Crónicas de Alasia, Libro 2: (LIV) La Muerte Negra

LOS PORTADORES DEL AMULETO

Sir Alister Norff, Caballero Protector del Reino Perdido

Adavia Morthelius, hechicera e Iniciada Dra’gashi

Shahin ibn Shamal, Magus Sûlita heredero del Viento

Ealgar Caul, Escudero de Sir Alister de la sangre del León

Ponto Overhill, Bardo Mediano

Namat, Sacerdote de Valkar, Padre de la Batalla

Escudo 20

Cuando los Portadores cabalgaron de nuevo, lo hicieron hacia el sur una vez más. No iban al Portal de los Lamentos para proseguir con su misión. Iban a matar a un dragón.

Al-Azhred había recibido la Llama Helada con entusiasmo, apenas disimulando el brillo de ambición que se asomaba a sus ojos. Fiel a su palabra, el alquimista estuvo unos días experimentando con la Llama, usándola como agente catalizador para crear nuevas y potentes fórmulas. Cuando les entregó la recompensa prometida, les dijo que la Llama era mucho más potente de lo que había calculado inicialmente, y les entregó cuatro viales en lugar de los dos prometidos. Ponto y Sir Alister se bebieron el contenido de dos de ellos, y al instante el velo oscuro que recubría sus ojos y les impedía la visión se disolvió por sí solo. 

Por fin la compañía había recuperado la plenitud de sus facultades, y estaba en posición de reemprender la búsqueda de la Gema Negra. Pero durante aquellos días de merecido descanso, una idea distinta empezó a filtrarse en sus mentes. Había un dragón bajo el Reposo de Vonkar. Y un dragón significaba grandes tesoros. Si acababan con la sierpe, quizá recuperaran algo del honor perdido por sus últimas decisiones, y de paso quizá se harían con un gran botín de oro y magia. El grupo acababa de superar pruebas terribles, y habían salido airosos incluso con las circunstancias en su contra. Un dragón joven no sería rival para ellos. [Dulces niños de verano…]

Adà fue la primera que propuso convertirse en matadragones. Su primera intención había sido muy distinta. Había transcurrido el tiempo suficiente desde los días de pasión que había pasado junto al sátiro Paenadron, y notaba suficientes cambios en su propio cuerpo para intuir que una vida crecía en sus entrañas. No había dicho nada a sus compañeros, pero había comentado a Sir Alister y Shahin que necesitaba visitar las Fuentes del Aguasverdes una vez más. Si el tiempo en el interior de los dominios de Paenadron transcurría a la misma velocidad que en su anterior visita, sería el lugar más seguro para dar a luz. Y no podía permitir que su embarazo la apartara durante meses de la misión. El reino embrujado del sátiro le permitiría vivir la gestación y la crianza de su hijo mientras en el exterior transcurrían tan solo unos pocos días. Pero no sabía cual sería la reacción del padre faérico de la criatura, ni si podía contar con que el paso del tiempo en su reino siguiera siempre un mismo patrón. Todo lo que rodeaba a las hadas era demasiado misterioso, demasiado imprevisible.

[El tema del embarazo de Adà fue consensuado con el jugador. Le comenté que era lo más probable que ocurriera dentro de la lógica de la ficción, pero que si no le parecía bien ese desarrollo y no quería arriesgarse a tener que dejar aparcado el personaje durante meses de juego, no se lo iba a imponer. El jugador dijo que adelante con las consecuencias que fuera, que le parecía un giro interesante. Es algo que también explica que Adà esté adoptando medidas cada vez más drásticas… ya no lucha solo por su propia vida.]

Sin embargo, saber del dragón en las cuevas era demasiado tentador, y todos esos planes quedaron pospuestos ante la posibilidad de tesoro y gloria. Ninguno de sus compañeros se opuso a la idea. Matar a un dragón era de lo que estaban hechas las leyendas. Y así, los Portadores se encaminaron de nuevo hacia el Salón de los Antiguos, olvidada una vez más su misión de destruir el Amuleto de Kishad. Y el Amuleto, desde el interior del fardo en que iba envuelto, se regocijaba.

[Entre sesiones, en nuestro grupo de Telegram, les pregunté en tres ocasiones distintas si estaban seguros de tomar aquel curso de acción. Las respuestas fueron siempre un enfático y entusiasta sí. Puede que las palabras exactas fueran ¡PX y tesoros por un tubo!]

