Crónicas de Alasia, Libro 2: (XLIV) Tras la Estela de los Sarathan

LOS JINETES DE MEDIODÍA

Deornoth, joven paladín sarel, atrapado entre la senda del arco y de la espada

Percival Whitesword, arrojado e impulsivo espadachín alasiano

Beren, jinete Sarathan de las llanuras, hijo menor de un Thane

Cosecha 29

En el gran salón del Hacha y el Suspiro, algo después del concilio del Barón Stephan, Tobruk pegó un largo trago de su jarra. Estaba a punto de embarcarse en una nueva búsqueda, junto a sus compañeros Escudos y los hombres de la guerrera elfa, la hija del Ithandir. Wilwood les esperaba, y algo le decía que aquella expedición sería la prueba más dura a la que se había enfrentado jamás.

Pero mientras tanto, el rubio enano saboreaba el brandy de Gorstan mientras escuchaba una vez más el relato de los dos jóvenes. Su ceño se fruncía con cada mención de los esclavistas y el trato que daban a las personas que habían secuestrado. Un perceptible brillo de aprobación apareció en su mirada cuando llegaron a la parte en que los esclavos desafiaban a sus captores. Por un momento dejó el vaso sobre la mesa y se frotó las viejas cicatrices de sus muñecas con expresión ausente. La historia sobre su huida de los esclavistas kanthianos era asombrosa.

Tenéis agallas, Percival Whitesword y Deornoth de Sarland. Habéis estado a punto de perderlo todo en esta aventura vuestra, y sin embargo al volver… cuando otros se habrían vuelto más mezquinos o habrían renunciado, habéis seguido siendo fieles, leales y nobles. Will Kemp me contó como le ayudaste durante la carrera de Cathalien, señor Whitesword. Y vi como te lanzaste sin dudarlo a luchar contra ese monstruo darkon a pecho descubierto, maese Deornoth, incluso llegando a herirlo antes que otros con mayor experiencia y recursos. 

Por eso he decidido daros esta oportunidad, jóvenes. Para que no cejéis en vuestro empeño de sanar esta tierra, para que al volver de la difícil misión en que nos embarcamos los Escudos este lugar sea un poquito mejor.

La conversación siguió, hablaron largo y tendido de lo que sabían de las diversas conspiraciones que amenazaban la Baronía y de los muchos frentes abiertos en la lucha por hacerla un hogar mejor para sus gentes. Cuando Tobruk se levantó de la mesa, los dos jóvenes contemplaron el considerable saco de oro que tenían delante… 

Llegará el día en que estaréis en condiciones de devolverme este favor -dijo el enano, desmintiendo los tópicos sobre la codicia de su pueblo-. Hasta entonces, buena suerte.

El saco contenía 500 águilas de oro, suficiente para que los jinetes (que lo habían perdido todo tras su evasión de  Durham) emprendieran en condiciones la misión que se habían propuesto. Armamento, monturas, ropa para el frío que se avecinaba…

La mañana siguiente, los dos jóvenes se levantaron temprano y tomaron un frugal desayuno en la sala común en compañía del hombretón que era Gorstan, y hablaron con él de lo que se proponían. Holgrym de Pal Sarath había abandonado la ciudad tras el Torneo, acompañado de un nutrido grupo de jinetes de las llanuras. El Barón había sido muy claro en sus deseos de encontrar aliados para la ciudad a toda costa, y Holgrym parecía empecinado a dar caza a los antiguos enemigos de su pueblo, los darkons. Salir a los caminos en busca de Holgrym y sus jinetes Sarathan y forjar una alianza con los jinetes era la mejor manera que tenían de contribuir a la seguridad de la región. Antes tenían que equiparse bien y buscar monturas en la ciudad, para lo que la orientación de su nuevo camarada Beren iba a ser  de gran ayuda.

