Crónicas de Alasia, Libro 2: (LII) La Caja de los Dragones

LOS GUARDIANES DEL NORTE

Thaena Sveinsdóttir, guerrera y exploradora korrwyf con sangre de gigantes

Qain’naan, monje enoquiano seguidor de la senda del Fantasma Hambriento

Petrus Cornelius Faust, alquimista andmar recién llegado a Alasia

Assata Silil, conjuradora kushita acompañada de su eidolon panteriforme Shakar

IFray Dervan Oban, clérigo itinerante y bonachón de Uriel

Escudo 11

Thaena y Qain esquivaron los cascotes de piedra que cayeron del techo por un estrecho margen. Las escaleras que subían al primer piso del torreón de Grimhold no eran muy estables, y una parte del techo se había desprendido mientras ascendían. Por fortuna, había sido una sección pequeña, insuficiente para bloquear el paso. Los Guardianes siguieron adelante, por tanto, y llegaron a un rellano doble. Una recia puerta de madera revestida de hierro se abría al norte, mientras que en el segundo rellano se veían unas segundas escaleras que seguían subiendo hacia lo alto. 

Pegando el oído a la puerta, Qain escuchó movimientos leves al otro lado. La puerta estaba cerrada con llave. Poniéndose todo el grupo en guardia, Thaena pegó una patada a la puerta y esta se abrió de golpe, revelando el contenido de la habitación al otro lado. Se trataba de un aposento que mucho tiempo atrás debió ser lujoso, pero ahora estaba polvoriento y desordenado, con el mobiliario destruido o medio podrido. Una mujer humana de mediana edad se encontraba en mitad del cuarto, de pie y con una pata de silla enarbolada a modo de arma. Era alta y fibrosa, de pelo negro corto como un hombre y una cicatriz en la cara. Iba vestida con los restos de un jubón de cuero en el que aún se distinguía el blasón de un águila negra con las alas desplegadas. 

¡Tranquila! -gritó Fray Dervan antes de que la cosa pasara a mayores-. ¡No queremos hacerte daño!

La mujer les miró sorprendida. Claramente, no eran lo que había esperado ver entrar. 

Ella respondió con una pregunta.

¿Os envía la compañía? Se han tomado su tiempo.

Perteneces al Águila Negra, supongo -dijo Petrus-. No, no nos envía nadie. Pero ahora ya eres libre.

La mujer afirmó con la cabeza, con un alivio que no le hizo perder la dureza de su expresión.

Soy Aleth, del Águila Negra. Esos feos bastardos de gorra roja emboscaron a mi patrulla. Al resto les masacraron y empaparon sus gorras en su sangre. A mí me trajeron aquí, como trofeo para su líder, Grim Borach. Es el lugarteniente de la Abuela Gris, la bruja del torreón. 

Nos han hablado de ella -dijo Qain, mirando a los kenkus de reojo. Los hombres-pájaro aún parecían aterrados por lo que estaban haciendo.

¡No lo entendéis! ¡Tenemos que irnos ahora mismo! ¡Ella sale al anochecer! 

Eso no es una opción -dijo Thaena-. Los gorras rojas nos esperan abajo. Hemos atrancado la puerta, pero no sé cuanto van a tardar en derribarla. 

¿Qué puedes contarnos de la Abuela Gris? -dijo Qain, pragmático.

Es una bruja enorme y fea como un pecado, y todos la temen, incluso Grim Borach. He oído a esas cosas decir que ella desea algo que hay más arriba, un objeto mágico creo. Pero por alguna razón creo que no puede hacerse con él. Creo que planea usarme para intentarlo. 

¿Estás en condiciones de luchar? -le preguntó Qain alargándole una espada larga. Aleth la aceptó con gusto.

Mientras me dejéis usarla para cortarle las pelotas a Borach, contad conmigo.

Con una agregada más en el grupo, se pusieron de nuevo en marcha, pues no había tiempo que perder. En cualquier momento, la puerta del subsuelo se abriría, vomitando las hordas de la Abuela Gris. Su única esperanza era hacerse con aquel objeto que tanto ansiaba la bruja. Como mínimo les daría una baza con la que negociar. 

