Crónicas de Alasia, Libro 2: (XLVII) Quien con Monstruos Lucha…

LOS PORTADORES DEL AMULETO

Sir Alister Norff, Caballero Protector del Reino Perdido

Adavia Morthelius, hechicera e Iniciada Dra’gashi

Shahin ibn Shamal, Magus Sûlita heredero del Viento

Ealgar Caul, Escudero de Sir Alister de la sangre del León

Ponto Overhill, Bardo Mediano

Namat, Sacerdote de Valkar, Padre de la Batalla

Escudo 12

El aullido de dolor de Shahin, súbitamente enmudecido, resonó por el hueco de la escalera y alertó a los compañeros del magus. Sin pensarlo dos veces, Sir Alister activó su segundo y último tatuaje de sinestesia y se lanzó escaleras abajo espada en mano. Adá le siguió al momento, y el resto del grupo no les fue a la zaga, con Namat cerrando la marcha para guiar a Ponto.

El necrario estaba aferrando a Shahin para desgarrarle la garganta cuando oyó el estruendo de las escaleras metálicas y miró hacia arriba. Aquella presa ya la tenía asegurada, así que retrocedió hacia las sombras y se escondió de nuevo, preparado para saltar sobre el primero que apareciera por allí.

[El necrario tenía que decidir si dar el golpe de gracia a una víctima que ya tenía inmovilizada o si esconderse para emboscar a las nuevas víctimas que se aproximaban. Como es una criatura medianamente inteligente, optó por lo segundo.]

Ese fue el caballero, seguido por Adà. Cuando entraron en el santuario y vieron a Shahin paralizado, no tuvieron tiempo de reaccionar. El muerto viviente se les echó encima, intentando alcanzar a ambos para paralizarles a la vez. Sus garras no lograron atravesar la coraza completa del caballero, pero después torció el cuello para morder a Adà, y la joven sintió que la rigidez empezaba a adueñarse de ella. 

Con un esfuerzo supremo de voluntad, la enoquiana logró sobreponerse mientras el resto de sus compañeros empezaban a maniobrar para rodear al ser de ultratumba.

¡No le dañéis! -les gritó, ignorando el pasmo que les provocó con ello. Era una dra’gashi, al fin y al cabo.

Se adelantó, se plantó ante la criatura y alzó la mano, dejando que las fuerzas entrópicas que fluían tras el Velo emanaran de ella. 

¡Detente! ¡Te lo ordeno!

El necrario volvió su rostro putrefacto hacia ella y la miró con sus ojos cristalinos por la muerte. Fue el único movimiento que hizo. No descargó el garrazo que iba a asestar, ni prosiguió con sus ataques. Los ojos de la nigromante brillaban de emoción.

Sírveme y obedece.

Sí… -la voz que surgió de la garganta del cadáver andante fue profunda y cavernosa, como si llegara de algún lugar muy profundo.

Adà se volvió hacia sus compañeros.

Ahora es mío -dijo, satisfecha-. Tenemos un nuevo compañero.

[Para el jugador de Adà, todo encuentro con no-muertos se ha convertido en algo parecido a la Navidad: ¡juguetes nuevos! Pero…]

¡No pienso combatir junto a esa cosa! -exclamó Sir Alister, furibundo. Namat escupió al suelo, dándole la razón al caballero.

Ya lo has hecho antes, con mis esqueletos. Esto no es diferente. Es una herramienta, y tenemos que usar todas las que tenemos a nuestro alcance. ¿O quieres seguir ciego toda la vida, caballero?

La discusión se prolongó durante unos minutos más, pero todos sabían que no tenían tiempo que perder. La magia que permitía al caballero ver sin ver se agotaba por momentos, y si tenían que avanzar a través de aquel lugar extraño, tenía que ser ahora. Él y el clérigo de Valkar siguieron en sus trece, aparentemente seguidos por Ealgar, pero no les quedó más remedio que aceptar seguir en movimiento, mientras que para Shahin aquello no era más que magia de un tipo distinto, a pesar de la grima que producía. Ponto, por su parte, lo escuchaba todo con la expresión apenada de estar perdiéndose algo muy divertido. 

Lo primero que hicieron fue interrogar al necrario, y por él supieron que aquella era una de las necrópolis de la ciudad antaño gloriosa que había bajo la colina, una ciudad de la que no recordaba el nombre pero sí su último señor, Varacus. La criatura dijo que sus hermanos yacían en el resto de los panteones, durmiendo… por el momento. Cuando le preguntaron quien le había alzado de entre los muertos, solo respondió “el hambre”.

