Crónicas de Alasia, Libro 2: (XLIV) El Clavo de Plata

EXPLORADORES DE WILWOOD

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

Ephraim, médico errante y clérigo de Barin, dios de los ladrones

ESCUDOS DE PIEDRA

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

Escudo 24

El aullido del Espíritu Lobo, rebosante de una ira sobrenatural, les paralizó por completo. No podían mover un músculo, no podían ni tan siquiera pestañear. Estaban a merced de los ataques de los tres lobos-hombre que saltaron desde la cornisa, con la muerte en la mirada. Estaba en juego el destino de Alasia entera, y no podían hacer nada. 

Con un supremo esfuerzo de voluntad y cediendo ligeramente al salvajismo orco, Gaul rugió y se sobrepuso a la parálisis mental. El gruñido a sus espaldas indicaba que el testarudo Lomborth había hecho otro tanto. La luz de la vara de mago de Elian se movía, así como la lanza de Ephraim. Había más en ese clérigo delgaducho de lo que aparentaba. Y Caellum, quizá protegido por sus extraños poderes, también empezaba a recobrar la movilidad. Entonces Shelaiin avanzó y se situó a su lado, codo con codo, espada en alto. Bien, no estaba solo. 

Los lobos-hombre cargaron, atacando con una ferocidad brutal. En sus ojos ardía tanto odio que cruzarse con su mirada bastaba para dejar un nudo en el estómago y socavar la voluntad del más aguerrido. La lucha se convirtió en un esfuerzo desesperado por defender a sus compañeros indefensos.

Uno de los licántropos era distinto al resto. Llevaba un collar de cuero trenzado, y de alguna manera parecía más inteligente, más astuto. Recordaron las palabras de Rhynn Pwyll, diciéndoles que había perdido a su compañero en su fallido intento de salvar al espíritu. Supieron que lo tenían delante. 

Los licántropos empezaron a asestar zarpazos y dentelladas mientras los compañeros formaban una línea defensiva delante de sus camaradas. Mientras se defendían denonadamente, no podían perder de vista su verdadero objetivo, arrancar el Clavo de Plata del pecho del Espíritu. Algo difícil de lograr en la mejor de las situaciones, cuanto más al ser avasallado por una pequeña manada de lobos-hombre rabiosos. 

Entonces el Espíritu entró en liza, y la poca esperanza de victoria que albergaban se desvaneció casi por completo. El Lobo saltó de su farallón, y en el aire se desvaneció en una nube de neblina. Reapareció delante de Lomborth y le asestó una dentellada brutal, destrozándole la pierna y derribándole. Cuando Shelaiin y Gaul le flanquearon para atacarle, se desvaneció con la misma rapidez, volviendo a su trono.

Necesitaban cambiar de estrategia, pasar a la ofensiva, o no serían más que dianas en un campo de entrenamiento de arqueros. Caellum concentró su voluntad para transformar sus manos ligeramente, dándose unas pequeñas garras que le ayudaran a escalar, y se retiró de la primera línea para trepar por la pared y ganar la ventaja de la altura. El Lobo seguía demasiado lejos, pero empezó a desenmarañar los patrones místicos de los hombres-lobo, provocándoles un gran dolor.

Shelaiin cubría a Lomborth mientras el enano se levantaba como podía apoyándose en su pico de guerra. Elian lanzaba conjuros protectores, los que aún le restaban tras el combate contra Feral, y Ephraim se debatía para mantener a uno de los licántropos a distancia con su lanza. Gaul conjuró el poder del fuego con una llamada druídica, y arrojó una pequeña bola de llamas al lobo. Pero esta no le causó el menor daño. Al instante, otra llama apareció en su mano, preparada para ser arrojada de nuevo, y esta vez decidió dispararla a sus esbirros.

Las espadas de los compañeros no habían sido muy efectivas contra el espíritu, y las leves heridas que sí habían logrado infligirle se estaban cerrando rápidamente. Si no podían reducirle y no podían inmovilizarle… ¿cómo sería posible arrancarle el Clavo? Las palabras de Rhynn Pwyll sobre la lanza del matagigantes resonaron en sus cabezas. Quizá habían cometido un grave error prescindiendo de ella. El lobo se desvaneció de nuevo y reapareció ante Shelaiin, hiriéndola de gravedad y desvaneciéndose de nuevo antes de recibir un contraataque. 

