Crónicas de Alasia, Libro 2: (L) Planes de Batalla

LOS JINETES DE MEDIODÍA

Deornoth, joven paladín sarel, atrapado entre la senda del arco y de la espada

Percival Whitesword, arrojado e impulsivo espadachín alasiano

Beren, jinete Sarathan de las llanuras, hijo menor de un Thane

Escudo 12

Las palabras del jefe Sarathan cayeron a plomo sobre los tres compañeros. Hasta entonces, los alasianos habían considerado a los Sarathan como aliados, aunque fuera de forma tácita. Por lo menos, no eran enemigos. Pero lo que presagiaba el rubio jinete era una pesadilla. 

Por eso nuestra misión aquí es de importancia también para vosotros -prosiguió Holgrym-. Uno de los cautivos que los kanthianos apresaron a su paso por las praderas es Thremur, hijo de Vildalix, Thane de la Serpiente de Agua. Su rabia le ha hecho ponerse de parte de Uthric. La Serpiente es sabia, y muy respetada por los clanes. Si le devolvemos a su hijo, quizá baste para impedir que Uthric se vea ungido.

Brenna soltó un bufido exasperado antes de hablar.

¡Pues tenemos un problema! Porque si atacamos Durham como búfalos en celo, quienes van a traer la guerra a estas tierras van a ser los kanthianos de Khoran Karr. ¡Y no lo pagará vuestro pueblo, sino el mío!

La joven se dirigió a Deornoth y Percival.

Cuando vi vuestros flacos traseros desde lo alto, pensé que me ayudaríais a meter algo de sentido común en estas cabezotas de potro, ¡pero veo que os ha faltado tiempo para uniros a su alegre plan!

Pero… me alegro de veros sanos y salvos. Pensé… pensé que no habríais sobrevivido a Durham. Si os hicieron la mitad que a mí, comprendo que estéis deseando una oportunidad de devolverles los golpes a esas ratas. Pero esto es un nido de estirges. Patearlo no puede acabar bien para nadie.

Cuando vieron que interrogándome y torturándome no iban a sacar nada, me cargaron en una de las caravanas hacia Tiphris. Estaba de camino hacia allí cuando una noche, una bandada de locos aullando como animales desde sus caballos atacó la caravana. Os sentáis a su lado. Ellos buscaban al chico, Thremur. Darben les encontró, rastreó la caravana y les guió hasta nosotros. Si no fuera por él, ahora estaría…

Darben cayó en el asalto. Pero su valor me liberó. Estoy en deuda con los sarathan de Holgrym, y odio a los kanthianos diez veces más que cualquiera de vosotros. Quiero verles erradicados de nuestras tierras y dejarles claro que más les vale no regresar. Pero hay que hacerlo bien. Hay que hacerlo bien. ¿Y vosotros? ¿Cómo es que seguís vivos y libres?

Ensombrecido, Deornoth se acercó a sus alforjas y sacó la espada corta que le había dejado el curtido montaraz.

Darben… El bueno de Darben, descanse en paz pues cumplió su última misión hasta el final. Como verás… También tenemos mucho que agradecerle…

Y le contó a la joven el relato de su huida de Durham y sus experiencias desde entonces.

Ahora ya no podré devolvérsela… Quizá habría querido que la tuvieras tú.

Brenna guardó la espada del montaraz caído, claramente conmovida.

Esto… significa mucho para mí. Gracias, Deornoth. 

[Nota: Buena parte de esta “aventura” se jugó online mediante un chat de Telegram. Por esa razón, las entradas correspondientes contienen mucho más diálogo de boca de los personajes de lo que es habitual, al haber quedado registrado por escrito. Y ya que el debate sobre el modo correcto de afrontar la situación fue la parte más importante, pienso que vale la pena reflejarlo.]

¿Alguien ha considerado la opción de infiltrarse? -preguntó Beren, claramente preocupado por las noticias que le habían llegado de su clan.

¿A qué te refieres? ¿A engañar? ¿Mentir? -para un paladín como Deornoth, aquellas palabras eran anatema-. No, amigo, no podemos. Si no ya por principios, porque esta incursión tiene que acabar con la liberación de los esclavos y la derrota y expulsión de los kanthianos. Salgamos victoriosos o no, como dice Brenna, las represalias caeran sobre el responsable mas probable… El Barón. Nuestro ardid se volvería contra nosotros. Hay que hacerlo de cara. Que se sepa que es justicia por el secuestro de la buena gente del Pal. Aunque yo solo puedo ser dueño de mis acciones, por supuesto. 

