Crónicas de Alasia, Libro 2: Epílogo

Samhain

Los salones del Hacha y el Suspiro estaban a rebosar.

Por primera vez en mucho tiempo, prácticamente todos los aventureros de Nueva Alasia se habían reencontrado allí a la vez, y Gorstan y los suyos no daban al abasto mientras la bebida y las historias fluían generosamente. En su rincón bien iluminado junto al fuego, Korybos el Cronista se le acumulaba el trabajo de registrar y anotar con todo detalle los informes de cada una de las compañías que, lo supieran o no, estaban moldeando con sus acciones el futuro de toda la región. La súbita y misteriosa aparición de los héroes de Wilwood había provocado todo tipo de reacciones, y todos los grupos estaban ocupados compartiendo información entre ellos, actualizando la Mesa del Mapa o planeando ya nuevas expediciones. Tras su hazaña en el bosque y su periplo por la Tierra de las Hadas, la Alianza del Clavo de Plata había tocado a su fin, y tanto los Exploradores como los Escudos se preparaban para perseguir de nuevo sus propios objetivos. Y por los incesantes rumores que escuchaba Gorstan, parecía que las formaciones de varios grupos estaban a punto de sufrir importantes cambios. 

En otra de las mesas, Elian y Shahin se intercambiaban conjuros para inscribir en sus grimorios personales, y hacían cuentas. El Bazar del Aventurero tenía varios objetos que interesaban a lanzadores de conjuros arcanos como ellos, y de entre ellos, uno había estado llamándoles la atención desde la primera vez que hicieran pie en Nueva Alasia. Barlen Cotton, el calydonio dueño del Bazar, poseía un libro de conjuros, hallado en una pequeña cueva en las Quebradas de la Muesca, junto a los restos esqueléticos de un mago fallecido mucho tiempo atrás. El libro de conjuros de Velketor estaba protegido por una salvaguarda mágica, sin embargo, y Barlen no se había atrevido a abrirlo. Lo vendía por mil quinientas águilas de oro, sabedor de que era una ganga pero consciente también de que nunca lo vendería por un precio más alto.

La posibilidad de añadir nuevos y poderosos conjuros a sus repertorios era demasiado tentadora, a pesar del riesgo que suponía enfrentarse a una salvaguarda de poder desconocido. Ambos sabían que Velketor era el nombre de uno de los compañeros de aventuras del Barón Stephan cuando llegó a esas tierras por primera vez. Velketor era un mago de los vientos, que había diseñado varios conjuros propios relacionados con ellos. Hasta ahora ninguno de ellos había tenido fondos suficientes para adquirir el grimorio, pero ahora, uniendo sus bolsas y quizá endeudándose un poco con otros compañeros, podrían hacerse con él.

Barlen se mostró encantado, y casi ansioso, de deshacerse del volumen. Se lo entregó casi con miedo de que le estallara en las manos. Ambos magos, el sûlita y el alasiano, llevaron el volumen a los Campos de Dorvannen, donde se celebrara el Torneo de Roca Blanca, ahora despejados de gente. Elian, como abjurador, se preparó para intentar neutralizar cualquier magia hostil mientras Shahin, a una cierta distancia, levantaba la gruesa tapa de cuero. Al instante, un chorro de energía ambarina con una forma vagamente parecida a una serpiente surgió de las páginas del libro y se lanzó contra Shahin. El Signo de la Serpiente Sepia era una custodia que sumía a la víctima en un letargo casi indistinguible de la muerte… y a juzgar por la potencia del aura de ese conjuro concreto, aquella versión debía ser de efectos permanentes. Pero Elian alzó su vara e hizo jirones la magia hostil, deshilachando la matriz del conjuro en el mismo momento en que empezaba a formarse. Entonces pudieron examinar a salvo el contenido del libro de hechizos, y lo que encontraron en su interior les dejó atónitos.

Además de numerosos y potentes conjuros, que deberían ser descifrados con tiempo y estudio, del interior del libro cayeron dos páginas sueltas, que parecían haber sido arrancadas con bastante poco cuidado de un libro más pequeño. Una de ellas parecía la página de un diario, garabateado a toda prisa. La otra era un tosco mapa dibujado a carboncillo.

