Fragged Empire 3: (XII) El Heraldo de la Destrucción

ANTERIORMENTE, EN FRAGGED EMPIRE…

[La Batalla de Mishpacha rugiendo en los cielos sobre el planeta selvático.]

[Cain Colson levitando hacia lo alto del risco gracias al Cubo Cuántico]

[El grupo combatiendo contra el Profeta Mecanoide y sus Acólitos en las paredes casi verticales del risco]

[Voz en off de Kahta: Quiere el Cubo. Nosotros solo estamos en medio.]

[Voz en off de Jinx: ¡Nuestra típica suerte!]

[Sarunas incinerado por el Profeta y desintegrado instantes después]

[El Profeta cayendo hacia su destrucción]

[Primer plano de Jezebel Slip: Un momento… ¿donde está Cain? ]

[Cain Colson desapareciendo tras un portal creado por el Cubo Cuántico].

[Murdo y Jinx mirándose un segundo antes de empezar a correr y cruzar el portal tras él]

La Tripulación de la Tartarus 

• Murdo Morrison: Piloto corporativo y antiguo contrabandista

• James T. Jinx: Bribón kaltorano, hombre para todo

• Thanatos Verpila: Mercenario legionario sin demasiados escrúpulos

• Kahta: Científica Nephilim, experta en ingeniería, medicina y biotecnología

• Jagh: Asesino Nephilim de casta híbrida, dotado de potencial psiónico

Un estadio. Se encontraba en el interior de un estadio. 

Al menos eso es lo que pensó Jinx al cruzar el portal tras Cain Colson. Pero no se trataba de ningún estadio. Era una especie de hangar, el más enorme y espacioso que había visto jamás. Ni siquiera en los recuerdos de sus ancestros había nada parecido. Al principio pensó que estaba vacío. Entonces miró hacia arriba. 

Allí, suspendidos del techo por enganches metálicos, colgados boca abajo y con las extremidades plegadas sobre su cuerpo, había cientos de Mecanoides. Cientos no, miles. La palabra ejército no alcanzaba a describir las hileras tras hileras de máquinas asesinas que dormían en ese lugar, esperando a ser reactivadas. No, aquello no era un ejército. Era una fuerza de invasión. 

Murdo atravesó el portal tras él, seguido de Kahta y los demás, justo a tiempo para ver como, a unas decenas de metros de distancia, Cain Colson se volvía hacia ellos. Solo que ya no era solo Cain Colson. De alguna manera, parecía que el Cubo Cuántico le había… cambiado. Parecía más alto que antes, y toda su piel visible relucía con los patrones inconfundibles de circuitería integrada que latían con fulgor púrpura justo debajo de la epidermis. Sus ojos parecían inyectados también de ese fulgor púrpura, que ardía entre él y el Cubo que flotaba justo delante. 

Cuando habló, ya no lo hizo con la voz de Colson, sino con un tono carente de toda humanidad y cargado de estática.

Son dioses. Estoy seguro que ahora podéis verlo. Nosotros, la carne, somos el azote de los mundos. Ellos, y no nosotros, son los verdaderos herederos de la perdida Humanidad. Nosotros somos un virus para el universo, su universo. Ya no más. Yo les despertaré a todos. Yo me prostraré ante el Gran Líder, el Salvador de Acero. ¡Contemplad como, incluso ahora, vuestros patéticos esfuerzos orgánicos fracasan ante el poder de un Destructor Mecanoide!

Y con esas palabras, un muro entero se hizo transparente. Fue como si de repente el espacio hubiera invadido la enorme sala.

