Crónicas de Alasia, Libro 2: (LV) La Liberación de Durham, Segunda Parte

LOS JINETES DE MEDIODÍA

Deornoth, joven paladín sarel, atrapado entre la senda del arco y de la espada

Percival Whitesword, arrojado e impulsivo espadachín alasiano

Beren, jinete Sarathan de las llanuras, hijo menor de un Thane

Fiel a su palabra, el líder kanthiano reapareció con la luz del sol, aquella vez flanqueado por los otros dos mercaderes que lideraban la caravana. Percival recordó el relámpago mágico que había surgido de Durham en dirección al dragón; no tenía ninguna duda de quien era su autor. Probablemente, aquel hombre podía hacer caer una lluvia de fuego mágico sobre su exiguo ejército con una sola palabra.

La voz de Athuramn de nuevo resonó de manera sobrenatural.

Tras una larga noche de cálculos, mis amanuenses y yo hemos llegado a la conclusión de que un puñado de esclavos fácilmente reemplazables no compensan los gastos que supondría eliminar a vuestra irrisoria pandilla de salvajes. Si es la mercancía lo que queréis, podéis quedárosla. A cambio, cumpliréis vuestra palabra y nos permitiréis paso franco hasta las llanuras de Kanth. No hay nada aquí que merezca nuestro interés, ni que nos compense seguir aquí cuando las nieves hagan los caminos impracticables. Somos hombres de negocios, y aquí no lo hay. ¿Qué decís, alasianos? Aceptamos vuestras condiciones. ¿Cómo sabremos que sois dignos de vuestra palabra?

Intentando valorar la sinceridad de su oferta, los tres compañeros estuvieron de acuerdo en que parecía resonar con la verdad. No sabían si se reservaba algo en la manga, pero parecía claro que preferían perder los esclavos a tener que librar una costosa batalla. A Beren le había parecido desde el principio que era un combate que no deseaban bajo ningún concepto, y su amenaza de matar esclavos con tal de evitarla lo demostraba. Deornoth estaba seguro también de los motivos: no creía que el kanthiano mintiera al decir que no le compensaban los costes y reducía todo aquello a un asunto meramente económico. Tras debatirlo con Holgrym, respondieron a la propuesta.

Tendréis salvoconducto hacia el sur, nadie de nosotros os tocará a no ser que volváis a entrar en la Baronía. Debéis dejar a todos los esclavos con vida, a todos.  Preguntaremos a todos los esclavos si alguien ha muerto en represalia y si es así, obraremos en consecuencia.  No os marcharéis hasta que comprobemos el estado de esa pobre gente.  Y abriréis las puertas ahora mismo para que lo comprobemos.

Después de las palabas de Beren, el kanthiano respondió.

Aceptamos. Abriremos las puertas y dejaremos salir a los esclavos. Cuando hayáis comprobado que no mentimos, os retiraréis y nos abriréis paso para regresar a nuestras tierras. 

Beren añadió:

Vuestros hombres estarán en la plaza de la arboleda y tendrán lazos de paz en sus armas, así no correrán peligro alguno. Entraremos en Durham y traerás a los esclavos. Entonces, abandonaréis Durham y Alasia de manera inmediata.

Pero Lord Athuramn negó con la cabeza a la propuesta de Beren. 

No. No entraréis en la aldea hasta que la hayamos abandonado. Abriremos y soltaremos a los esclavos. Cuando estén con vosotros y hayáis comprobado lo que os parezca, nos dejaréis marchar, y luego haced lo que os plazca con este agujero infernal.

Beren se volvió hacia el líder Sarathan y sus compañeros, susurrando.

Holgrym, amigos, ¿os parece bien? Estad alerta, recordad que son kanthianos.

Kanthianos, y por tanto cobardes -gruñó el Sarathan, pero aún así se llevó la mano a la espada. Luego afirmó en silencio a la pregunta de Beren.