Intrigados, leyeron el diario de Velketor:

Día del Sol, decimoquinto del Mes del Velo, 933 EA

Nos hemos refugiado en estas cuevas para atender al pobre Astrian, aunque lo más probable es que no vea nacer la luz del sol. En el exterior el aire es gélido ya, no debimos aventurarnos a explorar con el año tan avanzado. Creí que mi magia bastaría para escudarnos del clima, pero hay cosas mucho peores que el viento invernal aquí fuera.

Solo quedamos nosotros tres, de la poderosa compañía que partió a explorar las Tierras Perdidas a instancias mías. Y no nos hemos ni siquiera acercado a descubrir el paradero del Tomo. ¡El Tomo de Conjuros de Nadrath! Lo que podría hacer con él si estuviera en mi poder, si pudiera estudiar los secretos arcanos que contiene, los glifos y fórmulas que no han visto la luz desde la Caída de Sartia. No es un grimorio cualquiera, no. Nadrath fue el más grandioso Archimago del reino del León Blanco, uno de los máximos artífices de su esplendor. Él fue quien despertó a los Grandes Dragones de Antaño y forjó una alianza eterna con ellos, quien recuperó la Corona de los Antiguos Reyes y la devolvió a su legítimo dueño y quien fundó la legendaria Academia de Ardenmor, en el Valle de Arindale. Y todo su arte lo vertió en su Tomo, su obra magna. Con él en las manos, sé que podría seguir los pasos del Archimago, restaurar su obra… ¡Devolver a la vida al León Blanco!

Pero mi búsqueda de todos estos años ha sido en vano. Ahora sabemos más de lo que se halla en estas Tierras Perdidas, y cada nuevo horizonte que se nos revela nos plantea más incógnitas, esconde más secretos. Buena idea la de Astrian… Tallar el mapa de nuestros descubrimientos en una mesa, a la vista de todos, sin duda despertará el interés de todos esos buscadores de fortuna y cazadores de tesoros que están empezando a acudir como moscas desde todos los rincones de Valorea y más allá, atraídos por la gloria y la reputación de Stephan.

Hay que planear mejor nuestra próxima expedición. Esperaremos a la primavera, cuando llegue el deshielo. Mi mayor esperanza está en los Riscos de Hierro, en el hechicero cuya torre avistamos desde las Tierras de los Ríos, al otro lado del Corwen. Si alguien tiene algún indicio del paradero del Tomo, tiene que ser él. Si es que no lo tiene ya en su posesión. Sea como sea, debo ir con cuidado. No sé aún qué clase de mago es, ni donde están sus lealtades. Y alguien que lleva cinco siglos aquí es alguien con quien no se puede jugar.

El otro camino que se abre ante mí es intentar encontrar el Valle de Arindale, y llegar hasta la Academia de Ardenmor. Su legendaria biblioteca sin duda es un tesoro de valor incalculable por sí misma, pero es el único lugar donde aún puede haber información sobre el Tomo de Conjuros y su ubicación. Pero si no me equivoco, Arindale estaba al otro lado de los Picos del Wyvern, más allá de las Montañas del Trueno, muy cerca del corazón prohibido y aún humeante de la antigua Sartia. Sólo un loco intentaría cruzar el Desfiladero de la Espada, sabiendo quien lo guarda. Debo encontrar otra ruta, otra manera de cruzar las montañas. Y aunque lo lograra, quien sabe qué clase de custodias mágicas y guardianes embrujados protegerán los muros de Ardenmor.

Pero no puedo decir que todo haya sido una pérdida de tiempo. Las maravillas que hemos descubierto en nuestros viajes serán de gran valor para Stephan y su cruzada cuando logremos regresar al campamento. Al grandullón le gustará saber del Maestro de Espadas. Estoy seguro que conoce la verdad sobre las Siete de Weyland, pero no revelará nada a quien no le haya vencido en combate justo. ¡Guerreros y sus juegos de niños! Más fascinante me resulta la Mesa de los Dioses, e imaginar qué clase de criaturas vivirán tan cerca del cielo. Y la visión de la Torre Fantasma en el horizonte del páramo, tan tentadora como esquiva… No fuimos capaces de llegar a ella antes de que Celaine escondiera su rostro, y se desvaneció una vez más ante nuestros ojos antes de poder investigar sus secretos.