Al saber de sus intenciones, el joven Sarathan se había ofrecido inmediatamente para formar parte de la misión. Aunque ahora se encontrara entre los moradores de las piedras, seguía siendo el hijo de un Thane de las llanuras, y empezaba a sentirse encerrado entre tanto edificio y muralla. Ahora Beren miraba a su equino amigo, Viggo, mientras lo cepillaba. Le encantaba hacerlo y era en esos momentos cuando parecía que el caballo demostraba más cariño a su jinete.  Siempre juntos, desde que nacieron.  Cada día el mismo ritual, cepillado, revisar pezuñas, ojos…  Cualquiera diría que amaba más a ese caballo que a una mujer, aunque en el pasado no fue así.  Pero ahora sólo estaba Viggo… y sus curiosos nuevos aliados: un ealdorman sarel, descendiente de la antigua nobleza de su tierra; y un joven con la sangre de los leones de la vieja Sartia. Al parecer, un noble linaje era los único que los unía a los tres.  

Iban a emprender un viaje a petición del Barón Stephan, en busca de Holgrym, el capitán Sarathan que cabalgaba a lo largo de la baronía al mando de su raed.  Había tenido el placer de invitarlo a unas cervezas después de la carrera de Cathalien. El barón sospechaba que sería un gran aliado ya que los Sarathan, como Beren, dedicaban buena parte de su tiempo a dar caza a los darkons para cumplir el Viejo Juramento y así restañar su honor mancillado.  Como líder de un raed, Holgrym quizá pudiera interceder ante los clanes de Pal Sarath de algún modo para prestar ayuda a la baronía con esa amenaza darkon que parecía estarse cociendo.

Beren llevaba un año en la baronía haciendo eso pero su motivo era completamente diferente. El había huido del Clan del Hurón; siendo el hermano menor de cinco, no habría tenido ninguna oportunidad de hacerse un nombre como él deseaba. Así que una noche, y a riesgo de ser nombrado curl, un rufián sin clan, ensilló a Viggo y se dirigió a la baronía, donde había oído que tendría oportunidades gracias a la llamada de Stephan. Así podría saldar la parte de la antigua deuda que correspondía a su clan. Pero ahora, Beren tenía la mente en otra parte.  Iba a reencontrarse con su gente, y no quería que su padre averiguara donde estaba, pues posiblemente le hiciera volver a rastras.  Debía mantener su anonimato, no contar su procedencia a nadie, ni a sus aliados y aún menos a Holgrym. Tenían una misión, y debían cumplirla, pero quería seguir disfrutando de su libertad.

Beren se dirigió a sus nuevos compañeros cuando estos llegaron a los establos. 

Deberíamos evitar los caminos como haría alguien que da caza a un darkon a la fuga. Es lo que presumo que haría Holgrym. Yo empezaría a indagar por Cuatro Vientos, la aldea más próxima al Pal.

Estoy de acuerdo -dijo Deornoth-. Incluso si evitan los caminos, tendrán que reabastecerse en la civilización… Si en Cuatro Vientos no nos dan ninguna pista de donde buscar, entonces nos veremos obligados a rastrearles.

¿A qué estamos esperando, pues? -intervino Percival, siempre impaciente-. ¡En marcha!

Y así los tres Jinetes del Mediodía partieron al galope, dejando atrás los blancos muros de Nueva Alasia.

Escudo 12

Llevaban días cabalgando bajo el cielo abierto de las Tierras Reclamadas. En Cuatro Vientos, los Sarathan no habían pasado desapercibidos. Una treintena de jinetes de las llanuras, lanzas enarboladas y sables al cinto, habían estado aprovisionándose allí tres o cuatro días antes, provenientes del este. Se fueron de allí no por el camino, sino a través de las tierras agrestes, hacia el suroeste. Nadie sabía si iban con un rumbo fijo en mente o no, ya que se mostraron parcos en palabras. Deornoth pensó que un grupo grande de jinetes debería ser relativamente fácil de rastrear, aunque les llevaran algunos días de ventaja. Y Beren opinó que, visto el rumbo con el que habían partido, un posible destino era la aldea de Durham, ocupada por los kanthianos. Quizá fuera un buen lugar para que los darkons se hubieran infiltrado. Todo lo que sabía Beren de los darkons era que son especialmente misteriosos y ladinos, y se les daba bastante bien ocultar su modus operandi. Si algo se sabía a ciencia cierta de ellos, era que nunca juegan limpio, solo atacan cuando el enemigo ya está vulnerable, y que prefieren usar la ocultación, la infiltración, los engaños y la corrupción como armas.

