Crónicas de Alasia, Libro 2: (XL) Cavernas y Criaturas

LOS PORTADORES DEL AMULETO

Sir Alister Norff, Caballero Protector del Reino Perdido

Adavia Morthelius, hechicera e Iniciada Dra’gashi

Shahin ibn Shamal, Magus Sülita heredero del Viento

Ealgar Caul, Escudero de Sir Alister de la sangre del León

Ponto Overhill, Bardo Mediano

Namat, Sacerdote de Valkar, Padre de la Batalla

Escudo 11

-Es una herramienta, Sir Alister. Ni más ni menos. Como tu espada o la magia de Shahin -respondió Adavia a la pregunta acusatoria del caballero.

-¡Una abominación es lo que es! ¡Bruja! -gritó Namat.

Adà sabía que no tenía manera de convencerles. Sabía que esclavizar almas, arrancándolas de más allá del Velo para que ocuparan sus cuerpos y la obedecieran, no era algo agradable, pero todo obedecía a una causa superior, a un fin noble: la destrucción del Amuleto. Eso era lo imperativo, un fin tan importante que justificaba cualquier medio. Y más ahora, en su estado. Haría lo que fuera necesario.

El grupo se enfrascó en una fuerte discusión. Alister y Namat se negaban a seguir con aquel engendro entre sus filas, mientras que Shahin compartía la filosofía de la enoquiana de que toda herramienta podía ser usada para el bien o para el mal, y Ponto simplemente parecía fascinado por todo y tan solo parecía lamentar no tener el uso de sus ojos para verlo con todo lujo de detalle. Ealgar apenas participó, pero parecía mostrarse de acuerdo con el caballero.

Al final el dilema se resolvió apelando al pragmatismo. El poder místico del tatuaje que permitía ver a Sir Alister usando sus otros sentidos se estaba agotando rápidamente, y después perderían de nuevo a uno de sus mejores combatientes. Tenían que avanzar o perder toda posibilidad de encontrar la Llama Helada. Anteponiendo el fin a los medios, decidieron posponer la decisión sobre los métodos de la nigromante hasta haber cumplido con su objetivo.

Zanjado por el momento el asunto, la compañía descendió por las toscas y anchas escaleras de piedra por las que había intentado huir el trasgo. Durante el descenso un par de ratas enormes y aparentemente famélicas les emboscaron, pero se deshicieron de ellas en un santiamén. Las escaleras daban a una serie de cavernas amplias y espaciosas, en la primera de las cuales se veía una especie de mosaico en el centro del suelo formando un camino. Ese camino se bifurcaba, yendo hacia otras cuevas al norte y al este. El complejo subterráneo bajo el Reposo de Vonkar se estaba demostrando mucho más extenso de lo que habían imaginado, pero aún no imaginaban hasta qué punto.

Avanzando hacia el oeste, vieron a la luz de los orbes danzantes de Shahin que había dos promontorios flanqueando la salida de la cueva. Detectando auras mágicas en lo alto de uno de ellos, lanzaron cuerdas con arpeos y el magus escaló hasta arriba para explorar la cima. Pero al llegar arriba no le estaba esperando un tesoro olvidado, sino la criatura que se había ocultado allí al oírles llegar. El cadáver de largas uñas y colmillos afilados intentó desgarrar la carne de Shahin, pero el ágil sûlita rodó hacia un lado, reaccionando a pesar de la sorpresa. 

Reconociendo a la criatura como un necrófago, supo que si le asestaba un zarpazo podría paralizarle, y sería su fin. Shahin optó por la salida más rápida, y se dejó caer por el desnivel, pero el no-muerto saltó detrás suyo y se le agarró, intentando llegar con sus colmillos a su cuello. Cayeron agarrados al suelo, para sorpresa de sus compañeros que estaban abajo. Entre todos pudieron acabar rápidamente con la criatura sin tener que lamentar desgracias, pero Shahin sabía que había escapado con vida por muy poco.