Adá puso a su esclavo no-muerto en vanguardia, para convertirle en el blanco de cualquier trampa o emboscada que pudiera aguardarles, y el necrario, incapaz de resistirse al control de la dra’gashi, obedeció, pero en ningún momento dejó de mirar con ojos voraces a los miembros del grupo, saboreando en su mente putrefacta su jugosa carne y el tuétano de sus huesos. Adà tuvo que mandarle callar para que no expresara esos deseos en voz alta.

La necrópolis tenía una única salida, que daba a una amplia galería de paredes recubiertas de espejos. Tras usar a su siervo necrario para explorarla y comprobar que no saltaba ningún peligro oculto, avanzaron por ella, y descubrieron que varios de los espejos ocultaban puertas secretas detrás. Uno de ellos conducía a una cámara muy baja, en la que había que entrar reptando, donde un sepulcro en el suelo revelaba, a través de su tapa cristalina, el cadáver perfectamente preservado de un anciano de aspecto regio con una espada enjoyada entre las manos. En otra había un sarcófago similar, pero el cristal estaba roto y sus contenidos parecían haber sido ya saqueados. El tercero de los túneles daba a un desprendimiento que hacía imposible continuar, pero varios agujeros en el techo parecían haber sido excavados toscamente, quizá por criaturas cavadoras. 

A pesar de su curiosidad, no tenían tiempo que perder investigando aquellas cosas. Necesitaban cubrir el máximo terreno posible, así que reanudaron su camino hacia el oeste. Una gran cámara ritual les recibió, en la que cuatro grandes cabezas de piedra surgían del suelo, mirando todas a la puerta por la que habían entrado. Entre las cuatro cabezas había un mosaico en forma de rombo en el suelo. Shahin les indicó que era mágico, e incluso lograr identificar su propósito, que aparentemente no era otro que el de otorgar fortaleza a quienes se alzaran sobre él al ser activado. Sin tener ni idea de como hacerlo funcionar, dedujeron que las cuatro cabezas gigantescas debían mirar hacia el rombo, y aunque intentaron moverlas, pesaban una barbaridad, y emplearon mucho tiempo y fuerzas en mover tan solo una de ellas. Finalmente decidieron que no merecía la pena el esfuerzo.

Las únicas salidas eran una puerta lateral y un pasadizo hacia el norte. Tras la puerta hallaron lo que parecía ser una extraña capilla, con un tosco altar de piedra negra manchado de sangre seca, igual que las paredes y el techo. Seis cuerpos esqueléticos yacían en el suelo perfectamente alineados, todos sin cabeza. En la pared sobre el altar  había una inscripción en un lenguaje desconocido. Sin embargo Shahin, que había estado estudiando el lenguaje Jalur desde que exploraron el Santuario de los Kishadi, vio que tenía suficientes similitudes con aquel como para intentar descifrarlo. Aparentemente decía: “Contemplad el Poder del Amo”.

Aquella ciudad de los primeros hombres contenía demasiados misterios, y no tenían tiempo para dedicarse a resolverlos. Tras volver sobre sus pasos avanzaron por el pasadizo al norte, y comprobaron que estaba lleno de puertas a un lado y a otro. Desde la distancia, Adà ordenó al necrario que fuera abriéndolas una a una, y la criatura obedeció, mirándola con un profundo odio. En todas ellas no parecía haber más que basura, restos y despojos, pero en una de las últimas, tras abrir, el no-muerto alzó las garras y se puso en guardia. Sin pensárselo dos veces, Adà le ordenó que atacara, sin ni siquiera saber qué era lo que había visto.

La cosa saltó al interior, y al instante se escucharon sonidos de zarpazos y algo parecido a chasquidos. Sir Alister se mostró alarmado ante la posibilidad de que la nigromante hubiera azuzado a su esclavo contra un inocente, pero cuando se asomaron a ver qué estaba pasando, se encontraron al necrario frente el cuerpo de un escorpión del tamañó de un pony, arrancando placas quitinosas de exoesqueleto para llegar a la carne blanca y viscosa que había debajo, y engullendo enteros grandes pedazos de ella. Era una visión que revolvía las tripas, y daba escalofríos pensar que de ser libre, esa cosa les estaría haciendo lo mismo a ellos.

