Fragged Empire 3: (VIII) La Tumba del Arconte

ANTERIORMENTE, EN FRAGGED EMPIRE…

[Tiroteo intenso entre el grupo y los drones.]

[Praxus es abatido pero no desintegrado.]

[Primer plano de Jenna Rise: ¿Qué diablos son esos… esos mecanoides?]

[La voz del sheriff Brockmeyer desde una consola entre ruido de estática: ¡Están en todas partes! ¡Necesitamos ayuda! ¡Oh mierda! ¡Por favor, si alguien escucha esto, enviad ayuda! ¡No podremos resistir mucho más tie…!]

[Rise bajándose de un árbol con cara de horror: No se ve nada. Solo humo. Erebus… no está.]

[Voz en off de Murdo mientras el grupo avanza a través de la selva]:  Sean lo que sean, son muy muy peligrosos. No se cansan. No se comunican. No razonan. No hacen prisioneros. Si nos encuentran, nos exterminarán.]

La Tripulación de la Tartarus 

• Murdo Morrison: Piloto corporativo y antiguo contrabandista

• James T. Jinx: Bribón kaltorano, hombre para todo

• Thanatos Verpila: Mercenario legionario sin demasiados escrúpulos

• Kahta: Científica Nephilim, experta en ingeniería, medicina y biotecnología

• Jagh: Asesino Nephilim de casta híbrida, dotado de potencial psiónico

• Sarunas: Comando legionario, antiguo empleado de CURE

Llegaron a media tarde. El único aviso de su aparición fue el casi imperceptible zumbido de los motores de los drones, antes de que el aire se llenara de un diluvio de metal y del fulgor purpúreo de los rayos desintegrando el follaje en su dirección. 

Era una emboscada en toda regla. El lugar elegido no podía ser mejor, un pequeño desfiladero pedregoso salpicado de afloramientos rocosos en el que el grupo estaba absolutamente encajonado. Sin acceso a los sistemas de cartografía orbital su única guía fiable era el rastro de sus precursores. La alternativa era perderse en la densa y letal jungla de Mishpacha. Y sus cazadores lo habían aprovechado al máximo, por si quedaban dudas sobre su nivel de inteligencia.

La tripulación de la Tartarus y los miembros supervivientes del equipo Sierra corrieron a cubrirse tras las rocas más cercanas. Estaban agotados por el avance de horas en el sofocante calor del planeta verde, muchos de ellos aún heridos por el ataque anterior, y la munición empezaba a escasear sin la menor posibilidad de reponerla. Y aquella vez los “drones” no vinieron solos.

Junto al grupo de Mecanoides voladores que abrió fuego desde la retaguardia avanzaba otra de las criaturas de un diseño muy distinto. Aunque también compuesto de cables y metal, su configuración era toscamente humanoide, como si alguien hubiera intentado recrear a un humano a partir de los dibujos de un niño pequeño. Caminaba con paso tétricamente regular y por todo rostro tenía una especie de visor circular en el centro de lo que parecía vagamente una cabeza. Uno de sus brazos llevaba acoplado un rifle biodesintegrador como los que empleaban sus hermanos pequeños, pero de un calibre mucho mayor. De la vanguardia aparecieron dos Mecanoides más como ese, haciendo que resultara prácticamente imposible cubrirse de ambos grupos a la vez. Lo único que pudieron hacer fue montar una última resistencia e intentar vender caras sus vidas.

Y por si no fuera lo bastante desesperada su situación, lo peor estaba por llegar. En cuanto los Mecanoides bípedos hubieron acortado distancias, un panel metálico en su pecho se deslizó hacia al interior, revelando un núcleo de energía que emitía pulsos regulares como si de un corazón se tratara. Kahta, parapetada entre una roca y su escudo de energía, tardó unos segundos en entender porqué lo hacían, entonces empezó a sentir los familiares efectos de una radiación intensa sobre su cuerpo y lo comprendió. Esos núcleos eran altamente inestables, y las máquinas lo sabían. Al retirar su recubrimiento les estaban sometiendo a una radiación constante que a ellos no les afectaba en absoluto.

[La desesperación de los jugadores alcanzó nuevas cotas con esa revelación, y no era para menos. Estar al alcance de uno de estos Mecanoides drena 2 puntos de Aguante por turno, y ya que estaban situados de tal manera que se encontraban cerca de los tres, eso significaba perder 6 puntos cada vez. Y ya que el Aguante es básicamente lo que te mantiene a salvo de los impactos críticos, y que los críticos de un arma biodesintegradora son extremadamente letales… os podéis imaginar.  Les quedó meridianamente claro que los Mecanoides no eran como ningún enemigo al que se hubieran enfrentado antes. Y que hubiera un festival de 6s por parte del máster fue el último clavo de su ataúd… o casi. Por suerte, los de la Tartarus son duros de pelar.] 

