Fragged Empire 3: (IX) El Cubo Cuántico

ANTERIORMENTE, EN FRAGGED EMPIRE…

[Voz en off de Murdo mientras se ve un montaje del grupo siendo cazado por la selva y luchando contra los Mecanoides]:  Sean lo que sean, son muy muy peligrosos. No se cansan. No se comunican. No razonan. No hacen prisioneros. Si nos encuentran, nos exterminarán.]

[Jagh enfundando su espada: Algo me dice que no quieren que lleguemos a esa tumba.]

[Murdo bajándose de una roca: Algo más nos sigue. Algo tan grande como para derribar árboles a su paso. ]

[Voz en off de Jenna Rise sobre la vista de un gran risco cubierto por una cascada en un valle paradisíaco: Este es el lugar. La Tumba de Zalos.]

[Voz en off de Milo, mientras el grupo se adentra en la oscuridad alumbrados por sus linternas: La búsqueda de los científicos es la excusa, vuestra tapadera. Lo que debéis recuperar para mí es algo mucho más importante.]

La Tripulación de la Tartarus 

• Murdo Morrison: Piloto corporativo y antiguo contrabandista

• James T. Jinx: Bribón kaltorano, hombre para todo

• Thanatos Verpila: Mercenario legionario sin demasiados escrúpulos

• Kahta: Científica Nephilim, experta en ingeniería, medicina y biotecnología

• Jagh: Asesino Nephilim de casta híbrida, dotado de potencial psiónico

• Sarunas: Comando legionario, antiguo empleado de CURE

En el interior de la Tumba, el silencio era apropiadamente sepulcral. La oscuridad era densa y en los haces de luz de las linternas acopladas danzaban perezosas partículas de polvo. No llegaban a penetrar toda la longitud de la ciclópea galería en la que se encontraban, que se adentraba muchas decenas de metros en el corazón del risco hasta perderse por completo en las sombras. 

Habían llegado a dicha galería tras cruzar una antesala tras la entrada. No hacía falta ser un experto en tecnología Arconte para darse cuenta de que aquella antesala había sido en su tiempo una especie de puesto de monitorización; definitvamente, no era lo que uno esperaba encontrar en un enclave funerario. En varios puestos en las paredes había una serie de consolas hechas de una aleación desconocida de metal y carbono. Jenna Rise estaba absolutamente fascinada por todo cuanto veía, e insistió en investigar su funcionamiento, pero los compañeros de la Tartarus tuvieron que frenar su entusiasmo. No podían pasarse horas realizando estudios arqueológicos cuando los mecanoides les seguían los pasos. Aún así, la kaltorana intentó activar algunas de esas consolas, y a su contacto varias proyecciones de luz semicoherente se materializaron en el centro de la sala. 

Monitores holográficos -afirmó la pelirroja, pensativa-. De ahí sacó la tecnología la Corporación…

La proyección parecía un mapa del complejo, aunque el archivo parecía corrupto en su mayor parte y casi todo el plano aparecía borroso por las partículas de luz dispersándose en el mismo momento que intentaban cohesionarse. Solo se podían distinguir tres cámaras: una sala no muy grande de paredes recubiertas de unos paneles blancos, bastante al oeste de su posición; lo que parecía otra estación de vigilancia mucho mayor aparentemente en el centro del complejo y una gran estancia que parecía contener una cámara más pequeña en su interior, muy cerca de su posición. Si aquel mapa era una imagen fija o si estaba emitiendo en directo el contenido de cada estancia, era imposible saberlo. 

Se pusieron en movimiento de nuevo y tras una nueva puerta que se abrió tras escanear a uno de los Legionarios dieron con la ancha galería que parecía cruzar todo el complejo de este a oeste. Mientras que en la pared sur las linternas alcanzaban a mostrar puertas y pasadizos que partían en esa dirección, la pared norte estaba repleta de bocas de pasadizos a medio construir, empezados a excavar pero de no más de medio metro de profundidad. Era como si el complejo se hubiera quedado a medio terminar de repente.