Así que cabalgaron a través de campiñas y prados, y saltaron márgenes y riachuelos, siguiendo siempre la estela de los Sarathan. Durante aquellos días Deornoth y Percival se interesaron por saber más de las costumbres del pueblo de Beren. Como se organizaban, qué distancia podían recorrer en un día, y si paraban para acampar o comían y dormían sobre sus monturas, como decía el saber popular. 

Sí, y hacemos nuestras necesidades sobre la silla también -espetó Beren con ironía.

No me sorprendería en absoluto -replicó Deornoth con una sonrisa.

Un raed, como se denominaba a los grupos de jinetes armados en el Pal, podía cabalgar durante todo un día si era necesario, les contó Beren, y aunque hacer pasar a un gran número de caballos por el mismo sitio era complicado, sabían despistar y ocultar el tamaño exacto del raed. Con los conocimientos de Beren y la habilidad de rastreador de Deornoth, lograron mantener el rumbo. Percival ejercía de oteador y realizaba frecuentes cabalgatas de avanzada para explorar la ruta. Y cuando encontraba alguna granja aislada o a un grupo de aldeanos trabajando en el campo, el alegre espadachín se adelantaba a charlar con ellos y pedirles información, especialmente si cabía la posibilidad de tirar los tejos a alguna joven y lozana campesina o a la hija de algún granjero.

Habían estado rastreando el paso de Holgrym y sus jinetes Sarathan a través de las Tierras Reclamadas durante una semana, desde que obtuvieran información sobre ellos en Campo de Aeron. El rastro no siempre ha sido fácil de seguir, tanto por su antigüedad como por las lluvias caídas entre tanto, pero con más o menos demora y aunando esfuerzos, siempre habían conseguido recuperarlo. 

Los jinetes marcharon hacia el sur hasta llegar al río Aguasverdes, y después giraron hacia el oeste, cruzando una ancha llanura. Después viraron al suroeste y su camino les condujo por el valle que se alzaba entre las colinas donde Beren había estado a punto de perder la vida a manos de los kobolds y un bosque al sureste de dichas colinas. Después se encararon hacia el oeste, pasaron a un par de millas de la aldea de Welkyn sin entrar en ella y siguieron hacia el oeste, evitando el camino.

La noche anterior, la primera de luna llena del mes del Escudo, un sonido en plena noche hizo estremecer a los caballos, y les hizo levantar la vista al cielo. Era el sonido de un cuerno resonando a la luz de Celaine, un sonido claro, potente y sobrecogedor, que parecía venir de todas partes y de ninguna, de muy lejos pero a la vez muy cercano. Era un sonido que no pertenecía al mundo de los mortales. Pero por mucho que investigaron, no pudieron hallar el menor indicio del origen del misterioso cuerno y de quien lo hizo sonar.

A media mañana del día siguiente, estaban seguros de estarse acercando a su presa, por la frescura de los rastros, y también estaban ya seguros de hacia donde se dirigían. Un par de millas al oeste, según los mapas de Nueva Alasia, se encuentra la antigua aldea de Durham.

En ese momento, de detrás de unos pequeños cerros, se escuchó el sonido de los cascos de una docena de caballos, quizá más. Un grupo de jinetes salió al galope en su dirección, demostrando que les estaban esperando. Cabalgaban con lanzas en ristre, con la clara intención de rodear a su pequeño grupo. A medida que se acercaban, Beren reconoció los estandartes de tres clanes distintos: el lobo rojo del Clan de Aetheling, la garza del Clan de Gunthur y el zorro gris del clan de Ithenia. Un raed formado por guerreros de clanes distintos, aquello era algo que no se veía todos los días. Beren sonrió y levantó la mano para dar el alto a sus compañeros. Habían encontrado a los Sarathan.

Se dejaron rodear, sin realizar ningún gesto que pudiera considerarse amenazador. Sabían que los Sarathan eran desconfiados con los extraños por naturaleza. Beren dejó su lanza mirando al suelo y soltó las riendas, lo que indicaba que no quería problemas, y sus compañeros le imitaron. Los jinetes les rodearon, formando un círculo de caballos en movimiento a su alrededor. Dieron varias vueltas a su alrededor, como si les tomaran las medidas, y luego uno de ellos, un guerrero de rostro despejado y pelo del color de la corteza de un árbol  trenzado por detrás, frenó a su caballo y se encaró con ellos.

