Crónicas de Alasia, Libro 2: (XLII) El Espíritu del Lobo

EXPLORADORES DE WILWOOD

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

Ephraim, médico errante y clérigo de Barin, dios de los ladrones

ESCUDOS DE PIEDRA

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

Escudo 24

Con el ojo entrenado de un guerrero, Shelaiin evaluó el estado de la batalla a su alrededor mientras descargaba un mandoble de su espada curva contra uno de los enormes y rabiosos lobos. No iba bien. A su lado luchaban Tarkathios y Lomborth codo con codo, pero Gaul, Ephraim y Tobruk habían caído, muertos o moribundos, privando al grupo de dos de sus guerreros más fuertes. Dos de esos enanos, Sarthorn y Caellum, empleaban sus ballestas intentando mantenerse fuera del alcance de los lobos. Quarion no había tenido tanta suerte, y el arquero estaba con la espalda contra un árbol, defendiéndose de una de las bestias babeantes. Elian se había arriesgado muchísimo adelantándose a la primera línea del combate para incinerar a uno de los lobos y proteger a sus camaradas con su escudo de fuerza mágica, y uno de los lobos había cargado contra él. El abjurador se protegía con su vara blanca mientras intentaba encontrar espacio y tiempo para formular otro hechizo. Y Feral el Lobo, el enorme guerrero licántropo que acababa de derribar a Gaul de un solo golpe de su alfanjón, aullaba antes de elegir a su próxima presa. 

¡Este es vuestro! -dijo la elfa, mientras se separaba de sus dos compañeros para ir a encontrarle. Había captado que Grugnir se estaba escabullendo por la periferia de la batalla en un intento de rodear a Feral y atacarle por la espalda. Un virote se clavó en el pecho del licántropo, en un hueco minúsculo de su armadura, y por primera vez, la herida pareció dolerle de verdad. Sarthorn ya estaba recargando una vez más, tras haber empleado un tiempo precioso untando las puntas de sus virotes de plata alquímica. El licántropo intentó cargar hacia él, pero se encontró con una guerrera de los altos elfos en su camino. 

Sus armas chocaron con un estruendo metálico, y por un momento, pareció que ni siquiera la hija del Ithandir sería capaz de contenerle. Pero los refuerzos vinieron en forma de una daga enana entre los omóplatos. Despachado su lobo, Tarkathios embistió contra el lobo que amenazaba a Elian, liberando al mago para que pudiera volver a conjurar, mientras Lomborth le sanaba de sus heridas y Caellum asistía al arquero elfo, que estaba al límite de sus fuerzas.

Entre todos empezaron a dar la vuelta al combate. Los lobos fueron cayendo uno a uno, y a medida que lo hacían, los compañeros corrían a ayudar en la lucha contra el terror  frenético que era Feral el Lobo. Shelain logró asestarle un golpe tan poderoso que le hizo tambalear hacia atrás, y en ese momento un virote voló certero y le tumbó de espaldas. Antes de tocar al suelo, ya había recuperado su forma humana. 

Shelain clavó su espada en el suelo de un golpe seco y se limpió el sudor y la sangre de la frente. Habían vencido. Una vez más. 

Miró a su alrededor de nuevo. La mayoría de los que aún estaban en pie, lo hacían más por pura fuerza de voluntad que otra cosa. Lomborth atendía a los caídos. Gracias a los dioses, todos seguían aún con vida, aunque entre estertores. El druida y Grugnir agotaron toda su magia curativa para impedir que cruzaran el Velo y restañar las más graves de sus heridas, devolviéndoles la consciencia. Eso incluyó a Feral. Después de desarmarle y atarle al tronco del árbol retorcido, el guerrero recobró la consciencia.

No… ¡Matadme! ¡No merezco vivir! ¡No después de lo que he hecho!

Shelaiin estaba más que dispuesta a concederle esa merced, pero la voluntad de la mayoría se impuso, y escucharon su historia.