El aposento tenía una puerta trasera que daba a lo que había sido claramente el laboratorio de un mago. Ahora parecía un trastero desordenado en el que se amontonaban sin orden ni concierto todo tipo de trastos, cacharros y cosas de lo más extrañas. Entonces cayeron en la cuenta que probablemente tanto el aposento como el laboratorio antaño pertenecieran a Magius. Lo registraron todo lo a fondo que pudieron teniendo en cuenta las circunstancias, y hallaron varias cosas interesantes. 

La primera fue un antiguo grabado en plata. Un caballero de porte noble y yelmo alado estaba haciendo sonar un cuerno bajo la luz de la luna llena, y las runas del cuerno parecían emitir un brillo propio. No cabía duda: se trataba del Cuerno de Brân. En el dorso de la placa había una inscripción en un común bastante arcaico: “El dragón cazador jamás pierde de vista a su presa.”

Rebuscando un poco más, encontraron varias curiosidades mágicas: un par de dados que arrojaban el resultado deseado si se lo susurrabas antes de lanzarlos, una llave que cambiaba de forma para adaptarse a cualquier cerradura, un pergamino que al abrirlo resultó ser la boca de un espacio de contención mágica y un brasero que emitía calor por sí solo, en el que había tres pequeños huevos que Assata identificó como de pseudodragón. Pero por emocionantes que fueran esos hallazgos, no podían permitirse seguir rebuscando entre las antiguas pertenencias de Magius. Había que seguir subiendo.

Pero las escaleras que subían al segundo piso de la torre estaban bloqueadas por un zarzal tan denso y abigarrado que no podía ser de origen natural. Y cuando se acercaron para sajarlo y abrir paso, descubrieron que en su interior parecían habitar un número casi infinito de pequeñas zarzas de aspecto vagamente humanoide, que se lanzaron contra ellos como un enjambre de espinas y pinchos. Hasta que a fuego y espada no destruyeron por completo el zarzal, las criaturas no dejaron de salir de ella. 

Cubiertos de arañazos, por fin lograron ascender, y llegaron a una sala de unos sesenta pies de diametro y de techo muy alto. En el centro, dominando el espacio, se hallaba la estatua de un caballero sartiano, el mismo que había aparecido en el grabado, con las manos en posición de estar esperando recibir algo. A los pies de la estatua había una antigua placa que rezaba, en dialecto sartiano: “Entregadme la más poderosa de las armas, aquella que los reyes ambicionan, que lleva a los guerreros a la ruina y que pone fin a todas las batallas”. En distintos lugares de la sala había expuestas distintas armas de aspecto antiguo y exótico, con una placa que indicaba su nombre: un martillo de guerra llamado Portador de Muerte, un espadón llamado Rompedora de Juramentos, una alabarda llamada Sofocadora de Clemencias, el mazo Daño de Gigantes, la lanza Azogue, el tridente Poder Implacable, el cayado Sol de Medianoche, la espada Pacificadora, el mayal Matarreyes y el arco Hacedor de Viudas. 

Tras debatirlo unos instantes, todos estuvieron de acuerdo. Thaena descolgó la Pacificadora, una espada larga oxidada y mellada, y la colocó en las manos del caballero. La paz era la única respuesta posible al acertijo. Supieron que habían acertado cuando la estatua se movió con el sonido de engranajes internos, colocó la espada con la punta hacia abajo, y la hundió en el suelo, en una ranura que había dispuesta a tal efecto. Eso hizo que el suelo frente a la estatua empezara a temblar cuando una plataforma circular se elevó de él. Sobre ella se hallaba una caja bellamente ornamentada con motivos dracónicos. Toda la plataforma circular estaba protegida por un círculo de runas azuladas que giraban lentamente por sí solas. 

Assata y Petrus analizaron las runas y el aura mágica que emitían, y llegaron a la conclusión de que se trataba de un hechizo enormemente poderoso, una prohibición mágica que solo dejaría pasar a aquellos que siguieran los ideales y códigos éticos de su lanzador. Cualquier otro se arriesgaba a ser destruido de manera atroz. Esa salvaguarda debía ser la única razón por la que la Abuela Gris no había podido hacerse con el contenido de la caja.

Antes de que nadie pudiera decir o hacer nada, Thaena dio un paso al frente y cruzó el círculo que formaban las runas. Nada ocurrió. Ningún conjuro destruyó su cuerpo ni azotó su alma. Había corrido un riesgo enorme, basándose únicamente en lo que creía saber de los antiguos sartianos, y fuera por suerte o por lo acertado de su suposición, había funcionado. 