Entre los lanzazos de Ephraim y los últimos conjuros de un agotado Elian, uno de los defensores lupinos cayó, quitándoles algo de presión de encima, pero seguía siendo una lucha desesperada, sudando sangre para aguantar con vida los poderosos ataques de los lupinos con más de la mitad del grupo paralizado. Entonces, el lobo se materializó de nuevo a espaldas de la guerrera elfa, y sus dientes se cerraron en torno a su cuello, desgarrando carne y armadura por igual y haciendo manar un río de sangre. La elfa cayó, dejando gran parte de la carne de su cuello en la boca del lobo. 

La cueva se desvaneció, así como la lucha a su alrededor. Lo único que veía a su alrededor era una luz dorada, Arvandor llamándola para que dejara las tierras perecederas y volviera a casa. 

[El criticazo la dejó a negativos y a 1 punto de vida de la muerte final.]

Los otros dos cerraron filas sobre Gaul y Lomborth, malheridos ambos, preparando un nuevo embate de su líder. Entonces, una flecha surcó el aire certera, y uno de los lupinos cayó de espaldas, atravesado por el cuello. Tras el disparo de Quarion, llegaron los gritos de guerra de Tarkathios y Tobruk. ¡Los compañeros se unían a la batalla!

Grugnir musitó una leve oración a Barin, pidiendo que diera fuerzas a la elfa para aferrarse a la vida, y de inmediato Shelaiin, en su agonía, sintió que Arvandor se alejaba de nuevo. El enano pelirrojo desenfundó su daga y apuñaló al lupino que acababa de derribar a Tarkathios de un garrazo, mientras el Espíritu del Lobo volvía a aparecer ante ellos para intentar destrozar a otro con su mordisco salvaje. Pero nada más materializarse, un virote impregnado de plata alquímica se hundió profundamente en su pecho, cortesía de Sarthorn. Gaul aprovechó el hueco para enzarzarse cuerpo a cuerpo con la bestia sobrenatural. Estaba herida, y aunque los daños empezaban a regenerarse, si la presionaban demasiado quizá lograran debilitarla lo suficiente como para intentar arrancarle el clavo.

El último de los lupinos saltó sobre Tarkathios, que estaba derribado en el suelo. El kurathi levantó su espadón con todas sus fuerzas y empaló a la criatura, hundiendo el filo hasta la empuñadura. Desclavó a la criatura empujando su cuerpo con un pie y se levantó, corriendo para unirse a la refriega contra el lobo.

Era el momento de montar una última resistencia contra el Espíritu, que se había quedado sin sus guardianes. Para la desesperación de los compañeros, la bestia empezó a desvanecerse en niebla otra vez. Se retiraría, dándose tiempo para restablecerse por completo antes de atacar de nuevo. Pero la niebla a su alrededor no terminó de engullirle. Fuera cual fuera el poder que usaba para cruzar el espacio físico, parecía haberse agotado ya. Acorralado, el Espíritu redobló la intensidad de sus dentelladas. 

Posó sus patas delanteras sobre el enorme Gaul, intentando desgarrarle la garganta como le había hecho a Shelaiin, cuando otro virote plateado se hundió en su carne, cerca del cuello. El lobo gimoteó y retrocedió, herido de gravedad. Saltó hacia atrás, dispuesto a alejarse físicamente del combate para recuperarse, y parecía que iba a conseguirlo, cuando de repente, aulló de dolor, su cuerpo se retorció como si estuviera presa de un espasmo repentino, y cayó al suelo, inmóvil.

Desde la pared a la que estaba aferrado, Caellum se había acercado lo suficiente como para percibir su patrón místico, y había tirado de él con todas sus fuerzas. El Espíritu del Lobo había caído por fin, pero ahora que estaba en el suelo, sus heridas parecían regenerarse a una velocidad aún mayor, y estaba empezando a desmaterializarse a una velocidad de vértigo.

Gaul no lo dudó ni un segundo. Le saltó encima y soltando la espada de Vonkar, aferró el Clavo de Plata con ambas manos. Tiró de él con todas sus fuerzas, pero no se movió ni un ápice. Flexionó todos sus músculos, gritó soltando toda su rabia de orco, y tiró como si estuviera intentando desarraigar un árbol con sus manos desnudas. El Clavo salió del cuerpo del lobo, dejando un reguero de sangre y esencia negra tras de sí. 

Esa esencia negra, la misma que manchaba el pelaje del Espíritu, escapó de la herida del lobo como una nube negra, y mientras lo hacía, el pelaje de la criatura recuperaba su tono grisáceo original. El negro miasma se condensó sobre su cuerpo durante unos instantes, hasta que de repente se disipó en nada con un sonoro pufff.