¿Quienes sois y por qué estáis siguiendo nuestros pasos? ¿Qué asuntos tenéis con el raed de Holgrym?

Mi nombre es Deornoth, mi gallardo compañero es Percival y quien tenéis delante es Beren. 

Con un leve toque de sus talones, Beren hizo avanzar a Viggo y lo situó al lado de Deornoth.

Soy Beren del Clan de Frimthur y estoy aquí en misión de ayuda para nuestros vecinos de la Baronía en la eterna caza del darkon. El hurón saluda al lobo rojo, a la garza y al zorro gris. Queremos hablar con Holgrym de un asunto que sabemos de buena tinta que le interesará, tanto cómo a mi o quizá más.

¿El clan de Frimthur? Es el clan de Anferth ahora. Soy Utvarth. El hurón siempre ha sido amigo de los Aethelingas. Pero estás muy lejos de las tierras de tu clan, Beren. ¿Cual es ese asunto del que hablas?

Beren se removió de manera imperceptible sobre su silla y dirigió a Viggo en dirección a Ultvarth. Iba a tener que jugársela.

He sido enviado por mi padre, el Thane Frimthur, para presentarme ante el Barón y prestar mis servicios y la ayuda que pueda otorgar para así estrechar lazos y cumplir con la deuda que tiene el Mar de Hierba con el Reino Perdido. 

Dicho esto, Beren alargó si brazo para saludar a su interlocutor, mientras bajaba la voz para añadir:

Utvarth, compadre, ¿que ha sucedido con el hurón? Hace mucho que me marché y no sabía nada. ¿Mi padre está bien?

El sarathan alargó el brazo para devolver el saludo a Beren.

Sólo he oído que Anferth retó al viejo Thane, y ahora el clan es suyo. Nada sé del destino de Frimthur y sus hijos. Y mala cosa es.

Beren miró de reojo a Deornoth y Percival e intentó deshacer el nudo de su garganta .

Gracias por la información, Utvarth -tosió para aclarar su voz-. En cuanto a lo que nos trae hasta aquí, ¿crees que Holgrym nos podrá recibir? Respondo plenamente por mis acompañantes.

Seguidnos. Holgrym querrá saber las nuevas que podáis traer.

Mientras hace girar su caballo y lo espolea, seguido de sus hombres, dice a Beren:

Me alegro de saber que el hurón sigue fiel al Viejo Juramento. Al menos mientras Frimthur lo lideraba. Cada día menos clanes pueden afirmarlo sin mentir.

Esos raeds son escoria -gruñó Beren-. Estando allá en el Mar, me crucé con varios campamentos calcinados… Espero que el Hurón siga siendo lo que siempre fue, y que mi padre y hermanos estén bien… Si no te importa, cabalgaré a tu lado, siento algo de añoranza.

Beren se giró hacía sus compañeros e hizo un leve gesto con la cabeza para que lo siguieran. Utvarth asintió con la cabeza.

Sí… el Pal se agita como la hierba antes de una tormenta. Veremos lo que nos traen los vientos. Ahora silencio. Nos acercamos al campamento.

Deornoth recuperó las riendas de su montura. Al dirigirla tras el resto se fue fijando en las sutilezas del estilo de monta de los Sarathan. Ya se había fijado en que Beren mostraba una facilidad y una cruda elegancia en su trato con Viggo pero ahora, rodeado de jinetes que prácticamente se habían destetado a lomos de un caballo, era evidente que en su técnica había mucho margen para la mejora. Intentó imitar la postura y los gestos, absorbiendo los ritmos… y empezó a sentir el ánimo, del animal que le llevaba.

Los Sarathan les guiaron hasta una pequeña hondonada entre tres lomas, donde encontraron al resto del Raed que lideraba Holgrym. El capitán sarathan se alzaba junto a sus guerreros al ver que los hombres de Utvarth traían compañía. El adusto líder aguardó con mirada ceñuda mientras desmontaban y eran conducidos ante él.

Estos son nuestros perseguidores. Ese de ahí afirma ser hijo de Frimthur. Los otros son moradores de las piedras. Dicen que traen asuntos de nuestro interés.

