Crónicas de Alasia, Libro 2: (XLVII) Grimhold

LOS GUARDIANES DEL NORTE

Thaena Sveinsdóttir, guerrera y exploradora korrwyf con sangre de gigantes

Qain’naan, monje enoquiano seguidor de la senda del Fantasma Hambriento

Petrus Cornelius Faust, alquimista andmar recién llegado a Alasia

Assata Silil, conjuradora kushita acompañada de su eidolon panteriforme Shakar

Fray Dervan Oban, clérigo itinerante y bonachón de Uriel

Escudo 11

El torreón que daba nombre a la región se alzaba en lo alto de una escarpada colina, el punto más alto de una pequeña sierra que dominaba un extenso páramo al sur. Era un edificio alto y robusto, de planta circular, y rodeado por lo que parecían las ruinas prácticamente desaparecidas de un castillo mucho mayor. 

Los Guardianes del Norte lo contemplaron desde los pies de la colina, donde el antiguo camino desaparecía por completo. Si no se equivocaban en sus deducciones, el torreón era lo único que quedaba del poderoso castillo conocido como Grimhold, del que hablaba Magius en sus discos de plata. El hechicero, fallecido un milenio atrás durante la Guerra de las Sombras, había emprendido una búsqueda para encontrar un objeto legendario conocido como el Cuerno de Brân. Lo había hallado, pero al parecer había muerto en la actual Crawford Manor, muy cerca ya de Grimhold, su hogar, sin poder cumplir con la tarea que se había propuesto. Sin embargo, el Cuerno no se hallaba entre las posesiones con las que Magius fue sepultado. 

Eso era lo que había llevado a los compañeros hasta ese lugar de aciaga fama. Se habían dirigido hacia las tierras al norte de Nueva Alasia para cartografiarlas y averiguar cuanto pudieran de ellas, y eso pasaba por investigar el torreón. Pero si existía la posibilidad de que los hombres de Magius hubieran llevado el Cuerno de Brân hasta allí en su nombre, la investigación se volvía aún más necesaria.

Tuvieron que dejar la carreta de Fray Dervan a los pies de la colina, tapada con ramas y arbustos, con su fiel mula como única guardiana. Thaena les guiaba expertamente a lo largo de la escarpada y pedregosa ladera mientras ascendían con los últimos rayos de sol del día. El viaje desde Crawford Manor les había llevado todo un día, si se daban prisa aún tendrían tiempo a echar un vistazo a las ruinas antes de que anocheciera del todo.  

Estaban lo bastante cerca de las ruinas del torreón, con el sol poniente a sus espaldas, cuando se percataron del silencio que imperaba en la colina. No se oían animales ni pájaros, ni siquiera los grillos que solían empezar a cantar sobre esas horas. Entonces, al proseguir su marcha con las armas en mano, el silencio quedó roto por el batir de alas, de centenares de alas. Una auténtica nube de cuervos y grajos, negros como la noche, se alzó desde lo alto del torreón y empezó a volar en circulos alrededor del edificio, graznando en una cacofonía demencial. 

Sin dejarse amedrentar, los compañeros siguieron adelante. Pero en cuanto lo hicieron los cuervos descendieron en bandada, un auténtico enjambre que oscureció el cielo, y se dirigieron hacia ellos como si una sola mente, una sola voluntad, les dirigiera. Thaena se sacó la pluma de hombre-cuervo que llegaba colgada del cuello de debajo del jubón, y sus compañeros se apresuraron a imitarla. Las aves se les echaron encima, dispuestas a picotearles hasta la muerte… pero no pudieron. Los aventureros perdieron el mundo de vista, rodeados por una nube negra de plumas, zarpas y picos, pero ni uno solo de ellos llegó a tocarles. Era una situación aterradora, como estar nadando entre un banco de pirañas, pero ni uno de los cuervos les dañó. Todos se apartaban en el último momento. La promesa de los guardianes alados de la mansión no había sido hueca: la pluma les protegía por completo. Después de unos minutos de ataques frustrados, la inmensa bandada elevó el vuelo de nuevo y se dispersó a los cuatro vientos, volando en todas direcciones. Solo entonces los Guardianes respiraron aliviados. Sin la bendición de los córvidos, jamás habrían podido aproximarse al torreón y seguir con vida. 

