Fragged Empire 3: (XIII) Espectros Genéticos

ANTERIORMENTE, EN FRAGGED EMPIRE…

[El grupo llegando al hangar del Destructor repleto de Mecanoides aún inertes.]

[Cain Colson, transformado por el Cubo en el Heraldo del Destructor: Son dioses. Estoy seguro que ahora podéis verlo. Nosotros, la carne, somos el azote de los mundos. Somos un virus para el universo, su universo. Ya no más. Yo les despertaré a todos.]

[La batalla espacial rugiendo alrededor del Destructor, con una fragata con el logotipo de Ares capiteando un grupo de naves Corp.]

[El grupo combatiendo desesperadamente contra Colson y los Mecanoides. Jenna Rise arrancando brutalmente los implantes neurales de Colson.]

[Colson de rodillas justo antes de ser desintegrado: ¿Por qué me has abandonado?]

[El grupo huyendo a través del portal ya casi cerrado del todo. Jenna dudando de si volver a por el Cubo.]

[El Destructor Mecanoide abandona la batalla a velocidad de salto llevándose el Cubo, mientras la voz en off del fallecido Colson emite una llamada de timbre metálico: DESPERTAR. DESPERTAR. DESPERTAR.]

La Tripulación de la Tartarus 

• Murdo Morrison: Piloto corporativo y antiguo contrabandista

• James T. Jinx: Bribón kaltorano, hombre para todo

• Thanatos Verpila: Mercenario legionario sin demasiados escrúpulos

• Kahta: Científica Nephilim, experta en ingeniería, medicina y biotecnología

• Jagh: Asesino Nephilim de casta híbrida, dotado de potencial psiónico

Desde lo alto del risco de la cascada, la jungla de Mishpacha parecía hervir de actividad. La batalla en el cielo y los sucesos en la “tumba” Arconte habían llamado mucho la atención, y los nativos estaban inquietos. 

Cuando la ominosa llamada metálica de Cain desapareció tras la partida del Destructor y los canales quedaron despejados, los comunicadores de los tripulantes de la Tartarus sonaron con el aviso de un mensaje entrante.

¡Por fin! -exclamó la voz de Claire Weston-. ¡Si me estáis escuchando, tenéis que salir de ahí de inmediato! ¡Las cosas van a ponerse calientes en Mishpacha! ¡Regresad a Arquímedes y enviad estatus de misión! Lo que ha pasado hoy va a cambiarlo todo, todo. ¡Weston fuera!

Cuando le enviaron la confirmación de recibo y le pidieron más información, la respuesta de Weston fue casi instantánea. Debía encontrarse muy cerca, o el mensaje habría tardado horas en llegar.

Thraxis está mandando tropas. Van a acordonar el lugar. Salid de ahí YA.

El descenso por el risco, aunque arduo, fue bastante menos peligroso sin un Profeta Mecanoide intentando volatilizarles. Cuando llegaron a la cornisa donde se alzaba la tumba, Jinx se dispuso a seguir bajando hasta el suelo del valle. Cuando sus compañeros le increparon, respondió:

¡Jezabel! -exclamó Jinx-. Ella y el idiota de su marido huyeron hacia la selva… ¡No podemos dejarles ahí!

Ya no podemos hacer nada por ellos -dijo Kahta mientras guiaba al grupo hasta la enfermeria de la base Arconte-. Lo prioritario es salir con vida de este lugar. No hemos pasado por todo esto para acabar de nuevo entre rejas o muertos por unos corps ambiciosos que pueden haber desencadenado una nueva guerra en este sistema. 

Jinx miró de nuevo a la selva, intentando penetrar su densa maleza con la vista, antes de seguir al grupo a regañadientes. Aunque ya no sintiera nada por ella, le pesaba demasiado dejar atrás a su antigua… lo que fuera… allí, en mitad de la jungla.

