Fragged Empire 3: (X) Nuestros Salvadores de Acero

ANTERIORMENTE, EN FRAGGED EMPIRE…

[El grupo adentrándose en la tumba a oscuras a la luz de sus linternas.]

[Montaje del grupo descubriendo toda clase de maravillas tecnológicas de la era Arconte]

[Plano general de un antiguo taller y laboratorio de los Arcontes repleto de robots a medio montar, incluido un tosco modelo inerte. Voz en off de Jenna Rise: ¿Qué diablos son esos… esos mecanoides?]

[La puerta de la tumba estallando en pedazos, Thanatos y Sarunas evitando por los pelos un enorme rayo desintegrador]

[Primer plano de Jezebel Slip: Un momento… ¿donde está Cain? ]

[Cain Colson manipulando el Cubo Cuántico con expresión fanática en el rostro].

[Voz en off de Colson, mientras un escuadrón de Mecanoides adopta formación de combate y abren fuego a discreción: ¡Protegedme! ¡Derrotad a los seres de carne!]

La Tripulación de la Tartarus 

• Murdo Morrison: Piloto corporativo y antiguo contrabandista

• James T. Jinx: Bribón kaltorano, hombre para todo

• Thanatos Verpila: Mercenario legionario sin demasiados escrúpulos

• Kahta: Científica Nephilim, experta en ingeniería, medicina y biotecnología

• Jagh: Asesino Nephilim de casta híbrida, dotado de potencial psiónico

• Sarunas: Comando legionario, antiguo empleado de CURE

Las ráfagas de iones se cruzaron en el aire con los rayos desintegradores en una lluvia mortal. 

El tiempo casi se ralentizó para Kahta mientras los disparos de los Mecanoides empezaban a silbar junto a ellos. Su mente intentaba procesar todos los detalles de lo que estaba sucediendo con la rapidez suficiente. Aquel artefacto, aquel cubo… no se parecía en diseño al resto de tecnología Arconte que habían visto en el complejo. Parecía aún más antiguo. Y estaba sin duda relacionado con las máquinas asesinas que estaban intentando acabar con ellos.

Desplegó su escudo y se parapetó tras él mientras los Mecanoides adoptaban posiciones seguras tras columnas y abrían fuego para impedir cualquier acceso a la sala. Sus tácticas de combate eran mejores y más sofisticadas que en anteriores encuentros. ¿Era el Cubo? ¿Órdenes de Colson? ¿La presencia cada vez más cercana de lo que les había perseguido a través de la jungla y ahora cruzaba la tumba en su dirección? O quizá simplemente, esas cosas… aprendían.

Sarunas pasó corriendo a su lado, cargando hacia la vanguardia como siempre. Los fogonazos de plasma de los cañones gemelos de su escopeta reventaron a tres de los Mecanoides que, cubiertos por sus compañeros, habían avanzado posiciones y estaban peligrosamente cerca del grupo. Dos rayos desintegradores impactaron en el pecho del Legionario, y éste cayó de espaldas inerte. 

Kahta no dejó que eso la distrajera. Eran inteligentes, eso ya lo había comprobado. O seguían las órdenes de algún tipo de inteligencia. Ellos habían cubierto la zona alrededor de la Tumba con el campo de distorsión de señales que había impedido que Arquímedes tuviera noticias del Equipo Sierra, y habían respondido a los científicos haciéndose pasar por la base orbital para que no sospecharan nada. Tenían un plan en marcha, y solo faltaba por ver si los Mecanoides eran la herramienta que estaba usando Colson para hacerse con el cubo… o era justo lo contrario.

Mientras Murdo hackeaba los sistemas de los Mecanoides y Jinx descargaba su pistolón a diestro y siniestro, Jenna usaba los guantes para estrellar Mecanoides unos contra otros, derribarles o inmovilizarles. La kaltorana parecía no poder creer aún la traición de Colson.

¡Cain! ¿Qué has hecho? ¿Por qué? -gritó.

El corp levantó la mirada un segundo, una mirada fría y a la vez rebosante de un celo demencial, mientras tomaba el Cubo Cuántico con ambas manos y lo extraía del campo de fuerza dorado. 

La carne es débil, Jen. Nuestras mentes orgánicas están lastradas por caprichos emocionales y memorias defectuosas. El acero es fuerte. La inteligencia digital alberga el mayor potencial del universo… Es un régimen infalible por definición. La inmortalidad es alcanzable, doctora Rise. Búscala en el acero. Nuestros salvadores de acero vinieron una vez para reclamarnos, y nosotros les dimos la espalda. Esta vez cosecharán nuestros cuerpos y se beberán nuestras mentes… Entonces viviremos en su eterna gracia… Más allá del tiempo, más allá del espacio. 

Un certero disparo de Thanatos cortó el discurso cargado de fanatismo del médico, pero se estrelló contra un campo de fuerza sin duda generado por el Cubo que tenía en las manos. Sin una palabra más, Colson se dio la vuelta y escapó de la sala por una puerta trasera sin que nadie pudiera evitarlo.

