Crónicas de Alasia, Libro 2: (LVI) El Cuerno de Brân

LOS GUARDIANES DEL NORTE

Thaena Sveinsdóttir, guerrera y exploradora korrwyf con sangre de gigantes

Qain’naan, monje enoquiano seguidor de la senda del Fantasma Hambriento

Petrus Cornelius Faust, alquimista andmar recién llegado a Alasia

Assata Silil, conjuradora kushita acompañada de su eidolon panteriforme Shakar

Fray Dervan Oban, clérigo itinerante y bonachón de Uriel

Escudo 11

La gárgola demostró ser un enemigo extremadamente duro y peligroso. Luchaba como un remolino de garras, dientes y cuernos, y su piel la protegía de todos los ataques salvo los más poderosos golpes. Por fortuna, el martillo enano de Thaena asestaba tales golpes, impulsado por la fuerza de sus brazos, y las garras de Shakar, que a pesar de su forma de pantera en realidad era una criatura celestial, también hacían mella en la criatura. Y la piel petrea no la protegía del fuego alquímico de Petrus. Aún así la gárgola estuvo a punto de acabar con varios de ellos antes de que la superioridad numérica se impusiera incluso a un enemigo tan atroz, capaz de ponerles en jaque a todos incluso luchando solo.

En los niveles inferiores de Grimhold se empezaba a escuchar el estrépito de innumerables botas con suela de hierro. La legión de gorras rojas de la Abuela Gris surgía de su guarida subterránea. Acabar con dos de las criaturas les había exigido todo su esfuerzo como grupo; ahora, un ejército de esas cosas estaba a punto de ascender las escaleras en su dirección.

Thaena volvió a cruzar el círculo de protección para tomar la caja de los dragones en sus manos, mientras alentaba a su compañeros con la mirada a encontrar la solución urgentemente. Petrus y Assata pusieron en común todo lo que sabían de esos seres. [¿Quién dijo que las habilidades de conocimientos solo son de adorno?]. Los dragones plateados vivían en altas cumbres cubiertas de nieve, cuando no lo hacían directamente en las nubes. Los de latón en desiertos cálidos como el de Sûl, y a los de bronce les gustaban las costas y el agua del mar. La caja decía que el de bronce cazaba a sus presas en dominios gélidos. ¿Se referiría al dragón plateado? Thaena hizo girar al dragón de bronce para mirar al plateado, en la esquina opuesta. El de cobre decía que no despertaba al llegar su cazador, y después de un rato pensando, cayeron en la cuenta que los dragones de latón pueden exhalar un aliento que hace caer dormidas a sus víctimas. Thaena giró el de latón hacia el de cobre. El dragón de plata perseguía a uno que vivía en lugares elevados, pero aparte de sí mismo, el único dragón que moraba en colinas o montañas era el de cobre. Lo apuntaron hacia él, dubitativos. Eran dos dragones apuntando al mismo, y por alguna razón aquello no parecía correcto. El dragón de cobre no vivía cerca del agua, y era el único que quedaba libre para dar caza al dragón de latón, así que lo orientaron en esa posición. Sólo quedaba el dragón central, el dorado.

Ahora los pasos de los gorras rojas se oían ya por las escaleras. Estaban subiendo. El dragón dorado no era cazado por nadie, eso estaba claro, pero nunca cazaba a alguien de su mismo entorno. Solo había un dragón que no habitara tierra adentro sino en las costas y el mar, y era el de bronce. A falta de una pista mejor, Thaena giró el dragón dorado.

Se escuchó un sonoro click, seguido por otro, y otro, a medida que los cinco cierres de la caja se iban abriendo uno a uno. Cuando saltaron todos, Thaena levantó la tapa y pudo ver lo que había en su interior.

Era un cuerno, parecido al que llevaría un cazador o un guardia, pero mucho más lujoso. Estaba hecho del cuerno de un animal desconocido, quizá un dragón como los que decoraban la caja, y tenía revestimientos y rivetes de plata, igual que la boquilla. Su superfície estaba cubierta de runas talladas de aspecto antiquísimo.

El Cuerno de Brân.

Lo cogió con reverencia. Tenía en las manos un artefacto que, según las historias que habían escuchado, era más antiguo que el ser humano, más antiguo incluso que los elfos. Un objeto de leyenda y profecía.

“Todo comenzará en Alasia, con el sonido de un cuerno”, recordó Thaena.

“Uno para despertar a los durmientes, dos para llamar a los caídos, tres para el final”. 