La Nephilim empezó a inspeccionar el equipo de la enfermería, para ver si podía usarla de nuevo para curar las heridas que padecían todos sus compañeros sin excepción. Sin embargo, los dispensadores de nanitos aún estaban en proceso de recarga, y quiza tardaran horas en estar listos de nuevo para su uso.

Una voz metálica y débil se dirigió a ella mientras realizaba tales inspecciones. 

Murdo Amigo. Kahta Amiga. Ayuda.

Parecía que al extraño Mecanoide hecho de partes recicladas cada vez le costaba más hablar. Su tosco cuerpo había sufrido graves daños, y andaba costosamente con el zumbido de servos averiados y cortocircuitos internos. Aparte de los daños, su funcionamiento era cada vez más errático.

Yo… Yo… Raikõ. Sysop 5309. Fuera de red… Yo… fallo crítico de sistemas. Procesamiento inestable.

El robot se tambaleó. Seguía siendo un absoluto misterio para todos ellos, pero había luchado a su lado y su ayuda había sido crucial para sobrevivir a la ordalía. 

Yo… ayuda, Murdo Amigo. Cuerpo… provisional… Daños críticos… Descarga necesaria. Descarga necesaria.

Murdo miró a Kahta.

¿Hay algo en este lugar que pueda servirnos? ¿Esas cápsulas extrañas, quizá?

La Nephilim negó con la cabeza. Necesitarían un tiempo del que no disponían para descifrar su función y modo de empleo. 

Los bancos de memoria del Profeta, entonces… -sugirió Murdo, pero el desvencijado robot negó con la cabeza enfáticamente-. 

¡No! Profeta… No…

Raikõ… ¿puedes descargarte a través de la red de comunicaciones? Tengo una baliza de largo alcance y un canal con Arquímedes.

Almacenaje… necesario… Transferencia… directa…

¿Cuanto espacio necesitas?

El androide sacó un cable de un panel en el lateral de su cabeza y lo conectó con la terminal del brazalete de Murdo. Al corp se le abrieron los ojos de par en par. Solo conocía un ordenador capaz de albergar semejante cantidad de información. Kahta pareció leerle la mente.

Los servidores de la Tartarus… pero incluso aunque lograramos comprimir la información lo suficiente, eso se comería todo el espacio que tenemos. Tendríamos que encontrarle un cuerpo.

O construirlo -replicó Murdo.

Entonces los comunicadores sonaron dentro de la frecuencia cifrada del grupo. 

Aquí Jagh.

¡Neph de poca fe! -respondió Murdo-. ¿No nos esperabas de vuelta?

Si algo he aprendido en la Tartarus, es que mala hierba nunca muere.

Nos habría venido bien tu ayuda ahí arriba -gruñó Thanatos, aferrándose la grave herida recién vendada. 

Otros la necesitaban más -replicó la voz del siniestro Nephilim.

¡Jez! -exclamó Jinx.

Afirmativo. He seguido el rastro de ambos. Se adentra en la selva y termina de una manera muy brusca. Esto está lleno de huellas de ferales. Abandono la búsqueda. Dadme punto de encuentro.

Jinx bajó la mirada. No estaba dispuesto a abandonar a sus amigos en Mishpacha, pero sabía que un rescate no era una opción. El destino de los Slip ya no estaba en sus manos.

Dirígete a los aerodeslizadores -respondió Kahta-. Hay que regresar a Erebus.

Recibido. Jagh fuera.

Tras recoger todos los restos y pruebas que podían cargar cómodamente, se pusieron en marcha hacia el lugar donde, si todo iba bien, les esperaba el aerodeslizador. Igual que Jinx, Jenna Rise abandonaba el lugar con reticencia, odiando dejar a sus compañeros de equipo a merced de las junglas de Mishpacha. 

El vehículo, por suerte, seguía allí, y junto a él estaba Jagh, que había llegado al punto de encuentro sin dificultad. El viaje en deslizador hasta el campamento Sierra, y después hasta Erebus, fue mucho más rápido que avanzar a pie a través de la selva hostil, y en unas horas, llegaron al puesto avanzado de Erebus.