Justo a su izquierda había otra de esas puertas trapezoidales, y tras comprobar que su escáner de ADN funcionaba, vieron que tras ella estaba una de las salas mostradas en el holomapa. La gran cámara contenía un recinto más pequeño en su centro, una especie de cabina que no tardaron en comprobar que era también holográfica. Era la grabación de algún lugar distinto, quizá incluso en otro sistema solar, que seguía recibiéndose a pesar de su antigüedad. En el interior de esa habitación holográfica, en la que se podía oir el zumbido de la estática de varias holopantallas sintonizadas en un canal muerto, las linternas revelaron una serie de puestos en los que varios esqueletos humanoides de aspecto poco familiar seguían sentados, algunos con las manos aún sobre las consolas que habían estado operando. Eran escasamente visibles al estar cubiertos de telarañas, pero su anatomía parecía de algún modo… incorrecta. De repente una sombra alargada y extraña pasó por delante de los haces de luz, y todas las armas del grupo apuntaron hacia ella, antes de comprobar que era algo parecido a una araña moviéndose ante el holoproyector en ese lugar desconocido.

Regresaron a la galería de las puertas sin terminar y avanzaron por ella sigilosamente, aunque en el silencio reinante cada paso, por ligero que fuera, retumbaba como una losa al caer al suelo. Por eso los primeros disparos les cogieron totalmente por sorpresa. Ningún sonido les había precedido. Los rayos purpúreos cruzaron la oscuridad desde el oeste, y solo los rápidos reflejos de Jinx y Kahta les salvaron de ser desintegrados en el acto. 

Los tres mecanoides que aparecieron por la galería mientras el grupo se cubría como podía eran bípedos, iguales que los cazadores que les habían atacado en la selva, aunque aquellos no iban acompañados de sus pequeños acólitos voladores. ¿Qué hacían allí dentro? ¿Cómo habían llegado? Habían dado por supuesto que los mecanoides habían intentado hacerse con el ADN de Thanatos o Sarunas para poder abrir las puertas y penetrar en el complejo… pero resultaba que eso ya lo habían hecho. ¿Qué diablos significaba aquello?

No es que tuvieran mucha ocasión de planteárselo mientras los rayos biodesintegradores volaban en su dirección. Consiguieron mantenerlos a raya a costa de gastar buena parte de la munición que les restaba. Por fortuna, aquella vez los números estaban a su favor, y no tardaron en imponerse. La doctora Rise demostró que no había mentido al afirmar que sabía un par de cosas sobre la gravedad. Con sus guanteletes inmovilizaba a los mecanoides a distancia, sujetándoles creando campos de microgravedad bajo sus pies, convirtiéndoles en blancos fáciles para sus aliados o los estrellaba violentamente contra las paredes. Se le daba mejor aquello que las pistolas de partículas. [En ese momento y en lo sucesivo durante la aventura, Jenna pasó a estar controlada por los jugadores durante las escenas de combate, y éstos pudieron catar las reglas de electrogravedad. Es algo parecido a llevar un Jedi con poderes basados en la tecnología.]

Hay que averiguar qué es este lugar en realidad y qué tiene que ver con los Mecanoides -dijo Murdo tras el combate, mientras Kahta y Colson atendían a los heridos-. De lo contrario jamás saldremos de este maldito planeta.

No lo dijo en voz alta, pero sabía que todos sus compañeros estaban pensando lo mismo que él. Ese artefacto que el bastardo de Milo tanto ansiaba tenía algo que ver con todo aquello. Quizá si lo encontraban… “¿En qué nos has metido esta vez, viejo tiburón?”

El ataque había causado estragos en el escaso temple que quedaba en el resto de los miembros del equipo Sierra. Jezebel Slip estaba acurrucada en uno de los pasadizos apenas excavados, mientras su marido Daniel intentaba consolarla. Entonces la mirada de él se clavó en Jinx, que se había acercado para comprobar si estaban bien, y el corporativo se levantó como impulsado por un resorte. Con el rostro desencajado de odio, agarró el subfusil con el que había cargado desde que abandonaran el campamento y encañonó al kaltorano.

¡Apártate de ella! ¿Te crees que no sé qué estás haciendo? ¿Crees que vas a recuperarla haciéndote el héroe? ¡Pues vas muy equivocado!

Jinx se limitó a resoplar, hastiado.

Tú deliras, chaval. Pero no me gusta que me apunten. Baja eso, anda.

