Crónicas de Alasia, Libro 2: (LX) La Reina del Aire y la Oscuridad

LA ALIANZA DEL CLAVO DE PLATA

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

Ephraim, médico errante y clérigo de Barin, dios de los ladrones

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

[Nota: Como en la entrada anterior, la ilustración es de Ignacio Castellanos, y realizada expresamente para la escena álgida de este capítulo. ¡Gracias, Maese! ¡Son flipantes!]

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Bajo el Eterno Crepúsculo

El vuelo de los Aridni llevó a sus prisioneros directos a la Fortaleza Adusta, pasando por encima de un arco de piedra que servía de puente sobre la atronadora catarata y hasta el imponente portalón que se abría en la base del monumental castillo de la Reina del Aire y la Oscuridad. Ephraim, aún oculto a la vista por gracia de Barin, apenas pudo contener un grito al ver a los dos enormes gigantes que las custodiaban. Debían medir cuatro o cinco metros de altura, y tenían la piel blanca como la larva de un gusano. Ambos eran grotescamente deformes de distintas maneras, pero en ambos casos, uno de sus ojos era mucho más grande que el otro y estaba tan inyectado en sangre que parecía rojo. Iban enfundados en armaduras completas de color negro brillante, aparentemente hechas del mismo material oscuro, ni piedra ni metal, del que estaba construida la Fortaleza. Eran fomorianos, reconoció el joven clérigo conteniendo el pánico. La estirpe impía de Balor del Ojo Rojo. Uno solo de ellos bastaría para aplastar a todo el grupo con una mano atada a la espalda.

[Y no se equivocaba. Cada uno de estos morlacos tenía un VD de 13… y eso antes de contar con un mejor armamento del habitual. Aquello les dejó bastante claro que de ahí no podrían escapar a hostia limpia. Al fin y al cabo, estaban en los dominios de algo con un poder equivalente al de una semidiosa.]

Ephraim sabía que la invisibilidad debía estar a punto de terminar, y en cuanto lo hiciera, estaba muerto. En el mismo instante en que los Aridni cruzaban las puertas entre los dos gigantes y empezaban a transportar a sus prisioneros por el inmenso corredor que se abría en el interior, el kanthiano vio que su cuerpo empezaba a recuperar gradualmente el color. Sin dudarlo, saltó de la red, rodando por el suelo hacia una de las enormes columnas que flanqueaban la galería, intentando no hacer ningún ruido.

[Y como no, la Segunda Ley del rol que también me acabo de inventar dicta que si había un momento especialmente dramático para sacar un 1 natural, era justo ese. El jugador decidió (sabiamente) que la situación merecía gastar uno de los Puntos de Héroe que le concedía la naturaleza de Ephraim de humano en la Tierra de las Hadas para repetir la tirada.]

El sonido de sus ropas rozando contra el suelo fue mínimo, pero retumbó como un trueno en el cavernoso corredor. Los Aridni no se percataron de nada con el zumbido de sus alas, pero mientras Ephraim contemplaba como se perdían de vista en la Fortaleza, llevando probablemente a sus amigos a las mazmorras de la Reina, uno de los fomorianos en el exterior empezó a husmear el aire, olfateando sonoramente, antes de exclamar:

¡HUELO A CARNE HUMANA!

Ephraim se cubrió tras la colosal columna y se quedó más quieto de lo que había estado en toda su vida.

****

Los Aridni recorrieron la Fortaleza, llevando a sus prisioneros en su red mágica a través de un entramado laberíntico de pasadizos, salas y corredores, hasta que llegaron a una sala con un pozo circular en el suelo, cerrado por una reja de barrotes metálicos gruesos como la muñeca de un hombre. Se quedaron flotando sobre el pozo, pronunciaron una palabra en el musical e incomprensible lenguaje de las hadas, y los barrotes desaparecieron. Entonces replegaron su red mágica, y sus ocho prisioneros cayeron al pozo. Después, repitieron la misma palabra, y los barrotes volvieron a su lugar.

Los aventureros cayeron una larga distancia, pero cuando el pozo vertical se abrió a una mazmorra subterránea, su caída se volvió ligera como la de una pluma, y aterrizaron indemnes en su prisión. Mientras se ponían en pie y comprobaban que estuvieran todos bien, se dieron cuenta que había alguien más con ellos en aquella celda sin puertas ni ventanas. Era un anciano, el viejo más sucio y zarrapastroso que hubieran visto nunca. Le faltaban la mayoría de los dientes, su enredada barba blanca se veía gris por la mugre, estaba patéticamente delgado y encorvado, y tenía los dedos de las manos nudosos y medio atrofiados. Tenía a una rata gris entre las manos, a la que acariciaba constantemente.