Holgrym se quitó el yelmo de cola de caballo y lo cogió bajo el brazo. En su rostro había una cicatriz que no tenía antes. 

Un alfanje kanthiano -dice, viendo que les había llamado la atención-. Muerden duro, pero no lo bastante. Habla, pues, Beren hijo de Frimthur del clan del hurón. ¿Cuál es ese asunto tan importante como para hacer peligrar nuestra misión aquí?

Deornoth no sabia si la parquedad en palabras, un rasgo generalizado entre los Sarathan al parecer, se debía a su carácter o era una cuestión más formal, de protocolo. Estaban, según sus cálculos, muy cerca de Durham y aunque tenia un ardiente deseo de preguntar sobre los kanthianos se contuvo y esperó a que Beren respondiera. Holgrym no se había dirigido a él.

Holgrym -dijo Beren desmontando de Viggo con gran habilidad-. Saludos. No derrocharé tu valioso tiempo así que iremos al grano. Supongo que sabréis lo sucedido en el torneo de Nueva Alasia. En el concilio que se llevó a cabo con el Barón y sus consejeros, todo llegó a una palabra final: darkons. 

Beren observó las caras usando una pausa momentánea, reglas de diplomacia, cómo le decía si padre. 

Somos un pequeño destacamento entre todos quienes están ayudando en la cuestión,. Mientras hablamos, los que se hacen llamar Exploradores de Wilwood se están adentrando en el gran bosque con una gran empresa en mente de la que desconozco los detalles, junto con la compañía enana de los Escudos de Piedra, a quienes creo que conocéis. Otros ser han aventurado hacia el norte, hacia el camino del Torreón…  

Beren resumió en la medida de lo posible todas las acciones que se decidieron en el concilio. 

En lo que respecta a nosotros, venimos a pediros ayuda en el asunto de los darkons. Aunque mis amigos aquí presentes poseen información referente a la aldea de Durham, no muy lejos de aquí, que seguro os sería de mucho agrado.

Beren dio un paso atrás y dejó hablar a su compañero de viajes.

Es cierto que tengo algo que decir sobre la cercana Durham -dijo Deornoth. Su mirada de posa en el rostro de Holgrym-. Mencionasteis antes el origen de vuestra cicatriz, el curvo acero kanthiano… Que mi camarada Percival y yo conocemos bien, pues antes del torneo sufrimos captura y tormento por parte de los hombres de un tal Lord Athuramn, que actualmente ocupa y controla junto con otros dos señores esclavistas la susodicha Villa de Durham. Me pregunto si conocíais tal situación y qué intenciones tenéis al respecto, ser Holgrym.

Percival, extrañamente enmudecido para sus costumbres al encontrarse entre gentes tan distintas a lo que siempre había conocido, se fijó en el fuego de los ojos azules de Holgrym, cuando el líder Sarathan respondió.

Esa basura kanthiana es lo que nos ha traído hasta aquí. Cruzaron el Pal llenando sus jaulas con ruedas de nuestra gente. Hemos venido a asegurarnos que no puedan repetirlo. Y no soy ningún ser. Guardaos esos títulos de morador de las piedras para quien los necesite.

La mirada de Holgrym fue hosca al hablar. Luego se vuelve hacia Beren.

No reconocemos la autoridad de ningún señor de las piedras. Pero este Raed es de los que cumple el Viejo Juramento. Damos caza a los bastardos oscuros donde podemos encontrarlos. Pero eso ahora no importa. Las cosas están cambiando en Pal Sarath. Y lo harán aún más si no tenemos éxito aquí. Así que decidnos, ¿os uniréis a la cabalgata de Holgrym? ¡Juntos haremos llover sangre y acero sobre la escoria de Tiphris!

Deornoth levantó la mirada al cielo sin poder evitar estallar en una plegaria de agradecimiento a Gardron.

¡Espada Justa! Por tu voluntad el mal provee los medios de su propia derrota y la redención de este tu siervo.

Y dirigiendose a Holgrym

Si. ¡Por justicia! Que Gardron me guarde, cabalgaré con vosotros.

Temió que el exabrupto que había proferido casi a gritos le hiciera parecer un loco a ojos de los jinetes, pero no había podido contener la emoción. Acababa de ver la mano de su dios en acción.