Una decena de misiles de iones trazaron tirabuzones hacia ellos, surgidos de las estrellas. El impacto se convirtió en el estallido de una enorme flor de luz y les cegó temporalmente, con los fosfenos estallando en la oscuridad tras sus párpados cerrados. Cuando su visión se despejó, pudieron ver un escuadrón de naves Legionarias y kaltoranas haciendo ataques de pasada contra ellos… contra el Destructor. Arcos de energía purpúrea hendieron la noche, y varias de esas naves fueron destruidas en un doloroso instante. Una flotilla se había formado alrededor del Destructor, y para sorpresa de todos pudieron ver que algunas naves Corporativas se habían unido a ella, capitaneadas por una fragata de guerra marcada con el logotipo del Conglomerado Ares. Las razas de Haven se habían unido para hacer frente a aquella monstruosidad mecánica, la nave en cuyas entrañas ahora se encontraban, y por el momento no parecían tener nada que hacer contra aquel imparable juggernaut. 

Solo entonces Kahta llegó a una terrible conclusión. Allí, en el interior de la nave Mecanoide, no había nada que necesitara respirar… Nada salvo ellos. El único oxígeno que había allí debía filtrarse a través del portal, y éste se estaba cerrando rápidamente. 

De nuevo Cain habló, mientras el grupo no podía hacer otra cosa que reaccionar a lo que estaban presenciando a su alrededor.

Debo daros las gracias. Sin vuestra ayuda, jamás habría llegado hasta el Cubo antes que el Profeta. Ellos me necesitan, sí. Pero yo también a ellos. Ellos querían usarme. Yo era su llave… pero ahora soy mucho más. ¡Ahora YO soy el Profeta, el Heraldo del Destructor! Y vosotros… la nada será vuestra recompensa.

El ser anteriormente llamado Cain Colson levantó los brazos y, en respuesta, los centenares de enganches metálicos descendieron como uno hasta la altura del suelo. Un Mecanoide se desacopló de él cuando su núcleo se encendió, y empezó a desplegar sus extremidades para adoptar la configuración de un modelo humanoide tipo Cazador. Unos segundos más tarde, lo hizo otro, y luego otro. La horda Mecanoide estaba empezando a cobrar vida. Y con un gesto de su mano, Colson disparó una salva de rayos de energía púrpura surgidos del campo de fuerza que les rodeaba al Cubo y a él. Aquellos virotes cuánticos trazaron líneas imposibles en el aire hacia ellos, sorteando obstáculos como si estuvieran invisiblemente entrelazados con sus objetivos. 

[Aquel combate, que supuso el clímax de la aventura, fue épico pero durísimo. Toda la aventura había sido extenuante, convertida a partir de su segunda mitad en una sucesión casi ininterrumpida de tiroteos y persecuciones sin descanso ni posibilidad de reponer municiones y suministros médicos. Y ahora quemaban los últimos cartucho luchando literalmente contra el tiempo, con el oxígeno acabándose, más Mecanoides despertando cada turno y el portal cerrándose tras de sí inexorablemente. Fue la lucha más desesperada y agónica en lo que va de campaña, y si la habéis seguido hasta ahora habréis visto que ha habido unas cuantas. Pero esta se lleva la palma… por ahora.]

La tripulación de la Tartarus fue muy consciente de que las apuestas nunca habían sido tan altas como en aquel instante. Sabían que huir por el portal no era una opción; los Mecanoides parecían necesitar con urgencia ese Cubo. Se habían metido en aquel embrollo para encontrar a la doctora Rise, algo que habían logrado ya. Milo también quería ese Cubo, pero ahora estaban seguros que la Corporación tampoco podía echarle el guante. Y retirarse ahora solo les serviría para encontrarse en una jungla infestada de Mecanoides. No había más opción que resistir o morir con las botas puestas. 

Corrieron a dispersarse en direcciones distintas, ocultándose tras las columnas que sostenían el techo catedralício e incluso tras algunos de los Mecanoides aún inertes. Sus compañeros mecánicos no dudaban en disparar contra ellos sin el menor remordimiento, aunque supusiera destruir a sus propios congéneres inactivos. 