Y en el mismo momento que Gaul tuvo el Clavo de Plata en la mano, sintió que la misma furia y locura que antes dominara al lobo se apoderaba de él. Con un rugido, levantó las manos y apoyó la punta del clavo contra su corazón, dispuesto a clavárselo él mismo. Luchó con todas sus fuerzas para resistir aquel impulso dominante, aquella necesidad. Sus manos apretaron, haciendo que brotara sangre de su piel, mientras ponía toda su voluntad en recuperar el control de su propio cuerpo, en aplacar la ira que le consumía. Con un grito, logró abrir los dedos. El Clavo de Plata cayó al suelo como si pesara una tonelada. Era un clavo de unos diez centímetros de largo, de base cuadrada y extremadamente puntiagudo. Gaul, libre de su influencia, lo cubrió con unas pieles y lo guardó en su zurrón, logrando el valor necesario para volver a acercarse a él.

Cuando la corrupción del clavo desapareció por completo de su cuerpo, el Espíritu del Lobo se puso en pie. Todas sus heridas parecían haber desaparecido, y su pelaje volvió a ser de un color gris similar al de la bruma del bosque. Ahora era  casi translúcido. Sus ojos amarillos se posaron en todos ellos antes de soltar un aullido largo y profundo. Pero a diferencia del anterior, ese aullido fue armonioso y bello, y transmitió toda la majestad y poder de la naturaleza salvaje. Supieron que ese aullido les había marcado de alguna manera, y sintieron en su interior la gratitud que emanaba de la sobrenatural criatura. Ahora, se sentían bajo su protección.

Lo habían logrado. Habían recuperado el  Clavo de Plata y sanado al Espíritu del Lobo, acabando así con la maldición de Wilwood. Habían salvado a toda Alasia. En ese momento se sintieron observados, y de manera instintiva se dieron la vuelta. En la entrada de la cueva había una silueta. La figura oscura de un hombre con cabeza de ciervo y envuelto en un pesado manto les observaba. Inclinó su cabeza en aprobación durante unos segundos, y después Herne el Cazador volvió a desaparecer entre la bruma de la que había surgido.

7 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XLIV) El Clavo de Plata”

  1. Pobre Shelaiin Liadiir… no lo vi venir la verdad, me dio mucha pena. El combate súper épico. Sudor y mucha sangre les costó detenerlo y por poco el semiorco se incrusta el clavo en el pecho cual piedra del alma de Diablo jeje me encanta.

    Pd: esta entrada me tocó leerle con la bso del Baldurs Gate.

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    1. Esa sesión pudo haber sido perfectamente el final de la campaña, y los jugadores sabían lo altas que eran las apuestas. En mesa fue brutal, y cuando lograron la victoria…. Nos costó a todos dormir luego, el Telegram echaba humo… ¡Y eso que terminamos a las 4 de la mañana!

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  2. Ufffffffffffffffffffffffffff. Anda que, llega Gaul a clavárselo él y la lían parda. ¡Por no hablar de que casi palma Shelaiin! ¡Buen trabajo, digno de héroes!

    (y ahora, volvamos a por esas armas mágicas que debimos haber traído; ¿lo veis, lo veis? ¡Ya os dije que debimos cogerlas!)

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  3. Uff, sufriendo hasta el último momento. De momento el Clavo está seguro, aunque a saber cómo afectará su aura a las bestias y personas de alrededor. Los volverá más irritables? Alterará la personalidad de su portador poco a poco hasta volverlo un mero animal salvaje? Espero que no, ya que les ha costado mucho llegar hasta aquí.

    Por otro lado, y cambiando de tercio… Dónde están las entradas sobre el resto de reinos de Valorea? Nos prometiste en el Décimo Aniversario una serie de artículos durante el verano en el que irías describiendo otros rincones de tu mundo. A quién tenemos que matar para ello? Eh?

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    1. ¡Tienes mucha razón! Esperaba tener algo de tiempo para volver a un ritmo de 2 entradas semanales, una de Alasia y otra con ese tipo de contenido, pero he estado un poco desbordado.

      Pero lo prometido es deuda, así que en breve el contenido sobre Valorea empezará a asomar por aquí. ¡Si los Señores del Caos no hacen de las suyas!

      Edito: Y más pronto de lo que creía… 🙂

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