Uthvart se rió, coreado por varios jinetes más, y palmeó la espalda de Deornoth.

¡Este es de los que habla con los espíritus!

Otros Sarathan se rieron también. 

Beren miró a Percy de reojo. Creo que… el resto también estamos de acuerdo en el plan.

Percival puso la mano sobre la empuñadura de su estoque mientras miraba fijamente al líder de los Sarathan.

Como ha dicho mi fiel compañero Deornoth, escapamos de las manos de esos esclavistas por los pelos y con nuestras cabezas enteras solo gracias al azar y nuestro ingenio. ¡Mi espada es vuestra hasta la derrota de los perros de Kanth!

Holgrym y Utvarth asintieron, complacidos. 

Tres espadas más pueden suponer una gran diferencia -dijo el líder del raed. Entonces Utvarth añadió:

¡Me habéis costado un buen puñado de plata! Aposté a que actuaríais como vuestro barón, con demasiado miedo a provocar al Tirano. ¡Pensé que querríais convencernos de tragarnos nuestra ira, como la mujer! ¡Pero esta es plata que pago a gusto viendo que no todos los moradores de las piedras son unos cobardes! Y de todas formas, vuestro viejo Thane tullido haría bien en mirar al este en lugar de al sur…

En ese momento Holgrym golpeó el pectoral de Uthvart, haciéndole callar. Les miró, y dijo:

Venid pues, hay que planear el asalto a ese nido de ratas.

Pero algo había llamado la atención de Deornoth.

¿Qué mujer, por cierto, Uthvart? ¿Lady Leaford?

Utvarth por un momento pareció a punto de responder a Deornoth, pero luego pareció recordar que su capitán le había hecho callar, y no dijo nada más.

Les condujeron hasta donde el resto del raed estaba acampado, en el espacio entre las tres colinas, elegido por quedar a cubierto de las miradas de los vigías de ojo avizor que sin duda los kanthianos tenían apostados. 

Escuchadme bien -dijo Holgrym una vez allí sentados, dirigiéndose a sus jinetes-. Estos moradores de las piedras forman parte de mi raed hasta que pasemos por la espada a esos perros kanthianos. Lucharéis con ellos como si fueran hombres de las praderas, ¿entendido? Ese de ahí lo es, hijo de Frimthur, según dice.

Un sarathan de más edad, con el pelo empezando a mostrar canas, gruñó.

El viejo Frimthur ya no es Thane de nada… si es que sigue vivo. Ahora Anferth manda sobre su clan, y se encama con sus hijas. Y todos saben que Anferth es uno de los perros de Uthric.

Eso no importa ahora -responde Holgrym-. Si Uthric es lo que dice ser, lo demostrará en el Encuentro de los Clanes. Y si no lo es, que los espíritus se apiaden de su negro corazón.

Pero si lo es… -dice el veterano.

Si lo es, Udalthred, los moradores de las piedras ya no necesitarán preocuparse más de kanthianos y darkons. Pero nada de eso está en nuestras manos. Y si rescatamos al hijo de Vildalix, Uthric perderá a uno de sus mayores apoyos. Y más, si el rescate ha contado con la ayuda de las gentes de Alasia.

El líder sarathan se volvió hacia Deornoth y Percival.

Afirmáis que habéis estado allí dentro. Contadnos todo lo que sepáis. Con qué defensas cuentan. Por donde podemos atacar si esos cobardes siguen escondiéndose tras sus muros.

Deornoth tomó la palabra. 

Brenna, una cazadora de Lindar que nos acompañaba en la primera incursión tenía un buen conocimiento de la zona. Sobretodo hay que tener en cuenta que el acceso principal por el camino es un desfiladero, vigilado por una atalaya cercana, quizá dos. El pueblo esta protegido también por el sur por unos altos acantilados. Los límites norte y sur son colinas boscosas. El punto central consiste en una plaza mayor… La arboleda de la Dama Verde, ahora talada, despejada y profanada, rodeada de las calles y casas. Allí es donde tienen a la mayoría de los esclavos. La villa está dominada por un edificio de piedra sobre una colina; una iglesia, creo recordar. Lord Athuramn ha encontrado algo bajo la iglesia… -recordó decir al capitán de la guardia.

