Crónicas de Alasia, Libro 2: (LVII) Susurros en la Oscuridad

LOS PORTADORES DEL AMULETO

Sir Alister Norff, Caballero Protector del Reino Perdido

Adavia Morthelius, hechicera e Iniciada Dra’gashi

Shahin ibn Shamal, Magus Sûlita heredero del Viento

Ealgar Caul, Escudero de Sir Alister de la sangre del León

Ponto Overhill, Bardo Mediano

Escudo 20

Tras despedir a Namat, los Portadores sintieron que tenían que dar sentido a aquella expedición. Hacer que sirviera para algo. No podían regresar a Nueva Alasia con el fracaso y la muerte como únicas recompensas. Así que decidieron que, cuanto menos, explorarían a conciencia el Reposo de Vonkar y las colinas que lo rodeaban, por si había accesos desconocidos a la Ciudad de los Antiguos que pudieran usar para entrar… o que algo pudiera usar para salir.

En ello estaban cuando, al caer la tarde, desde la distancia y con la ventaja que les daba la altura avistaron algo que les sorprendió. Lo que parecía un grupo de gente a pie avanzaba en dirección norte por el camino que conectaba Lindar con Durham. No era un grupo muy nutrido, quizá una docena y media de caminantes. ¿Pero quien podía venir de esa dirección? Decidieron que sería prudente averiguarlo, y encaminaron sus monturas hacia allí.

Los viajeros resultaron ser un grupo de peregrinos, encabezados por dos Leannan, servidoras de Awen, diosa de la música, la belleza y el amor. Según les contó Adara, una sacerdotisa medio elfa de pelo tan rojo como el de su diosa, iban en peregrinaje hacia la catedral de Nueva Alasia, atraídos por la gran cantidad de rumores y leyendas que estaban emanando de la región. Los peregrinos les dieron la bienvenida gustosamente, invitándoles a compartir historias a la luz del fuego del campamento que estaban empezando a montar para pasar la noche, oferta que los Portadores aceptaron de buen grado.

Intrigados por conocer su procedencia, ya que aquella ruta estaba prácticamente en desuso, los Portadores les preguntaron por los motivos de su peregrinaje, y Adara les habló de su origen, revelándoles que provenían de las llanuras de Kanth.

Venimos de Vasirada, al sur de Kanth. Todos los norteños con quienes hemos hablado parecen pensar que nuestra tierra es una especie de reino, con un único gobernante y bajo una única ley. No es así. Cada ciudad de las llanuras es su propio estado y tiene sus propias leyes, y la mayoría compiten fieramente entre sí por la riqueza, las rutas comerciales, y casi por cualquier cosa. Pero no hay rivalidad mayor que la que existe entre las dos urbes más populosas, Vasirada y Tiphris. Ambas son ricas, están bien armadas y están gobernadas con puño de hierro. Pero a diferencia del tirano de Tiphris, los Príncipes-Mercaderes de Vasirada, los Autarcas, tienen graves problemas de resistencia interna. O los tenían. Los Zorros Grises, el gremio de… amigos de lo ajeno… de Vasirada,  liderado por Jath Hadden, el Príncipe de los Ladrones, hace mucho que tomó partido por el pueblo, y eso mantenía en jaque las ambiciones de los Autarcas. Pero Hadden lleva medio año desaparecido, y nadie sabe qué ha sido de él. Unos dicen que fue asesinado por su lugarteniente, otros que fue capturado por el Comisario y se pudre en las mazmorras de los Autarcas. Sea como sea, sin su guía los Zorros Grises se están desintegrando, carcomidos por rencillas internas y mezquinas disputas por el poder. Otras cofradías del mundo criminal están desencadenando verdaderas guerras de bandas en las calles, intentando llenar el hueco de poder, y los Autarcas están usando todos sus medios y sus fondos para que el inframundo de la ciudad acabe liderado por marionetas bajo su control. Y a su vez, al volver sus miradas hacia el interior, los Autarcas le han quitado presión de encima a Koran Kharr, el Tirano de Tiphris, y el malnacido está utilizando esa libertad para expandir su poder tanto como puede, dentro y fuera de sus murallas. El Templo de Awen siempre dio apoyo a los Zorros Grises en su guerra oculta contra los Autarcas, pero era un secreto a voces. Ahora Vasirada ya no es lugar seguro para los fieles de la Dama Cantora.