Superados los negros guardianes, prosiguieron su avance hasta llegar a la cima de la colina. El torreón se levantaba a unos trescientos o cuatrocientos pies de distancia, con un pequeño edificio anexo aún intacto a modo de diminuta barbacana rodeando su puerta de entrada. Mientras cubrían esa distancia descubrieron que los cuervos no eran sus únicos custodios. De repente, algo silbó en el aire, y una pequeña piedra cruzó el aire desde el torreón, visible en el crepúsculo al estar rodeada de un extraño fuego azul-verdoso. La piedra, disparada desde una honda a una distancia imposible, se estrelló en el suelo muy cerca de Qain con una pequeña explosión. Otra piedra, disparada por un segundo hondero, silbó cerca de Shakar. 

Desde tan lejos un contraataque era imposible. Qain, Thaena y la pantera celestial echaron a correr hacia delante, intentando hacer quiebros y giros inesperados para no presentar un blanco fácil, mientras Assata, Petrus y Fray Dervan avanzaban más despacio en segunda línea. Varios de ellos comprobaron en sus carnes lo que dolían aquellas piedras embrujadas con fuegos fatuos, pero no detuvieron su avance, y pronto pudieron ver quien las disparaba. Eran dos hombrecillos que se alzaban sobre el tejado del edificio anexo al torreón. Debían medir como un metro y medio de altura, y sus facciones arrugadas y maliciosas parecían las de un viejo duende de piel grisácea y ojos inyectados en sangre. Llevaban jubones pardos, pesadas botas de hierro y hachas melladas y parecidas a trinchantes de cocina al cinto, y sus cabezas estaban cubiertas por sendas gorras de color rojo intenso. 

Cuando estuvieron lo bastante cerca, los compañeros empezaron a devolver el fuego, pero las flechas de acero y los extraños cuchillos arrojadizos de Qain apenas parecían dañarles. Assata apuntó que parecían alguna especie de seres faéricos, y que solo el hierro frío les dañaba de gravedad. Thaena y Qain lograron llegar hasta los muros y se parapetaron allí, pero sabían que los gorras rojas solo tenían que asomarse desde arriba para seguir acribillándoles. Assata ordenó mentalmente a Shakar que regresara a su hogar en los planos exteriores. La pantera nada podía hacer en aquella situación, y no podía invocar otro tipo de ayuda con la bestia presente. Trazó un signo de conjuración con la mano y de repente una mano de piedra surgió del tejado, seguida por el cuerpo petreo de un pequeño elemental de tierra que se acercó a los gorras rojas para trabarse cuerpo a cuerpo. 

Eso dio algo de respiro a Petrus y Fray Dervan, que se acercaron también. El alquimista ya tenía en las manos un frasco de su compuesto explosivo, y lo arrojó hacia uno de los gorras rojas con precisión. El vial estalló en llamas, y pudieron comprobar que el fuego sí dañaba a los maliciosos duendes. Uno de ellos seguía luchando contra el elemental, y el que se había asomado para seguir apedreando había recibido las llamas alquímicas. Ambos pronunciaron una palabra, y de repente, su número se multiplicó por algún truco de magia faérica. Ahora cada uno estaba rodeado de media docena de dobles, que aunque sin duda ilusorios, hacían difícil acertar al verdadero. 

Abajo, Thaena miró a Qain y señaló con la cabeza al enorme portón. El monje puso cara de incredulidad. ¿No pretendería…? Pero sí lo pretendía. La alta guerrera contó hasta tres con los dedos, y entonces ambos embistieron el portón a la vez, con todas sus fuerzas. El impacto fue brutal. La madera crujió, se astilló, las bisagras saltaron de sus goznes, y el grueso portalón cayó al suelo con un enorme estrépito. 

Un corto pasadizo recorría el cobertizo hasta la puerta del torreón en sí, abriéndose hacia los lados en habitaciones contiguas. En el último tramo, una escalera de mano empotrada en la pared subía hasta el tejado donde los dos gorras rojas se encontraban luchando contra el elemental de Assata. Entraron uno tras otro. El último fue Fray Dervan. El orondo fraile exclamó alarmado:

¡Vienen más de esas criaturas! ¡Por la ladera! ¡Ayudadme con esto!

Petrus y Assata le ayudaron a levantar el portón derribado, mientras Thaena corría a ascender las escaleras para luchar en el tejado esquivando los hondazos que llovían desde arriba, a través de la trampilla, y Qain realizaba un rápido reconocimiento del edificio. En un lateral había un montón de cajas y barriles de suministros, provisiones y material, suficientes para abastecer a un gran número de individuos. Muchas de esas cajas tenían un símbolo en ellas, un águila negra con las alas desplegadas. La compañía mercenaria de Balkan, se dijo el monje, ¿será aquí donde se esconden?