Pero lo más importante es avisar a Stephan del hervidero en el norte. Los Dientes del Trasgo son un hormiguero, y esas criaturas están inquietas y agitadas. Aunque se encuentran a muchas leguas de las tierras que estamos reclamando, temo que un día surja entre ellos un líder fuerte que les una y les espolee hacia el sur. Stephan debe erigir fuertes y levantar murallas, y debe hacerlo cuanto antes, o su sueño acabará antes de empezar. Cuando Athor renazca, saldremos de esta cueva, con o sin Astrian. No podemos arriesgar un día más en estos confines.

Huimos del Señor del Hierro una vez, pero su odio es implacable. Mientras sigamos en sus dominios, nunca dejará de buscarnos. Mañana cruzaremos los Campos de Ceniza hacia el este, y rezaremos para dejar atrás este lugar infernal.

Que Arkath nos bendiga a todos.

Y el mapa les reveló el verdadero alcance de las Tierras Perdidas, y lo poco que se habían llegado a explorar aún. Sus ojos apenas podían creer los salvajes territorios que aguardaban más allá de lo poco que conocían, los peligros y misterios que esperaban allí pacientemente a que un osado explorador posara su mirada sobre ellos por primera vez en un milenio o más, los secretos del mundo antiguo que quizá podrían salvar la Baronía de Alasia y lograr que el León Blanco se alzara de nuevo, o hundir al mundo en las tinieblas.

Mapa de Velketor.png

****

Finalmente, la liberación de Durham se había logrado sin derramamiento de sangre. Algo en el pueblo había menguado la moral de los soldados kanthianos hasta límites preocupantes, y probablemente sus líderes eran muy conscientes de ello. Con toda seguridad, la posibilidad de que un dragón volviera a surcar los cielos y aquella vez sí decidiera convertir la aldea en pasto de las llamas ayudó a la decisión de abandonar el lugar. 

Solo hubo una nota amarga que enturbió la aplastante victoria conseguida. El raed había ganado cuatro nuevos miembros, pero perdió a cinco. Los cinco miembros apostados en la boca de la cueva del maizal desaparecieron por completo, sin dejar rastro. Ni hombres ni caballos volvieron a aparecer, por muchos intentos que se hicieron de rastrearles y averiguar su paradero. Era como si el campo de maíz, o quizá las negras cuevas, se los hubieran tragado sin dejar nada.

Fue entonces cuando Deornoth, Percival y Brenna cayeron en la cuenta de que entre la comitiva kanthiana no habían visto a Nelkur, el brutal semiorco albino que ejercía de torturador. Ni tampoco a ninguno de sus hombres, que habían competido en el Torneo de Roca Blanca. Idrian el arquero, y el hechicero Mestemah. Hederak el jinete, y la astuta Jassia Evereld. Ninguno de ellos había marchado al sur.

¿Era cosa suya la desaparición de los cinco Sarathan? ¿O había sido algo más siniestro? Era imposible saberlo, y estando al cargo de los antiguos esclavos, no les fue posible averiguar nada más. Pero ahora sabían que, quizá, un pequeño grupo de kanthianos siguiera oculto en algún rincón de las Tierras Reclamadas. 

En el interior de Durham solo les recibieron los cuervos. Varias de estas aves se posaban en los tejados, en los postes de las calles, en las ventanas, y sobre la estatua desfigurada de la Dama Verde, en la antigua plaza. Los kanthianos no habían asolado el pueblo, habían adaptado varios de los edificios para sus necesidades particulares y habían reforzado la empalizada, pero nada más. El pueblo, vacío una vez más, seguía conservando un aire fantasmal.

El avance hacia el norte a través de los caminos, guiando a medio centenar de personas en condiciones deplorables, fue angustiosamente lento. Mucho antes de llegar a Lindar, los campesinos y cazadores de la región ya habían informado de su venida, y los rumores ya volaban en todas direcciones mientras cruzaban las puertas de la aldea. 

Las nieblas de Samhain ya se arrastraban junto a los caminos cuando la comitiva cruzó la muralla de piedra de Nueva Alasia, provocando inquietud y sorpresa a su paso. La guardia de la ciudad detuvo a los jinetes, que se negaron a atar sus armas con los nudos de paz, pero después de que los tres aventureros respondieran por ellos, la mayoría decidió acampar extramuros, mientras Holgrym y Utvarth les acompañaban al interior. 