[Thaena había cambiado su alineamiento Legal Bueno justo al final de la “aventura” anterior en Crawford Manor… un cambio que resultó providencial a posteriori, como se puede ver aquí. De lo contrario, habría sufrido 20d6 puntos de daño sin salvación. ¡Ouch!]

La guerrera korrwyf pudo examinar la caja con mayor detalle. Era una caja ornamentada con adornos de oro, de medio metro de largo, veinte centímetros de ancho y veinte de profundo. Estaba bellamente grabada por todas sus superfícies. La tapa presentaba la imagen de un dragón de dos cabezas que rugía hacia cada lado, con pequeños diamantes por ojos. Los laterales y la parte de atrás presentaban un intrincado patrón de escamas que parecía casi ondular al mover la caja. El frontal mostraba a una hilera de hombres con espadas y escudos enfrentados a las cabezas de cinco dragones. Las bisagras de la parte de atrás tenían la forma de garras cuyos extremos se fundían con el patrón escamoso. Las cabezas de los dragones en el frontal parecían ser los cinco cierres.

La caja tenía cinco patas, una en cada esquina y una en el centro del fondo sin decoraciones. Cada pata era la efigie de un dragón en un metal distinto, alzado sobre sus patas traseras con las alas y las patas delanteras levantadas para soportar el peso de la caja. Una diminuta inscripción tallada se podía leer en los bordes de las alas de cada dragón. 

En la esquina trasera izquierda había un dragón de latón, cuyas alas mostraban la frase: “Me da caza un dragón que no pertenece al Agua”. 

En la esquina trasera derecha estaba el de bronce: “Para buscar a mi presa debo volar a un destino gélido”.

En la esquina delantera derecha estaba el de cobre: “Cuando llega mi cazador, yo no despierto”.

El dragón de plata estaba en la esquina delantera izquierda: “Mi presa habita en las cumbres elevadas”.

Finalmente, en el centro estaba el dragón dorado, ligeramente más ancho que los otros: “Nadie se atreve a buscar el oro, pero yo puedo dar caza a cualquiera que no comparta mi hogar”.

Aquello debía ser una especie de clave, una combinación que abriría los cinco cierres. Y probablemente, introducir la combinación incorrecta tendría algún efecto poco agradable. Los Guardianes empezaron a debatir sobre el significado de las inscripciones. Claramente, aquello tenía alguna relación con la inscripción del grabado: “El dragón cazador jamás pierde de vista a su presa.” Thaena probó a mover una de las patas-dragón, y comprobó que estaban diseñadas para girar sobre sí mismas. Podían ponerse mirando a los demás dragones. 

Assata y Petrus se devanaron los sesos, intentando recordar todo lo que sabían acerca de los dragones. Se decía que los dragones metálicos eran más amables y bondadosos, pero eso no les ayudaba en nada, así que intentaron recordar más sobre sus costumbres, sus armas de aliento, sus hábitats. 

Tan enfrascados estaban pensando en ello que no escucharon el sonido de garras hundiéndose en la piedra hasta que casi fue demasiado tarde. De la oscuridad del alto techo, algo descendió trepando por la pared. Una gárgola de piedra viviente reptaba por los muros, clavando garras de dedos y pies en la piedra para aferrarse a ella. Cuando la oyeron y levantaron la mirada, la criatura demoníaca ya había descendido lo suficiente como para desplegar sus alas y abalanzarse sobre ellos con una ferocidad demencial.

Los kenku graznaron despavoridos y Qain se llevó la carga voladora del monstruo. Aleth corrió en su auxilio, pero su espada no hacía nada contra la piel dura como la piedra del ser. Soltando la caja-dragón, Thaena salió del círculo mágico empuñando el martillo mágico de Angrim casi a la vez que Assata enviaba a Shakar a atacar a la gárgola. 

Y en pleno combate, incluso en el fragor intenso, de repente un sonido les heló la sangre. El sonido, profundo y lejano, de piedra rechinando contra piedra lentamente, el sonido de una pesada tapa petrea deslizándose y abriéndose despacio pero inexorablemente. A través de los ventanucos pudieron ver que se había hecho de noche por fin, la primera noche de luna llena del mes del Escudo. 

La Abuela Gris venía a por ellos. 

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