Así que no sois solo peregrinos -dijo Shahin-. Sois también refugiados. 

En su viaje hasta Alasia, el sûlita había cruzado las llanuras de Kanth tras desembarcar del bajel que le trajo desde el puerto de Yur. Había oído rumores de disturbios y caos en las calles de Vasirada, una de las siete grandes ciudades-estado, pero no imaginaba que fuera algo tan grave. Aquello no era exactamente tranquilizador. Todo lo que beneficiara a Koran Kharr, eran malas noticias para Alasia. La noche junto a los peregrinos transcurrió agradable y tranquila, y las Leannan incluso sanaron las heridas de los compañeros sin pedir nada a cambio salvo historias y noticias. Al día siguiente, los Portadores escoltaron a los viajeros hasta las puertas de Lindar, y allí se despidieron de ellos para reanudar su exploración de las colinas.

Escudo 21

En la ladera noroeste del Reposo de Vonkar había una cueva, una abertura angosta que perforaba la roca de la colina, muy difícil de ver a ras de suelo. Junto a ella había un cadáver. Parecía el cuerpo de un guerrero, reclinado cuidadosamente con la espalda contra una roca junto a la oquedad. Por lo pelado de los huesos y lo descolorido de los escasos harapos que quedaban sobre ellos, debía llevar muchos meses allí. Parecían haberle despojado de cualquier cosa mínimamente valiosa, y la funda de su espada se encontraba vacía en su cinto. Sin embargo, los guanteletes de cuero que llevaba puestos parecían curiosamente en buen estado.

Shahin realizó un hechizo para detectar la presencia de magia y comprobó que, efectivamente, los guantes estaban encantados. Intentando analizar el aura mágica que poseían, llegó a la conclusión de que otorgaban una velocidad cegadora a las manos del guerrero, de tal manera que pudiera blandir sus armas como una centella. Era uno de los objetos más poderosos que habían encontrado a lo largo de sus aventuras, y entre todos decidieron que el más idóneo para ponérselos era Ealgar. El escudero no dudó en ponérselos antes de que el grupo entrara en fila india por la cueva para comprobar a donde conducía.

El túnel se adentraba en la colina, lo bastante ancho para avanzar en fila de a dos, y después de bastantes pies terminaba en lo que parecía un risco que, a la luz de los orbes flotantes de Shahin, descendía hasta una gran caverna dominada por un lago subterraneo… el mismo lago que habían contemplado desde la orilla opuesta. Estaban en las cavernas sobre la Ciudad de los Antiguos… y solo aquel lago les separaba de la guarida del dragón negro que había matado a Namat.

Pero había algo más al final del túnel, junto al risco. Un montón de grandes huesos estaba apilado allí, huesos que no podían pertenecer a un humanoide sino a alguna gran bestia, como era evidente por el enorme craneo de grandes colmillos que coronaba la pila. Alrededor de la pila de huesos había un círculo de runas grabadas en el suelo.

Aquello tenía muy mala pinta. Era obvio que los huesos habían sido depositados allí adrede, y el círculo mágico podía suponer algún tipo de trampa o salvaguarda destinada a proteger aquella entrada trasera. Shahin iba a adelantarse para examinarla más de cerca, però Adà le puso una mano en el hombro, indicándole sin palabras que la dejara a ella. Como dra’gashi, la nigromante comprendía las energías que fluyen a través del Velo entre todas las cosas vivas y muertas, y tras un trance meditativo podía abrazar esas energías y canalizarlas hacia el exterior, como hizo durante la batalla contra los trasgos, o hacia su interior. En aquellos momentos las había abrazado internamente, lo que hacía que los no-muertos tuvieran dificultades para percibirla como a un ser vivo. Los muertos vivientes carentes de mente propia, como los esqueletos, no la atacarían.

