Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXIX) Feral el Lobo

EXPLORADORES DE WILWOOD

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

Ephraim, médico errante y clérigo de Barin, dios de los ladrones

ESCUDOS DE PIEDRA

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

Escudo 24

Según los cálculos de Gaul y Quarion, habían recorrido ya la mayor parte de la distancia que les separaba de aquella afluencia fluvial cuando ambos exploradores, que iban en vanguardia, detectaron un rastro imposible de pasar por alto. Dos personas habían recorrido esas mismas trochas, y no hacía demasiadas horas de ello. A juzgar por la forma y tamaño de sus pisadas, eran ambos humanos o algo parecido. Aquello era… inesperado. ¿Quién había podido llegar hasta allí a través de un territorio tan peligroso y hostil? ¿Y porqué justo a ese lugar? Las huellas avanzaban en la misma dirección que llevaba el grupo.

El misterio empeoró un trecho más adelante. De repente, uno de los dos caminantes misteriosos parecía haberse caído al suelo, dejando una marca clara en la hierba aplastada. Había gotas de sangre apenas seca en las hojas y las briznas de hierba. El otro caminante parecía haber seguido su camino, aunque según Gaul, sus huellas se habían hecho más profundas a partir de ese punto. Sin duda, cargaba con su compañero.

Como un único individuo, todos los miembros de la expedición desenfundaron sus armas y aprestaron sus conjuros. Algo extraño estaba sucediendo allí. Decidieron enviar una pequeña avanzada para explorar sigilosamente. Quarion, Ephraim y Tobruk se adelantaron, y fueron los primeros en llegar a la unión de los dos ríos. Justo en el punto donda ambos cauces confluían, las aguas se precipitaban en una cascada, junto a la que descendían unos toscos y erosionados escalones tallados en la roca. Una gran roca dominaba el terreno enmarcado por los dos ríos antes del salto de agua, y un gran árbol pelado y de ramas desnudas y retorcidas se alzaba en la orilla por la que se habían aproximado los exploradores. En el tronco del árbol se veía un enorme nudo de forma vagamente humanoide, que había sido perforado por lo que parecía un arma de gran tamaño. Del agujero manaba una savia oscura y maloliente. 

Alguien se alzaba junto al árbol, apoyando una mano en el tronco. El hombre estaba de espaldas a los tres compañeros, y respiraba trabajosamente, como si estuviera realizando un esfuerzo enorme. Llevaba un alfanje en la otra mano e iba vestido con una coraza pectoral. En su agotamiento no parecía haber reparado en ellos.

Los tres exploradores se miraron entre sí, inseguros de qué hacer. Sin esperar la aprobación de sus compañeros, Tobruk cogió una piedrecita del suelo y la arrojó contra el tronco del árbol. El hombre levantó la cabeza ante el sonido, en un gesto casi animalesco, y al instante se volvió hacia los matorrales tras los que se escondían.

No era un desconocido. Todos le habían visto antes, durante el Torneo de Roca Blanca. Se trataba de aquel joven guerrero que se había presentado en los combates como Feral el Lobo. Sus ojos estaban desencajados e inyectados en sangre, y tenía el rostro cubierto de salpicaduras de sangre. Apretaba los dientes con tanta fuerza que las venas hinchadas de sus sienes eran claramente visibles. Cuando habló sus palabras sonaron más bien como un gruñido.

-Por… por favor… matadme… ¡MATADME!

Y acto seguido saltó hacia ellos. Cruzó el aire sin coger carrerilla, con una potencia imposible en un ser humano, y mientras lo hacía, cambió. Sus músculos se retorcieron y se abultaron, un pelaje grisáceo empezó a recubrir su cuerpo, largas garras brotaron de sus dedos y su cabeza se convirtió en la de un lobo rabioso y voraz. 

Aterrizó sobre Tobruk mientras descargaba su alfanje sobre él con brutalidad. [Los dados del máster estuvieron muy calentitos aquella sesión… Empezamos fuerte, con un crítico.] El enano cayó al suelo malherido, mientras el hombre-lobo levantaba la cabeza para soltar un aullido ensordecedor. Al instante, desde detrás de la gran roca al otro lado del río surgieron cuatro lobos grandes como caballos, bestias tan devoradas por la rabia como el que las había llamado.