Mientras Shelaiin levantaba la mirada hacia el pozo para evaluar las posibilidades de huida, el viejo soltó una risilla.

Jejeje… Solo hay una manera de salir, ¿verdad, Arfur? ¡Con los pies por delante! 

Los compañeros se miraron entre sí. A juzgar por la edad del viejo prisionero, quizá estaba en lo cierto. Posiblemente estaban contemplando su propio destino.

[Por cierto, le doy un no-premio a quien pille esa referencia…]

****

En la puerta, los dos fomorianos empezaron a olisquear, preguntándose de donde venía el olor a humano que tanto les estaba abriendo el apetito. Ephraim permaneció inmóvil, sin atreverse ni a respirar, sabiendo que si se volvían hacia el interior le verían irremisiblemente. Pero los dos titánicos guardias seguían centrados en el exterior, como se les había encomendado, y en ningún momento se les ocurrió mirar dentro.

Era su ocasión. Con todo el sigilo del que fue capaz, se alejo muy despacio, intentando no pensar que los latidos de su corazón debían retumbar como un tambor. No había ninguna fuente de luz en el interior de la Fortaleza, pero de alguna manera, la oscuridad era… visible. No había manera de explicarlo racionalmente. Así logró alejarse por la galería catedralicia, sintiéndose minúsculo al lado de las enormes columnas cuadradas que soportaban el peso del castillo entero, hasta que la luz crepuscular que se filtraba por las puertas desapareció a sus espaldas. Tenía que encontrar a sus amigos y liberarles, pero ¿cómo?

Entonces el sonido de pasos acercándose en su dirección le obligaron a esconderse tras la columna más cercana. Alguien se aproximaba, el sonido de pasos lentos pero ligeros y delicados parecía indicar que no era nadie buscándole, y se arriesgó a asomarse ligeramente para echar un vistazo. Quien se acercaba era una mujer, una joven dama de una hermosura inhumana. Tenía la piel de color azul celeste y una larga melena blanco-plateada que se agitaba constantemente como mecida por una brisa invisible. Sus rasgos parecían élficos, con orejas puntiagudas y un cuerpo esbelto cuyas curvas se adivinaban bajo el sencillo vestido blanco que llevaba puesto. Espirales y laberintos blancos se dibujaban en sus brazos desnudos y en su rostro, quizá tatuajes o quizá marcas en la propia piel. En las manos llevaba con esfuerzo un enorme perol lleno de algo que humeaba, y en torno a su cuello se cerraba un grueso collar de aquel metal pétreo negro. Iba descalza.

Ephraim había crecido en Kanth. Reconocía a un esclavo en cuanto lo veía. Y decidió jugárselo todo.

Salió de detrás de la columna, con las manos en alto, intentando no parecer amenazador.

¡No te asustes! ¡No quiero hacerte daño!

La extraña sílfide se sobresaltó, y estuvo a punto de soltar el hediondo perol. Dio un paso atrás, y preguntó:

¿Qué haces aquí, mortal? ¿Quién eres y qué extraño motivo te trae a la Fortaleza Adusta, donde nadie se adentra por su propia voluntad?

Me llamo Ephraim, y tan solo quiero encontrar a mis amigos para poder irnos a casa. Por favor, no des la voz de alarma.

La dama faérica no lo hizo, y Ephraim aprovechó la ocasión para observarla mejor. Había visto a muchos esclavos quebrados por sus amos, con la voluntad vencida y resignados a su destino. Algo le decía que la sílfide no era uno de ellos.

¿Cómo te llamas?

Cuando respondió, por su expresión la mujer pareció sorprenderse de poder hacerlo.

Soy Ellowyn, hija del Viento del Norte. Ahora soy doncella de la Reina del Aire y la Oscuridad.

¿Puedes ayudarme, Ellowyn? ¿Puedes llevarme hasta las mazmorras?

La voz de la dama sonó extrañamente forzada.

No puedo decir ni hacer nada que ayude directa o indirectamente a un prisionero.

Si consigo encontrarles, podríamos sacarte de aquí a tí también.

No puedo decir ni hacer nada que ayude directa o indirectamente a un prisionero.

El clérigo se frotó la barbilla.

Es ese collar, ¿verdad? Eso es lo que te lo impide, ¿es así?

La expresión de Ellowyn fue de frustrada exasperación cuando su voz sonó de nuevo, aparentemente contra su voluntad.