Beren respondió:

No lo habéis entendido, amigo. La liberación del chico es sumamente importante, demasiado como para jugársela en una incursión con el peligro de que pueda morir. Con todo el respeto, Deornoth, pero mi pueblo necesita a ese chico vivo así que si existe la posibilidad, debería contemplarse.

Su compañero se frotó el mentón.

Nuestra fuga, como os acabo de contar, fue posible por la providencial distracción creada por ese dragón… Y por el hábil posicionamiento estratégico de los arqueros de Lindar. Si por infiltración te refieres a eso… Puedo entender que sería oponer la pericia de sus vigías contra el silencio de nuestras pisadas. Otro tipo de combate… Por el bien de los cautivos.

Beren asintió, entendiendo que el sarel se estaba esforzando por encontrar un punto medio entre sus ideales y el bien común.

Si funciona -dijo Beren-, una vez liberado el hijo del Thane estoy abierto a otras sugerencias…

Si se toma ese curso de acción -prosiguió Deornoth-, creo que debe ser con el objetivo de liberar al máximo posible de cautivos. Abrir las jaulas, trabar o arruinar los portones para que no puedan cerrarse. Pero no me corresponde a mí tomar la decision.

Miró directamente a Holgrym.

Pero dudo que el hijo de un thane antepusiera su vida a la de otros de su pueblo.

¿Otros de su pueblo? No todos los esclavos son del Pal… -dijo Beren, buscando confirmación con la mirada-. Sin ánimo de ofender, Deornoth, pero lo principal es el chico. En cuanto al honor de este Raed, creo que puedo afirmar que no dudarán en liberar al resto también si es posible y pasar por la lanza a los kanthianos.

No puedo decir que en nuestra primera incursion no tuvieramos los mismos sentimientos respecto a lady Leaford… -asintió Deornoth-. Te entiendo, camarada.

Miró a su alrededor conciliadoramente y levantó las manos.

Veamos qué opciones tenemos… Rezo para que Gardron me muestre el camino.

Interiormente, veía las caras de las gentes con las que había compartido jaula… Las mismas que habían coreado sus palabras de desafio ante el tajo del verdugo y habían abucheado a sus captores pese a los látigos y la promesa de dolor.

No puedo fallaros otra vez -pensó.

Tras escucharles debatir, Holgrym dijo torvamente: 

El camino está trazado. No dejaremos ni a uno solo de esos cobardes con vida. Nadie quedará para contar lo que ocurrió. Arrasaremos su nido hasta que no quede piedra sobre piedra. Y después los esclavos serán libres de nuevo para hacer lo que deseen.

El problema son esos malditos muros -dijo Utvarth-, y los riscos. Mientras se escondan allí dentro, nuestros caballos no nos sirven.

Brenna dijo: 

Yo estoy con… ¿Beren? Creo que la astucia nos servirá mejor aquí.

Percival estaba extrañamente silencioso y pensativo para sus alocadas costumbres. Quizá estaba viendo un mundo muy distinto al que había conocido toda su vida en el interior de los muros de Nueva Alasia. 

Una bestia sale de su madriguera para cazar o cuando se la ahuma -apuntó Deornoth, recordando sus tiempos en la verde y brumosa Sarland-. Los soldados de Kanth son supersticiosos y temían la influencia de la Dama Verde… Aunque temían aún mas la ira de sus amos.

Si eso es cierto podemos usarlo en su contra…  -replicó Beren-. O hacerles creer que una fuerza mayor se acerca… Somos muchos y seguro que algo se podría hacer…

Deornoth negó con la cabeza.

Solo la certeza de la aniquilación total les haría abandonar Durham. Eso sí, una vez en campo abierto, los sarathan tendrían la ventaja. Por lo que respecta a los muros y riscos… ¿Sería suficiente con tomar el desfiladero y las puertas? ¿Para no acabar arrinconados?

Beren se frotó la barbilla. 

Podríamos observar turnos de guardia, cantidad, armamento… Vosotros qué habéis estado ahí dentro, ¿sabríais calcularlo?

Una opción -dijo Deornoth- sería neutralizar la atalaya y tomar la puerta, manteniendo la posición mientras el grueso del raed entra a sangre y fuego. En la atalaya había seis hombres si mal no recuerdo, tres infantes y tres arqueros. Quizá hayan aumentado la guarnición después de nuestro ataque.