Yo… yo maté a Kuda. Mi compañero. Mi hermano de armas. Había luchado toda su vida junto a mi padre, y después a mi lado, en las guerras de  Zanuvia. ¡Y ahora está muerto! ¡A mis manos! Jamás debimos venir a este lugar condenado… jamás debí traerle a este bosque. Pero pensé que el Espíritu del Lobo sería mi salvación. Y en lugar de eso, yo he sido el asesino de mi amigo. Fue allí, en Zanuvia, donde fui maldito. Uno de los hechiceros de Saraamis me transformó en esto… en un hombre lobo. Llevo años buscando un remedio, una manera de liberarme de la bestia interior. Nada ha funcionado. Entonces oí leyendas del bosque de Wilwood, en las tierras perdidas de Alasia, y del Espíritu del Lobo que lo protegía. Y emprendimos su búsqueda. Después del torneo, teníamos información suficiente y nos adentramos en el bosque. El lobo en mí guiaba mis pasos de alguna manera. Pero al acercarnos… al llegar aquí… sentí su rabia… su dolor… y fue demasiado, demasiado. No pude hacer nada para evitarlo… me transformé incluso a plena luz del día y… y…

No pudo seguir hablando, y los compañeros le dejaron con su dolor. No era un asesino, sino una víctima de la misma maldición que afectaba al espíritu, que se contagiaba a todos los lobos del bosque. La maldición que les había traído hasta allí.

Volvieron sus miradas hacia la cascada y las escaleras de piedra que descendían junto a ella. Ese era el lugar. El Espíritu Lobo les aguardaba. De noche, con la luna en el cielo, sería más poderoso. Si tenían que hacerlo, tenía que ser ahora. Aprestaron sus armas. Prepararon los conjuros que les restaban y dijeron sus oraciones. No estaban en la mejor forma, pero todos podían luchar. Uno a uno, en silencio absoluto, empezaron a descender en pos de su destino.

Las escaleras bajaban pegadas a la roca y junto a la cascada. Al fondo, el río seguía tras la poza que se formaba al fondo del salto de agua. En ella había una roca que sobresalía a modo de islote. Allí estaba el cuerpo de Kuda, el guerrero kushita, sin duda depositado por Feral tras su muerte. Una cueva se abría en la pared del risco. La morada del lobo.

La cueva era amplia y espaciosa, de forma oblonga. A lo largo de sus paredes, en cada lado, había una cornisa a unos tres metros de altura, que reseguía la caverna hasta su extremo mas alejado, donde ambas se tocaban para formar una especie de balcón natural rematado por un farallón en forma de cuña. Allí, sobre ese saliente, como si fuera un trono, se encontraba el Espíritu del Lobo, una de las Tres Bestias legendarias de Wilwood. 

Era un lobo majestuoso, grande y de aspecto regio, aunque sólo parecía parcialmente material, ya que su cuerpo era ligeramente translúcido. Su pelaje debió haber sido del color del gris de la niebla, pero ahora era oscuro como la noche, una mancha de negrura que parecía brotar como sangre impía del enorme clavo de plata que tenía clavado en el pecho y extenderse hasta cubrir prácticamente todo su cuerpo. Sus ojos eran como pozos de fuego azul y les miraban con inteligencia y malicia. Antes de que pudieran hacer nada, alzó la cabeza y aulló. Su aullido estaba tan cargado de odio, furia y dolor que hizo presa en ellos con la fuerza de un torno. Por mucho que lo intentaron no lograron mover un solo músculo, tan paralizados por el terror como si les hubieran transformado en piedra. En respuesta a la llamada de su líder, tres grandes lobos surgieron de las sombras en las repisas laterales, adoptando una postura bípeda al avanzar. Saltaron hacia la inmovilizada compañía, con las garras extendidas y mostrando los dientes con la furia ardiendo en la mirada.

Así empezó la batalla que decidiría el destino de toda Alasia.

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3 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XLII) El Espíritu del Lobo”

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