No puedo decir ni hacer nada que ayude directa o indirectamente a un prisionero.

Parecía una especie de imposición mágica, una suerte de geas muy poderoso. El kanthiano se rascó el pelo mientras pensaba a marchas forzadas. Tenía que haber un modo de retorcer aquella orden, de encontrar una manera de que la bella esclava pudiera ayudarle mientras obedecía al pie de la letra el mandato mágico de la Reina.

[Ellowyn apareció, como no, de una tabla de encuentros aleatorios para el interior de la Fortaleza Adusta. El jugador tuvo suerte, ya que podrían haber aparecido más guardias, esclavos de índoles más extrañas o algunos de los sirvientes más inhumanos de la Reina.]

****

En la celda, y mientras sus compañeros se devanaban los sesos intentando hallar un modo de escapar, Tarkathios se había enfrascado en una conversación absolutamente surrealista con el viejo prisionero. El pobre hombre se reía algunas veces sin venir a cuento, y en otras les miraba intensamente con la boca entreabierta, sin dejar de acariciar a Arfur. Después de los primeros intentos de entablar conversación con el anciano a todas luces demente, tan solo Tarkathios seguía sentado a su lado hablando con él. Su propia falta de sentido común le hacía sentirse a gusto con aquella conversación sin sentido. Como gruñó Caellum, se habían juntado el hambre con las ganas de comer.

¿Cuanto tiempo llevas aquí encerrado, buen hombre?

Uuuuuh… ¡Desde siempre! Sí, sí…

¿No puedes recordar cuando te metieron aquí?

Nadie me metió aquí… No, no…

¿Entonces como llegaste a este lugar?

Shelaiin soltó un bufido, mientras examinaba las posibilidades de llegar hasta la boca del túnel vertical del techo para intentar salir escalando de allí.

El anciano ha perdido el juicio, ¿es que no lo ves? ¡Levántate de una vez y haz algo útil!

Incluso los comentarios casuales de Shelaiin tenían la fuerza de una orden imperiosa proferida por un monarca, y el kurathi estuvo a punto de obedecer contra su voluntad, pero tampoco parecía entender del todo el temor reverencial que debería tenerle a un Alto Elfo en aquel lugar, así que siguió hablando con el viejo.

Dime, anciano… ¿como llegaste aquí?

Yo no llegué… No, no… ¡Yo ya estaba aquí! Sí, sí… ¿Verdad, Arfur?

Entonces sí que Tarkathios meneó la cabeza, dejándolo por imposible, sin darse cuenta de que todos sus compañeros habían dejado lo que estaban haciendo y miraban al viejo prisionero con los ojos como platos.

****

Ephraim seguía buscando una solución a su dilema. Él no era un prisionero, al menos aún no, así que en teoría podría pedirle a la sílfide que le ayudara, pero todo cuanto estaba intentando era rescatar a sus amigos, y eso iría en contra de la prohibición. La única conclusión a la que llegó fue la de lograr que Ellowyn le ayudara sin saber que lo estaba haciendo. La dama faérica estaba ya mirando de reojo  a un lado y a otro con sus ojos de azul cobalto, claramente nerviosa. En cualquier momento les podían sorprender allí, y sería el fin de ambos.

¿A dónde te diriges ahora, dama Ellowyn? -preguntó Ephraim, poniendo en marcha un amago de plan.

Debo alimentar a los mastines de Su Majestad. 

Fue entonces cuando Ephraim se dio cuenta de que la doncella tenía lo que parecía un par de alas transparentes plegadas a la espalda, cuando ella las agitó rápidamente durante un segundo en su nerviosismo.

 ¿Y después?

Ellowyn pareció satisfecha al comprobar que podía responder.

He sido convocada al Salón del Trono -y entonces la piel azulada de sus mejillas palideció hasta tornarse casi blanca como la nieve-. Su Majestad ha ordenado que acuda a su presencia. 

Entonces no interrumpiré más tus deberes. 

La decepción en el rostro del hada fue claramente visible. A pesar de la magia que la esclavizaba, claramente deseaba recuperar la libertad, y había esperado que aquel mortal pudiera ayudarla a lograrlo. Inclinó la cabeza en asentimiento, dándole una advertencia antes de alejarse con el caldero a cuestas hacia las perreras de la Fortaleza.

No dejes que te cojan, mortal. Nunca saldrías de aquí, o lo harías tan solo por el río. Que los Fuegos del Dán ardan en tu favor, Ephraim del mundo de los hombres. 