Podría ser factible… -dijo Beren, pero no parecía muy convencido-. En el arte del sigilo no soy muy diestro… Quizás pudiéramos abrir las puertas sin que se enteren, como propones, pero me da miedo que los kanthianos apliquen una política de tierra quemada y maten a los esclavos antes de dejar que los liberemos. Y  deberíamos considerar que quizá sepan a quien tienen como prisionero…

Deornoth se debatía consigo mismo. Todas las ideas que se le ocurrían, lo que haría cualquier cazador sarel como su padre y su abuelo, implicaba algún tipo de argucia, de estratagema, de falsedad. Actuar con astucia y subterfugio. Le pareció escuchar la voz del viejo sacerdote en su cabeza:

La via fácil no es el camino del paladín. Es la senda recta y estrecha, y muy pocos pueden recorrerla sin caer. Tu paso debe ser firme y tu honor inquebrantable. Esa es la palabra de la Espada Justa. No hay vida sin honor. No hay honor sin verdad. No hay verdad sin el Código. Si pronuncias el Juramento, el Código deberá guiar todos tus pasos, desde ahora hasta el fin de tus días. Sin él, quizá serás un hombre valiente. Un guerrero honorable. ¡Pero no un Paladín de Gardron!

Estaba entre la espada y la pared, entre el fuego de dragón y las ascuas del averno. ¿Qué era más importante, ser fiel a su juramento y a sus ideales, o salvar a aquella pobre gente? Tenía que haber alguna manera de hacer ambas.

Oíd camaradas, especialmente tú, Brenna, que conoces al dedillo la zona. ¿Cual sería la viabilidad de un asedio? Las mismas defensas naturales de Durham tendrían que jugar a favor de una estrategia así. Cualquier caravana que quisiera entrar o salir de allí tendría que enfrentarse al raed. Y si nos convertimos en una molestia lo bastante grande tarde o temprano tendrán que salir y enfrentarnos a campo abierto… O rendirse.

Ella asintió.

Están muy bien protegidos dentro, pero eso mismo hace que el pueblo sea muy fácil de sitiar y dejar aislado. Pero para un asedio prolongado necesitaríamos líneas de suministros…

…y alguien que los proveyera -terminó Deornoth.

Entonces Holgrym intervino:

No es la costumbre de los hombres de las llanuras, pero podría funcionar. Creo que con la mitad del raed bastaría para impedir toda entrada y salida a ese nido de ratas. El resto podría cazar y forrajear para mantenernos. Pero no sé qué clase de jugarretas sucias podrían tramar las ratas ahí dentro si les damos tiempo. Habéis dicho que tienen hechiceros, ¿no? ¿Podrían avisar a sus señores del sur? ¿Podrían invocar refuerzos?

Nada sé de sus poderes más allá de lo que he contado… pero invocar refuerzos es algo que nosotros también podemos hacer. Hay en la baronía otros que atendieron la llamada del Barón… héroes capaces. Más que vuestro humilde servidor… ¿Cuantos de ellos no aborrecen las prácticas de los kanthianos y desearían liberar esta buena tierra de su lacra?

¿Respetarían la voluntad de vuestro Thane de buscar soluciones diplomáticas o estarían dispuestos a hacer lo que sea necesario?, preguntó el Sarathan.

Eso no puedo decirlo… pues no lo sé. Cada cual es dueño de sus acciones. Pero no tienen porqué ir en contra la voluntad de Stephan si éste recapacita, ¿verdad? Y los argumentos que tenemos son fuertes. Lo que para nosotros es un problema quizá para ellos tenga otra solución. No hay deshonor en seguir a alguien más capaz que uno mismo.

Nosotros no vamos a esperar al permiso de vuestro Thane -profirió Utvarth. 

Holgrym les miró. 

Creo que el arquero habla con sensatez. Esto es lo que haremos. El raed cercará la morada de piedra. Para eso necesitamos llegar hasta allí sin ser vistos. Brenna nos ha hablado de las dos atalayas que custodian el lugar. Debemos eliminar ambas a la vez. Una vez apostados, podremos acercarnos lo bastante para cercar el pueblo antes de que puedan reaccionar. Y mientras nosotros mantenemos a esas ratas en su madriguera, vosotros podéis visitar a vuestro Barón y traernos esos refuerzos de los que habláis. ¿Qué decis a eso, alasianos?

Deornoth cruzó la mirada con Brenna y sus compañeros, esperanzado…

Yo puedo llevar a un pequeño grupo hasta la atalaya sin ser vistos -dijo Brenna-. Ya lo hice una vez. Pero esta vez hay que estar más preparados para lo que vamos a encontrarnos allí. Después de nuestro último intento es posible que hayan reforzado la seguridad.