Si existía algún dios que velara sobre aquel rincón del universo, aquel día les sonrió. De algún modo u otro, el combate terminó sin bajas aquella vez. El grupo logró mantener a salvo a los científicos, y Jenna Rise empuñó un arma por primera vez en su vida para defender a los suyos. Quizá apelara a los recuerdos genéticos de  kaltoranos muertos o quizá fuera rabia o suerte o talento natural, pero la doctora no hizo un mal papel en el combate. 

Aunque la mayoría de ellos acabaron débiles y agotados, con quemaduras y heridas leves, Sarunas estuvo a punto de caer de nuevo. Sus tácticas de proximidad resultaban altamente eficaces, pero eran casi suicidas contra enemigos como aquellos, que además parecían haber tomado a los dos Legionarios como objetivos prioritarios. Pero de nuevo los Mecanoides modularon sus rayos, dejando aturdido al mercenario en lugar de desintegrarle por completo. Colson y Kahta (herida también) hicieron cuanto pudieron por parchearle de nuevo, agotando todas sus provisiones de gel biorregenerador. Eran conscientes de haber sobrevivido aquella vez, pero no tenían ninguna duda de que los Mecanoides regresarían. Eran máquinas de matar incansables, les superaban en número y armamento y, aunque no sabían de donde salían, no parecían preocuparles las bajas propias. 

Algo me dice que no quieren que lleguemos a esa tumba -dijo Jagh, enfundando su espada. 

Razón de más para ponernos en marcha de nuevo -replicó Murdo mortalmente serio tras bajarse de una roca puntiaguda a la que se había encaramado para otear-. Algo más nos sigue. Algo tan grande como para derribar árboles a su paso. Lo tenemos bastante por detrás, pero al ritmo que avanza nos alcanzará tarde o temprano.

Eso hizo que Jezebel Slip perdiera los nervios del todo. Se dejó caer de rodillas cubriéndose el rostro con las manos mientras sollozaba histéricamente. Su marido se acercó a ella rodeándole los hombros con un brazo y susurrano a su oído, mientras no dejaba de lanzar miradas de reojo a Jinx como si de alguna manera todo aquello fuera culpa suya.

Pero con crisis de nervios o no, no les quedaba otra que recoger sus pedazos y ponerse en movimiento de nuevo. Tras salir del cañón por el lado norte, Jinx cogió todas las granadas que quedaban y las amontonó en dos pilas, una a cada lado de la boca del desfiladero. Parapetándose detrás de un árbol, las hizo detonar de dos certeros disparos, haciendo que las paredes se vinieran abajo y cerrando el paso con toneladas de cascotes de roca. 

Con suerte eso nos dará algo de tiempo -dijo-. Pero se acabó el bum bum.

Habla por ti -gruñó Thanatos echando a andar.

Aparentemente la táctica funcionó, y su penosa marcha por la selva no se volvió a ver interrumpida. Tan solo una vez tuvieron que arriesgarse a desviarse del rastro para evitar a una patrulla Mecanoide que Jinx y Jagh lograron detectar antes de darse de bruces con ella. 

Y entonces, cuando ya creían que no podrían dar un paso más, la jungla se abrió y el salvajismo de Mishpacha dio paso a una belleza natural en su estado más puro. El sol se ponía por detrás de un gran risco escalonado de roca negra basáltica en forma de herradura a cuyos pies se extendía un amplio valle verde. Una cascada de varios cientos de metros de anchura caía por el centro del risco, con el agua centelleando al sol en una laguna que se formaba en un repecho a unos cien metros de altura y en el gran lago a los pies del risco, en el valle. Era un paraíso.

Este es el lugar -dijo Jenna Rise-. La Tumba de Zalos.

A los pies del risco hallaron los restos de un pequeño campamento, señal de que Benjamin Thrift y el resto habían llegado hasta allí. El ascenso no fue difícil, ya que un sendero trepaba en zigzag hasta el repecho a media altura y conducía justo hasta la cortina de agua formada por la cascada. Sin decir una palabra, con la excitación brillando en sus ojos verdes, la pelirroja kaltorana cruzó la cascada y desapareció al otro lado. El resto hizo lo mismo. 