Sabiendo eso, la enoquiana se aproximó sola a la pila de huesos. Al acercarse pudo ver mejor las runas; eran signos necrománticos de gran potencia, diseñados no solo para reanimar los huesos sino también y de algún modo permitir controlar a distancia la acciones de la criatura. Era magia negra de gran calibre… como la que podrían manejar los siervos de Orcus, por ejemplo. Sin duda, de haberse acercado otro, los huesos se habrían unido para formar una versión esquelética de la bestia a la que habían pertenecido en vida.

Pero sus conocimientos de magia no bastaban para intentar desbaratar el círculo mágico o disipar su poder. Volvió junto a sus compañeros para contarles lo que había descubierto. También les contó que desde allí había visto que en lo alto de cada uno de los tres islotes que sobresalían de las aguas del lago parecía haber un cofre negro. Ponto, que hasta entonces no había podido ver nada de lo que había en aquel lugar por su anterior ceguera, abrió mucho los ojos, desbordado por la curiosidad.

El debate que se estableció entre los Portadores inicialmente se zanjó de forma rápida. Acababan de perder a un compañero, y no tenían necesidad de enfrentarse a aquel guardián mágico pudiendo acceder al mismo lugar desde la entrada principal. La decepción de Ponto se hizo visible en el rostro del mediano. Había tenido que contentarse con escuchar la aventuras de sus amigos en aquel antiguo lugar, sin poder ver nada con lo que componer sus canciones de gesta… y cuando por fin pudo ver, habían tenido que huir desesperadamente del dragón. Pero ahora tenían la oportunidad de acceder por detrás y comprobar el contenido de aquellos cofres… ¡y se iban a marchar sin más!

Entonces, una voz surgida de la nada le susurró al oído.

Ponto..

[El jugador pegó un bote en la silla… Yo me había colocado arteramente a su lado, disimulando, como si paseara alrededor de la mesa de juego mientras narraba, y le hablé al oído de repente.]

El mediano miró a su alrededor, sorprendido, pero ninguno de sus compañeros parecía haber oído nada.

No dejes que se impongan… Yo estoy contigo…

Su mirada se posó en la mochila que llevaba a la espalda, y sus pensamientos volaron hacia el objeto que ocultaba en su interior. Era su turno de portar el Amuleto.

Yo te ayudaré… si me dejas…

Creo que no deberíamos irnos -dijo el bardo al resto de Portadores-. Quizá haya algo en esos cofres que nos ayude, y Adà es especialista en enfrentarse a los muertos que andan. Tener una puerta trasera a este lugar nos puede ser muy útil, y más ahora que hemos devuelto la llave de piedra al alquimista.

Al mediano no le faltaba razón, y no le costó convencer a sus camaradas. Escoltado por Adà, Shahin se adelantó hacia las runas y los huesos, por si había una posibilidad de trastear con ellas para neutralizar sus efectos. Pero como era previsible, en cuanto el sûlita se acercó, los huesos empezaron a temblar, chasquear y moverse por sí solos, ensamblándose para formar el esqueleto del oso más grande que cabía imaginar, una bestia que solo podía proceder de la era cavernaria. El esqueleto del oso rugió estruendosamente sin que tuviera pulmones para ello, y se abalanzó hacia Shahin.

Ponto… Déjame que os ayude… 

Adà empleó sus poderes de dra’gashi para intentar controlar a la bestia, pero fuera quien fuera el creador de las runas, su voluntad era demasiado fuerte. El esqueleto levantó una enorme zarpa mientras Shahin desenfundaba a Saif al’Qamar a la velocidad del rayo para defenderse.

