Fragged Empire 3: (XI) La Batalla de Mishpacha

ANTERIORMENTE, EN FRAGGED EMPIRE…

[Cain Colson manipulando el Cubo Cuántico con expresión fanática: La carne es débil, Jen.  El acero es fuerte. La inmortalidad es alcanzable, doctora Rise. Búscala en el acero.]

[El recuerdo genético de Jinx, con las naves Mecanoides arrasando el sistema Haven]

[Kahta gritando: ¡Hay que recuperar ese cubo! ¡Es la clave de todo!]

[El tosco mecanoide construido a base de repuestos: No… disparar… Yo… amigo…]

[El mismo mecanoide: Profeta… viene…]

[El grupo saliendo de la Tumba y presenciando la batalla espacial que se está librando en los cielos, una flotilla de naves intentando hacer frente a un inmenso Destructor Mecanoide].

[El Profeta, un Mecanoide de tamaño imponente, emerge de la Tumba tras ellos y les apunta con todo su armamento.]

La Tripulación de la Tartarus 

• Murdo Morrison: Piloto corporativo y antiguo contrabandista

• James T. Jinx: Bribón kaltorano, hombre para todo

• Thanatos Verpila: Mercenario legionario sin demasiados escrúpulos

• Kahta: Científica Nephilim, experta en ingeniería, medicina y biotecnología

• Jagh: Asesino Nephilim de casta híbrida, dotado de potencial psiónico

• Sarunas: Comando legionario, antiguo empleado de CURE

El primer fogonazo del cañón del Profeta voló una sección entera del risco, mientras su otro brazo rociaba una llamarada de napalm en dirección a sus objetivos más cercanos, los Slip. Por fortuna, Daniel y Jez estaban lo bastante lejos como para apartarse, y echaron a correr hacia la jungla. Desde la altura Jinx les vió desaparecer en la selva mientras buscaba una roca cercana tras la que esconderse.  

El Profeta ignoró por completo a los fugitivos. De un compartimento a su espalda surgió un grupo de Acólitos, los “drones” Mecanoides que habían supuesto su primer encuentro con las máquinas vivientes. Inmediatamente, los Acólitos desplegaron sus armas y se elevaron en busca de sus objetivos, mientras el Profeta empezaba a trepar tras ellos con la facilidad que le daban sus potentes servomotores.

[Aquel combate fue interesante no solo por el enemigo tipo “nemesis” que suponía el Profeta, sino también porque se desarrolló en un plano vertical. Los personajes se encontraban dispersos por la pared casi vertical del risco, que contenía un gran número de formaciones rocosas para agarrarse o tras las que esconderse, además de una serie de rellanos que podían alcanzar para ponerse en pie y liberar las manos para la lucha a costa de situarse en posiciones de escasa movilidad. Además, la proximidad de la cascada hacía que las rocas estuvieran húmedas en muchas partes, lo que añadía el riesgo de una caída. Pero además de peligros, también ofrecía otras posibilidades tácticas.]

Alcanzando una roca tras la que parapetarse, Jenna Rise logró esquivar una ráfaga corta del subfusil de un Acólito, mientras analizaba con ojo experto el sistema de propulsión de aquellas cosas. 

¡No pueden volar! -gritó a sus compañeros. Como para demostrarlo, empujó a uno de los Acólitos lejos de la pared de piedra con un microcampo de electrogravedad, y la pequeña criatura mecánica salió despedida hacia el fondo del precipicio, estrellándose contra las rocas a la orilla del lago-. ¡Sus repulsores necesitan una superficie cercana!

A Thanatos no le hizo falta saber más. Mientras descargaba a una sola mano su Grapadora contra el Profeta con resultados negligibles, agarró a un Acólito que había cometido el error de acercarse demasiado, y lo arrojó con toda su tremenda fuerza contra otro. Ambos Mecanoides estallaron al chocar en el aire. Kahta también disparaba a los Acólitos, consciente de que si el rifle de asalto de su compañero apenas hacía mella en el Profeta, las agujas de hueso de su subfusil biotech no tenían la menor oportunidad. 

Jinx disparaba su pistolón, intentando buscar un punto débil en el blindaje de aquel monstruo metálico mientras Murdo intentaba fijarlo como blanco en su Com-Tac y enviar sus coordenadas a los sistemas de las armas de sus compañeros. Sarunas por una vez iba en retaguardia, intentando el difícil acto de equilibrar la distancia con el Profeta para que su escopeta tuviera el máximo efecto y a la vez quedarse fuera del alcance del lanzallamas. 

¡¿Por qué diablos nos persigue esa maldita cosa?! -gritó Jinx mientras apuntaba al complejo sistema de sensores ópticos en lo que pasaba por el rostro del Profeta. 

No nos persigue -dijo Kahta. Era sólo una hipótesis, pero le calculaba una probabilidad del 89%-. Quiere el Cubo. Nosotros solo estamos en medio. 

¡Nuestra típica suerte! -gruñó el kaltorano disparando de nuevo.

El único punto que tenían en su favor era el hecho de el Profeta no levitara y necesitara agarrarse a la pared con uno de sus brazos en los tramos más verticales, lo que le impedía usar ambas armas a la vez. Su cañón, aunque tremendamente poderoso, no parecía muy preciso; pero si tomaba una posición en la que pudiera erguirse o se acercaba lo bastante para rociar toda la zona de napalm, no tendrían salvación posible.

Y hasta ahora, estaba aguantando todo lo que le estaban disparando. Jinx echó mano a su cinturón de granadas para provocar un desprendimiento que con suerte le arrastrara hasta el fondo, pero recordó que las había empleado todas para retrasar el avance del Profeta a través de la jungla.

