pues habían oído muchas historias contradictorias acerca del pueblo enano, y pensaron que dos seres casi míticos como aquellos en un lugar tan inesperado solo podían ser agentes de los Darkons.  Por suerte se impuso la diplomacia, y eso que no suele ser un punto fuerte de los enanos…]

Tras aquel inesperado encuentro, los Escudos de Piedra siguieron a lo suyo, con verdadera tenacidad enana. Tras la desconfianza inicial, a Tobruk le había caído bien ese Holgrym. Parecía moverse por un belicoso sentido del honor no del todo distinto al de los enanos, y no se parecía en nada a los rastreros jinetes esclavistas que una vez le dieran caza. Lomborth, por su parte, no pareció dedicarles más pensamientos, centrándose de nuevo en seguir el rastro del arquero solitario que había asaltado al grupo de bandidos. Ese rastro se volvía cada vez más fácil de seguir, dando cuenta de que la condición de su autor empeoraba a cada paso que había dado, y conducía en una diagonal casi recta al noroeste, hacia uno de los extremos más septentrionales de Wilwood.

El rastro terminaba cerca de la espesura, a tiro de flecha de la línea de los árboles, en una pequeña cañada rodeada de follaje. En ella se podía ver el pequeño agujero circular de un antiguo fuego de campamento. Una roca situada junto a él parecía haber sido utilizada como asiento, y aunque el lugar no parecía demasiado antiguo, era obvio que no se había usado en varios días. El campamento había sido usado por un solo hombre, dijo Lomborth, y fue preparado por un buen conocedor de la vida al aire libre, y con la discreción como objetivo. Las cenizas y restos de leña indicaban madera de nogal, que hace poco humo, y la colocación de la pequeña hoguera y el propio terreno habrían hecho que el resplandor del fuego no se viera hasta encontrarse muy cerca. No se veía rastro de salida, pero era obvio que quien estuvo allí abandonó el campamento a toda prisa, pues no tuvo tiempo para enterrar el agujero del fuego, dejar las piedras en su sitio y borrar las huellas de su estancia allí. El rastro que habían seguido regresaba a este campamento, y terminaba en una depresión alargada que, según el discípulo de Dumathoin, no dejaba lugar a dudas: una persona de tamaño humano se había desplomado allí. Y allí cesaban todos los indicios. No había señales de más movimiento, y por la manera en que terminaba el rastro, el cuerpo aún debería estar allí, pero no era así. El misterioso atacante de los bandidos había logrado regresar a su campamento, probablemente al límite de sus fuerzas, se había desplomado allí, y había desaparecido sin dejar rastro.

[La alta Sabiduría de Lomborth y su pericia en habilidades de supervivencia como druida le convierten en uno de los mejores rastreadores de Alasia, y en aquella sesión lo demostró con creces. No falló una sola tirada, y al usar mis reglas expandidas de rastreo, obtuvo muchísima información adicional, que ayudó a que se sintieran más intrigados por el misterio.]

Tobruk se rascó la barba. Todo aquello era cada vez más extraño. Quizá alguna bestia del bosque se había llevado el cadáver, pero Lomborth descartó la posibilidad, pues no había ninguna señal que lo indicara. El rubio guerrero recordó las palabras de Holgrym, y pensó si no sería cosa de uno de esos Darkons de los que había hablado, pero las flechas que había visto clavadas en los bandidos eran de factura obviamente lindareña. Mientras Lomborth seguía peinando la zona en busca de más información, Tobruk se dedicó a rebuscar por el campamento, y encontró algo que acababa de confirmar que el dueño del campamento era realmente el atacante de los bandidos. En un rincón había restos de plumas verdes de cola de faisán a medio cortar. Era evidente que estaban siendo preparadas como penachos para flechas. Cuando se acercó a recoger una, notó algo duro bajo su bota, entre la hojarasca. Se trataba de un colgante de oro, medio enterrado en el suelo. Comprobó que se podía abrir, como si de un camafeo se tratara, revelando en su interior un rizo de cabello dorado-rojizo prendido a un pasador. El ojo de enano de Tobruk supo que el colgante era valioso, pero probablemente su valor trascendía lo material para su anterior dueño.