Ponto… Yo puedo darte poder sobre esa cosa… Podrás salvarles…

Sir Alister y Ealgar corrieron hacia el frente, lejos aún para proteger a Shahin. Cuando Ealgar llegó raudo a su lado y desenfundó su martillo de guerra, blandiéndolo contra el ser, pero el arma  se le escapó de la manos y cayó al suelo rebotando estrepitosamente. Cuando se agachó a recogerlo, de nuevo lo dejó caer torpemente, como si tuviera los dedos de mantequilla. Entonces se miró con horror las manos, recubiertas por aquellos guanteletes mágicos que acaban de encontrar, el único objeto de valor que quedaba en el cadáver del aventurero, y lo entendió con un vuelco del corazón. ¡Estaban malditos!

¿A cuantos de los vuestros vais a dejar morir por rechazar mi ayuda? No será el primero.

De repente, Ponto dio un paso adelante, se puso en frente de Adà y alzó la mano. Sin decir una palabra de poder o proferir ninguna orden, el esqueleto se quedó absolutamente inmóvil, paralizado por completo. La mirada de estupor de sus compañeros se tornó en horror cuando se volvieron hacia el mediano. El pequeño bardo llevaba el Amuleto de Kishad en torno al cuello, y el oscuro metal centelleaba perversamente a la luz de los orbes mágicos. Un gran poder emanaba del mediano y retenía a la bestia esquelética con más fuerza que una cadena de acero aldurio.

[El Amuleto había infectado la mente de Ponto después de una serie de catastróficas tiradas de resistencia contra su corrupción… Realmente jugaban a un juego de ruleta rusa al desviarse de su objetivo, ya que cuanto más tiempo pasaba, más crecía el poder del Amuleto en sus mentes. Ahora el Amuleto podía ya comunicarse directamente con Ponto, pero aún no llegaba a poder controlar directamente sus acciones, solo podía intentar persuadirle e influenciar sus actos. Ponto se puso el Amuleto por voluntad propia.]

¡Vámonos de aquí! -gritó Sir Alister.

No -respondió Ponto, con una voz que no era enteramente la suya. Su tono dejaba claro que no pensaba ir a ninguna parte. El mediano señaló al esqueleto ursino. Llevaba un especie de collar o colgante en torno a las vertebras del cuello.

Shahin hizo un gesto con la intención de arrancárselo del cuello aprovechando su inmovilización, pero Adà le detuvo con un grito.

¡Cualquier gesto brusco podría romper el hechizo y hacer que nos ataque de nuevo!

Levantadme -dijo Ponto, de nuevo con aquella extraña voz doble, suya y ajena a la vez.

El mediano se había criado en las ciudades de la Costa Salvaje, en el lejano norte, y había crecido como un huérfano callejero que se había obligado a hurtar y robar comida para sobrevivir. O bien confiaba en sus dedos ágiles, o bien se sentía apoyado por el poder del Amuleto.

Ealgar, que había logrado a duras penas recoger su martillo y colgarlo de su cinto antes de volver a soltarlo, se abalanzó sobre Ponto. Había que quitarle el Amuleto del cuello como fuera, y nadie más parecía dipuesto a hacer nada al respecto. El escudero se abalanzo sobre el mediano, en un intento de agarrarle.

El estoque apareció en la mano del bardo a la velocidad del rayo, y mientras Ealgar se aproximaba para apresarle, Ponto hundió su extremo afilado en su cuerpo con un odio y ferocidad que nadie había visto nunca en él. El Amuleto de Kishad, poseedor de una voluntad maligna, odiaba profundamente a los khandianos… y a sus descendientes como Ealgar, por cuyas venas corría la sangre del León.

[En términos de juego, cualquier arma empuñada por Ponto mientras llevara el Amuleto se consideraba Matadora de Humanos, siempre que estos fueran de etnia total o parcialmente khandiana. Eso es un +2 a tocar y +2d6 al daño. ¡Ouch!]

El alasiano retrocedió, atónito y sujétandose la profunda herida por la que manaba un reguero de sangre. Con el espadín aún goteando la sangre de su compañero, Ponto se volvió a lo demás y repitió:

Levantadme.

Shahin fue quien obedeció. Alzó al mediano y le acercó al oso esquelético inmovilizado. Con un movimiento diestro y practicado, Ponto abrió el cierre del colgante en un abrir y cerrar de ojos y se hizo con la joya.