Pero todos sabían que los Mecanoides eran solo una destrucción. Su verdadero objetivo era Colson, el Heraldo del Destructor. Sus disparos apenas hacían mella en el escudo de fuerza cuántica que le protegía, pero Kahta observó con ojo crítico como éste fluctuaba con cada nuevo impacto, recalibrándose. Si le golpeaban lo bastante duro, lo bastante rápido, desde direcciones distintas, quizá… 

¡Thanatos! ¡Dale con todo!

El Legionario cabeceó, gritando de júbilo.

¡¡¡Sí!!! 

Salió al descubierto, confiando en sus camaradas para que le cubrieran. Su avance era lento pero incesante, imposible de detener. Caminaba sin soltar el dedo del gatillo, soltando ráfaga tras ráfaga mientras a la vez hacía volar las microgranadas del lanzador que llevaba acoplado su arma, sometiendo al campo de fuerza a un castigo increíble. En respuesta Colson soltó una nueva andanada de virotes cuánticos que obligaron al resto a cubrirse, y entonces liberó algo nuevo. Un orbe de fuerza cuántica salió disparado del Cubo en dirección a Thanatos. El Legionario intentó evitarlo, pero el orbe parecía moverse con voluntad propia. Rodeó todos los obstáculos, alcanzó a Thanatos, y explotó. 

Thanatos cayó de espaldas, su enorme mole levantada del suelo por la onda expansiva. A su alrededor se empezó a formar rápidamente un gran charco de sangre. Cain liberó otro orbe, esta vez en dirección a Murdo y Jinx. Ambos abrieron fuego a discreción contra él. La táctica funcionó, y el orbe estalló antes de llegar a ellos. Pero Colson ya estaba empezando a formar uno nuevo. 

Jenna Rise, espalda contra espalda con el Mecanoide rebelde, les advirtió:

¡Nos están rodeando!

¡Contenedlos todo lo que podáis! -respondió Jinx.

Murdo y él habían logrado situarse en flancos opuestos de Colson, siguiendo las instrucciones de Kahta, y abrían fuego contra él con todo lo que les quedaba. Entonces el sonido familiar de un rifle de asalto Legionario se unió a la sinfonía de disparos. Thanatos se había puesto en pie de nuevo. Sangraba profusamente, pero increíblemente, de algún modo inexplicable, seguía con vida. 

[Había sido reducido en una de sus características hasta -4, siendo la muerte definitiva a -5. Y, como Sarunas antes que él, ya había quemado todos sus puntos de Destino para mantenerse con vida. A partir de entonces fue perdiendo 1 punto cada asalto en una característica al azar. Sí, eso suponía que cada nuevo asalto tenía 1 posibilidad entre 6 de morir permanentemente.]

La ráfaga de la Grapadora alivió la presión sobre Rise y su aliado robótico. En cuanto pudieron salir del cerco en el que se habían visto atrapados, cubrieron nuevas posiciones para abatir a los Mecanoides que atacaban a sus compañeros en números cada vez mayores. 

Y a su vez, eso permitió que de nuevo centraran toda su potencia de fuego en Cain Colson. Los disparos de Kahta rebotaban i, pero obligaban al Cubo a emplear potencia de procesamiento. Las pistolas de Murdo y Jinx se unieron a ella, y el Mecanoide rebelde se situó junto a Thanatos para unir sus disparos a los de él. 

El campo de fuerza flaqueó, durante un segundo tan solo, pero fue suficiente. Jenna Rise salió al descubierto y activó ambos guanteletes a la vez, gesticulando como si estuviera agarrando la cabeza de su antiguo colega desde ambos lados. Con un grito desgarrador y un tirón brutal de cada mano, los implantes en las sienes de Cain Colson fueron brutalmente arrancados de su cuerpo, dejando sendos rastros de sangre y energía en el aire. Apretando los puños, ambos implantes cibernéticos se convirtieron en pequeños amasijos de metal inútil.