El clérigo de Barin vio como se alejaba, mientras su mente se llenaba de la visión de las almas agónicas arrastradas por las aguas de aquel río infernal. Después siguió adentrándose en la Fortaleza Adusta con todo el sigilo del que fue capaz. Pasados varios cientos de yardas, muchas más de las que habría sido posible recorrer a tenor del tamaño exterior del castillo, la amplia galería se convirtió en un laberinto de ramales, puertas, pasadizos laterales y escaleras que subían hacia las alturas o descendían a las entrañas de la montaña. Allí había seres de todo tipo, de todas las apariencias imaginables, con una única cosa en común: la mayoría llevaban uno de esos collares de hierro negro que les marcaban como propiedad de la Reina del Aire y la Oscuridad. Y los que no eran claramente sus soldados y guardianes, engendros de gorras rojas como la sangre o pálidas y descarnadas siluetas susurrantes y cadavéricas vestidas de negro. Ephraim se alzó el cuello del jubón hasta la barbilla para intentar disimular el hecho de no llevar collar, encontró una pequeña sala lateral vacía por el momento desde la que se veía la galería principal, y esperó pacientemente oculto en las sombras, rezando a Barin para que nada ni nadie interrumpiera su espera.

****

En las mazmorras, el asombro de los compañeros se hacía patente en sus rostros. ¿Sería posible que aquel prisionero fuera más de lo que aparentaba? ¿Era un simple loco que había perdido la razón tras años de cautiverio? ¿O sería quizá algo más, algo más antiguo y extraño? ¿Y si el anciano era en realidad el espíritu del castillo, o quizá de la propia montaña, encerrado allí cuando la Reina del Aire y la Oscuridad se hizo con el dominio de aquellas tierras? Eso explicaría el “haber estado siempre allí”. Nadie le encerró, porque erigieron el castillo a su alrededor…

Pero cualquier intento de aclarar los hechos con el viejo prisionero fue en vano. Apenas daba respuestas coherentes, y no hacía más que repetir que la única manera de salir era con los pies por delante. Aunque fuera en verdad el genius loci del lugar, no les iba a servir de ninguna ayuda. Y aún así, Tarkathios siguió empeñado en hablar con él.

Oye, ¿y Arfur ha estado aquí contigo desde siempre también?

¡Pregúntaselo a él! ¿No ves que se ofende cuando hablas de él como si no estuviera delante? ¿Es que no os enseñan nada hoy en día? ¡Hrrmmpf!

El kurathi enarcó una ceja. No se le había ocurrido que quizá en aquel lugar las ratas pudieran hablar, así que se dirigió educadamente al roedor, repitiendo la pregunta. La rata agitó el hocico y movió los bigotes. Los compañeros del guerrero de brazo tatuado se llevaron la mano a la frente, preguntándose quien estaba más loco allí.

Pues no contesta -le dijo al viejo.

¿Cómo que no? ¿Es que no has oído que te ha dicho que él llegó por los Caminos? ¡Estás muy sordo para ser tan joven, sí, sí!

Oh… Y, oye, Arfur… ¿Me puedes enseñar esos Caminos?

¡Ja, ja, ja! ¡No seas rudo, Arfur! El chaval no lo sabe, ¿no lo ves? Dísculpale, mozalbete… Desde que perdió a su compañero no puede abrir los Caminos, y siempre está de mala uva. Pero al menos me tiene a mí, ¿eh, Arfur? Y a vosotros, claro. Ahora os quedaréis aquí con nosotros. Jejeje. Solo hay una manera de salir de aquí, ¿verdad, Arfur? ¡Con los pies por delante!

Con aquello, incluso Tarkathios perdió la paciencia con el viejo. Pero mientras se levantaba, se fijó una vez más en la rata gris, y vio algo que le había pasado desapercibido hasta entonces. ¿Le engañaban sus ojos, o en el lomo de Arfur había una diminuta, minúscula silla de montar?

Mientras intentaba ignorar el extraño y desquiciante diálogo que tenía lugar a sus espaldas, Grugnir intentó algo a lo que había estado dando vueltas. Puso la mano sobre la piedra de la pared, intentando sentir cada rugosidad, cada vena, cada pulgada de su superficie, y cuando creyó haberlo logrado, le habló a la piedra. Y la piedra respondió. No con una voz real, sino en su mente, como en un sueño lúcido. Sintió que el castillo y la montaña eran todo uno, un entramado de sendas, túneles, cuevas y salones que formaban parte de un mismo cuerpo y un mismo espíritu. Pero ese espíritu estaba atado, constreñido, sufriendo. Sintió que estaba a punto de revelarle algo, mostrarle una salida, abrirle sus secretos, pero que una voluntad más fuerte y más oscura se lo impedía. Atónito, abrió los ojos de nuevo, rompiendo ese contacto con la misma piedra, y se volvió hacia el anciano. El hombre le devolvió la mirada con sus profundos ojos azules, asintiendo, mientras repetía:

¡Con los pies por delante!