¡Está bien! ¡Abrid puertas! 

Volvió a susurrar mientras afianzaba su lanza: 

Estad preparados.

Me estoy cansando de tanta negociación con esta gentuza -dijo Percival, impaciente-. Que salgan como quieran, pero que salgan rápido.

Deornoth respondió con una mirada directa a Lord Athuramn:

No quieren perder un ápice de ventaja mientras puedan. Hay que reconocer su pericia en la negociación. Hagámoslo a su manera…

A su señal, las puertas de la empalizada se abrieron, y una hilera de hombres, mujeres y niños vestidos con harapos, sucios y salvo alguna excepción malnutridos, salió andando, con el terror en los ojos. Avanzaban hacia ellos, y muchos parecían preguntarse si eran su salvación o si simplemente habían cambiado de dueño. Al llegar entre ellos, Holgrym movió su caballo hacia uno de ellos, el chico que les mostraron como rehen. Les miró, y asintió. No parecía estar herido. Aparte de unas pocas espaldas marcadas por viejos latigazos, ninguno de los esclavos parecía haber sido herido o torturado. Sin duda, eso disminuiría su valor en el mercado. Deornoth y Percival revisaron rostros y caras, no parecía faltar ninguno de los que vieran durante su cautiverio, excepto aquella joven mujer con la que Deornoth compartió jaula y conversación. La mujer del altar. Y de hecho, había más esclavos de los que vieran entonces. Probablemente habían tenido encerrados a más de ellos en otras partes del pueblo. En total había unas cinco docenas de personas, de todas las edades y géneros.

En la empalizada y en la puerta abierta, los soldados kanthianos tenían sus armas a punto y sus arcos aprestados, en guardia por si había movimientos hostiles por la otra parte.

Id saliendo, buenas gentes -les tranquilizó Deornoth-. Seguid el camino hacia el Norte. Los jinetes os escoltaran.

Percival desmontó de su caballo mirando a los arqueros que les apuntaban. Se acercó a los esclavos liberados con los brazos abiertos.

Tranquilos, hermanos, ¡ya pasó el infierno! Hemos venido a liberaros. Seguid avanzando hasta girar por el camino y esperadnos allí, apartaos del peligro. Una vez nos aseguremos de que estos perros abandonan Durham os acompañaremos hasta Lindar, Nueva Alasia o hasta donde sea necesario.

Holgrym -preguntó Deornoth-, ¿podrías enviar un par de tus jinetes a acompañar a los liberados? Que no les pase nada.

El capitán de los jinetes asintió, y dio la orden.

Los ex-esclavos iban alternando entre darles las gracias y asegurar que no falta ninguno de ellos. Mientras, ni los Sarathan ni los kanthianos se quitaban los ojos de encima, sin fiarse de que el otro bando no fuera a lanzar un ataque sorpresa. Percival se situó entre la puerta y los jinetes, y gritó:

Bien, los esclavos han salido… ¡ahora los esclavistas!

¡Kanthianos! -añadió Beren, viendo al último esclavo girar el recodo acompañados de un grupo de jinetes-. ¡Abandonad Alasia! Recordad que si volvéis se acabará nuestro acuerdo.

Pero Brenna llevaba todo ese rato con el arco tensado y apuntando al líder kanthiano. Parecía morirse de ganas de dejar volar la flecha. El joven Sarathan la vio, y se acercó a ella.

Brenna, hemos hecho un trato. No somos como ellos. No puedo imaginar por lo que habéis pasado pero algo nos tiene que hacer diferentes a ellos… Pero mantén el arco alzado, da miedo. Y sonríeles.

La chica mantuvo los dientes apretados con fuerza y el odio en la mirada… pero asintió mientras mascullaba: 

No merecen vivir…

No lo harán. Morirán como todos nosotros, pero ellos lo harán solos y sin nadie que les llore.