A su paso estallaron aplausos y vítores, al empezar a comprender la población que habían devuelto la libertad a toda aquella gente, algunos de los cuales eran amigos, parientes o conocidos. Al llegar a la gran plaza, una mujer a caballo se adelantó, acompañada de una escolta de guardias armados. Era Lady Marion de Leaford, que proclamó ante la ciudad la gesta de los Jinetes del Mediodía, antes de dedicar una radiante sonrisa a los que fueran compañeros de celda en manos de los kanthianos. 

Habían pasado de mensajeros a esclavos, de fugitivos a héroes. Habían liberado las Tierras Reclamadas de la presencia de los kanthianos, y quizá provocado una guerra que no podían vencer al hacerlo. Y si nada lo impedía, un caudillo cruel y sanguinario se haría con el poder sobre una horda de jinetes como el mundo jamás había visto. Pero aquel día fue una jornada de gozo, alegría y festejos, y lo disfrutaron merecidamente, pues sabían que no iba a durar. 

El mar de hierba de Pal Sarath les aguardaba.

****

El padre Astral se sobresaltó cuando Bess entró en la biblioteca sin llamar, y apartó la vista del viejo tomo. Su joven esposa llevaba el pelo negro alborotado, y parecía alarmada. Aquello se debía a algo más que algún simple contratiempo en la construcción. Ella dijo:

Un hombre exige verte… Un caballero. Trae hombres consigo. Muchos hombres. 

El clérigo de Arkath se levantó, inquieto. Welkyn había sido un remanso de paz desde que se había instalado allí. ¿Y un caballero? ¿Acaso el Barón había mandado a uno de sus hombres para supervisar la construcción del templo? No, no había sido informado de nada parecido. Cruzó el pequeño despacho en dirección a la puerta, pero Bess le cogió del brazo.

No salgas, Astral, por favor. No me gusta ese hombre. Parece peligroso.

Sea quien sea, ha acudido a la casa de Arkath. Mal párroco sería si no le atendiera. Tranquila, no pasará nada. Las leyes del Barón Stephan nos amparan. 

El joven clérigo salió a la calle, intentando aparentar más aplomo del que sentía, seguido por su inquieta esposa. No esperaba lo que encontró allí. 

El hombre iba montado en un caballo tan negro como su capa. Su ornamentada armadura era escarlata de la cabeza a los pies, igual que el acero de la espada que llevaba desenfundada en la mano diestra, y le miraba severamente desde las profundidades de su gran yelmo. Detrás suyo, había un pequeño ejército. Un centenar de hombres, quizá más. La mayoría no iban bien pertrechados, pero todos llevaban algún instrumento que podía usarse para matar. Unos cuantos iban ataviados en camisotes o cotas de mallas, y llevaban espadas y escudos. Astral reconoció a muchos de ellos como habitantes de Welkyn, ahora conciudadanos suyos. Koben era uno de ellos. También reconoció a otros como guardias de Nueva Alasia, soldados que hasta hacía poco habían pasado frecuentemente por Welkyn en sus patrullas de los caminos. ¿Qué hacían siguiendo a ese Caballero Carmesí?

El padre Astral Moonglitter, supongo -la voz del caballero resonó cavernosa desde el yelmo.

El mismo, para serviros a vos y a los dioses.

Soy Sir Faegyn Cynnwydd, Caballero de la Espada Escarlata. He venido para entregaros una advertencia. Sirves a un dios brujo, andmar. No es bienvenido en estas tierras. 

El Barón Stephan no opina lo mismo, buen caballero, y os recuerdo que él es el señor de esas tierras, que ahora mismo estáis pisando.

El Barón ha demostrado su incapacidad para proteger Alasia de la magia negra y las criaturas de la oscuridad que campan a sus anchas por ella. Se negó a escucharme. Es hora de que manos más capaces y menos timoratas tomen las riendas. Se avecina una cruzada, sacerdote. Las sombras nos han declarado la guerra, pero el bien reinará en este lugar cuando el acero y el fuego hayan concluido su trabajo. Vete de aquí. Deja de recopilar conocimientos impíos y vuelve a tu tierra de hechiceros y brujos. Has tenido tu justa advertencia. La próxima vez que nos encontremos, hablarán las espadas. No lo olvides. Sir Faegyn Cynnwydd siempre cumple sus promesas. Cueste lo que cueste. 

Hizo girar a su caballo, mientras lanzaba una última y aterradora mirada al padre Astral antes de picar espuelas.

