Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXVII) Asalto al Salón de los Antiguos

LOS PORTADORES DEL AMULETO

Sir Alister Norff, Caballero Protector del Reino Perdido

Adavia Morthelius, hechicera e Iniciada Dra’gashi

Shahin ibn Shamal, Magus Sûlita heredero del Viento

Ealgar Caul, Escudero de Sir Alister de la sangre del León

Ponto Overhill, Bardo Mediano

Namat, Sacerdote de Valkar, Padre de la Batalla

Escudo 11

Las flechas de los trasgos volaron directas hacia Shahin. Con una rápida palabra de poder, el magus desapareció de la vista y las saetas chocaron inútilmente contra el suelo. Su conjuro de desvanecimiento duraría tan solo unos segundos. Había sido suficiente para salvarle la vida por el momento, pero si no salía rápidamente de allí, no iba a contarlo.

Arriba, sus compañeros seguían enzarzados contra los defensores trasgos del lugar, que combatían de manera cobarde y artera, lanzando voleas y retirándose a partes ignotas del laberinto, forzándoles a separarse y a aventurarse a lugares inexplorados donde probablemente serían emboscados, o intentando guiarles hacia nuevas trampas de foso, que los trasgos con su pequeño tamaño no activaban a su paso. 

Con Sir Allister privado aún de la visión, el combate se estaba prolongando más de lo que habían esperado. Ponto también estaba ciego, pero no necesitaba sus ojos para cantar, y elevó su voz en un canto heroico que infundiera coraje a sus compañeros. Mientras Ealgar se debatía cuerpo a cuerpo contra uno de esos rabiosos y enormes animales que los trasgos habían soltado y Namat invocaba las bendiciones de Valkar, Sir Alister intentó guiarse por el oído para lanzar una cuerda al foso donde había caído Shahin, tarea harto complicada aún con las indicaciones verbales de Adà.

Los dedos de la dra’gashi habían estado jugueteando con los ónices que había adquirido en Nueva Alasia. Había llegado el momento de empezar a utilizarlos. En cuanto Ealgar abatió a uno de los trasgos y la zona inmediata quedó un poco despejada de enemigos, se acercó al cadáver del pequeño humanoide y le metió una de las gemas en la boca, mientras empezaba a recitar un cántico en enoquiano antiguo. El espíritu del trasgo, que acababa de cruzar el Velo, fue llamado de manera inexorable de regreso a su cuerpo, atrapado en la gema oscura. Al instante, la carne y la piel del cuerpo empezaron a pudrirse a marchas forzadas, mientras el esqueleto del trasgo empezaba a sacudirse y a moverse de manera independiente. El pequeño esqueleto se levantó, acabando de despojarse de los restos putrefactos. A una orden de Adà, tomó la espada corta que había empuñado en vida y se unió a la batalla contra sus antiguos congéneres.

En su mochila, Adà sintió que el Amuleto rebullía. Parecía… complacido.

Ni Sir Alister, al estar ciego, ni Namat, que se encontraba combatiendo en otro pasadizo lateral, vieron el acto de nigromancia que su compañera acababa de realizar. Ya se preocuparía de ello cuando no estuvieran ocupados luchando por sus vidas, se dijo la enoquiana.

Pero Shahin sí lo había visto. Su conjuro de ocultación se desvaneció justo cuando logró escalar la cuerda que le habían arrojado y se encontraba de nuevo arriba. Sin embargo, el pragmático magus no tenía tantos remilgos. Sacando su arco, hizo frente a una de las partidas de trasgos que les acosaban a distancia, seguido por Adà y su recién creado guardaespaldas no-muerto. En el otro flanco, Ealgar y Namat combatían contra los trasgos y sus bestias en otro pasadizo lateral que conducía a las profundidades. Tras abatir al grueso, una de las criaturas huyó despavorida, y ambos la siguieron tras una esquina, donde aguardaba lo que parecía una antesala custodiada por más trasgos. Oliéndose una trampa de foso, retrocedieron hasta la sala donde se libraba el combate principal. Tras ellos, una voz en trasgo azuzó a una nueva comadreja gigante, que se abalanzó en su busca.

Escuchando como la batalla se recrudecía por momentos, Sir Alister no pudo permanecer al margen por más tiempo, y tomó una decisión. Se tocó la mano donde Oren Vaymin le había tatuado aquellos signos místicos, y se concentró en ellos como le había enseñado el gharadrim. Al momento se vio abrumado por una marea sensorial que le llegaba a través del resto de sus sentidos. Su sentido del tacto interpretaba visualmente la luz que le tocaba la piel, a través del olfato percibía los colores y el sonido le informaba de la profundidad y la distancia. ¡Podía ver el mundo que le rodeaba solo con la mente! El tatuaje místico borrándose por sí solo de su mano le recordó al caballero que no tenía tiempo que perder. Sus efectos solo durarían una hora, y su escudero necesitaba ayuda contra esas bestias.