Entonces Caellum chasqueó los dedos.

Quizá me estoy volviendo tan loco como él -dijo a sus compañeros-, pero… ¿y si no es una manera de hablar? ¿Y si es literal?

Le pidió espacio a sus camaradas, y estos despejaron el centro de la celda. Caellum se situó justo debajo del pozo, y con una mirada hacia arriba, saltó con todas sus fuerzas, intentando girar en el aire para dar una voltereta. Y en cuanto quedó boca abajo, la misma magia extraña que les había bajado flotando le hizo ascender como si cayera hacia arriba… con los pies por delante.

El ladronzuelo “aterrizó” sobre la reja metálica que cerraba el pozo, y al momento tuvo que agarrarse y quedarse colgando de ella, pues sintió que la gravedad volvía a su dirección habitual. Intentando contener su asombro y dejar la perplejidad para cuando estuvieran fuera de allí, intentó asomarse todo lo posible, y aguzar el oído. Se escuchaban voces inhumanas y gorgoteantes no muy lejanas, hablando en el extraño idioma fluido de las hadas. Pero aquellos guardianes, fueran lo que fueran, no se habían percatado de nada. Susurrando, indicó a sus compañeros que trataran de hacer lo mismo que él.

Al cabo de unos instantes, Shelaiin, Tarkathios, Quarion y Grugnir llegaron allí arriba del mismo modo, aún sin poder creerse nada de todo aquello. Grugnir volvió a entrar en comunión con la piedra, y aunque apenas pudo discernir nada, sintió que los dos guardias de la Reina eran seres que incluso el espíritu de la montaña consideraba espantosos. Solo tendrían una posibilidad de escapar de allí, y los gruesos barrotes de metal les bloqueaban el paso. Tarkathios los tanteó, intentando doblarlos a la fuerza. El kurathi era terriblemente fuerte, pero aquello suponía una tarea hercúlea, digna tan sólo de un épico héroe de leyenda.

[Y en aquel momento el jugador recordó el único beneficio de los humanos en la Tierra de las Hadas, los puntos de héroe que permiten justamente intentar hazañas como aquella. Me preguntó si podía gastar su único punto para intentarlo, y le dije que por supuesto, pero que solo habría una oportunidad. O era capaz de lograrlo, o no. El d20 rodó, y tras contar el generoso bono por el punto de héroe gastado… falló la tirada por 1 punto.]

Tarkathios apoyó los pies contra la pared, para tener un buen punto de apoyo, y utilizó toda la fuerza bruta por la que se había hecho infame durante el Torneo de Roca Blanca. Los gruesos barrotes cedieron levemente a sus músculos de acero, desprendiendo polvo en el lugar donde se encajaban en la piedra… pero se negaron a doblarse. Habían fracasado. No había ninguna esperanza de escapar de allí.

****

Pasó mucho rato antes de que Ellowyn regresara de su encargo. Al verla pasar por la galería central, Ephraim se puso en movimiento. Tenía que seguirla sin que ella se diera cuenta de su presencia, o su plan se iría al garete. Tenía que seguirla hasta el mismísimo corazón de la Fortaleza Adusta, el Salón del Trono de la Reina del Aire y la Oscuridad.

Ellowyn subió por unas escaleras aparentemente infinitas, cuyo plano cambiaba cada vez que hacían un recodo. A veces subían como escaleras normales, pero a veces ascendían de lado, como si estuvieran en una pared, o incluso del revés. Las escaleras se bifurcaban en una multitud de pisos y niveles, pero Ellowyn siguió hacia arriba, siempre hacia arriba, hacia lo más alto de la aguja más alta. Y mientras lo hacía, Elian, en su forma de sapo, se asomó del zurrón de Ephraim y saltó sobre los pliegues del vestido de la sílfide, que se arrastraban por el suelo tras ella. Ephraim no tuvo tiempo a hacer nada para impedírselo, no sin delatar su presencia.