Pero a pesar de su despreocupación, su mano se movió casi imperceptiblemente hacia la empuñadura de su pistolón. Jez se levantó y se interpuso entre ambos. 

¡No le hagas daño, Jim! ¡Por favor! Ahora estoy con él, ¿lo entiendes? Y tú tienes que aceptarlo.

Jinx resopló de nuevo, poniendo los ojos en blanco de pura exasperación, y les dio la espalda, dejándoles por imposibles. Eran tal para cual. No reconocerían la verdad ni que les abofeteara en la cara con un calcetín sudado.

Tras recuperar el aliento, siguieron explorando el complejo, al que cada vez costaba más llamar tumba, y hallaron auténticas maravillas tecnológicas cuya finalidad y funcionamiento resultaban un misterio en su mayor parte. Encontraron un laboratorio con lo que parecían experimentos incomprensibles, como esferas flotantes que contenían moho que crecía en patrones cristalinos o una colonia de nanitos que continuamente se arremolinaba en algo similar al modelo en miniatura de una ciudad que se deshacía tan pronto como la completaban para volver a empezar en un ciclo infinito. Otro laboratorio estaba ocupado por un conjunto de formas polihédricas de muchos colores que giraban y danzaban como un ballet matemático, y cuyas revoluciones hacían aparecer en aire un sinfín de ecuaciones y fórmulas cuya complejidad era tan monumental que incluso Kahta era incapaz de comprenderlas. Tras estudiarlas un rato, la Nephilim llegó a la conclusión que toda la sala era una especie de ordenador extremadamente avanzado, y que probablemente llevaba más de 100 años intentando resolver un dilema imposiblemente complejo relacionado con la relatividad y la mecánica cuántica. Quizá incluso estuviera intentando formular “la teoría del todo”. Fuera como fuera, la potencia de procesamiento debía ser incalculable.

Otra sala resultó ser una biblioteca holográfica, algo que hizo que a la doctora Rise le fuera casi imposible abandonar el lugar. La cantidad de conocimientos perdidos que albergaban aquellos paneles verdes holográficos, suspendidos en el aire y ordenados en múltiples hileras de cientos de miles de volúmenes, era abrumadora, y la kaltorana comprobó que dichos “libros fantasma” se desplegaban en ventanas tridimensionales al mero contacto de un dedo. La arqueóloga les exigió que la dejaran permanecer en aquella sala intentando descifrar algunos de aquellos volúmenes, y hubo que sacarla de allí casi a la fuerza. 

Pero el descubrimiento más impresionante fue el planetario. En sus recuerdos implantados durante su creación, la Kahta niña que nunca existió había jugado con un planetario mecánico, una representación física del sistema Haven. Aquella sala era algo parecido, pero a escala pseudorreal. Era como entrar en el espacio y verse caminando por el vacío entre los planetas. El gigante blanco Alabaster, con su anillo rodeándole; los cinturones de asteroides; la esfera azul de Kadash y el orbe yermo de su mundo natal, Edén; el remoto mundo helado de Lilith y el planetoide ardiente de Gehenna, uno en cada extremo. Y en el centro, la inmensa estrella dorada de Esh. 

Jenna entró tras ella, y con un gesto de la mano, intentó ampliar la panorámica. Su intuición resultó correcta, y de repente se encontraron fuera, viendo el sistema como un pequeño núcleo de planetas en torno a un punto dorado, un sistema entre muchos otros, con la nebulosa de Halo abriéndose a un lado. La kaltorana tocó uno de esos sistemas con un dedo, y de repente se encontró allí. Olía a pino o algo parecido, y la brisa le acariciaba el rostro. El cielo era púrpura, y unos soles  gemels se estaban poniendo tenuemente en el horizonte. La hierba azul le crecía hasta la cintura y tardó unos segundos en darse cuenta de que ya no veía a ninguno de sus compañeros. Un sonido la alertó y sus cuatro orejas puntiagudas se tensaron. Se dio la vuelta para encontrarse con unos ojos amarillos clavados en ella, mirándola desde un rostro bestial, quizá felino. Entonces revirtió el gesto y el planetario holográfico la devolvió al modelo del sector Habrixis, junto a Kahta. Había sido una experiencia casi más real que la realidad. 