Al escuchar el aullido y el grito de dolor de Tobruk, el resto de la compañía echó a correr hacia el lugar a toda prisa. Cuando llegaron, uno de los lobos ya se había unido al guerrero licántropo, mientras que el resto estaban cruzando aún las aguas. Quarion había intentado llegar hasta un árbol para trepar a sus ramas, pero se había visto interceptado por la bestia, de la cual se defendía como podía.  Ephraim, por su parte, estaba intentando zafarse del rabioso Feral, usando su lanza para intentar poner alcance entre ambos. Sus compañeros llegaron a tiempo para ver como el enorme hombre-lobo apartaba el arma de un espadazo salvaje y descargaba su garra libre sobre el clérigo de Barin, tumbándole de un solo golpe. 

Gaul cargó contra Feral con un grito de guerra, sin esperar a la reacción de sus compañeros. Shelain reconoció al hombre-lobo por su arma y su armadura. ¿Qué hacía allí Feral el Lobo? Siempre viajaba con su compañero kushita. ¿Serían suyas el otro par de huellas que habían encontrado? Pero un pensamiento aún peor le vino a la mente. Durante el torneo, Feral se había enfrentado a Sir Faegyn Cynnwid, el Caballero Escarlata, y aseguró que el fanático le había acusado de ser un monstruo, una bestia. Y ahora allí estaba, transformado en un hombre-lobo homicida. El mismo Caballero Escarlata que había sido el único en reconocer a Able Konrad como un engendro del Caos, y había sido descalificado por ello. El mismo que había jurado acabar con la nigromante enoquiana, Adavia. Quizá no estuviera tan loco, al fin y al cabo.

Pero no había tiempo para pensar en aquello. Los camaradas de la guerrera elfa se habían puesto en acción a su alrededor. Lomborth había conjurado una lluvia de piedras que caían del cielo, como había obrado durante la batalla de las ruinas, para obstaculizar el avance de los lobos que aún estaban lejos, mientras Tarkathios se enfrentaba al segundo de los lobos que se había avanzado y Sarthorn aplicaba a sus virotes la pátina de plata alquímica que le había comprado a Al-Azhred en la ciudad. Grugnir avanzaba con cautela, evitando a los enemigos, para posicionarse y buscar un hueco desde el que ayudar a Gaul en su cara a cara contra el guerrero licántropo y Caellum hacia lo mismo por la periferia del combate. Por su parte, Elian se había adelantado más de lo prudente para lanzar sus conjuros y proteger a sus camaradas con su escudo de fuerza mágica.

Los ataques de la espada de hierro de Gaul le hacían poca cosa a Feral, y aunque cada tajo que le asestaba dejaba marca, apenas lograba herirle. El rayo de fuego que surgió de su vara incineró a uno de los lobos, que había logrado atravesar la lluvia de piedras de Lomborth para intentar unirse a Feral en su combate contra Gaul, pero justo después, el hombre-lobo descargo su alfanje y su garra con ferocidad brutal sobre el semiorco, y el guerrero druidico cayó en un charco de su propia sangre, desangrándose con una rapidez extrema. [Se quedó a -14 puntos de vida… si no fuera por su enorme Constitución habría muerto allí mismo].

Shelain, que estaba ayudando a Lomborth y Tarkathios contra uno de los grandes lobos, vio que la marea del combate estaba volviéndose rápidamente en su contra. Solo habían conseguido acabar con una de las bestias, y Feral apenas sufría arañazos, mientras que ellos ya habían perdido a tres de los suyos. A ese ritmo, la batalla estaría perdida en menos de un minuto. Pero no había retirada posible. Jamás dejarían atrás a bestias como aquellas, y no había donde esconderse de su olfato. Y algo le decía que no tendrían una segunda oportunidad de recuperar el Clavo de Plata. 

La elección estaba tomada. Era matar, o morir. La elfa apretó la empuñadura de su hoja curva hasta que los nudillos se le pusieron blancos y se lanzó al corazón de la batalla.

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