Así la sílfide cruzó el umbral que daba al Salón del Trono, mientras Ephraim se agazapaba sin atreverse a entrar, intentando reunir el coraje para mirar al interior. Era un espacio imposiblemente vasto y vacío, con un techo altísimo soportado únicamente por cuatro columnas que se alzaban en sus esquinas. Carecía de paredes, y en su lugar se abría al cielo por los cuatro costados, un cielo oscuro en el que soplaba un viento terrible y cargado de nieve, en el que los relámpagos purpúreos no cesaban de estallar. Y en el centro, el enorme trono de cristal oscuro solo aparentaba estar desocupado. Pero en él se sentaba algo… una presencia… inhumana e inimaginable, oscura y terrible, que no se veía con los ojos pero helaba el corazón.

La Reina del Aire y la Oscuridad.

Una voz, femenina, fría y cruel, suave como un susurro y atronadora como un terremoto, retumbó en el vacío, llena de ira.

¡TRAES INVITADOS NO DESEADOS A MI PRESENCIA, HIJA DEL VIENTO DEL NORTE!

Entonces la presencia en el trono pareció rebullir de algún modo, y Elian el sapo empezó a flotar en el aire, atenazado por una mano invisible que le dejó en el suelo, a los pies de la Reina. Y mientras se movía, la voluntad de la soberana de la Corte Oscura le retorció dolorosamente. Cuando tocó el suelo, el mago boqueaba con fuerza, recuperada ya su forma humana.

TIENES ALGO QUE DESEO, MORTAL. SIENTO SU PODER. ENTRÉGAMELO Y SERÉ MAGNÁNIMA.

Desorientado, Elian intentó a toda prisa poner en orden sus pensamientos, de nuevo los de un hombre y no los de un animal. El Clavo, el Clavo de Plata. Dworkin les había advertido. La Reina había notado su presencia, y lo deseaba. Y se lo habían servido en bandeja. La presencia en el trono se solidificó de algún modo, se concentró y cohesionó, adoptando una vaga figura femenina, grande como la vida misma, con una melena ondeante hecha de sombra y ojos como ardientes ascuas azules. La Reina del Aire y la Oscuridad levantó una mano, amenazadora, para aplastar al intruso como a un insecto.

¡Alto! -gritó una voz desde el umbral. Ephraim elevó una oración apresurada y entró en el salón, haciendo una breve reverencia-. Salve, Su Oscura Majestad. Soy Ephraim de Kanth. Debéis disculparme, pero vos misma acabáis de declararnos invitados, por muy indeseados que seamos. ¡Por lo tanto, debemos honrar su hospitalidad, y nos acogemos a ella! 

Los carbones azules se dirigieron a él mientras avanzaba para ponerse junto a su compañero mago. El gusano de su zurrón fue agarrado también por aquella fuerza invisible, y devuelto sin miramientos a su forma original, la de Gaul el medio orco. El iniciado druida se llevó la mano a la empuñadura de su espada de hierro frío, pero Ephraim le contuvo con un gesto. Los tres compañeros se encontraron frente a frente con la reina de las hadas oscuras cuando esta se levantó de su trono y se reveló en toda su abrumadora y sobrenatural majestad, desplegando toda su presencia cuasi-divina.

Ephraim y Gaul cayeron de rodillas sin poder evitarlo, superados por lo más cercano que habían estado en sus vidas a presenciar el verdadero poder de una deidad. Pero Elian se aferró a su bastón de mago y permaneció orgullosamente en pie.

¿Cual es ese objeto que deseáis? -gritó Elian simplemente para darse el coraje necesario para hablar.

LO SABES DE SOBRA, MORTAL. ENTRÉGAMELO Y OS CONCEDERÉ MI FAVOR.

La voz sonó como si los cielos se partieran y los mares se abrieran. Con una muestra de voluntad apoteósica, Elian se negó. Golpeó el suelo con su bastón de mago, haciendo que su extremo se encendiera con un plateado fuego mágico.

¡Decidme cual es!

Las ascuas azules ardieron como volcanes en la sombra.

DAME LO QUE LLEVAS ENCIMA, EL OBJETO QUE HAS OBTENIDO TRAS TANTO DOLOR Y SUFRIMIENTO. DÁMELO Y TE CONCEDERÉ LO QUE MÁS DESEES.

Entonces el mago se dio cuenta. ¡No podía decirlo! Todas las leyendas decían que las hadas estaban regidas por reglas extrañas e indescifrables, y que ninguna de ellas podía quebrantarlas, por altas y poderosas que fueran. ¡Tenía que pedirle el objeto sin decir su nombre! Ephraim probablemente les había salvado la vida a los tres al obligarla a extender su hospitalidad, sometiéndola a otra de esas leyes feéricas. Y esa era su única, tenue, frágil esperanza. Había que ganarla en su propio juego.