Aquello iba a necesitar un esfuerzo coordinado, o jamás superarían a aquel tanque  blindado humanoide. Mientras Kahta, Jenna y el Mecanoide rebelde les cubrían de los Acólitos, el resto del equipo se centró en el Profeta. 

¡Hay que impedir que gane terreno! -exclamó Murdo, intentando superar los cortafuegos y descifrar el extraño código de programación del Profeta para hackear sus capacidades motoras. Algo hizo bien, porque de repente el Mecanoide pareció forcejear consigo mismo para intentar moverse sin éxito. En la pantalla Murdo podía ver subrutinas autoconfigurándose para intentar reparar los sistemas a toda velocidad. No tenía ni idea de cuanto tiempo podría mantener su contraprogramación a ese ritmo.

¡Ahora!

A la vez, Sarunas y Thanatos empezaron a disparar a los sensores de la criatura-máquina, intentando hacer mella en su capacidad de apuntado. El fuego concentrado apenas le provocó daños graves, y mientras Thanatos mantenía un torrente de iones sobre él Sarunas se aproximó temerariamente y, esquivando el rayo desintegrador por la mínima, le decerrajó un disparo a bocajarro vaciando ambos cañones. Aquello desestabilizó al Profeta lo suficiente como para darle una ventana de oportunidad a Jinx. Apuntó con cuidado y apretó el gatillo. La bala autopropulsada, que carecía de poder de penetración para semejante blindaje, encontró un hueco dejado por el escopetazo de Sarunas. Empezaron a saltar chispas de los sensores del Profeta. 

Pero aunque dañados, no estaban destruidos. Solo los reflejos felinos del kaltorano le libraron de ser vaporizado al instante por otro cañonazo. Sarunas no tuvo tanta suerte. Deliberadamente, el Profeta se soltó del brazó con que se agarraba, deslizándose un par de metros metros hacia abajo. Y mientras lo hacía, descargó una llamarada de napalm ardiente sobre el Legionario. Sarunas no pudo hacer nada para evitarla, y desapareció engullido por el fuego infernal. Y mientras ardía, el Profeta le apuntó con su cañón y disparó. El enorme cuerpo del comando se convirtió en partículas de polvo orgánico, que danzaron en el aire como un enjambre de luciérnagas al prenderse por el calor. 

Sus camaradas no desperdiciaron su sacrificio. Mientras el Profeta se agarraba de nuevo para frenar su descenso, las armas de todo el grupo buscaron el punto débil que le habían creado entre todos. En medio de una ráfaga de disparos, la cabeza del Profeta soltó una descarga eléctrica terrible. Ciego y con los sistemas aturdidos, sus manos se soltaron de la pared y el enorme Mecanoide cayó de espaldas al vacío, escupiendo una llamarada que ardía tras él como una estela ígnea. Se estrelló contra el fondo del barranco, y su núcleo estalló con una explosión purpúrea. Su cuerpo, prácticamente intacto a pesar de todo, se quedó inerte por fin. 

No había nada que pudieran hacer por Sarunas, salvo agradecer su sacrificio y honrarlo poniendo fin a aquello de una vez por todas. En los cielos, la batalla espacial se encontraba en su apogeo. Excepto el Destructor Mecanoide, las naves que le hacían frente apenas eran visibles a aquella distancia, salvo por los fogonazos intermitentes de su armamento. No parecía ir bien para los defensores.

Tras recargar sus armas con la contada munición que les quedaba, reanudaron su ascenso. Alcanzaron lo alto del risco justo a tiempo para ver algo que jamás habían creído posible, al menos no fuera del espacio profundo. Allí estaba Cain Colson, de espaldas a ellos. Estaba manipulando de algún modo el Cubo Cuántico sin llegar a tocarlo. El artefacto flotaba entre sus manos, rotando a velocidades cada vez mayores con cada movimiento del fanático, y el aire resplandecía alrededor de ambos del mismo modo en que el calor desvía la luz. Mientras echaban a correr en su dirección, preparándose para apuntar y disparar a la carrera, se escuchó un fuerte sonido como de succión, y de la nada, frente a Colson, se abrió una grieta en el universo. El girar del Cubo se hizo más y más rápido mientras los primeros disparos se estrellaban contra el campo de fuerza que envolvía a Cain, y el agujero en la realidad creció al mismo ritmo hasta alcanzar la misma altura que el corp. Sin una palabra y sin darse la vuelta, Cain Colson dio un paso hacia adelante y cruzó aquella especie de portal, desapareciendo hacia lo desconocido con el Cubo Cuántico en su poder.

Pero el portal seguía allí. 

Murdo y Jinx se miraron entre sí. La misma idea les había pasado por la mente.

Sin pensárselo dos veces, echaron a correr hacia el portal, que había empezado a menguar y contraerse lentamente. Descolgando su Grapadora, Thanatos les siguió lenta y pesadamente. 

Jagh permaneció atrás en un silencio absoluto, viendo como uno a uno sus camaradas, incluidos la doctora Rise y el extraño Mecanoide rebelde, eran engullidos por el desgarrón en el espacio-tiempo. Ninguno de ellos podía sentir las decenas de miles de mentes frías e inhumanas cobrando consciencia lentamente tras el portal. Pero él sí podía sentirlas, y sentía la implacable determinación que les obligaba a perseguir incansable su única directriz: la exterminación.

Unos y ceros, se dijo mientras se daba la vuelta y se alejaba del pórtico. Unos y ceros. 

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