Detrás se abría un túnel en la pared del risco, un túnel tallado en la roca basáltica en forma trapezoidal y con una perfección asombrosa. Las negras paredes estaban recubiertas de signos y glifos extraños pero vagamente reconocibles. Estaba claro que la doctora Rise podía leerlo al menos parcialmente, porque no podía apartar los ojos de las paredes. Cuando los peldaños de unas escaleras, creados para seres de mayor altura que ninguno de ellos, empezaron a descender y la escasa luz que se filtraba a través de la cascada desapareció del todo, todos encendieron las linternas acopladas a sus armaduras de combate. Entonces lo vieron.

No… No, no, no… 

Jenna corrió hacia delante olvidando toda precaución. Allí, en el suelo del túnel, frente a una enorme puerta trapezoidal, rodeados de equipo y herramientas, estaban los montones de polvo que eran todo lo que quedaba de Benjamin Thrift y sus acompañantes. Imperturbados hasta ahora, los restos del geólogo todavía formaban una silueta vagamente humanoide en el suelo, que se deshizo con el movimiento del aire a su llegada. 

Nadie dijo nada durante unos segundos mientras la kaltorana seguía de rodillas en silencio junto a su camarada desintegrado. Entonces Rise se puso en pie tras coger algo del suelo. Eran un par de guanteletes que a todas luces había llevado puestos Benjamin Thrift, guantes generadores de microcampos de electrogravedad empleados a menudo por los kaltoranos como herramientas para trabajos pesados. Se puso uno en cada mano sin darse la vuelta, y cuando se volvió hacia ellos con lágrimas contenidas los activó, haciendo que una fina redecilla voltaica recubriera sus palmas. 

Yo no soy como vosotros. No he recibido entrenamiento de combate. Nunca había disparado un arma. Pero sé un par de cosas sobre la gravedad. 

Y con un gesto de la mano, un fusil desintegrador caído se levantó del suelo por sí solo y se estrelló con fuerza contra el techo antes de volver a caer al suelo completamente destrozado. Había fuego verde en la mirada de la kaltorana.

Hay que acabar con estos Mecanoides. Con todos y cada uno de ellos. 

[Entonces revelé a los jugadores que, en vista de la letalidad de la aventura y de las probabilidades de que algún PJ muriera sin posibilidad de hacer entrar a uno nuevo, Jenna Rise tenía hecha hoja de personaje y podría ser usada como reemplazo (temporal o permanente) del PJ difunto para que el jugador no se quedara fuera de la partida. Es un personaje centrado sobre todo en los conocimientos, pero su especialización en gravimétrica le permite usar los guantes de electrogravedad en combate con gran eficacia.]

No había más tiempo para llorar a los caídos. Tenían que encontrar la manera de abrir la puerta negra que les separaba del interior de la tumba, pero no había ni rastro de paneles de control, teclados o mecanismos de apertura. Por eso su sorpresa fue mayúscula cuando, después de un rato de dejar que los cerebritos trastearan, Thanatos se acercó a la puerta y de repente un fulgor rojizo surgió de ella y escaneó al Legionario de la cabeza a los pies. Una voz de mujer con un tono extrañamente reverberante habló en un idioma desconocido para todos excepto para la doctora Rise.

Acceso permitido -tradujo Jenna del idioma arconte, mientras la puerta se elevaba con un siseo y una nube de polvo. 

Por eso intentaban no desintegrar a los legionarios… -reflexionó Kahta en voz alta-. Tiene sentido. Los Arcontes crearon a la Legión al final de la Gran Guerra, su última baza desesperada. Es lógico que les dieran acceso a sus instalaciones.  

Entonces esos trastos asesinos también quieren entrar aquí -añadió Jinx-. Pero desintegraron sin miramientos a Kelvia y al resto de la tropa legionaria… 

Jezebel dio un paso al frente, con la mirada perdida.

Yo… Sí… Yo lo recuerdo. Diseñamos… diseñaron… distintos genotipos de Legionario… A algunos les creamos… les crearon… para el mando. Para liderar. Soldados diseñados como élite con el genotipo Comandante.

Los recuerdos ancestrales la abandonaron tan rápidamente como habían llegado, pero aquello lo explicaba todo. Tanto Thanatos como Praxus y Sarunas debían poseer dicho marcador genético, siendo los únicos a quienes los Mecanoides habían designado como objetivos prioritarios y no habían intentado desintegrar. Los únicos con acceso a la Tumba de Zalos.

Así, los diez se adentraron en aquel complejo caído en el olvido nadie sabía cuanto tiempo atrás, vestigio de la gran civilización que antaño reinara sobre todo el espacio conocido. Aquel lugar custodiaba las respuestas a todo cuanto estaba ocurriendo a su alrededor, era el centro de todo. 

La oscuridad se los tragó, pero no trajo la paz consigo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s