Un recuerdo genético asaltó la mente de Jinx al escuchar las palabras del traidor, un vistazo a la memoria de uno de sus ancestros que le devolvió durante unos segundos a los últimos días de la Guerra de X’ion. Recordó a altas figuras que solo podían ser científicos Arcontes desatando un último intento desesperado de impedir que las fuerzas Nephilim de su creación caída se hicieran con la victoria. La Legión no había sido su última baza, como todo el mundo suponía. Sintió el terror de ver flotas enteras de naves Mecanoides surcar el espacio de Haven solo para volverse implacablemente contra toda forma de vida orgánica existente, devastando el sistema, destruyendo la carne a nivel molecular, consumiendo ejércitos enteros y doblando el tiempo y el espacio a su antojo. Recordó el suspiro de alivio colectivo cuando el apocalipsis Mecanoide terminó tan abrupta y misteriosamente como había empezado, dejando ruina y destrucción a su paso…

El grito de Kahta le devolvió al presente.

¡Tenemos que recuperar ese Cubo! ¡Es la clave de todo!

Como si sus palabras la hubieran convertido en un objetivo prioritario, varios Mecanoides abrieron fuego contra ella en ráfagas cortas. Kahta reaccionó sobrecargando el escudo de manera improvisada  El escudo logró detener la primera, y casi amortiguó la segunda por completo. La tercera impactó de lleno a la Nephilim. Solo la sobrecarga del escudo impidió que fuera desintegrada a nivel molecular. La sangre verde manaba por unas heridas atroces que ella misma diagnosticó como fatales sin tratamiento urgente, mientras perdía la consciencia y se sumía en la oscuridad.

[En términos de juego, tanto Kahta como Sarunas quemaron un punto de Destino permanentemente para no morir, representándolo como la sobrecarga del escudo o la simple y llana robustez Legionaria.]

Con dos caídos y la munición de los demás restantes a punto de agotarse, el combate se estaba tornando rápidamente en un remedo de Balor-4, donde las fuerzas kaltoranas resistieron valientemente contra el avance Nephilim y cayeron hasta el último hombre defendiendo la plaza. Jinx voló la cabeza de un Mecanoide con uno de sus disparos de puntería extrema y su buen ojo para encontrar las debilidades en cualquiera. Pero no iba a ser suficiente y lo sabía.

Entonces la puerta que tenían a sus espaldas se abrió, y un disparo de partículas impactó contra el pecho de uno de los robots asesinos. De reojo, Murdo miró hacia atrás, sorprendido. En el umbral había un Mecanoide. Pero era distinto al resto, y Murdo lo había visto antes. Era el modelo construido a base de piezas viejas y dispares que habían encontrado en aquel taller o sala de disecciones cibernéticas. Comparado con los Mecanoides que les estaban atacando, parecía un montón de chatarra humanoide. Sostenía un rifle reciclado en una mano, conectado a su propio y desvencijado núcleo por un cable externo que no parecía diseñado para tal propósito, y en la otra llevaba un enorme hueso que solo podía ser de Legionario, partido por la mitad, y lo sostenía en dirección al escáner de ADN para mantener la puerta abierta. Llevaba colgado del pecho un viejo transistor de radio transformado improvisadamente en altavoz, y a través de él se escuchó una voz, entrecortada y envuelta en estática.

No… disparar… Yo… amigo…

Aquella voz metálica les puso los pelos de punta, pero tras dar un par de pasos hacia el interior de la sala, el extraño Mecanoide arrojó el hueso lejos del escáner para que la puerta se cerrara tras de sí y empezó a disparar contra los Mecanoides. A caballo regalado…, pensó Jinx agradeciendo los refuerzos. Fuera lo que fuera, ya se ocuparían de él cuando nadie les estuviera intentando desintegrar.

[En ese momento les conté que, como Jenna Rise, aquel era un segundo PJ “de repuesto” que podían usar durante el resto de la aventura si alguno de los originales caía en combate. Los jugadores inmediatamente le apodaron “Johnny-5”.]

Fuera por la ayuda del recién llegado, por el impulso que les daba ver a sus camaradas caídos desangrándose lentamente en el suelo o simplemente por la tenacidad y el afán de supervivencia que les había caracterizado siempre, en ese momento las tornas del combate empezaron a cambiar. Los Mecanoides que quedaban se reagruparon, cerrando filas. Por alguna razón, y a pesar de su aparente obsesión con la aniquilación de toda vida orgánica, en cuanto detectaron al miembro de su “raza” renegado, le convirtieron en su máximo objetivo. Pero los rayos biodesintegradores no podían producir grandes daños en su cuerpo metálico, y los compañeros de la Tartarus aprovecharon ese momento de respiro para realizar un avance temerario.

Unos segundos más tarde, el silencio volvía a adueñarse de la cámara. Murdo y Jinx corrieron hacia Kahta y Sarunas para intentar salvarles la vida, mientras Thanatos encañonaba al Mecanoide rebelde y Jenna Rise le apuntaba con una de sus manos enguantadas.

¿Quién… qué eres tú? -exigió el Legionario.