La siguiente caverna era aún más grande y de techo más alto, casi catedralicio. En el centro había un tosco pero sólido trono de piedra, de aspecto antiguo y recubierto de tallas en lo que parecía la lengua negra de los orcos. Al acercarse para investigarlo, vieron que el suelo que lo rodeaba estaba sembrado de restos. Huesos, fragmentos de pellejo y carne marchita y arrancada yacían esparcidos alrededor del trono. Mientras agarraban con más fuerza sus armas y empezaban a mirar a su alrededor con un cierto nerviosismo, un chillido agudo y parecido al de un ave de presa gigantesca reverberó en toda la caverna, creando un eco siniestro, y de las oscuras alturas de la cueva una enorme criatura descendió, volando con sus grandes alas emplumadas. 

La hieracoesfinge posó por unos momentos su cuerpo de león sobre el respaldo del enorme trono, y lo utilizó de apoyo para saltar sobre el grupo con un nuevo chillido de su cabeza de halcón. En ese momento, los orcos que estaban emboscados a ambos lados de la enorme caverna salieron de las sombras, dispuestos a rematar a cualquiera que no fuera destrozado por el gran pico y las garras de su bestia. 

El caos que se desató dejó a los aventureros momentáneamente descolocados y luchando por adoptar posiciones de combate que les favorecieran, algo complicado de hacer con un enorme remolino de garras y picotazos sembrando destrucción entre sus filas. Ponto se había quedado atrás, en la boca de la caverna, ya que estando ciego en poco podía ayudar a sus compañeros. Se puso a recitar una oda heroica que ensalzara el ánimo de sus camaradas, lo único que podía aportar a la pelea. 

Mientras Sir Alister y Ealgar se enzarzaban contra el enorme monstruo, Shahin y Namat se estaban viendo abrumados por los orcos que se abalanzaban contra ellos. Adá envió a su sirviente esquelético a ayudar en el combate contra la esfinge, mandándolo a primera fila para intentar que fuera el cadáver reanimado quien se llevara los golpes. A la vez, formuló las palabras de una terrible maldición. Señaló a la esfinge y desató las fuerzas de la muerte y la entropía sobre sus ojos. Al instante, la gran criatura empezó a agitar la cabeza furiosamente mientras sus ojos se cubrían de un velo de cenizas y muerte. La nigromante había igualado la balanza dejando ciega a la bestia. 

Pero la cosa volvió a empeorar cuando Ponto escuchó ladridos agresivos que venían de detrás, y tuvo el tiempo suficiente para apartarse pegando la espalda a la pared y recorriendo a ciegas varios metros antes de que un orco más, llevando a dos enormes perros de guerra vino desde atrás atraído por el ruido del combate, y soltó a las fieras. 

Los compañeros estuvieron a punto de verse superados, pero la ceguera de la esfinge les permitió centrarse más en combatir a los orcos; aunque la gran bestia seguía siendo peligrosa, era mucho más fácil evitar los zarpazos y picotazos que daba a tientas. Finalmente, maltrechos y agotados, lograron acabar con todos los asaltantes. La esfinge estaba herida pero muy despacio lograron apartarse de ella lo suficiente como para que el animal no encontrara objetivos a su alcance. Ciega y confundida, la bestia emprendió el vuelo y se retiró a su nido, volando torpemente, en un agujero a unos veinte metros de altura, que encontró tras varios intentos.

No podían seguir combatiendo en el estado en que se encontraban. Habían resultado heridos y sus recursos y conjuros prácticamente se habían agotado. Pero no podrían retirarse a la superficie, e intentar descansar en una caverna tan abierta y con salidas por ambos extremos que daban a lugares inexplorados se antojaba un tanto suicida.  Necesitaban encontrar un lugar donde reponerse, y hacerlo evitando cualquier combate si era posible. 

Pero la salida de la caverna hacia el norte, en lugar de ofrecerles un santuario, les hizo ver de manera brutal lo peligroso que era el lugar en el que se habían metido. Pues el túnel se convertía en un puente de piedra natural sobre un foso de unos veinte metros de profundidad. En el fondo, algo se movía, algo tan grande que al principio lo habían tomado por el suelo de la caverna inferior. Pero no lo era. Se trataba del cuerpo, colosal y abotargado, de un gusano grande como un campanario, del color púrpura de una capa real, con unas inmensas fauces redondas de lamprea en un extremo y un aguijón largo como una alabarda en el otro. 

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2 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XL) Cavernas y Criaturas”

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