Tras hablar de Durham, Deornoth aprovechó la cercanía con Holgrym e insistió.

No he dejado de ver que Uthvart ha guardado silencio lealmente ante mi pregunta anterior. Por su honor sé que no me responderá sin tu permiso, así que te lo pregunto a ti, Holgrym. ¿Qué mujer, y qué tenía que decir sobre esta empresa?

Que es una locura insensata -dijo una voz de mujer a sus espaldas.

Al volverse vieron que un grupo de tres personas se había acercado al campamento desde el oeste. Dos de ellos eran sarathan, claramente miembros del raed. La tercera era una mujer que no pertenecía al pueblo de los jinetes. Tenía el pelo oscuro cortado a la altura de los hombros, y se apoyaba en un arco largo de tejo negro. Brenna de Lindar añadió:

Pero estos tercos hijos de yegua no tienen nada entre las orejas.

Holgrym se volvió hacia ella, sonriendo torvamente, y luego hacia los compañeros.

Ah, veo que ya conocéis a uno de nuestros oteadores. Debe ser cierto que vivir tan pegados hace que os conozcáis todos.

Los ojos de Deornoth y Percival se abrieron como platos, mientras la alegría les desbordaba. 

¡Brenna! ¡Estás llibre!

Sin poder reprimir las lágrimas, el medio elfo se abalanzó sobre ella para abrazarla. El joven sarel no oía nada, abrumado. Atinó a balbucear:

¿Pero cómo? ¿Escapaste? ¡Darben fue a buscarte! ¿Sabes si esta bien?

La joven lindareña devolvió el abrazo a Deornoth, y saludó también a Percival.

A vosotros también se os ve bien… mejor que la última vez. Darben… él…

Beren estaba completamente absorto desde que escuchó a su compatriota hablar del Encuentro de los Clanes… Eso era algo que rara vez ocurría, y la mayoría de Sarathan vivían toda su vida sin presenciar uno. ¿De verdad ese bastardo de Uthric tenía el poder para convocar un Encuentro? 

Habló en voz baja, aún aturdido por la noticia. Cabeceó, sin dejar de tener en su mente a su familia.

Deornoth, siento interrumpir, pero si Uthric logra éxito en el Encuentro de los Clanes, unirá a todos los Sarathan bajo un sólo Raed y la Baronía correrá un grave peligro.  Ese bastardo odia con pasión a los moradores de las piedras, como os llamamos en el Mar de Hierba. La Baronía estará en peligro sin los Sarathan vigilando su frontera…  Debemos, DEBEMOS, liberar Durham a toda costa

Era un claro momento de caos, cada uno absorto en sus asuntos. Holgrym hizo un gesto con la mano, conminando a todo el mundo a sentarse.

Tenemos mucho de lo que hablar, ciertamente. Hagámoslo como es debido.

Se volvió hacia Beren, y asiente con la cabeza.

Uthric se ha vuelto poderoso en los últimos años, y ha envenenado a muchos clanes con su odio. Ya no cumplen el Viejo Juramento, y en sus corazones sienten envidia y odio por los moradores de las piedras que viven a salvo en tierras que antaño fueran del Pal. En los últimos tiempos, vuestra gente no deja de empujar hacia el este. Levantan granjas cada vez más al interior de nuestras praderas y cazan en terrenos sagrados de los espíritus. Eso le ha dado a Uthric muchos seguidores. Pero ha ido aún más lejos. Ha levantado sus estandartes, y ha afirmado que los espíritus le han elegido como Ulthar del pueblo de los caballos. Deberá demostrarlo, claro, ante los espíritus y los hombres. El próximo Paso de las Eras, todos los clanes del Pal se reunirán junto a las Piedras de la Ley, en el Ojo de los Dioses. No sé si os hacéis una idea de hasta donde se extiende el Mar de Hierba, moradores de las piedras. 

La mirada de Holgrym fue fría y dura como el acero, y su voz cortó el aire tajante como una espada.

Si Uthric se alza como Ulthar de los Sarathan, liderará una horda como no se ha visto jamás en las tierras de los hombres. Y no tendrá piedad. Vuestras tierras serán las primeras en caer bajo los cascos de los jinetes de Pal Sarath.

 

Ilustración: The Riders of Rohan, por Ted Nesmith

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