O lo que quedaba de él.

Ahora era tan solo una ruina humeante. Marcas de laser se habían quemado en la superficie de los pocos edificios aún en pie. Algunas de las naves de la plataforma de aterrizaje habían sido destruidas sin remedio. Su lanzadera había sido dañada, pero posiblemente un buen piloto aún podría sacarla del planeta. 

Erebus ya era el producto del reciclaje de varios naufragios estelares y campamentos militarizados, pero lo que había ocurrido allí lo había convertido en una absoluta sinfonía de destrucción. Columnas de humo se alzaban de unos pocos edificios y algunas de las naves del puerto. Todo estaba en absoluta calma y silencio. Tardaron unos momentos en darse cuenta de que faltaba algo común a todos los campos de batalla: los muertos. No se veía ni un cadáver entre los amasijos de acero y carbono que antaño fueran el único reducto de civilización en esta parte del continente. No necesitaron preguntarse donde estaban los muertos. Después de lo que habían vivido, lo sabían muy bien. 

Podían estar contemplando un atisbo de lo que le esperaba a todo Haven si los Mecanoides regresaban y se alzaban con el triunfo.

Montaron en la lanzadera, y aunque les costó dar potencia suficiente a sus dañados motores, consiguieron despegar y obtener velocidad de escape. Mientras ascendían, los sensores de la nave detectaron numerosas firmas de energía en tránsito descendente. En pantalla apareció su origen: una docena o más de transportes de tropas de Thraxis Aeroespacial. Pero no interrumpieron su vuelo ni se comunicaron en modo alguno, así que pronto abandonaron la atmósfera y atracaron en Arquímedes.

Encontraron la estación Arquímedes envuelta en una actividad frenética, y mucho más militarizada que la última vez que estuvieron a bordo. Soldados de la Legión Auxilia montan guardia e iban de un lado para otro en sus pesadas armaduras rojas. Las tropas a sueldo de Thraxis parecían haberse adueñado de la estación. Los restos de la flota defensora reunida a toda prisa se encontraban junto a la estación, muchas de las naves mostrando aún graves daños en el casco. Los restos de muchas otras flotaban en el espacio.

Lara Vortex salió a su encuentro, ansiosa por escuchar su relato de los acontecimientos. Abrazó a Jenna y preguntó por el resto del Equipo Sierra.

Tras escuchar estupefacta sus explicaciones, asintió con pesar.

Habéis hecho más de lo imaginable ante enemigos insuperables. Tenéis nuestra gratitud, y se os pagará lo prometido. Y Arquimedes será un puerto seguro para la Tartarus… siempre y cuando conservemos el control.

Y diciendo eso le entregó unos documentos a Jenna. 

La kaltorana pelirroja los leyó y maldijo soltando una retahila de tacos bastante coloridos. 

¡Esos bastardos nos dejan fuera! ¡Ya tienen lo que querían de nosotros, y ahora nos apartan de la investigación!

Lara asintió. 

No hay nada que podamos hacer, forma parte del contrato con Thraxis. Ellos pusieron la pasta… legalmente, la tumba es suya. Ya están enviando efectivos para montar un perímetro.

También les informó que Rachel Colson, la “preocupada” esposa de Cain, había desaparecido. Huyó de la estación en una lanzadera poco después de que ellos descendieran a Erebus. Su actitud hacía sospechar que pertenecía al mismo culto  marginal que su marido, los Buscadores del Salvador de Acero. Probablemente actuaran en conjunto desde el principio.

Jinx empezó a grabar su nombre en sus balas.

Alguien más quiere veros -dijo Lara, señalando a un despacho vigilado por dos grandes Legionarios.

Déjame adivinar… -farfulló Murdo.