Os entregaré gustoso el objeto que he conseguido con el mayor de los dolores y sufrimientos, y a cambio vos me devolveréis a mi hogar. A mí y a todos mis compañeros, tanto los aquí presentes como los que están cautivos en vuestra Fortaleza.

Y sacando su daga del cinto, se cortó la palma de la mano para hacer brotar la sangre, y la extendió hacia la Reina, diciendo:

Os lo juro por mi sangre, la sangre del León. Tenéis la palabra de un mago.

La Reina del Aire y la Oscuridad extendió un zarcillo de sombra en forma de brazo y puso su mano fría com el agua del deshielo contra la palma del mortal.

ACEPTO EL PACTO. 

Elian sintió un peso enorme sellando aquellas palabras, como si todo su destino le cayera encima de repente. Se miró la mano. Ya no había herida, pero en su lugar había una marca negra y fría, la marca de la Reina del Aire y la Oscuridad.

AHORA CUMPLE TU PARTE, MORTAL. ENTRÉGAME EL OBJETO.

Y Elian lo hizo. Se llevó la mano al cinto y desenfundó la Espada del León. La antigua espada sartiana que había pertenecido a su querido hermano Norben, la espada que había llegado a sus manos solo tras su muerte. La muerte del hermano de quien se había separado siendo un niño y nunca había vuelto a ver, que había caído combatiendo con honor y valentía a la oscuridad que acechaba a su ciudad natal.

Aquí lo tenéis. El objeto que he obtenido con el mayor dolor y sufrimiento de mi vida. Ahora os pertenece.

[Aquí el grupo entero, tras toda esta escena ultra-tensa, aulló alrededor de la mesa. La ocurrencia fue digna de aplauso, la verdad. Y muy en el espíritu del folklore feérico. Lo disfruté como un cosaco.]

La Reina emitió un alarido espeluznante.

¡MORTAL TRAICIONERO! ¡ESE NO ES EL OBJETO QUE DESEO Y LO SABES! ¡¿OSAS MENTIR A LA SEÑORA DE ESTE LUGAR?!

La oscuridad alzó ambos brazos de sombra, y unas llamas púrpuras ardieron en ellas durante un segundo, antes de convertirse en cuatro rugientes meteoros que salieron silbando y cruzaron el espacio hacia Elian. El mago reconoció el conjuro como una de las magias más poderosas que existían en el mundo mortal, al alcance únicamente de los magos más sabios y venerables que había dado la historia, y cerró los ojos, aguardando la muerte.

El enjambre de meteoros se estrelló contra él. Por detrás suyo, Gaul y Ephraim se vieron empujados hacia atrás por la fuerza de la explosión, y tuvieron que cerrar los ojos para evitar quedar cegados por el fogonazo blanco-purpúreo.

Pero cuando las llamas se disiparon, Elian seguía allí, en pie, indemne, con su bastón de mago brillando ante la sombra.

¡No os he mentido! -gritó el abjurador-. ¡Y las leyes del pacto que habéis sellado me protegen! ¡No puedes hacerme daño! ¡No puedes desdecirte! ¡Cumple tu palabra, Reina Oscura!

Con un chillido de furia inhumana que estuvo a punto de romperles los tímpanos a todos, la Reina del Aire y la Oscuridad pronunció una única palabra de poder, y al instante sus cuerpos empezaron a desvanecerse, tragados por las nieblas de Samhain, surgidas de la nada. Pero mientras se desmaterializaban, con tan solo sus ojos de ascua azul ya visibles, la Reina declamó sus últimas palabras.

YO TE MALDIGO, ELIAN ARROWAY. JURO POR LOS FUEGOS DEL DESTINO QUE ESTA ESPADA SERÁ TU MUERTE.

Y con esa sentencia final, desaparecieron del país de las hadas.

Pero antes de hacerlo, en el último segundo, Ephraim alargó la mano a la desesperada, rezando a Barin para que le ayudara a cometer el más grande de los robos. Sus dedos encontraron lo que buscaba, y lo aferraron con todas sus fuerzas.

****

En el salón principal del Hacha y el Suspiro, todo el mundo se preparaba para celebrar la noche de Samhain. El alcohol iba a fluir como un río, se dijo Gorstan satisfecho. Entonces, el lugar se llenó de niebla, surgida de la nada, y con un estallido como un trueno silencioso, un nutrido grupo de gente apareció en el comedor, derribando mesas y sillas a su llegada y creando el pánico entre las camareras y los clientes que ya habían empezado a acudir a tan temprana hora del día. Reaccionando por instinto, Gorstan alargó la mano hacia su vieja gran hacha, colgada sobre la chimenea, y fiel como siempre, el arma acudió volando a sus manos.