Salió del círculo para mostrárselo a sus compañeros, preguntándose que debían hacer con él.

Entonces, Aleth, que durante el combate contra la gárgola se había situado frente a las escaleras que seguían ascendiendo hacia lo alto de Grimhold, extendió una mano.

Buen trabajo. Enhorabuena. Gracias, yo no podría haberlo hecho. Ahora entregadme el Cuerno, y prometo dejaros marchar por donde habéis venido.

Los Guardianes se volvieron hacia ella, con los rostros demudados por la sorpresa. Aleth sonrió torvamente, y mientras lo hacía, sus rasgos empezaron a mutar. Su cuerpo creció y se abultó, mientras su piel adoptaba la fea tonalidad de un moratón ya maduro. Su rostro se convirtió en una visión horripilante con verrugas, nariz aguileña y dientes de hierro, mientras su cuerpo crecía hasta alcanzar el tamaño de un ogro. La inmensa saga volvió a repetir, aquella vez gritando:

¡DADME EL CUERNO!

Los sonidos de las botas metálicas ya estaban muy cerca, posiblemente llegando al piso que tenían justo debajo. En segundos el salón de la estatua se anegaría de gorras rojas. Thaena actuó de la manera más desesperada e imprevisible de todas. Con el Cuerno en las manos, se lanzó a correr hacia la Abuela Gris… o mejor dicho, hacia las escaleras que estaba bloqueando con su corpachón.

Al ver sus intenciones, Qain y Shakar se pusieron en acción al momento. Su única posibilidad de salir con vida de allí era hacer sonar el Cuerno, y que pasara lo que los dioses quisieran. La pantera celestial saltó sobre la espalda de la bruja, intentando desgarrar su carne, mientras Qain la agarró de las muñecas, forcejeando con todas las llaves que conocía para inmovilizarla el tiempo suficiente para dejar paso a Thaena.  La bruja era tan fuerte como enorme, más fuerte que cualquier ser humano. Pero de algún modo, contra todo lo imaginable, la técnica se impuso a la fuerza bruta. Qain, con la frente perlada de sudor y los músculos tensos hasta al borde del desgarro, sujetó a la Abuela Gris, y Thaena pasó como un rayo a su lado, subiendo las escaleras de tres en tres sin saber qué le esperaba más arriba.

¡No! ¡Insensatos! -rugió la bruja-. ¡No sabéis lo que váis a hacer! ¡Lo que vais a poner en movimiento!

Se libró de Qain levantando los brazos hasta dejar a Qain colgando en el aire y extendiendolos con fuerza de golpe, pero Qain, en el mismo instante en que tocaba el suelo, se dio impulso con las rodillas y saltó para asestar un puñetazo inmenso en la mandíbula de la bruja, dejándola aturdida durante unos instantes. [¡La habilidad de monje, puñetazo aturdidor, mejor colocada que he visto en todos los tiempos!]. Para cuando la bruja se recuperó y se dispuso a perseguir a la guerrera, se encontró con que Shakar había tenido tiempo de plantarse en la escalera, cortándole el paso.

Mientras, Petrus y Assata se habían preparado para contener a su manera a la marea de gorras rojas que subían por las escaleras. En cuanto las primeras siluetas aparecieron a la vista, a media escalera, ambos usaron su magia particular. Assata conjuró una capa de aceite grasiento y resbaladizo en los peldaños, haciendo que las criaturas que iban en vanguardia tropezaran y se cayeran hacia delante, obstaculizando el paso a los que las seguían. Y a la vez, Petrus había analizado con ojo crítico los fallos estructurales de las escaleras, los puntos débiles que las hacían inestables después de tantos siglos, y arrojó uno de sus frascos explosivos más potentes justo en el punto donde el suelo parecía más endeble. La explosión surtió el efecto que había deseado el alquimista, abriendo un boquete en las escaleras. [Cuando el jugador lo propuso, me pareció razonable. Se había establecido previamente que las escaleras eran frágiles, así que improvisé la regla sobre la marcha: una tirada difícil de conocimiento (ingeniería) le permitiría encontrar el mejor lugar para volar las escaleras, y si lo lograba, cada punto de daño explosivo en ese lugar daría un 10% de posibilidades de que la sección afectada se hundiera. ¡Y lo consiguió!]. Los gorras rojas que avanzaban corriendo y habían resbalado con la grasa mágica no pudieron frenar y se precipitaron al vacío, igual que la mitad de los que venían justo detrás. El resto se vio obligado a detener su avance. Uno de ellos avanzó abriéndose paso hasta el borde, un gorra roja enorme, tan alto como Thaena y el doble de ancho, con una gorra que era más bien una capucha que goteaba sangre, ataviado con una cota de malla gris y con un hacha trinchante descomunal. Grim Borach.