Deornoth suplicó:

Brenna, por favor, que no se te lleven con ellos… Quédate.

Tras unos segundos de debate interior, la expresión de la chica se relajó ligeramente. 

Tenéis razón. Los dioses les darán lo que merecen, en esta vida o en la siguiente.

Con eso, la comitiva kanthiana se puso en marcha. Las palabras de Deornoth también se las había dirigido a sí mismo. Había estado pensando mucho en la naturaleza del alma humana, en el bien, el mal y la redención. Pero las palabras que tenía para Lord Athuramn se le encallaron en la garganta al recordar el cuerpo mutilado sobre aquel altar profano.

¿Estás bien, Deornoth? -se interesó Beren.

Lo estaré…

Con los jinetes abriendo y cerrando la marcha, los soldados de a pie flanqueando los carromatos-jaula ahora vacíos, y bien protegidos, salieron por fin los tres lores-mercaderes, altivos sobre sus corceles. Al pasar junto a ellos, Lord Athuramn detuvo un momento su montura junto a Deornoth, y dijo:

Esto no es una amenaza, es una advertencia. Si la fortuna lo quiere, mis ojos nunca volverán a ver este lugar. Está condenado de todas formas. Pero habéis robado al propio Koran Kharr. Rezad a vuestros dioses, alasianos, y que ellos tengan piedad, porque el Tirano no la tendrá.

El invierno os dará un respiro. Nadie en su sano juicio desplaza tropas en temporada de nieves. Pero cuando llegue el deshielo, Alasia volverá a saber de Tiphris.

Holgrym se adelantó sobre su caballo y desenfundó su espada.

Y Alasia no luchará sola.

Y a sus palabras, el Raed entero desenfundó y alzó sus espadas al sol naciente.

Beren sintió que se henchía de orgullo ante el valor y la lealtad de su gente y levantó también su espada, y sus dos compañeros le imitaron. 

Los kanthianos en un silencio hosco desfilaron ante el raed y sus espadas en vilo. Cuando el capitán de la guardia pasó ante Deornoth, este le llamó.

¡Capitán! Se me ha llamado santurrón, y lo que os voy a decir puede que os refuerce esa idea… Pero tengo fe en que con el tiempo reconoceréis el valor de estas tierras, de sus gentes y de la moral que impera aquí. Esta es tierra de hombres libres. Para el emprendedor que se adapte, que esté a la altura de ellas… Todo es posible. Recordad estas palabras. Aquí ningún hombre tiene dueño.

El capitán no hizo ningún gesto visible, pero sus ojos miraron a Deornoth de reojo mientras avanzaba en formación. La caravana se alejó hacia el sur, apartándose de Durham, y cruzó la planície que se disolvía lentamente en las llanuras de Kanth. 

Apenas podían creerse lo que habían logrado… con el menor derramamiento de sangre posible.

Mientras hacían los preparativos para escoltar a los esclavos liberados hasta la seguridad de Nueva Alasia, Holgrym se acercó sobre su corcel.

Os escoltaremos hasta allí. Mover a esta gente y darle de comer llevará muchos días. Después nos pondremos en marcha, o no llegaremos a tiempo a la Asamblea de Clanes, y todo esto no habrá servido para nada.

Parece que hay problemas en tu hogar. ¿Irás con ellos, Beren? 

Todos lo haréis -dijo Holgrym-. Al menos si queréis una oportunidad de evitar que se alce un nuevo Ulthar que no os gustará en absoluto.

[Aquí los jugadores fliparon en colores, y eso que ya estaban de subidón épico con lo recién vivido. Una de las normas principales de la campaña es que tiene lugar por completo dentro de los límites de Alasia, y en condiciones normales, los personajes que abandonan la región se consideran retirados. Pero, por supuesto, el máster es quien decide qué son “condiciones normales”. Fue un momentazo.]

Yo iré -afirmó Beren-. Mi familia, mi clan, dependen de ello.