Lomborth concluyó su rastreo de la zona sin éxito. Según su reconstrucción de los hechos, el ocupante del campamento, probablemente un proscrito que no deseaba ser encontrado, abandonó el lugar a toda prisa hacia el lugar del combate contra los bandidos. Como no había indicios de que el campamento hubiera sido descubierto, probablemente había sido él quien había avistado algo que le había hecho salir corriendo. Había interceptado a los bandidos, les había acechado y les había atacado a pesar de la superioridad numérica, hasta que sus heridas le obligaron a regresar a su campamento secreto, donde se había desplomado y se había desvanecido como por arte de magia. Entonces Tobruk recordó algo que había leído en uno de los anuncios del tablón del Hacha y el Suspiro, una recompensa sobre un tal Jack Morden, que había escapado de las celdas del castillo del Barón matando a varios guardias en su huida. Su intuición le decía que habían dado con el rastro de ese tal Morden.

Fuera como fuere, ese rastro nacía y moría allí. Los dos enanos habían llegado a la misma puerta de Wilwood, donde se dirigían en un primer momento, pero ahora que habían dado con aquel misterio, ninguno de los dos era capaz de soltarlo. Solo había una manera de seguir tirando del hilo, y era seguir la única pista que les quedaba. Era el momento de visitar la idea de Lindar y comprobar qué sabía la gente del lugar de un misterioso arquero que siempre usaba flechas con penacho verde.

[Lo último que habría imaginado como máster era que un duo formado por recios y duros enanos acabara embarcado en una aventura de investigación pura y dura… y me encanta. Y se debió por completo a la naturaleza de los entornos sandbox y del mundo vivo y cambiante, alterado por las acciones de los jugadores.]

Halcón 14

Después de un día de dura marcha campo a través, Lindar apareció a la vista de Lomborth y Tobruk. Era un pueblo de casas de piedra y madera, con tejados de paja y rodeado por una empalizada, sin duda debida a su cercanía a Wilwood. Tenía fama de ser hogar de cazadores y leñadores, y los mejores fabricantes de arcos de la región. Los negros de Lindar tenían una fama que trascendía las fronteras de Alasia, fabricados con la flexible pero resistente madera de los escasísimos tejos negros, que solo crecían en el interior de Wilwood. En los campos frente al pueblo, un grupo de muchachos del pueblo aprovechaban las últimas luces del ocaso para seguir practicando con sus arcos. Los dos enanos pasaron de largo, y se dirigieron al lugar donde era más probable que se aflojaran las lenguas: la taberna local.

Es bien sabido que los enanos no son las criaturas más sociables del mundo, pero los silencios hoscos y las evasivas continuas les hicieron sospechar que los habitantes del lugar tenían algo que ocultar. La mera mención de Morden hacía que los ceños se fruncieran y que las conversaciones se acabaran de repente. Finalmente, el tabernero, un hombre enjuto y canoso, con un rostro que parecía tallado en madera, les llamó la atención. Si seguían alborotando a sus clientes, dejarían de ser bienvenidos allí, les dijo. Los enanos, apropiadamente tozudos, no cesaron en su empeño, y le preguntaron por Jack Morden, mostrándole una de las plumas verdes y el colgante de oro. El tabernero hizo un pobre esfuerzo por ocultar su sorpresa, y empezó a negar la mayor una vez más, pero Tobruk le dijo que no estaban interesados en capturar a Morden por la recompensa, sino que tan solo querían conocer su historia. Mirando de reojo para asegurarse que ninguno de sus parroquianos le oía, les dijo que si de verdad querían saber eso, que buscaran al viejo Tanner.

Encontraron al viejo Tanner sentado en el porche de su casa, en las afueras del pueblo, tallando un pequeño pedazo de madera.

¿Venís a por Jack, eh? -dijo sin levantar la mirada, nada más verles cruzar sus tierras en su dirección-. Tarde o temprano tenía que pasar. 