Entonces vio algo en el mapa estelar, una especie de marca o etiqueta en un punto en el interior de la nebulosa Halo. La tocó con el dedo y el texto se amplió, un texto en idioma Arconte que logró descifrar.

La Puerta de Gabriel… -dijo en voz alta.

Ella no pareció reconocer el nombre, pero los tripulantes de la Tartarus se miraron entre sí, sin salir de su asombro. Aquel objeto marcado en el mapa estelar era la razón por la que sus patrones de Ares les habían liberado de su cautiverio en Ubik. Le debían su nave y su relativa libertad. Las tres balizas que les habían encomendado buscar y activar debían estabilizar la Puerta y permitir la exploración de lo que hubiera al otro lado. El Conglomerado Ares no les había revelado su paradero en ningún momento, pero ahora, gracias a mapas de más un siglo de antigüedad, habían obtenido ese conocimiento. Quizá eso supusiera un as en la manga en el futuro… si lograban salir de allí con vida. 

Entonces un golpe tremendo retumbó en todo el complejo. Un segundo le siguió, y un tercero. Era como un martillo enorme golpeando contra un yunque gigantesco. Los golpes siguieron, incesantes, con un ritmo tétrica y milimétricamente regular. 

¡Viene de la entrada! -exclamó Jinx-. ¡Algo está golpeando la puerta! 

Entonces todos recordaron lo que habían visto en la jungla, algo masivo abriéndose paso por la selva en su dirección, derribando árboles a su paso. Ese algo había llegado a la Tumba de Zalos, y estaba intentando derribar la puerta de entrada con la fuerza de un ariete hidráulico. A juzgar por la potencia de los golpes, no tardaría en conseguirlo.

[En ese momento puse un d6 en la mesa, visible para todos, por la cara del 6. No hizo falta explicar nada, todos entendieron al momento que era el principio de una cuenta atrás. Cada cierto tiempo, el número se reducía en uno. Al llegar a cero…]

¡Vamos, vamos, vamos! -exclamó Thanatos.

Regresaron corriendo a la galería, el único camino que les permitía seguir hacia delante y alejarse de la entrada, y se encontraron de bruces con otra patrulla de mecanoides cazadores. Aquella vez fue Kahta quien resultó herida, y aunque logró tratarse a sí misma, supo que el tratamiento había sido solo superficial. Sus suministros médicos se habían agotado, y ya no le quedaba biogel. Si había muchos mecanoides más aguardándoles, no podría hacer nada por nadie. 

Fue entonces cuando la voz de Jezebel sonó alarmada:

Un momento… ¿donde está Cain?

Durante la confusión del combate nadie habie reparado en ello, pero el médico del equipo Sierra efectivamente había desaparecido sin dejar rastro. 

¿Le habrán… desintegrado? -preguntó Rise, con el ceño fruncido pero presa de un claro abatimiento.

No -respondió Jinx-. No hay restos, y su equipo estaría por aquí, recubierto de sus cenizas. 

¿Entonces…?

Jinx la hizo callar con un gesto de la mano. Acababa de oir algo, el sonido de los servomotores de una de las puertas, proveniente de más al oeste. Algo o alguien las estaba abriendo de alguna manera.

Creo que se ha ido por su propio pie… -respondió.

Esto no me gusta -añadió Murdo-. Tengo un mal presentimiento.

Corriendo para intentar darle alcance, siguieron adelante. La galería terminaba por fin junto a un último corredor lateral, que se abría a dos puertas distintas, una hacia el sur y una un tramo de corredor más al oeste. Sabiendo que si se acercaban posiblemente los escáneres abrieran ambas a la vez, Thanatos y Sarunas se quedaron atrás, montando guardia en la galería mientras el resto del grupo se adentraba por la puerta del oeste, en busca de una salida, un parapeto o cualquier cosa que les diera una oportunidad de sobrevivir a lo que se les venía encima.