Pero no había tiempo para pensar en ello. Empezó a arrastrar barriles y cajas hacia la entrada, donde Fray Dervan estaba orando a Uriel. Como diosa de las artes, concedía a sus seguidores la capacidad de reparar pequeños objetos en un santiamén, y estaba usando esa capacidad para restaurar las bisagras. Cuando hubo terminado, empezaron a apuntalar el portón con cajas y barriles para impedir la entrada a los nuevos enemigos que se acercaban peligrosamente.

Mientras, Thaena había llegado al tejado, y Qain empezó a subir las escaleras tras ella. El elemental invocado había caído, pero les había ganado el tiempo suficiente para que llegaran arriba. Entre los dos lograron terminar con los gorras rojas a no mucho tardar.  Se reunieron con sus compañeros abajo para decidir qué hacer. Huir de allí estaba descartado. A juzgar por los golpes que se oían en el portón, había un grupo numeroso intentando derribarlas, y estaba claro que tarde o temprano lo acabarían consiguiendo, aún suponiendo que no tuvieran ningún truco de hadas para lograrlo. Se habían metido en una auténtica ratonera.

Y para acabarlo de empeorar, en otro lateral encontraron lo que parecía una trampilla de piedra en el suelo, que sin duda daba a algún sótano o subterráneo. Estaba sellada y protegida por una runa mágica de extraño diseño, que brillaba con una luz azul-grisácea, y debajo de ella se oían los sonidos de pasos de innumerables botas de hierro, golpes rítmicos y metálicos como del martillo de un herrero y un coro de voces inhumanas e ininteligibles. ¡Allí abajo había todo un regimiento de esas criaturas! 

Sólo había un camino: entrar en el torreón. Así que adoptaron su orden de marcha habitual, con Thaena y Qain al frente, y se pusieron en movimiento. Assata invocó a otro de sus elementales petreos, y le hizo avanzar unos metros por delante del grupo. Lo que fue buena idea, ya que la planta baja de la torre no carecía de guardianes. El pasadizo que se adentraba en ella estaba dotado de saeteras a ambos lados, y al ser rocoso le empezaron a llover flechas, que rebotaron contra su duro cuerpo sin hacerle nada. A las órdenes de Assata, el elemental “nadó” a través de la pared de piedra y empezó a combatir contra los desconocidos guardias. El resto de aventureros aprovechó la confusión para cruzar el pasadizo de las saeteras y unirse al combate. 

Los guardias apostados resultaron ser un pequeño grupo de humanoides de un metro de altura, unos extraños duendes con cuerpo de cuervo pero sin alas, que Qain reconoció como kenkus. Eran arteros y aficionados a apuñalar por la espalda a la menor oportunidad, pero generalmente no malvados. Dejaron a un par de ellos con vida, instándoles a rendirse tras defenderse del resto, y las dos atemorizadas criaturas soltaron las armas y se pusieron en cuclillas, suplicando clemencia.

Por ellos supieron que el torreón estaba bajo el dominio de una bruja a la que llamaban la Abuela Gris, a cuyas órdenes servían los gorras rojas y también su clan de kenkus. Qain les prometió que si les servían a ellos, les protegerían de la ira de la Abuela Gris, a quien parecían temer desmesuradamente. Los kenku sabían que la Abuela Gris molería sus huesos igualmente por haber fallado en su deber, así que aceptaron sin pensárselo. No tenían nada que perder. Les contaron a los Guardianes todo la información que tenían. 

La Abuela Gris se ocultaba bajo tierra, en las profundidades del torreón, durante el día, pero al caer la noche salía de su morada con sus tropas. Había llegado al torreón en busca de algún objeto de poder, que según ella se ocultaba en los pisos superiores pero al que aún no había logrado acceder. 

La luz del sol poniente apenas ya se filtraba por los estrechos ventanucos en forma de rendija. Al día le quedaban escasos minutos, y la noche estaba al caer. Y cuando lo hiciera, la Abuela Gris abriría la trampilla de la runa y saldría por ella seguida de todos sus lacayos. Y les encontraría allí. No había escapatoria. El único camino restante era hacia arriba. 

Guiados por sus nuevos esbirros kenku, los Guardianes del Norte ascendieron en silencio por las escaleras que conducían hacia lo alto del torreón, último vestigio del antiguo y poderoso castillo de Grimhold.

Ilustración de Blake Rottinger.

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