Cuan lejos estoy de mi tierra -pensó Deornoth-, y cuan lejos aún me llevarán tus designios, Señor. Cual flecha al cielo me lanzas… ¡Hazme certero!

Puedes contar conmigo, amigo -dijo, con la mano en el pomo de la espada. Percival asintió también, con la emoción por conocer tierras lejanas y gentes exóticas visible en los azules ojos.

Holgrym les miró, ceñudo. 

Que os quede claro. Es posible que lo paguéis con la vida. Esto va contra las normas más sagradas. Jamás antes un Morador de las Piedras ha estado presente en una Asamblea de los Clanes. Probablemente tengáis que ganaros el derecho a sangre y fuego. Pero los Clanes y sus Espíritus deben oír vuestra voz. De lo contrario, me temo que mi bravata ante los kanthianos no será la verdad.

Yo responderé por ellos -dijo Beren.

Conoces las leyes, hijo de Fremthur. No se puede retar a un Thane hasta que haya pasado un año y un día de su ascenso. No se puede… salvo en la Asamblea de los Clanes. ¿Estás dispuesto a luchar y a morir por tu Clan? ¿Retarás a Anferth el Traidor?

No dejaré que Anferth se adueñe de mi clan.

Holgrym le estrechó el antebrazo, satisfecho.

Anferth solo es el perro de Uthric. Él es quien debe daros miedo. Si se alza como Ulthar, la tierra temblará con el tronar de los caballos de los Sarathan

Antes preferiría morir defendiendo nuestro honor a que el nombre de los Sarathan se quede a  la altura del de los darkon! Primero Anferth, amigo. Después Uthric.

Y se dirigió a sus dos camaradas de peripecias. 

Gracias, Percy. Y también a vos, Lord Deornoth. Será un honor responder por vosotros en la gran Asamblea.

¡Lord! -Deornoth estalló en carcajadas-. Ealdorman, hombre libre… sin duda. Y escudero de la Orden de la Espina. ¿Pero Lord? No.

¿Entonces como debería dirigirme a tí?

¿No te gusta Deornoth?

Beren sonrió.

Sí, me gusta.

¿Habéis acabado de palmearos las espaldas? -replicó Percival con una sonrisa irónica.

Brenna también se rió ante la conversación.

Los títulos no son más que palabras, no tienen más valor que una flecha disparada contra el viento. Lo que cuenta son las cosas que hacemos. Y lo que habéis hecho hoy aquí… Muchos son los que no lo olvidaran. Ah, y por cierto, yo también voy. No me perdería esa Asamblea por nada del mundo. Al fin y al cabo, les he cogido cariño a estos testarudos hijos de yegua.

Bueno, pues tenemos un plan, ¿no? -dijo Percival-. Registramos Durham, acompañamos a los liberados a Nueva Alasia, le contamos lo sucedido a “mi tío” el Barón y salimos hacia Pal Sarath en misión suicida. ¡Me encanta! Pero tengo una condición… ¡En Nueva Alasia os quedáis en mi casa! ¡Mi madre hace unos estofados increíbles!

Holgrym les miró. Aquellos moradores de las piedras tenían más coraje del que les había atribuído. 

Sea entonces. Llevar a Thremur con su padre privará a Unther de su mayor aliado, y si derrocáis a Anferth, perderá al segundo. Quizá entonces haya una oportunidad. Vosotros haced lo que debáis. Pero Holgrym del Lobo Rojo morirá antes que dejar que el honor de los Sarathan se vea arrastrado por el fango. ¡Los Sarathan cumplirán el Viejo Juramento, o se dispersarán a los cuatro vientos! ¡Venid, pues! ¡Venid, nuevos jinetes del Raed! ¡Cabalguemos! ¡Cabalguemos!

Y los cascos de los caballos Sarathan retumbaron como un trueno a través de las Tierras Reclamadas. 

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