Yo podría llevar ese mensaje -propuso Beren-.

Si sabes empuñar una espada, te necesitaremos para tomar esa atalaya -respondió la mujer.

Holgrym asintió. 

Los primeros momentos del asalto serán cruciales para establecer el cerco. Si les damos oportunidad a salir, tendré la batalla que yo deseo, pero no la que deseáis vosotros. Puedo prescindir de dos hombres para ayudaros, no más. Utvarth y Udalthred irán con vosotros. Otro destacamento atacará la otra atalaya a la vez. Tomad ese puesto de vigilancia y nosotros rodearemos Durham. Después hablaremos del mensaje.

La posibilidad de más acción y menos debate activó a Percival instantáneamente.

Entonces no hay tiempo que perder… ¡Ataquemos hoy mismo! Recordando las certeras flechas kanthianas, seguramente lo más sensato sería atacarles de noche, aprovechando la sombra y el bosque.

Me gusta -dijo Deornoth-, podemos declarar el asalto y su ventaja de altura quedará negada por la penumbra. Así podremos buscar el cuerpo a cuerpo y tener un combate justo y limpio. Tendremos que ser rápidos y decididos.

No hay nada más rápido y decidido que un jinete Sarathan -afirmó Beren con gran orgullo-. Pero antes, hay algo que deberíamos hacer.

Todos habían oído las historias que se habían contado sobre Durham durante el concilio del Barón. Los héroes que habían liberado el pueblo del mal hablaron de la capilla secreta bajo la iglesia, y de las cuevas que había justo debajo, a los pies del risco. Y hablaron de un pozo al que arrojaban los sacrificios humanos, y del que resurgían convertidos en criaturas inhumanas. Era necesario comprobar que ese pozo no fuera un posible punto de entrada o de salida, ya que si lo fuera, su estrategia de asedio sería peor que inútil, podría convertirse en una trampa mortal.

Así que los tres camaradas, junto con Brenna y media docena de hombres del raed, cruzaron silenciosamente los campos de maíz a los pies de Durham, ahora abandonados y repletos de mazorcas demasiado maduras y putrefactas, avanzando entre tallos más altos que sus cabezas en los que cualquier cosa podía ocultarse. Y según las historias, cosas terribles ciertamente se habían ocultado entre ellas una vez.

El graznido de un cuervo, y luego otro, y un súbito batir de alas les sobresaltó. Dos de las aves negras que tanto abundaban por allí alzaron el vuelo, y se  posaron en las grúas y poleas que había en lo alto del risco, antaño usadas para subir la cosecha hasta el pueblo. Los pájaros habían estado posados sobre un cadáver, el cadáver de una cosa espantosa, obscena, para la que no había palabras posibles. Un cruce entre gusano blanco e insecto acorazado y ser humano, sin ser ninguna de las tres cosas en realidad. La cosa no se movía, y parecía llevar meses muerta. [Es la criatura sobre la que podéis leer en esta vieja entrada]. 

Las cuevas no estaban lejos, y pudieron presenciar con sus propios ojos los horrores a los que se habían enfrentado quienes limpiaron el lugar del mal. Pero no estaban pobladas por nadie ahora, y el pozo parecía imposible de escalar fácilmente. Sin embargo, alguien sí había estado allí, y no hacía mucho. En el antiguo altar a Ammon-Shaffai yacía el cuerpo de una mujer joven, con un hueco en el pecho, en el lugar donde debería haber estado su corazón. No podía llevar más de dos o tres días allí. Deornoth la reconoció. Era una de las prisioneras con quien había compartido jaula, la mujer con quien entabló conversación. Nunca había llegado a conocer su nombre. Recordó lo que escuchó a uno de los guardias: “Lord Athuramn ha encontrado algo bajo la iglesia…”. Una villanía más por la que debían pagar.

Retirándose del lugar y llevándose el cuerpo para darle sepultura valoreana, Holgrym decidió dejar apostados allí a media docena de Sarathan. No quería arriesgarse. Les entregó un puñado de flechas silbadoras, que los Sarathan solían usar para hacerse señales antes de despedirse de ellos. También le entregó algunas a Brenna cuando su pequeño grupo se separó del raed para dar inicio a la toma de la atalaya. Se despidieron deseándose suerte según las costumbres de cada uno, y se perdieron en el bosque, sombras furtivas cruzando la noche en dirección a la Colina del Cuervo.

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