Los Portadores se adentraron de nuevo en las ruinas y descendieron hasta las cuevas de los rátidos. Los ratones bípedos les dieron la bienvenida de nuevo, suspicaces pero aún amistosos, y les vieron marchar hacia los túneles orientales, de los que les habían dicho que se alejaran. Uno a uno, los aventureros se adentraron por el estrecho túnel que suponían que conducía a la guarida del dragón.

Por la descripción que los rátidos les habían dado, y por los sonidos siseantes y gorgoteantes que habían oído en su anterior periplo, habían supuesto que debía tratarse de un dragón negro. Como bardo, Ponto sabía lo bastante de ellos como para conocer leyendas sobre el veneno corrosivo que escupen tales criaturas, y en Nueva Alasia se habían hecho con pergaminos de protección, y al acercarse al lugar los leyeron y aplicaron sus efectos, escudándose contra los efectos del ácido. Pero esa fue la única precaución que tomaron. No se molestaron en intentar avanzar sigilosamente, ni en enviar exploradores en avanzadilla. Shahin proyectó sus luces danzantes hacia delante para ver mejor en la distancia, pero anunciando también su presencia con gran antelación. 

Estaban avanzando por el recto túnel, justo lo bastante ancho para desfilar en fila de a dos, cuando dos puntos amarillos se hicieron visibles en la oscuridad. Los ojos de pupila vertical, que parecían flotar en un abismo de negrura, se tornaron rojizos por un momento al reflejar las luces danzantes del magus. Entonces, unas fauces draconianas con colmillos largos como dagas se abrieron de par en par, y el dragón negro exhaló con fuerza. 

El túnel se llenó de ácido. Un chorro tan largo como el propio túnel se proyectó hacia delante antes de que pudieran siquiera pestañear. Por fortuna, el torrente de líquido corrosivo no era lo bastante ancho para darles a todos, así que los que avanzaban por la izquierda se libraron. A sus compañeros les fue bastante peor. El conjuro de protección no bastó ni por asomo para protegerles de la ponzoña del dragón, aunque sí palió en parte sus efectos. Lo que fue providencial, ya que de lo contrario no habrían sobrevivido. Y aún así…

Sir Alister logró interponer su escudo y librarse de lo peor del ataque. Adà se pegó a la pared todo lo que pudo, pero aulló cuando su brazo y pierna izquierdos quedaron bañados en el ácido, y se sintió al borde de perder la consciencia. Y Namat, que no había logrado reaccionar, quedó tendido en el suelo entre un charco del vil y burbujeante líquido, con los ropajes y la mitad de la piel del cuerpo hirviendo en pústulas a medida que su carne se derretía rápidamente.

[Cuando los jugadores vieron la montaña de d6 que tiré para el daño, los ojos se abrieron y las mandíbulas se desencajaron. No era la cría que habían esperado, ni de lejos. Además, el dragón les había oído acercarse desde muy lejos, y era sigiloso como un gato. Les pilló por sorpresa absolutamente a todos, y en un lugar idóneo para soltarles su aliento. La cosa empezó de la peor forma posible para los Portadores.]

La acción se precipitó, frenética y furiosa. Todo ocurrió en menos de un minuto. 

Con un valor impresionante, Ealgar reaccionó corriendo para ponerse en vanguardia, escudo alzado en una posición defensiva para proteger a sus compañeros heridos. 

¡Hay que retirarse! -gritó Sir Alister-. ¡Luchar contra esa bestia es un suicidio!

Ealgar asintió, sabiéndolo perfectamente. Mientras Ponto entonaba un cántico élfico que tenía el poder de curar para impedir que Namat muriera disuelto en ácido, Adà apretó los dientes. Ella había propuesto aquella aventura. Confiando en sus poderes, señaló al dragón con un dedo y pronunció la maldición que le dejaría ciego permanentemente.

[Tira salvación, me dijo el jugador. Tira por tu nivel de lanzador, le dije yo. Ahí acabaron de asumir la gravedad de su error. Sabían lo que significaba. El dragón era lo bastante adulto como para tener resistencia a la magia.]

El dragón ni siquiera sintió un cosquilleo ante la magia de Adà. Astuto, Shahin formuló otro conjuro, uno que conjuraba una nube de partículas rutilantes sobre el objetivo. También tenía efectos cegadores, aunque solo duraría unos segundos. Si funcionaba, les daría quizá el tiempo justo para escapar antes de ser masacrados. Y lo mejor era que la magia lo único que hacía era conjurar materia, con lo que la protección innata del dragón no le ayudaría a resistir sus efectos. Era como conjurar una roca sobre su cabeza… una vez invocada, la roca era un pedrusco normal y corriente, y se comportaba como tal. 

