Crónicas de Alasia, Libro 2: (XLVIII) La Batalla del Salón del Poder

LOS PORTADORES DEL AMULETO

Sir Alister Norff, Caballero Protector del Reino Perdido

Adavia Morthelius, hechicera e Iniciada Dra’gashi

Shahin ibn Shamal, Magus Sûlita heredero del Viento

Ealgar Caul, Escudero de Sir Alister de la sangre del León

Ponto Overhill, Bardo Mediano

Namat, Sacerdote de Valkar, Padre de la Batalla

Escudo 12

Los trasgos hicieron caer una auténtica lluvia de flechas sobre los Portadores. Eran demasiado astutos para acercarse a la puerta y luchar y ser masacrados en números reducidos. Si los intrusos querían luchar, tendrían que ser ellos quienes avanzaran y se vieran rodeados. Mientras tanto, disponían de flechas suficientes para acabar con ellos diez veces. 

Sir Alister levantó su gran escudo y se parapetó tras él, y Ealgar se protegió con su armadura mística, y se libraron de ser abatidos instantáneamente, pero era evidente que no podrían resistir una intensidad de fuego como esa mucho tiempo. Adá decidió centrarse en su líder, aquel sacerdote de Orcus en lo alto de la tarima. Le señaló con un dedo y profirió su maldición preferida con una sonrisa de suficiencia. Al momento los ojos del clérigo trasgo se convirtieron en cenizas, y este chilló y escapó a tientas por una puerta que tenía detrás. [No hay palabras en el cielo y en la tierra para expresar lo mucho que llego a odiar ese conjuro… no las hay. Un salva o muere de nivel 2, de largo alcance, capaz de eliminar permanentemente y a efectos prácticos a un combatiente de la lucha. Y es perfecto para acabar con magos y lanzadores de conjuros de un solo plumazo, ya que la salvación es por Fortaleza. Ugh.]

Pero entonces por detrás empezaron a acercarse más trasgos, todos los guardias apostados que les habían dejado pasar hasta allí. Los goblins cargaron contra la retaguardia del grupo, poniendo en un serio aprieto a Adà y Namat. El grupo estaba en una auténtica pinza.

Entonces Adà reveló a sus compañeros su verdadero y terrible poder. Situó su cuerpo físico en el centro del Velo, a medio camino entre la vida y la muerte, y dejó que las fuerzas negativas de la Creación pasaran a través de ella. Convirtió su cuerpo en un conducto para la misma muerte. Lo único que vieron sus compañeros fue que levantó una mano, y al instante una docena de trasgos caían al suelo, sus vidas extinguidas con ese mero gesto. Otros tantos gritaron de agonía, pero permanecieron en pie. Pero aquello tuvo un coste. La voluntad de Adà era suficiente para escudar a la mayoría de sus compañeros de los efectos de la energía negativa, pero no a todos. Ponto, ciego y acurrucado en un rincón, aulló de dolor al sentir como le intentaban arrebatar el alma del cuerpo.

[Eso dio pie a un breve debate en la mesa de juego sobre por qué hacer eso era tan horrible y malvado mientras que lanzar una típica bola de fuego no lo era, cuando el resultado era prácticamente el mismo. ¿Es intrínsecamente más malvado manipular las fuerzas de la misma muerte para extinguir la vida que incinerar a alguien o sajarle a espadazos?]

El acto impío de Adà dio el hueco suficiente a los compañeros de la nigromante. Aunque aterrado por lo que acababa de presenciar, Sir Alister cargó hacia el interior de la habitación mientras Ealgar defendía al grupo desde la vanguardia, y su resistencia junto a la puerta se convirtió en una auténtica batalla campal. [Que pasó a ser conocida como la GoblinFest ’19 en la mesa de juego…]

Tras las puertas por las que había huido el clérigo pudieron escuchar su voz implorando al príncipe-demonio, y a los pocos instantes Grezzo regresó al combate con los ojos restablecidos. Aquel sacerdote trasgo no era una broma… ¡Era lo bastante poderoso como para disipar la maldición de Adà! Mientras empezaba a lanzar órdenes a sus seguidores y a protegerse con conjuros divinos, los arqueros en las tarimas seguían disparando a mansalva, mientras los trasgos que se encontraban a nivel del suelo cambiaban arcos por espadas curvas y aserradas y se lanzaban alegremente a la masacre en nombre de Orcus.

Y la cosa empeoró cuando tras los momentos iniciales, una puerta lateral se abrió y aparecieron un par de comadrejas gigantes y rabiosas, azuzadas por media docena más de trasgos. La batalla se tornaba más caótica a cada segundo que pasaba. Con la confusión, Breggit, el “rey” trasgo responsable de la situación se había echo a un lado discretamente y parecía dejar la lucha a sus nuevos aliados (o esbirros involuntarios, según se mire) sin mojarse personalmente. Era un bastardo listo.