Cuando la mascota de Adà terminó con su festín, prosiguieron su marcha. Quedaba muy poco rato para que Sir Alister quedara ciego de nuevo. Al fondo del pasadizo una nueva puerta hacia el norte les dio acceso a una cámara alargada, y aquella vez, estaba custodiada y sus protectores les estaban esperando. Una media docena de trasgos, de aspecto feroz y aguerrido y liderados por un espécimen más alto y robusto que la media de su especia, tenían arcos aprestados y abrieron fuego nada más abrir. Por fortuna, el necrario seguía en vanguardia, y se llevó el grueso de los ataques. La nigromante le ordenó cargar, y el ser se abalanzó sobre los trasgos, mientras el grupo dejaba que librara su lucha por ellos. 

Aquellos trasgos, sin duda pertenecientes al mismo clan que había custodiado el nivel de la entrada, estaban mejor adiestrados que la mayoría de los suyos, y eran más duros. El no-muerto abatió a algunos de los trasgos, y paralizó a otro, antes de sucumbir a las múltiples cuchilladas que le llovían por todos lados. Con el no-muerto fuera de la ecuación, los aventureros se adelantaron y aquella vez sí entraron en combate. No tardaron en dar buena cuenta de los goblinoides. Dejaron al líder con vida, y éste se rindió prestamente al ver que se había quedado solo. 

¡No dañar! ¡Breggit rey goblin! ¡Breggit ayudar a pataslargas!

Enarcando las cejas ante semejante afirmación, el grupo procedió a interrogar al supuesto rey. El trasgo se negó a contestar directamente a sus preguntas, y en lugar de eso les propuso un acuerdo. 

¡Breggit ser rey! ¡Buen rey! ¡Pero tener rival! ¡Grezzo querer ser rey también! ¡Grezzo enemigo de Breggit! ¡Pataslargas ayudar Breggit liquidar Grezzo, Breggit ayudar pataslargas! ¡Yo dar gran tesoro, tesoro muy grande, escondido!

Los intentos de intimidar al trasgo no surtieron demasiado efecto; la taimada criatureja parecía saber que no le matarían mientras se guardara algo de información en la manga. Los compañeros debatieron brevemente. El trasgo parecía sincero en sus intenciones de librarse de su rival, pero ¿podían realmente confiar en un goblin? Finalmente, accedieron. A cambio de librarle de su rival, Breggit no solo les entregaría el tesoro que había mencionado sino que también les revelaría donde estaba la entrada principal de la ciudad que llevaba al nivel superior, y una vez estuviera al mando de la tribu, los trasgos del lugar no les molestarían en sus exploraciones. Breggit accedió a todo alegremente y con entusiasmo. 

Con el pacto zanjado, el rey trasgo guió a los Portadores a través de una serie de cámaras bien custodiadas por guardias trasgo, que armados con arcos y desde detrás de saeteras vigilaron su avance en silencio. Finalmente, Breggit les llevó hasta una enorme puerta doble, y les indicó que la abrieran. Cuando Sir Alister y Ealgar lo hicieron, vieron lo que les aguardaba en el interior. 

Una sala enorme estaba dominada por tres grandes estrados al este, norte y sur. Un trasgo de piel parduzca y vestido con armadura y túnica negra, sobre la que destacaba un símbolo sagrado en forma de calavera cornuda, arengaba a sus seguidores desde el estrado en el lado opuesto. Cinco o seis docenas de trasgos armados hasta los dientes se alzaban a sus pies, escuchando su discurso. Un centenar de ojos amarillos se volvieron al unísono hacia los recién llegados. 

Breggit les había engañado. Les había reclutado para asestar un golpe de estado contra el que sin duda era el verdadero líder del clan. 

Grezzo, sacerdote de Orcus, profirió un grito de guerra, y una tribu entera formada por decenas de trasgos se abalanzó sobre los Portadores aullando como las hordas del mismísimo infierno.

 

Ilustración por wjh3 (DeviantArt)

2 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XLVII) Quien con Monstruos Lucha…”

  1. Madre mía, uno se despista un momento y los pjs se meten en otro lío de la leche ^^
    .
    Espero que, como mínimo, se paguen un responso por el alma (o lo que fuera…) de su último compañero de equipo, el Necrario Explorador (¡nuevo PJ disponible, descárgate aquí la ficha!).
    .
    ¡Con qué entusiasmo registraba la mazmorra! ¡Con qué ilusión abría las puertas! ¡Con qué gusto se zampaba los escorpiones gigantes!

    Le gusta a 1 persona

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