Viendo que el líder gorra roja se preparaba para saltar el agujero, Assata y Petrus retrocedieron al interior de la sala, para ver que la Abuela Gris estaba machacando a golpes a Shakar y Qain en sus prisas por detener a Thaena. No iban a aguantar mucho. Entonces Grim Borach llegó también, hacha en mano, mientras sus soldados empezaban a subir tablones de madera para usar como puente y cruzar el boquete.

Entonces Thaena llegó a lo alto del torreón de Grimhold. La cima de la torre estaba a cielo abierto, rodeada de poderosas almenas sobre las que había construidas más de aquellas gárgolas que decoraban todos los castillos y fortificaciones de la antigua Sartia. Celaine, la luna llena, brillaba con una fuerza inusitada en el cielo, y su blanca luz parecía reflejarse en las runas del Cuerno de Brân.

Sin pensarlo dos veces, se llevó el cuerno a los labios y sopló.

No ocurrió nada.

Abajo, la Abuela Gris seguía gritando mientras peleaba.

¡Estúpidos! ¡Necios! ¡No hagáis sonar ese Cuerno!

Thaena se dio cuenta de que debería soplar mucho más fuerte para que el antiguo instrumento emitiera algún sonido. Esperaba ser lo bastante fuerte. Se llenó los pulmones, y sopló con todas sus fuerzas.

El Cuerno de Brân emitió su llamada, clara, atronadora, profunda y reverberante. Su sonido llenó el cielo y cruzó el espacio mientras sus runas refulgían de azul plateado.

Muy lejos, a muchas millas al sur, en las murallas de Nueva Alasia, los soldados de guardia alzaron la vista al cielo, preguntándose de donde salía ese sonido. Los cazadores de Lindar levantaron los arcos, intentando otear el origen de aquella misterosa llamada. Tres jinetes solitarios en busca de más jinetes alzaron la mirada en su campamento nocturno. Y los kanthianos en Durham aprestaron las armas, preguntándose si los alasianos estaban a sus puertas.

Pero ninguno de ellos logró averiguar de donde salía ese cuerno en la noche que parecía sonar en todas partes a la vez sin provenir de ningún sitio. Su llamada recorrió las Tierras Reclamadas y resonó sobre las Tierras Perdidas, alcanzando hasta su último confín.

“Uno para despertar a los durmientes…”

Y mientras el Cuerno aullaba, otro sonido se unió a su canto. Un crujido, muy leve al principio, como de piedra agrietándose y resquebrajándose.

Las palabras de Magius resonaron en la mente de Thaena.

“Lo que mi saber arcano logró, solo el Cuerno de Brân puede deshacerlo.”

El crujido se convirtió en muchos.

“Lo he recuperado para nuestros hermanos nocturnos, y lo llevaré a Grimhold, para que su llamada ponga fin a mi obra y despierte a los que duermen eternamente…”

Los leves crujidos se convirtieron en los chasquidos de piedra rompiéndose y saltando por los aires.

“Nosotros les fallamos. No, les traicionamos. Con el Cuerno en mi mano, puedo subsanar ese error.”

Una red de minúsculas grietas empezó a aparecer en las gárgolas de piedra.

“Quieran los dioses del Valoreon que me resten fuerzas suficientes para regresar a mi vieja torre, y resuello para hacer sonar el Cuerno, y deshacer así el mal que les infligí para salvarles.”

Una a una, la capa pétrea que parecía recubrir las estatuas saltó en pedazos, sacudida violentamente cuando las alas correosas se desplegaron con violencia, los ojos ardiendo con fuego blanco, los brazos se alzaban al aire y los poderosos cuerpos se flexionaban con fuerza.

“Quizá con ellos de nuevo a nuestro lado, Sartia no sucumbirá al fuego y la ruina.”

Los rugidos de las gárgolas despertando de su sueño milenario llenó el cielo, sirviendo de coro a la llamada del Cuerno de Brân. La más fuerte e imponente de ellas estiró las alas al máximo contra la luna llena y profirió un atronador alarido, entre grito y rugido:

¡HEMOS VUELTO A LA VIDA!

 

 

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