La empuñó mientras saltaba la barra con su corpachón, dispuesto a defender su casa de aquella intrusión mágica, hasta que reconoció a los recién llegados. Hombres, elfos y enanos con quienes había charlado y compartido bebidas en innumerables ocasiones.

Los aventureros tardaron unos instantes en darse cuenta de donde se encontraban. El Hacha y el Suspiro. El hogar. Y entonces profirieron en gritos de júbilo y alegría. ¡Habían escapado de la tierra de las hadas! ¡Habían burlado a la Reina del Aire y la Oscuridad y le habían negado la posesión del Clavo de Plata! ¡Y habían escapado con vida!

Pero Ephraim solo tenía ojos para la dama feérica que aún se aferraba a su mano. El collar de hierro cayó al suelo, liberando el cuello de Ellowyn, Hija del Viento del Norte. La rápida reacción del clérigo la había arrastrado con ellos, y al hacerlo le había devuelto la libertad, como le había prometido.

Shelaiin, siempre pragmática, se dirigió hacia Gorstan, tras comprobar que no faltaba nadie y que tenían todas sus pertenencias consigo.

¿Qué día es hoy?

¿Cómo dices?

Ya me has oído, mesonero… ¿Qué día es hoy?

Samhain, claro. Al menos desde hace un par de horas.

¿Un par de…?

La elfa sacudió la cabeza, intentando no revelar su incredulidad, y se asomó por la ventana.

Era verdad. El sol había salido solo un par de horas atrás. Era imposible. A aquellas horas estaban avanzando por el bosque, aún no habían encontrado el rastro que les había conducido a aquella loca aventura. Pero ni Gorstan ni sus propios ojos mentían.

Habían regresado a Valorea… antes de haberse marchado.

****

El hierro presente por doquier estuvo a punto de acabar con la dama Ellowyn nada más llegar al mundo de los mortales. Elian y Ephraim reaccionaron con presteza. La sílfide necesitaba encontrar un nuevo hogar, lejos del frío metal que era un veneno letal para ella. Por el momento, cuanto pudieron hacer fue conducirla a la Arboleda de Myllara, un pequeño bosquecillo cercado poco frecuentado dentro de las murallas de Nueva Alasia, que el Barón había hecho plantar como lugar de veneración para los escasos practicantes locales de la Vieja Fe. Hasta que encontraran un lugar mejor, aquello la mantendría a salvo.

Cuando se despidieron de ella para regresar junto a sus compañeros, Ellowyn les mostró su agradecimiento como no pudo hacerlo mientras lleva el collar encantado. Y después se dirigió al mago, con la gravedad reflejada en su dulce rostro y le tomó la mano, clavando lo ojos en la marca negra.

Te has ganado una enemiga eterna hoy, Elian Arroway de los Hijos de Adar. Ahora ella sabrá donde encontrarte… siempre. Y su venganza será terrible. Aguardará todo lo necesario, y encontrará el momento. Nunca volverás a estar a salvo.

Y después se volvió hacia el clérigo de Barin.

Me has salvado de un destino peor que mil muertes, Ephraim de Kanth. Sobre mí habrían recaído todos los castigos que ella os tenía reservados. Ahora soy libre en este mundo mortal. Te debo la vida. Si alguna vez me necesitas, grita mi nombre al viento.

La Hija del Viento del Norte les vio alejarse por las calles de Nueva Alasia, admirando la osadía que habían demostrado y preguntándose si eran realmente conscientes de la enorme suerte que habían tenido.

Después de lo ocurrido en la Fortaleza Adusta, la iban a necesitar.

 

 

 

 

 

 

 

 

4 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (LX) La Reina del Aire y la Oscuridad”

  1. Todo un honor el haber desempolvado los lápices para formar parte (aunque sea un poco) de tu espacio (mi favorito a día de hoy) para la -con mayúsculas- Alta Fantasía.

    Gracias por permitirlo, y gracias por dejarnos disfrutar de estas historias, pergeñador de magia transmutada en palabras.

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  2. Una sesión memorable, magnífica tanto la historia y la ambientación como la actuación de los jugadores; y seguro que la narración también lo fue. He disfrutado muchísimo leyendo esta entrada, más incluso de lo habitual con las Crónicas de Alasia, que sigo desde hace un tiempo. Pero es que, además, hasta me ha inspirado precisamente para una localización que aún no tengo desarrollada en un sandbox que dirijo desde hace años. ¡Enhorabuena!

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