Y ahora nos vamos de aquí -le dijo el sûlita tras retroceder y dejarlo en el suelo-. Quítate el amuleto, amigo.

Ponto asintió sin decir nada. No iba a convencerles de seguir adelante, como deseaba, y con la amenaza neutralizada, ya no necesitaba su poder. Hizo un gesto para llevarse la mano a la joya maldita.

O lo intentó. Su mano se negaba a moverse. Lo intentó de nuevo, esforzándose por recuperar el control de su propio cuerpo. En su mente, el Amuleto ya no le hablaba, enfocando toda su voluntad en resistirse a Ponto. Cuanto más se esforzaba Ponto, más estrecho le parecía el Amuleto en torno a su cuello, como si intentara arraparse a él incluso físicamente.

[Fue una batalla de Ego, enfrentando la fuerza de voluntad de Ponto contra el valor de Ego del objeto inteligente maléfico. Un valor de Ego que crece, igual que sus poderes, con cada nueva reliquia que se le añade.]

De repente, la resistencia del Amuleto pareció desaparecer sin más. Ponto se lo quitó del cuello sin más, como si no hubiera estado librando ningún duelo mental. Cuando hizo ademán de devolverlo a su mochila, Shahin y el resto de sus compañeros objetaron, pero el mediano se lo guardó igualmente tras envolverlo cuidadosamente como hacían siempre. Era su turno como Portador, y acababa de salvar a sus compañeros de un peligroso guardián no-muerto. No tenían ningún derecho a desconfiar de él.

Abandonaron aquel túnel en silencio, de vuelta a la luz del sol. Los Portadores daban por terminada su exploración de aquella mazmorra que les apartaba de su verdadero objetivo. Aquel incidente había servido para que se dieran cuenta de que disponían de mucho menos tiempo del que creían. Portar el Amuleto era una pesada carga, y si se demoraban más de la cuenta podía acabar corrompiéndoles a todos. Con el ánimo tan plomizo como el día, regresaron a sus monturas para emprender el camino de regreso a Nueva Alasia.

Y mientras lo hacían, Ponto se sumió en un silencio nada propio del parlanchín bardo. Sabía que cuando llegara la noche tendría que entregar el Amuleto, y no soportaba la idea. El Amuleto le había permitido ser el héroe por una vez, el protagonista de aquella canción. El Amuleto podía ser utilizado para realizar grandes hazañas, le había revelado los poderes que podía concederle. No renunciaría a él. No podía evitar que se lo quitaran, aún no. Pero no renunciaría a él. Sus amigos no entendían nada. No eran dignos de su poder.

El Amuleto era suyo. Solo suyo. Tendría que esperar al momento oportuno, a la ocasión perfecta. Y cuando llegara, haría lo que fuera necesario para que nunca dejara de serlo.

 

4 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (LVII) Susurros en la Oscuridad”

  1. ¿En serio los personajes no desconfiaron de un objeto mágico que aun permanecía en un cadáver que ya había sido rapiñado?
    ¿Soy yo o es que realmente existen ciertos paralelismos con el bardo mediano y el Amuleto y cierta obra literaria épica sobre gente pequeña y objetos corruptores de gran poder *carraspeo* (no te estoy mirando a ti, Anillo Único) *carraspeo*?

    Le gusta a 1 persona

    1. Pues no, no desconfiaron… Detectaron magia e hicieron tiradas para identificarlo, y les flipó tanto el objeto que les faltó tiempo para ponérselo. El problema es que en PF para identificar que un objeto está maldito hay que sacar 10 o más por encima de la dificultad, y no llegaron a tanto.

      Y sobre el segundo tema… Sí, así es como nacen los Gollums. ¡Y conste me he contenido de poner “mi tesoro”! Pero fue pura casualidad que fuera Ponto el que sucumbió… Tuvo una serie de salvaciones catastróficas, y su resistencia a la corrupción cayó en picado. ¡A ver en qué acaba todo esto!

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