Adà y Shahin, persiguiendo a los hostigadores trasgos, llegaron a una sala donde aguardaban más de las criaturas, junto al que parecía su líder, un trasgo gigante peludo y de orejas de oso. Ambos Portadores empezaron a defenderse con flechas y hechizos, y Adá envió a su nuevo siervo a enzarzarse cuerpo a cuerpo. El trasgo gigante desapareció de la vista, retirándose en apariencia, pero de repente, una puerta secreta se abrió en el pasadizo donde se encontraban los compañeros, y la corpulenta criatura apareció por ella, cargando directamente contra Adà. La joven recibió un golpe de la maza de la criatura tan fuerte que casi le rompe el cuello, y que la obligó a trastabillar aturdida hacia atrás. Aquello no se lo habían esperado. Aquellos sucios bastardos jugaban en casa, y por los dioses si lo aprovechaban. Reculando un paso más, sacó el Cetro de Kishad del cinto y apuntó con él a la criatura, invocando su poder. Un rayo de oscuridad absoluta cruzó el aire en su dirección y le golpeó en el pecho. El peludo goblinoide cayó fulminado, y de nuevo, el Amuleto pareció relamerse sus inexistentes labios. 

Adà corrió junto al cadáver, con otro de sus ónices en mano. Sin embargo, rápidamente sintió que el alma de la criatura era demasiado fuerte para sus conocimientos de Iniciada, y aquella vez no pudo esclavizarla como había hecho con el trasgo. Su siervo esquelético estaba dando buena cuenta de sus antiguos congéneres, ya que sus espadas cortas poco podían hacer contra su cuerpo sin carne. Con la amenaza principal eliminada, Shahin dejó a la enoquiana encargándose de ellos y regresó al combate principal. Guardó su arco mientras desenfundaba a Saif al’Qamar. 

Sir Alister y Ealgar estaban combatiendo de manera compenetrada para bloquear el acceso a la sala principal de más atacantes. El caballero gritaba órdenes y estrategias de batalla, y sus conocimientos tácticos les hacían combatir casi como si fueran uno solo. Shahin rodó ágilmente a su lado, intentando buscar el flanqueo y atacar a los trasgos por la espalda, pero en ese momento otra de las comadrejas gigantes cargó por el pasadizo, y le encontró justo en medio. Se lanzó, famélica y rabiosa, sobre el sûlita y le derribó. La cimitarra encantada cayó al suelo, rebotando con un estrépito metálico, cuando las fauces de la criatura se aferraron a su cuello como un torno imposible de abrir. Siguieron allí mientras Shahin se convulsionaba y se debatía inútilmente. El animal empezó a beberse su sangre ávidamente.

[Fue uno de esos momentos en los que se pasa del “todo va bien, lo tenemos controlado” al pánico más absoluto en cuestión de un segundo. A Shahin le quedaba un asalto de vida, con mucha suerte. En su próxima acción, la comadreja no solo le infligiría daño de mordisco automático, sino que seguiría drenándole Constitución. El PJ no podía sobrevivir a ninguna de las dos cosas.]

En segundos estaría muerto. Todos sus compañeros lo supieron. A pesar de sus antiguas diferencias, Sir Alister se puso en movimiento. Ealgar asintió con la cabeza, y se quedó solo contra todos sus atacantes a la vez, despachándoles uno a una con una eficiencia brutal, mientras Sir Alister apretaba los dientes y recibía las cuchilladas oportunistas de los trasgos mientras avanzaba entre sus filas para llegar junto a su camarada en apuros. 

Su espada bastarda ensartó a la comadreja, hiriéndola de gravedad y haciendo que abriera las fauces para intentar defenderse. La criatura lanzó dentelladas furiosas en su dirección, pero el caballero blandió de nuevo su filo y la despachó de un golpe seco que salpicó las paredes de sangre. 

Namat corrió junto a Shahin e invocó el poder de Valkar para sanar las peores de sus heridas. Shahin se levantó, sin acabar de creerse que aún no le había llegado el momento de reunirse con su dios Sûl. Aún así, el magus seguía estando muy débil por la pérdida de sangre, y apenas se tenía en pie. 

El último de los trasgos escapó pasadizo abajo, y le vieron empezar a descender por unas amplias escalinatas de piedra que descendían más aún en el interior de la colina. Un certero disparo de Ealgar cortó su huida en seco.

El silencio había regresado al Salón de los Antiguos. La batalla, por fin, había terminado. 

Entonces llegó Adá, seguida de su guardián esquelético.

Sir Alister señaló al cadáver andante con su gran espada.

¿Qué es esa cosa? 

Su mirada ceñuda se cruzó con la de su compañera. 

Responde, Adavia. ¿Qué diablos es esa cosa?

 

Ilustración de DaRoz

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3 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXVII) Asalto al Salón de los Antiguos”

  1. –¿Qué es esa cosa?

    Su mirada ceñuda se cruzó con la de su compañera.

    –Responde, Adavia. ¿Qué diablos es esa cosa?

    A) Es mi primo pequeño, le llamamos “el flaco”.
    B) Si te portas bien, te consigo uno.
    C) ¿El esqueleto? Ya estaba aquí cuando llegué.
    D) No está “muerto, muerto”, solo está muerto “en su mayoría”.
    E) Estos no son los esqueletos que buscais (mientras hace un pase con la mano).

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  2. El problema con los tragos es ese. Si un personaje muere, la situación escapa de control, mientras que si un trasgo muere, de donde vino siempre hay más. Prácticamente cualquier número de bajas es asumible.

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