Fragged Empire 3: (V) El Equipo Sierra

ANTERIORMENTE, EN FRAGGED EMPIRE…

[Holograma de Claire Weston]: Desde que me enviasteis los datos telemétricos y las coordenadas que le extrajisteis a la Leviatán, he estado intentando localizar a alguien lo bastante experto en cartografía estelar como para descifrarlas. Y creo que tenemos algo. Se trata de la Dra. Jenna Rise. Geóloga, astrofísica y xenoarqueóloga, y una de la mayores eminencias de todo Haven sobre la era Arconte. 

[Primer plano de Milo: La búsqueda de los científicos es la excusa, vuestra tapadera. Lo que debéis recuperar para mí es algo mucho más importante. Vuestra misión es recuperar un artefacto Arconte, un artilugio en forma de cubo.]

[Jinx leyendo el dossier de personal de una mujer kaltorana llamada Jezabel Slip.]

[Primer plano del Sheriff Brockmeyer: No contéis con volver a verlos, al menos no con vida.]

[Montaje de viaje por la jungla, culminando en el ataque de los Nephilim salvajes.]

[Thanatos despachando a sangre fría al líder Nephilim: Tenemos trabajo que hacer.]

La Tripulación de la Tartarus 

• Murdo Morrison: Piloto corporativo y antiguo contrabandista

• James T. Jinx: Bribón kaltorano, hombre para todo

• Thanatos Verpila: Mercenario legionario sin demasiados escrúpulos

• Kahta: Científica Nephilim, experta en ingeniería, medicina y biotecnología

• Jagh: Asesino Nephilim de casta híbrida, dotado de potencial psiónico

• Sarunas: Comando legionario, antiguo empleado de CURE

Praxus dio la voz de alto, obligando a la comitiva a detener su avance a través de la jungla. El comandante legionario señaló a varios puntos entre la maleza. Camuflados bajo arbustos y líquenes bioluminiscentes, y dispuestos formando un perímetro, había varios artilugios de alta tecnología.

Sensores de movimiento -dijo-. Les hemos encontrado.

Apenas hubo terminado de pronunciar esas palabras, el zumbido de varios rifles de plasma cargando energía le interrumpió.

Kelvia, Darius, bajad las armas.

Dos soldados legionarios aparecieron de entre los árboles, con los rifles aún apuntando al grupo.

¿Comandante?

Parecían perplejos por encontrarle ahí. Praxus asintió y repitió la orden a sus hombres, y esa vez obedecieron a la primera, sin dejar de examinar con recelo a los desconocidos que acompañaban a su oficial. La tripulación de la Tartarus dejaron que hablara el legionario.

Venimos en misión de rescate. ¿Qué ha ocurrido aquí, soldado?

¿Ocurrido? -dijo la mujer-. No le entiendo, señor. La operación se desarrolla según los parámetros previstos.

Los seis de la Tartarus intercambiaron miradas de extrañeza.

Llevadnos hasta vuestro campamento -dijo Murdo-. Tenemos que hablar con la directora del proyecto.

Los legionarios buscaron la confirmación de su comandante, y cuando Praxus asintió, les hicieron un gesto para que les siguieran y empezaron a avanzar entre los árboles. En unos minutos, el campamento del Equipo Sierra apareció ante sus ojos.

En una explanada bastante recluida y de difícil acceso, los investigadores habían montado un pequeño grupo de tiendas-domo geodésicas. Junto a ellas y también visibles en su interior había gran cantidad de equipos de sensores especializados, así como sistemas refrigeradores, cajas de suministros y arcones de efectos personales. En el campamento reinaba la paz. Una mujer kaltorana de fiero pelo rojo charlaba animadamente con una pareja formada por otra mujer de su especie y un corp. Frente a otra tienda, sentado en el suelo, había un hombre kaltorano de pelo largo y rostro macilento, muy concentrado inspeccionando las tripas de un pequeño aparato que tenía abierto delante. Otro legionario patrullaba el campamento con aire de fría profesionalidad. Y por todas partes, revoloteando alegremente como si fueran colibríes de la selva, unos pequeños drones de aspecto curioso recorrían el campamento de un lado a otro, casi como un puñado de juguetonas mascotas. Nada hacía sospechar que estaban en presencia de un grupo de desaparecidos a los que todo el mundo daba prácticamente por muertos.