El extraño androide hecho de retales señaló a la puerta que tenían detrás, y a través del transistor dijo:

Profeta… viene…

Solo podía referirse a una cosa. De lejos, el sonido de pasos colosales se escuchaba retumbar por la tumba, más cercanos cada vez. 

¿Quién eres? -repitió Thanatos.

Yo… Fuera de la Red… Procesamiento… inestable… Confuso… Confuso…

Y luego repitió:

Profeta… viene…

[El número en el dado de 6 que había puesto como cuenta atrás bajó en ese momento al uno. El tiempo prácticamente se les había agotado. No les hizo falta más advertencia.]

Murdo y Jinx habían podido tratar las heridas de sus camaradas lo justo para evitar que se desangraran y para devolverles un mínimo de conciencia, pero no podían quedarse para hacer nada más. Tenían que ponerse en movimiento ya, tanto para intentar atrapar a Colson y al Cubo como para evitar que aquel Profeta Mecanoide les diera alcance. Con Thanatos ayudando a caminar a Sarunas y Jenna haciendo otro tanto por Kahta, avanzaron por el pasillo por el que se había fugado Colson. 

El pasadizo conducía a una habitación repleta de instrumental científico, y casi sin poder hablar Kahta les instó a detenerse. La Nephilim se acercó a unas consolas ayudada por Jenna, e incluso sin saber leer la lengua Arconte supo que se encontraban en una enfermería increíblemente avanzada. Con la traducción de la doctora Rise, Kahta logró activar varias de las cápsulas de regeneración celular. En menos de un minuto, las peores heridas de todos ellos habían desaparecido por completo, o bien transformadas en daños leves, más molestos que dolorosos. Aquella tecnología médica podía suponer un salto de cien años o más en la ciencia del sistema Haven, se dijo Kahta cuando salió de su cápsula, regenerada y pensando ya con claridad. Pero ahora no podían detenerse allí. Un sonido de piedra y metal haciéndose añicos y los pasos ominosos de algo enorme les indicaron que el Profeta casi les había alcanzado.

Los dos pasadizos paralelos que salían de la enfermería daban a sendas cortinas de agua, tras las que se filtraba de nuevo la luz solar. ¡Eran un segundo acceso a la Tumba! El fulgor violáceo de un campo de fuerza era lo único que se interponía entre ellos y el exterior, pero la doctora les aseguró que por lo que ella sabía, debían ser filtros de descontaminación. Los cruzaron sin advertir efecto alguno, y después atravesaron la cascada de agua fría para salir de nuevo al exterior, a los pies del lago que se abría en el repecho donde se encontraba el complejo, al otro lado del Valle de la Tumba. 

Los cielos azules de Mishpacha les dieron la bienvenida, pero su mirada se clavó en lo que había más allá de ellos. Donde habían esperado ver tan solo la más pequeña de las lunas del planeta, se vislumbraba la colosal forma de una nave inmensa. Jamás habían visto un destructor de semejante tamaño, que se escapaba de todo cuanto se conocía en Haven sobre la construcción y diseño de naves estelares. De todos ellos, sólo Jinx había visto algo igual, en los recuerdos de su antepasado. Era un Destructor Mecanoide. 

La mole estaba enzarzada en combate contra un buen número de naves de guerra kaltoranas y de la Legión, que danzaban como moscas a su alrededor a pesar de ser todas de mayor envergadura que la Tartarus. El Destructor estaba erizado de armas y las estaba usando a discreción en una batalla silenciosa que rugía justo más allá de la atmósfera. Estaban presenciando lo que los libros de historia conocerían como la Batalla de Mishpacha.

Pero Colson también estaba a la vista, justo fuera del alcance efectivo de sus armas. Flotaba en el aire, levitando hacia lo alto del risco mientras sostenía el Cubo entre sus manos sin tocarlo. El artefacto rotaba lentamente, sin duda generando el misterioso poder que elevaba a su portador. El traidor desapareció de la vista al llegar a lo alto del risco. 

¡Hay que seguirle! -gritó Murdo para hacerse oír por encima del estruendo del agua. 

Eso era más fácil decirlo que hacerlo, pero el grupo empezó a trepar por el risco, agarrándose a las rocas para avanzar de repisa en repisa. Jezebel miró la pared y negó con la cabeza. A una cierta altura, Jinx miró hacia abajo y vio como los Slip discutían entre sí. Les gritó para que subieran de inmediato, pero entonces algo les hizo enmudecer a todos.

Oscurecida por la cascada y por la refracción de la luz, una enorme forma metálica emergió al exterior, más grande que cualquier otro Mecanoide que habían visto hasta entonces. Solo cuando cruzaron la cascada de agua pudieron hacerse una verdadera idea de su tamaño, y eso les hizo sentirse diminutos y terriblemente asustados. Brazos enormes envueltos en guanteletes cromados les apuntaron, uno cargando energía en un inmenso cañón desintegrador y el otro liberando llamaradas de napalm. 

El Profeta volvió su terrible y metálico rostro hacia ellos, con los ojos ardiendo con un fulgor púrpura, y abrió fuego.

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