Milo, por supuesto. Le encontraron rodeado de su habitual mini-ejército de guardaespaldas, algunos de ellos con el emblema de los Espadas de Gloria. Pero su actitud segura de siempre parecía haber cambiado, había algo por debajo… preocupación. 

No habéis cumplido con vuestra parte, amigos. Pero eh, lo entiendo. Nadie podría haberlo hecho, no con estos Mecanoides de por medio. Esas cosas son… horribles. Creo que acabamos de patear el mayor avispero del universo. 

No puedo pagaros lo acordado, supongo que lo sabéis. Pero habéis hecho un buen trabajo, y si lo que contáis es cierto, le habéis ahorrado a Industrias Thraxis un dineral en naves de guerra. 

No puedo pagaros lo acordado por el Cubo, pero puedo ofreceros esto… -y empuja un maletín lleno de créditos corporativos sin marcar- …por vuestro silencio.

Ese mensaje, esa llamada a despertar… creemos que ese mensaje ha sido mandado a lo largo y ancho del sistema, por medios que desconocemos, y quizá incluso más allá. Hasta ahora, los Mecanoides eran cuentos de terror, basados en encuentros esporádicos en los confines del espacio. Eso va a cambiar, y la idea me asusta de cojones. No estamos preparados para enfrentarnos de nuevo a algo así.

Si la población de Haven se entera, el pánico reinará en el sistema. Y el pánico nunca ha sido bueno para el mercado. Thraxis quiere mantener esto tapado tanto tiempo como sea posible. Vuestra colaboración será bien recompensada.

Por cierto, Milo… -preguntó Murdo-. ¿Cual va a ser la historia oficial? Estaría bien recibir algo de reconocimiento por… básicamente salvar Mishpacha.

Es que en Mishpacha, viejo amigo, no ha pasado nada -respondió el otro corp con una media sonrisa-. ¿No me has oído? Y creo que en ese maletín va todo el reconocimiento que necesitáis.

De todas maneras ya sabéis lo que dicen, el caos es una escalera. Pero me temo que lo que se haga con lo sucedido se decidirá desde instancias más altas.

En la medida de lo posible, no pierdas la pista a Rachel Colson. Esa mujer tiene ideas… peligrosas. 

A mí tampoco me gustan los cabos sueltos. Son malos para el negocio. 

La Tartarus les estaba esperando en el hangar de la estación. Ninguno de ellos había pasado por toda aquella ordalía sin preguntarse al menos una vez si volverían a ver su nave, lo más parecido que tenían a un hogar. No les sorprendió al subir a bordo ver parpadear la luz azul de un mensaje recibido.

Tripulación al puente -dijo Murdo-. Se aceptan apuestas sobre el color del traje de la señorita Weston.

Efectivamente, Claire Weston apareció de cuerpo entero como una proyección holográfica avanzada. Aquella vez no iba ataviada con uno de sus habituales trajes caros de mujer de negocios, sino que iba enfundada en un mono de combate de cuerpo entero, de un azul metálico. Su pelo parecía ligeramente más revuelto de lo habitual, lo que en alguien tan extremadamente profesional demostraba una gran agitación. 

Me encuentro a bordo de la CS Defiant. ¿Quien creéis que convenció al CEO de Ares de que incorporarse a esta batalla redundaba en los intereses del Conglomerado? Así que, con lo que habéis hecho, sea lo que sea, probablemente me hayáis salvado la vida. No puedo demorar mi partida. El Director Ejecutivo me espera y me temo que esto tendrá… algún coste para mí.

Les pidió un informe detallado de la misión, completo con grabaciones, datos recopilados y demás. Tras revisarlo atentamente, la mujer corp asintió con la cabeza.

Es peor de lo que temíamos. Esto confirma nuestros peores temores acerca de los Mecanoides. Ya demostraron el terror que suponen durante la Gran Guerra. Que sepamos, y la Dra. Rise podrá confirmarlo o desmentirlo, son una creación Arconte. Su solución final para los Nephilim de X’ion.

