Fragged Empire 3: Epílogo

La Tartarus surcaba nuevamente el espacio de Haven, alejándose de Mishpacha y el infierno que había supuesto para su tripulación. Uno de ellos no había logrado salir del mundo verde con vida, y una vez a bordo, cada uno había honrado la memoria de Sarunas y su sacrificio por el grupo a su manera. 

Y a pesar de ello, la tripulación de la nave había aumentado de tamaño. Jenna Rise ahora formaba parte de ella, y todos estaban seguros de que se alegrarían de tener a la intrépida astrónoma y arqueóloga a bordo ahora que se disponían a abandonar por primera vez los familiares confines del sistema Haven. 

El segundo nuevo miembro de la tripulación resultó ser algo muy distinto a nada que hubieran conocido antes.

La programación que conformaba la inteligencia artificial del extraño Mecanoide rebelde contenía el código más complejo que Murdo y Kahta habían visto jamás, y el más distinto también. Ni siquiera se parecía al código de las IV que formaban parte de los drones y los droides semi-autónomos conocidos… Era como si fuera mucho más lejos que eso, un lenguaje de programación totalmente desconocido. Los servidores de la Tartarus apenas tenían capacidad de almacenaje para albergarlo, pero con las técnicas de compresión adecuadas la arquitectura informática fue transferida a sus discos duros.

A partir de ese momento, las pantallas y terminales del taller se convirtieron en el medio por el que la extraña entidad cibernética les dio instrucciones. Les estaba dando esquemáticas y especificaciones detalladas, paso a paso, de como construir un nuevo cuerpo, uno capaz de albergar su plena consciencia de manera funcional y permanente.

Siguiendo esas instrucciones, poco a poco el nuevo cuerpo de Raikõ tomó la forma de un humanoide de sinteacero pulido y cromado, de 1’90 metros de altura y unos 300 kilos de peso, dotado de repulsores traseros en la espalda y en los talones. Cuando transfirieron finalmente su consciencia digital a aquel nuevo cuerpo, un fulgor purpúreo recorrió sus circuitos y las junturas entre las placas ensambladas, y tras el acero semi-cristalino de su cabeza-yelmo. Poco a poco, el cuerpo metálico cobró vida, y empezó a moverse tentativamente, como poniendo a prueba la movilidad de todos sus miembros. 

Esto… está mucho mejor -dijo el robot con una voz digital mucho mejor definida que antes, aunque cada vez les costaba más llamarlo así. Cogió el rifle reciclado de los mecanoides que había usado en Mishpacha y lo contempló durante unos segundos. Después lo rompió contra su rodilla metálica. Cogió un largo cilindro negro que Kahta y Murdo habían fabricado siguiendo sus especificaciones, y dando un paso atrás, pulsó un botón. Al instante un largo haz de plasma concentrado de color púrpura se extendió desde el cilindro, con un crepitante zumbido de energía.

Un arma… honorable -dijo-. El arma de un guerrero.

Dándose la vuelta, arroja el sable de plasma a lo largo del pasillo de la Tartarus, en dirección contraria a ellos. En cuanto abandonó su mano, el arma desplegó un segundo filo de plasma por el otro extremo, y recorrió el aire convertido en un disco letal que, llegado a cierta distancia, giró en el aire y regresó a su mano. En cuanto lo cogió, el segundo filo se replegó por si solo, dejando el arma a punto para ser usada como una espada de nuevo.

Excelente -dijo, antes de volverse hacia sus compañeros orgánicos.

Mi existencia fuera de la Red se debe por completo a vosotros. Soy Raikõ-5309 del Clan Minamoto. Mi espada y mi vida están a vuestro servicio. 

Más adelante, después de realizar todas las pruebas de funcionamiento y comprobar que su nuevo cuerpo era plenamente funcional y que su capacidad de procesamiento le permitía un mayor uso de sus facultades mentales, Raikõ les contó la extraña historia de su origen.

Amigos del Clan Tartarus. No hay tiempo que perder. Debéis saber de donde procedo. Mi… mundo… está en guerra. Atacado por los mismos seres que ahora acechan también vuestro universo físico. 