Un arco largo y oscuro se apoyaba en la pared a su lado. A los dos enanos, la actitud del tabernero ya les había confirmado sus sospechas: el pueblo entero evitaba hablar de él con extraños, sin duda protegiendo a quien consideraban uno de los suyos. La actitud de Tanner parecía indicar lo mismo. De nuevo, los enanos le aseguraron que no eran cazadores de recompensas, y le mostraron el colgante de oro. Los azules ojos del hombre se abrieron de par en par. Cuando le preguntaron si conocía a Morden, el corpulento anciano respondió.

Conozco a Jack Morden, ya lo creo que sí. Iba a casarse con mi hija. Antes de que la matara.

Aquella vez les tocó a los enanos sorprenderse, pero el viejo Tanner siguió hablando.

Eso es lo que dice todo el mundo. Eso es lo que cuenta la guardia de la ciudad. Pero conozco a Jack como si fuera mi propio hijo. Y eso es mentira. Morden es un buen hombre, y amaba a Morayne con toda su alma. La bruja de Lindar, la llamaban todos, la que habla con el viento. Pero a Jack nunca le importaron esos cuentos. No sé quien mató a mi Morayne, pero de una cosa estoy seguro. No fue Jack Morden.

Tobruk le contó entonces lo que decía su cartel de busca y captura, contándole que decía como Morden se había fugado de las mazmorras del castillo y había matado a dos guardias en su huida.

Yo no me creo esas patrañas. Si Jack mató a alguien, era porque se lo merecía. Es el mejor arquero de las Tierras Reclamadas, nuestro mejor… cazador. No sé como pudo escapar de las celdas del Barón, pero estoy seguro que lo hiciera como lo hiciera, pudo hacerlo sin matar a nadie. Si envió a esos guardias a sus tumbas, es porque no eran trigo limpio. 

El viejo Tanner se frotó los ojos, y se mesó la barba, ya más gris que pelirroja.

Me han quitado a mi hija, mi Morayne, y nadie me la podrá devolver. Pero el hombre que estuvo a punto de convertirse en mi hijo sigue ahí fuera, y le llaman asesino. No me preocupa la recompensa. Jack conoce Wilwood mejor que nadie en el mundo. Jamás le encontrarán si no desea ser encontrado. Pero es un hombre inocente. No merece vivir perseguido como un perro, cazado como un lobo. Os lo suplico, maestros enanos. Si realmente no buscan el precio que hay sobre su cabeza, ayúdenme. Ayúdenme a limpiar el nombre de Jack Morden. 

Los dos enanos no tuvieron valor para contarle al anciano que era muy probable que Morden hubiera muerto en el bosque tras atacar a unos bandidos, pero le dieron su palabra que llegarían hasta el fondo de todo aquel turbio asunto, y que harían que la verdad saliera a la luz. Agradecido, el hombre les invitó a unas jarras de su mejor cerveza, y los tres vieron la puesta del sol desde el porche de Tanner, mientras éste les hablaba de Morden y de su hija Morayne.

Ya asomaban las estrellas por ese techo abovedado que los humanos llamaban cielo cuando Tobruk y Lomborth se pusieron en camino hacia el Árbol Hueco, la única y pequeña posada de Lindar. Por el sonido de música y jarana, fue obvio antes de entrar que había un gran jolgorio en su interior. Estaban a punto de cruzar sus puertas, cuando de una ventana lateral salió volando un cuerpo, entre gritos y risas. El volador aterrizó en un charco dejado por las lluvias recientes, se sacudió como un perro mojado, se arrastró unos metros hasta el arbusto más cercano, y se desplomó allí mismo, empezando a roncar estruendosamente casi al instante. Acercándose a las botas que sobresalían por debajo del matorral, Tobruk y Lomborth apartaron las ramas para ver bien a su ocupante. Unos grandes y confusos ojos se abrieron de repente, y una sonrisa ebria asomó desde detrás de una frondosa barba pelirroja. Sin levantarse, el juerguista les saludó con la mano, intentó hablar pero en lugar de eso soltó un sonoro eructo, y en menos de un segundo ya estaba roncando otra vez en su improvisado lecho.

Tobruk y Lomborth se miraron entre sí, con la sorpresa pintada en la cara. Tumbado frente a ellos había un tercer enano.

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