Aquella puerta ocultaba algo que estaba entre taller mecánico y laboratorio de pruebas, aunque en realidad se parecía más a un matadero robótico. Cabezas, brazos, piernas, torsos… Había un gran número de Mecanoides allí, descompuestos y desmontados por partes, muchos de ellos con los cables internos colgando como intestinos. Parecían haber sido diseccionados mucho tiempo atrás, aunque unos pocos de ellos parecían haber recibido intentos de reparación recientemente, como si alguien hubiera intentado reconstruirlos mediante un proceso de prueba y error. Varias celdas daban a este taller. En dos de ellas había sendos esqueletos, uno perteneciente a un antiguo kaltorano y otro que solo podía ser de un Legionario. Y otra de esas celdas contenía algo aún más extraño, uno de esos Mecanoides ensamblado toscamente a partir de piezas y partes de muchos otros, completamente montado pero totalmente inerte. 

Pero no había tiempo que perder intentando resolver tales misterios. Aquello no tenía más salida, así que regresaron atrás para reunirse con los Legionarios. Acababan de hacerlo cuando vieron a las dos enormes moles correr para abandonar la galería principal y refugiarse en el corredor lateral. Dos segundos después, un enorme golpe retumbó, seguido del eco de decenas de fragmentos de piedra cayendo con fuerza contra el suelo, y el fulgor de un rayo desintegrador de más de un metro de diamétro recorrió toda la extensión de la galería, cruzando los más de doscientos metros desde la entrada hasta el final junto al que se encontraban. Los dos guerreros de la Legión lo evitaron justo a tiempo. Fuera lo que fuera aquella cosa, acababa de entrar en la tumba.

Ahora sí que no tenían más remedio que seguir hacia delante, hacia la única dirección que el fugitivo Colson podía haber seguido por la razón que fuera. Cruzaron la puerta y esta les llevó a la sala de paneles blancos que habían visto en el holomapa, aunque allí los paneles refulgían por debajo con una luz azulada. Tan pronto como entraron, la puerta se cerró a sus espaldas, y el bioescaner dejó de responder a la presencia de los Legionarios. Avanzando con cautela, abrieron la puerta que abrieron al otro lado, y entonces vieron lo que estaba ocurriendo realmente.

En el centro de aquella vasta cámara blanca flotaba un objeto. Era un cubo metálico de medio metro de diámetro, que rotaba muy despacio sobre su propio eje sin ningún soporte visible. Un campo de fuerza dorado lo rodeaba, y una luz púrpura idéntica a la que se encontraba en el núcleo de los Mecanoides brillaba desde su interior, bañando la sala de fotones fantasmagóricos. 

La habitación chisporroteaba de energía contenida. Los comunicadores del grupo empezaron a crepitar por la estática. 

Una doble hilera de Mecanoides cazadores montaba guardia alrededor del cubo, inmóviles como la guardia pretoriana de un dios-máquina olvidado. Y junto al misterioso artefacto se encontraba Cain Colson. 

Toda la bondad de su rostro, su preocupación y amabilidad, habían desaparecido por completo. Un par de implantes cibernéticos eran ahora visibles bajo sus sienes, claramente sobrecargados de electricidad por el esfuerzo que estaba haciendo. En una mano sostenía una probeta llena de sangre, una muestra del ADN Legionario que sin duda había recogido subrepticiamente durante sus labores médicas anteriores y que le había permitido abrir todas las puertas del complejo. Y con la otra mano estaba intentando con todas sus fuerzas atravesar el campo de fuerza dorado y posar la mano sobre el extraño cubo cuántico. Lo logró en el mismo momento en que sus perseguidores entraban en la sala.

Sin apartar la mirada del artefacto, gritó a su séquito Mecanoide:

¡Protegedme! ¡Derrotad a los seres de carne!

Las máquinas asesinas obedecieron, obligadas por el poder del cubo. Como una sola, enarbolaron sus rifles desintegradores y se pusieron en movimiento. En el galería que tenían a sus espaldas, los pasos mecánicos de algo gigantesco se acercaban inexorablemente.

Jenna miró a sus compañeros con el terror asomando a sus ojos verdes, incapaz de digerir la situación. Mecanoides delante. Un Super-Mecanoide detrás. Y el traidor que les había estado utilizando para hacerse con ese cubo a punto de activarlo. Cubo que, dicho fuera de paso, probablemente fuera la única manera de desmantelar el campo de distorsión de señales que les mantenía atrapados en el planeta. 

Thanatos le devolvió la mirada encogiéndose de hombros mientras empezaba a vaciar el cargador de su Grapadora con salvaje abandono.

Y por eso, doctora, odio los lunes.

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