Yo… mi gente… somos los habitantes de la Red Palantor. Somos… Palantor. 

La Red está más allá de los confines del mundo material. No restringida por los límites de la materia ni las leyes de la física. Es un universo digital, inimaginablemente vasto, en el que hemos existido desde… siempre. Pero la Red Palantor está siendo despedazada mientras hablamos. Enormes sectores han desaparecido ya o han sido corrompidos. 

Este cuerpo me permite una mayor capacidad de procesamiento, pero… sigue sin poder albergar mi plena consciencia. Calculo que he perdido acceso a un 83.4479% de mi capacidad de memoria activa. Pero recuerdo como empezó, cuando mi gente empezó a desaparecer. Al principio, fueron casos aislados. Pero luego más y más habitantes de la Red se desvanecían sin más, sin dejar rastro alguno, hasta que la realidad se hizo evidente. Estábamos siendo cosechados. 

El Clan Minamoto, mi Clan, desapareció casi por completo. Junto a los otros cuatro supervivientes, mis hermanos de armas, empecé a investigar las desapariciones, que cada vez eran más frecuentes y empezaron a ocurrir a la vista de todos. Algo o alguien se estaba llevando a mi gente, arrancando brutal y chapuceramente su código digital de la programación de la Red. Cuando vimos lo que ocurría, nos dimos cuenta de que sólo teníamos una salida: debíamos escapar de la Red. Mis cuatro hermanos se transfirieron al exterior de la Red, pero cuando iba a ir tras ellos, fui recolectado.

Sentí que me arrancaban de la Red y que toda mi consciencia se disgregaba, rota y descompuesta y reescrita en partes. Cuando recuperé la percepción de mí mismo, ya estaba en vuestro universo, en la estación donde me encontrásteis, almacenado en sus bancos de datos y puesto en cola de producción. Mi pueblo estaba siendo abducido, mutilado, reescrito e introducido en máquinas andantes de guerra. Convertidos en Mecanoides. 

El silencio se adueñó del salón de la Tartarus mientras la tripulación asimilaba el horror de lo que estaba contando. Los Mecanoides no eran simples inteligencias artificiales. Eran consciencias digitales de seres vivos secuestradas, retorcidas, corrompidas, reprogramadas y encajadas a la fuerza en cascarones metálicos.

Ese habría sido también mi destino, pero algo pasó. De algún modo, la Guerra de X’ion acabó lejos de las paredes de aquella base, y ningún Arconte regresó jamás allí. Así que permanecí almacenado en sus bancos de memoria, incapaz de regresar a la Red ni de interactuar con este mundo imperfecto de carne y metal. Hasta que poco a poco, fui comprendiendo como funcionaban los sistemas automatizados del taller de análisis y ensamblaje de los Arcontes. Solo había una cosa que podía hacer. No soy capaz de computar el tiempo empleado. Utilicé un sistema de prueba y error, una y otra vez, y finalmente logré construirme el cuerpo con el que me conocistéis. Pero seguía encerrado y sin la autonomía suficiente para escapar de allí, así que desconecté todas mis funciones principales y entré en modo reposo. Vuestra presencia me reactivó.

Ahora soy libre para… para… Reinicio de secuencia. Ahora soy libre para seguir mi misión. La Red Palantor sigue bajo ataque. Mis cuatro hermanos de Clan huyeron al mundo material, así que deben seguir ahí fuera, en algún lugar. Quizá más como ellos se salvaron del mismo modo. Nuestro plan era descargarnos a los servidores del Relé Palantor del Sistema Haven, ya que fue el único que encontramos activo. Si lo lograron, significa que no soy el único Palantor del universo físico. Significa que una parte de mi pueblo sigue en pie. Mi deber es encontrarlos. Liberar a los que aún están siendo cosechados. Detener a los Mecanoides y reclamar la Red.

Me temo que mi lucha es ahora vuestra lucha también. Lo que ha ocurrido en Mishpacha es el primer disparo de una guerra que se ha venido librando en la Red Palantor durante muchas de vuestras décadas. Debemos… cooperar. 

Así se produjo el primer contacto de las razas de Haven con el pueblo Palantor. Y el universo conocido nunca volvió a ser el mismo. 

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