Cuando les vieron aparecer, todas las miradas del campamento se volvieron hacia ellos. La kaltorana pelirroja dio un paso hacia delante, y exclamó:

¡Praxus! ¿Qué haces aquí abajo? ¿No deberías estar en Arquímedes, vigilando a esa rata de Anderson?

Fue Murdo quien tomó la palabra. Se adelantó hacia ella con la mano extendida.

La doctora Rise, supongo.

La misma. ¿Y con quién tengo el placer de…?

Entonces, otra voz de mujer interrumpió la conversación.

¿JIM? ¡Por el amor de los Arcontes! ¡Jim, eres tú! ¿Qué diablos haces aquí? ¿Cómo… cómo es posible?

La otra kaltorana se separó del hombre que tenía al lado y avanzó a grandes zancadas hacia ellos. Tardaron unos segundos en comprender que “Jim” era Jinx.

Hola, Jez.

La joven se plantó ante él, con los ojos ardiendo en una expresión indescifrable. El corp se situó junto a ella y pasó un brazo alrededor de su cintura, mirando al kaltorano de arriba abajo con cara de pocos amigos.

Antes de que la cosa fuera más lejos, Jenna Rise recuperó el control de la situación.

Dejemos este bonito reencuentro para luego. ¿Quienes sois y qué hacéis aquí? No sé si lo sabéis, pero algunos tenemos mucho trabajo por delante.

Otro corp salió de uno de los domos, ataviado en un mono gris cubierto por una bata blanca, y se acercó movido por la curiosidad.

Hemos sido contratados por Lara Vortex y el resto de personal de la estación Arquímedes -dijo Jinx, apartando su atención de su antigua conocida-. Hemos venido a rescataros.

Rise clavó sus ojos verdes en el hombre de la bata blanca, enarcando las cejas. El otro se encogió de hombros, igual de desconcertado.

Me temo que debe haber un error -contestó después-. Aquí no ha desaparecido nadie.

No habéis contactado con Arquímedes en días -dijo Kahta-. Os dan por desaparecidos.

El corp que no se despegaba de la otra kaltorana exclamó:

¿Cómo que no? Jez se ha ocupado personalmente de enviar los informes diarios.

La joven asintió, aún incapaz de apartar la mirada de Jinx.

Jenna Rise soltó un suspiro exasperado y puso los brazos en jarras. Con el ceño fruncido y la mirada intensa, miró a los recién llegados y dijo:

No sé porqué creéis que hemos desaparecido, o por qué decís que Arquímedes no ha recibido nuestras señales. Y me da igual. Estamos al filo de uno de los mayores descubrimientos del período de posguerra. Esto es más grande que todos nosotros.  Y no podemos permitirnos distracciones.

¿Qué habéis encontrado aquí, doctora Rise? -preguntó Murdo-. ¿Qué vale tanto la pena como para enfrentarse a las junglas de Mishpacha durante tanto tiempo?

La científica se apartó un mechón de pelo de la frente, valorando si responder a su pregunta o no, mientras uno de aquellos curiosos drones voladores se situaba a su lado para luego volver a alejarse sin rumbo fijo.

Las señales que detectamos eran prometedoras, pero hasta llegar aquí no supimos cuanto. Lo que detectaron los sensores orbitales es una instalación Arconte intacta y perfectamente conservada. Mi investigación sugiere que se trata de un complejo funerario, un mausoleo. La tumba de un gran guerrero Arconte llamado Zalos, sepultado aquí con grandes honores y gran boato.

La emoción y el entusiasmo rebosaban de ella como si fueran una radiación casi visible, convirtiendo sus ojos en chispas de fuego verde.

Si tan solo uno de nosotros pudiera desvelar los secretos de esa tumba, valdría la pena pagar cualquier precio. Aunque es terrible, la historia nos demuestra que a menudo la ciencia se paga con sangre. Vosotros quizá no tengáis los recuerdos genéticos necesarios para saberlo, pero yo sí. Nos alzamos a hombros de grandes kaltoranos muertos mucho tiempo atrás. Mi nombre, los nombres de todo mi equipo, pasarán a la historia como los primeros en empezar a comprender de verdad a los Arcontes. Ahora, si me disculpáis, tengo asuntos importantes que atender. Nos habéis encontrado. Buen trabajo. Ahora volved a la estación y decidles que nos dejen hacer nuestro trabajo en paz.

Y dicho esto, se dio la vuelta y se metió en la mayor de las tiendas-domo, dando el asunto por zanjado.

Imagen (c) Wizards of the Coast

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