Las hogueras arderán, padre. Salvaré Alasia de sí misma. La sangre de brujas y hechiceros regará los campos, y quienes confraternicen con ellos… -y entonces clavó sus gélidos ojos azules en Bess- …desearán no haber nacido.

****

Kissel regresó al Salón del Poder junto a la patrulla que Grezzo le había asignado para estudiar los túneles que había más allá del salón de los reyes humanos. A su hombre le gustaría saber lo que había descubierto. Ella era una de los pocos trasgos que sabían leer, y si el padre de sus hijos honraba a Orcus con su devoción, ella lo hacía usando ese don para aprender la magia negra que había encontrado en los libros olvidados de la ciudad antigua. 

El extraño silencio le dijo que algo iba mal, mucho antes que el olor a sangre fresca. Los puestos de guardia estaban vacíos. Las grandes puertas abiertas, y dentro… Sus escoltas empezaron a gruñir, chillar y lanzar aullidos al ver la masacre. Ella no dijo nada. Buscó a Grezzo entre los cadáveres, y le encontró. Había muerto defendiendo a la tribu, sirviendo a Orcus. Le susurró algo al oído, y Grezzo respondió desde el más allá. Entonces Kissel sí siseó de puro odio.

Dejó atrás a sus soldados y sus alaridos y llegó a la cámara de las crías. Ya sabía lo que iba a encontrar allí. Buscó a sus hijos y los separó del resto. No sentía tristeza ni dolor, su corazón no conocía esos sentimientos. Pero odio y rabia, oh sí. Eso sí. 

Los pataslargas no habían hecho bien su trabajo. La habían dejado a ella con vida. Mil torturas crueles cruzaron por su mente, pero la nigromante goblin no era lo bastante poderosa para buscar venganza por sí misma. Todo lo que quedaba de la tribu era ella y su media docena de guerreros. Y aún no era lo bastante fuerte para alzar a los cadáveres de sus congéneres y pagar sangre con sangre. No podía hacerlo sola.

Pero antes que ellos, ese lugar había tenido otros moradores. Moradores que también fueron asesinados o expulsados en grandes números cuando los patalargas llegaron a aquellas tierras. Sus dos pueblos no eran amigos, y quizá la idea que se estaba fraguando en su mente la llevara a una muerte segura. Pero ya no le importaba. Vengaría a su gente o moriría en el intento.

Reunió a sus guerreros y les ordenó que la siguieran. Con ellos siguiendo sus pasos, salió a la condenada luz del sol y se dirigió al único lugar que podía cobijarla de ese maldito resplandor, al único lugar donde encontraría la fuerza suficiente para cobrarse la sangre de todos y cada uno de los niños humanos de aquellas tierras. 

Hacia Wilwood. Hacia Ur Grakka.

****

Las puertas del oscuro salón se abrieron en silencio, dejando entrar una rendija de luz rojiza. Arakh Zuul entró en él y caminó en la penumbra, hasta el trono de su maestro. 

Se postró de rodillas antes de hablar.

Mi señor. El cuerno ha sonado en la noche.

La voz de Lord Sodhris sonó débil, rota. Aún no había recuperado todas sus fuerzas.

Antes de lo previsto…

Así es, maestro. 

Manda el mensaje.

Zuul levantó la mirada por primera vez para dirigirse a lo que se sentaba en el trono.

¿Mi señor? Mi búsqueda no ha concluido aún… Nos faltan piezas por colocar en el tablero…

La partida ha empezado. Manda el mensaje.

Como ordenéis, maestro.

El mago negro se levantó, hizo una reverencia a modo de despedida y se volvió para marcharse. Antes de que diera tres pasos, la voz de su señor le detuvo.

Zuul.

¿Sí, maestro?

Concluirás tu búsqueda, y lo harás a tiempo. Nadie me falla dos veces. 

No os defraudaré, Lord Sodhris. La Llama Oscura prevalecerá.

La entidad del trono agitó lo que pasaba por una mano, y Arakh Zuul abandonó el salón, más pálido de lo que había estado jamás.

En ciertas situaciones, en ciertos momentos, incluso los darkons conocen el miedo.

****

Así concluye el Segundo Libro de las Tierras Perdidas, tal y como lo registró Korybos el Cronista en el año 972 de la Edad Actual. Que la luz del Valoreon brille sobre quien leyere estas Crónicas, y aleje por siempre la oscuridad de su alma. 

3 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: Epílogo”

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