Colson cayó de rodillas, con un alarido agónico, aferrándose las sienes. Alzando la vista, aulló:

¡No! Señor, ¿por qué me has abandonado?

Al instante, el campo de fuerza desapareció por completo. El Cubo se desconectó de Cain y flotó hasta el centro del gran hangar. Todos y cada uno de los Mecanoides se detuvieron, congelados un instante en el tiempo. Entonces, como un solo ser, se volvieron contra Colson, con los ojos encendidos de lo que parecía rabia. 

Abrieron fuego al unísono con sus rayos desintegradores. Cain Colson, o la criatura en la que Colson se había convertido, a falta de una palabra mejor, se…  deshilachó. Los bordes de su silueta empezaron a difuminarse primero y a desgajarse después. El Cubo abrió de nuevo el campo de fuerza que compartía con él. Un rayo de luz rodeó a Cain en su lento y agónico proceso de desintegración, lo estiró y lo distorsionó, como luz atrapada en el horizonte de sucesos de un agujero negro. Su grito llenó el escaso oxígeno que restaba en la sala.

¡La luz! ¡La historia! ¡Ahora lo entiendo, ahora lo veo todo! ¡Veo como empezó! Necesito tiempo para..

Y de repente ya no estaba. Sus partículas se esparcieron por el tiempo y el espacio. Y después, lentamente, los Mecanoides volvieron a centrar su atención en el resto de orgánicos que quedaban en el gran hangar. Los motores de salto del Destructor empezaron a vibrar, con el inconfundible zumbido de la energía Ley acumulándose en los condensadores. El portal casi había desaparecido por completo.

Kahta comprendió al momento lo que estaba sucediendo. Los Mecanoides acababan de perder el interfaz biológico que les permitía controlar el Cubo Cuántico, y abandonaban la batalla… con ellos dentro.

¡Hay que salir de aquí! -gritó-. ¡Vamos, vamos, vamos!

Se volvieron para echar a correr hacia el agujero, pero entonces Jenna Rise se detuvo y miró atrás. El Cubo Cuántico flotaba allí, en el centro del hangar, a tan solo unos metros de distancia. Un artefacto de origen insondable y un poder incomprensible, un auténtico santo grial para cualquier xenoarqueólogo. La pelirroja miró al portal y volvió a mirar al Cubo.

Murdo se detuvo justo delante del portal mientras los demás salían por él entre disparos de los Mecanoides. 

No lo hagas, Jenna. 

Puedo alcanzarlo… -respondió ella-. Puedo llegar a él… 

Murdo negó con la cabeza. La doctora Rise cerró los ojos y tomó la decisión más difícil de su vida. Dio la espalda al Cubo Cuántico y siguió a Murdo a través del portal, justo antes de que se cerrara a sus espaldas.

Emergieron uno a uno en lo alto del risco que dominaba el Valle de la Tumba. En lo alto, la Batalla de Mishpacha tuvo un abrupto final. El Destructor emitió una andanada de rayos que durante un instante le hizo parecer un erizo de púas purpúreas, dañando a todas las naves cercanas y obligando a retirarse al resto. Entonces su Motor de Salto se activó, incluso tan cerca del pozo de gravedad del planeta, provocando una auténtica Aurora Boreal que hizo resplandecer intensamente el campo electromagnético del planeta. El gran arco iris de color les cegó momentáneamente. El portal de salto brilló como una grieta en el espacio que se tragó al Destructor, convertido en un borrón alargado. En un microsegundo había desaparecido.

De repente, liberados del campo de distorsión de señales generado por el Cubo, sus comunicadores empezaron a funcionar de nuevo, todos a la vez, y una voz extraña y repetitiva surgió de ellos. Era una única palabra, pronunciada con la voz cargada de estática del fallecido Cain y repetida de manera incesante.

DESPERTAR. DESPERTAR. DESPERTAR.

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