La táctica funcionó, y el dragón sacudió la cabeza al quedar deslumbrado por el polvo centelleante. Pero no contaban con los aguzados sentidos de un dragón. Como si la ceguera no le molestara apenas, la bestia negra rugió atronadoramente y saltó en el aire con las alas desplegadas, cargando directo hacia Ealgar. El escudero rechazó a duras penas las fauces del dragón con su escudo, con el brazo entumecido por el impacto. 

La visión de la bestia exhibiendo todo su poder físico fue sencilla y abrumadoramente aterradora. Los compañeros sintieron que el coraje les abandonaba y prescindiendo de toda dignidad o prudencia, echaron a correr como alma que lleva el diablo. Ealgar y Namat tuvieron mayor presencia de ánimo, y Adà se negó a dejar que el miedo le robara la racionalidad, aunque no por ello dejó de correr. 

[Los peores desastres que ha vivido este grupo han sido por fallar tiradas de salvación contra efectos de miedo y pánico.]

Namat a duras penas había logrado ponerse en pie gracias a la magia de Ponto. Estaba apenas vivo, aún con graves quemaduras de ácido, pero seguía siendo un clérigo de Valkar, Padre de la Batalla. Vio a sus compañeros retirándose ignominiosamente para salvar la vida. Vio a Ealgar intentar alejarse del dragón mientras este le cosía a dentelladas, zarpazos y coletazos. Recordó sentir con vergüenza la desaprobación de Valkar ante los últimos actos del grupo con el que viajaba. Y supo que no iba a salir con vida de allí. No había manera que dejaran atrás a la bestia. Y él menos que nadie. Les daría caza uno a uno y acabaría con todos. Y su irresponsabilidad dejaría un poderoso artefacto del mal en manos de un dragón negro. 

Si iba a morir, lo haría con honor, como un verdadero hijo de Valkar. Cogió su lanza del suelo, le gritó a Ealgar que corriera, y cargó con el dragón con un grito de guerra, exhortando al Padre de la Batalla para que le diera fuerzas una última vez. Su lanza se estrelló contra las escamas del pecho de la bestia, inútil como una pequeña aguja.  El dragón, que acababa de recuperar la visión, se detuvo un momento, saboreando el momento, como un gato que juega con un ratón antes de devorarlo. Se alzó sobre sus patas traseras, dibujó algo parecido a una sonrisa repleta de colmillos, y se abalanzó sobre Namat.

Mientras Ealgar corría en pos de sus enloquecidos compañeros, escuchó el eco del sonido del metal de la armadura crujiendo y partiéndose, el chasquido de los huesos quebrándose, el sonido de carne desgarrada brutalmente, y un grito agónico:

¡VALKAAAAAAAAAAAAAR!

Y luego el silencio. No dejó de correr hasta alcanzar a sus compañeros, que a duras penas habían logrado no dispersarse corriendo a lo loco por los túneles, lo que haría que se perdieran en zonas aún inexploradas. No dejaron de correr hasta llegar al exterior, a la luz del sol, que seguía brillando impasible. Uno de los Portadores jamás volvería a salir de aquel lugar. El dragón no había sufrido ni un rasguño.

No había palabras apropiadas. El silencio se hizo entre los compañeros mientras descendían la abrupta colina hasta el lugar donde habían dejado sus monturas. No eran capaces de asumir la magnitud de su error, la arrogancia y el exceso de confianza que le había costado la vida a uno de ellos. Al extraño y belicoso sacerdote que se había sacrificado para permitir al resto escapar, y para poder unirse a su dios con la cabeza bien alta. Había redimido su deshonra, pagándola con su vida. 

En un silencio absoluto, los Portadores empezaron a buscar piedras y apilarlas, formando un túmulo carente de cuerpo.  Namat había muerto con el nombre de su dios en los labios, y allí, ante aquella tosca tumba, a los pies del Reposo de Vonkar, los Portadores dieron el último adiós a su camarada entonando las palabras de la Plegaria del Guerrero:

Padre de la Batalla, escucha a tu guerrero

Dame conquista al nacer el sol

Oigo tu llamada con sangre y llamas en mano

¡Gloria y espadas rotas!

¡Señor de la Guerra, te invoco!

Mi acero canta tu canción

Busco una vida de fuerza y valor

Libre del temor que atenaza al cobarde

¡Sus cadenas romperé

con un poderoso salve!

Fiero es mi filo y fuerte es mi brazo

¡Me río de mi destino!

He nacido para morir en batalla

¡Cúbreme de muerte si fracaso!

¡Gloria! ¡Furia! ¡Poder!

¡Valkar! ¡Valkar! ¡Valkar!

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