La cosa iba mal para los compañeros. Incluso Sir Alister, embutido en una magnífica coraza completa y protegido por su escudo, estaba sangrando por múltiples cortes y tenía varias flechas clavadas en el cuerpo, y no aguantaría en pie mucho tiempo más. Al resto no le estaba yendo mucho mejor. Adà puso una mano en el hombro de Ponto y le dijo:

¡Tengo que volver a hacerlo, o no saldremos con vida de aquí! ¿Lo aguantarás?

¡Hazlo! -dijo el mediano, apretando los dientes. 

Al instante volvió a sentir el dolor atroz, indescriptible, como si mil agujas al rojo vivo atravesaran su cuerpo, y estuvo a punto de sumirse en la inconsciencia, quizá para no despertar jamás, pero aguantó en pie, aferrándose a la pared, con apenas el ánimo suficiente para entonar una melodía élfica que conocía con el poder de curar. Ciego como estaba, no vio la segunda masacre de trasgos que había provocado Adà con un gesto.

A esas alturas, Shahin y Ealgar ya combatían en el interior de la sala junto a Sir Alister, tras haber despachado a las comadrejas gigantes y librar a las retaguardias de los guardias trasgos. El magus lanzaba tajos con su cimitarra plateada imbuida en magia chisporroteante, y la capa de piel de león blanco que colgaba de la armadura mística de Ealgar estaba desgarrada por mil cortes recibidos mientras propinaba mandobles a derecha e izquierda. Sir Alister hincaba una rodilla en el suelo, muy débil ya tras haber aguantado el grueso de los ataques trasgos durante largo rato, pero aún con fuerzas para alzar su escudo y dar estocadas mortales mientras Namat canalizaba el poder de Valkar una y otra vez para mantener a sus compañeros con vida. 

Adà decidió conjurar un aliado para equilibrar la balanza, y a su orden, el esqueleto de un inmenso oso-lechuza surgió del suelo, invocado de más allá del Velo. Pero en cuanto surgió del suelo, Grezzo le dio a la criatura la orden opuesta. Como servidor del príncipe-demonio de los no-muertos, su poder sobre ellos rivalizaba con el de Adá. Ambos se enfrascaron en una lucha mental por el control de la criatura, sabiendo que si lo ganaba el trasgo, la criatura atacaría a sus propios compañeros. 

Pero Adà se impuso, al menos momentáneamente, y el gran esqueleto empezó a lanzar zarpazos y dentelladas contra los trasgos. En ese momento, Adá sintió un pinchazo en un costado, y el frío de dos palmos de acero entrando en su cuerpo. Breggit estaba a su lado, y le había apuñalado el bazo. Mientras lo hacía, el trasgo gritaba a Grezzo, su rival hasta ese momento, para que viera lo que había hecho. Viendo que sus siervos humanos parecían tener las de perder y que su golpe de estado tenía todas las de fracasar, había optado por cambiar de nuevo de bando y quedar ante Grezzo como un héroe, mientras le gritaba sobre los sacrificios que le había traído para mayor gloria de Orcus.

La nigromante se tambaleó, agarrándose la herida sangrante que casi la había matado. Apenas tuvo la suficiente presencia de ánimo para sacar el Cetro de Kishad y usarlo para inmovilizar al “rey” trasgo en una red de sombras. 

Pero Breggit había calculado mal, y había infravalorado el tesón de los humanos. Cuando el líder trasgo empezó a canalizar el poder impío de Orcus para infligirles graves heridas, como había hecho Adà, Shahin se coló entre las líneas haciendo cabriolas e hirió de gravedad a Grezzo con su cimitarra recubierta de un frío helador, y al ver a su líder malherido, el resto de trasgos pareció perder el espíritu combativo. Siguieron luchando para defender a su líder, pero tres cuartas partes de la tribu ya había caído, y poco pudieron hacer. 

Sir Alister estaba en el suelo desangrándose y Adà estava herida de gravedad, igual que Ponto. Shahin y Ealgar apenas se tenían en pie, y Namat había agotado prácticamente toda su magia curativa y sus bendiciones de batalla. Pero finalmente, Grezzo cayó muerto a los pies de los Portadores, y el resto de la tribu le siguió a no mucho tardar. 

El silencio se hizo en el inmenso Salón. Solo se oían los gemidos tenues de los moribundos. Docenas de cadáveres verdosos y miembros mutilados cubrían el suelo en una escena dantesca de muerte y destrucción, y ellos se encontraban de pie en el centro de la misma, cubiertos de sangre de pies a cabeza, heridos y jadeantes, pero vivos. Una tribu entera de trasgos yacía masacrada a sus pies. 

Ilustración: Marcos Raya Delgado

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