Jenna asintió. 

Parece que usaron o intentaron replicar tecnología humana. Sea como sea, algo salió mal. Recrearon las máquinas de guerra de los humanos lo mejor que fueron capaces, empleando la robótica de los antiguos y dotándola de armamento capaz de desintegrar la materia, especialmente la biológica, para contrarrestar el armamento biotech de los Nephilim. Todos los registros indican que después de un tiempo, cuando parecía que gracias a ello los ejércitos de X’ion iban a ser derrotados, los Mecanoides se volvieron contra sus amos, y contra toda forma de vida orgánica.

Weston retomó la palabra. 

Eso fue hace más de cien años. La amenaza Mecanoide había quedado prácticamente olvidada. Algún rumor aquí, un encuentro aislado allí, pero nada preocupante. Es como si al acabar la Guerra, se hubieran marchado, o se hubieran sumido en algún tipo de hibernación. No habían vuelto a aparecer… hasta ahora.

Y lo que es peor. Nuestros servicios de inteligencia sospechan que ese Cubo… cualquiera que fuera su origen y su verdadera función… no es un artefacto único. Podría haber más ahí fuera, en otras ruinas perdidas del imperio Arconte, en Haven o más allá.

Esto hace que nuestra misión sea aún más urgente. Quien sabe qué le aguarda al sistema tras lo que ha ocurrido hoy, pero podríamos hallarnos al borde de una segunda Gran Guerra, una a la que quizá no sobrevivamos. Descubrir lo que se oculta tras la Puerta de Gabriel es más perentorio que nunca.

Y aunque vaya contra las regulaciones decirlo… buen trabajo, equipo. Weston fuera.

Todos los ojos se posaron en la doctora Rise. 

Dejadme ver esas coordenadas. 

La kaltorana se sentó en la consola de navegación de la Tartarus para acceder a las cartas de navegación y a los mapas estelares del sector, así como a la grabación de los bancos de memoria de la Leviatán.

¿Y bien, Doc? -preguntó Jinx.

Mmmmmmm. Esa configuración estelar la he visto antes. Sí, creo que podría localizarla. Os ayudaré… con una condición -Jenna Rise les miró uno a uno con la determinación plasmada en la mirada-. Tenéis que llevarme con vosotros.

Doctora -respondió Murdo-, no sé si entiendes lo que…

Por los Arcontes, llamadme Jen de una maldita vez. Sí, sé muy bien lo que significa. ¿Entendéis vosotros lo que ha pasado aquí? Me han robado el trabajo de toda mi vida delante de las narices, y he visto con mis propios ojos lo que pasará si los Mecanoides regresan con más fuerza. Esta vez estaré preparada para ellos. Debemos aprender todo cuanto podamos sobre un enemigo que no conoce la piedad. Os ayudaré en vuestra misión. Y a cambio, cuando llegue el momento, me ayudaréis a entrar de nuevo en esa base Arconte, por muy bien protegida que esté, y a desvelar todos sus secretos. De lo contrario, no hay trato.

No había mucho que deliberar. La kaltorana era una de las pocas personas de todo Haven que podía descifrar sus coordenadas y llevarles hasta la baliza que se encontraba allí. Cuando accedieron a sus condiciones, y después de escuchar vuestro relato, Jenna tomó de nuevo los mandos del panel de cartografía estelar, y empezó a peinar con esmero los cuadrantes del sector Habrixis. Finalmente, abrió mucho sus ojos verdes, y exclamó: 

¡Con razón me sonaba esa configuración! Esas coordenadas, ese mundo-jardín verde, dejó de serlo hace mucho tiempo. Es la Varesfera. La baliza que buscáis se encuentra en algún lugar del sistema Var.

Se hizo el silencio en el puente de la Tartarus. Aquel nombre estaba impregnado de connotaciones casi míticas. 

La Varesfera… El mundo natal de la raza Vargarti, y también su prisión. 

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s