Fragged Empire 2: (III) Maldad y Vileza

Anteriormente, en Fragged Empire…

[La Tartarus aterrizando en el pequeño astropuerto orbital, con Mishpacha y sus lunas de fondo]

[El grupo saliendo a las calles de Faro. El símbolo pintado de una cabeza de león.]

[Jonas Hex, vox en off]: Es la agencia de seguridad de Vito.  

Thanatos y Palamon cara a cara en el callejón.

[Palamon]: Lamentarás haberte cruzado en el camino de los Espadas de la Gloria.

[Kahta]: Vamos a necesitar armas más grandes.

[Jonas Hex, a Jinx]: Díme la verdad… ¿Eres miliciano?

La Tripulación de la Tartarus

Murdo Morrison: Piloto corporativo y antiguo contrabandista

James T. Jinx: Bribón kaltorano, hombre para todo

Thanatos Verpila: Mercenario legionario sin demasiados escrúpulos

Kahta: Científica Nephilim, experta en ingeniería, medicina y biotecnología

Jagh: Asesino Nephilim de casta híbrida, dotado de potencial psiónico


Ciudad de Faro, Continente de la Estrella

Mishpacha, Sistema Haven

AQUÍ NO SERVIMOS A SERES RAROS COMO ESOS.

Así rezaba el cartel que se encontraba junto a la puerta de la Cantina de Jal Draxa, el abrevadero que servía de punto de reunión para todos los pilotos, comerciantes libres, emprendedores y buscavidas de Mishpacha. Junto al mensaje se veían los toscos dibujos de una bestia Nephilim, un dron y lo que parecía ser un obrero de Carne.

El edificio era un domo desvencijado, cuya superficie estaba recubierta de antenas, repetidores y transformadores de índole diversa. La única entrada la formaban unas escaleras descendentes, que daban a una puerta por debajo del nivel del suelo.

La tripulación de la Tartarus, con la excepción de Jahg, se acercaron al lugar, y antes de entrar una voz ronca les llamó la atención desde un lateral del edificio.

¡Pssst! ¡Eh, vosotros! 

Era un kaltorano de mediana edad y aspecto piojoso. Tenía los ojos algo inyectados en sangre y los movía de un lado a otro sin cesar, entre expectante y nervioso.

¡Sí, vosotros! ¿Os gusta el jugo? Si os gusta el Draz, Biff Tender es vuestro hombre -dijo, abriendo el lateral de su sucio guardapolvo para revelar unas pequeñas redomas con un líquido azulado en su interior-. Vendo jugo, barato barato. De la mejor calidad.

La mirada torva de Thanatos fue suficiente para que el camello cerrara el pico y se perdiera de vista en los callejones. La puerta de la cantina se abrió gracias a sus pistones hidráulicos, y los cuatro cambiaron el calor sofocante por el ambiente sombrío, fresco y cargado de humo del salón de Jal Draxa. Éste tenía forma de semicírculo, ocupando la mitad del domo, y a lo largo de las paredes había reservados abiertos con mesas y butacas rodeándolas. Varias mesas y maquinas expendedoras o recreativas atestaban el espacio libre.

La barra era semicircular también, y detrás de ella se encontraba un corp alto y muy enjuto, totalmente calvo. Sus manchas doradas eran claramente visibles en su cuello y nuca, pero lo que más llamaba la atención era el implante ocular cibernético que tenía en lugar de ojo izquierdo. Era un modelo de veinte o treinta años de antiguedad, voluminoso y de aspecto anticuado, aunque parecía plenamente funcional.

El cantinero no era el único presente en el salón. En uno de los reservados cercanos a la entrada había dos corps bebiendo y charlando. Cuando la tripulación pasó a su lado, pudieron escuchar un fragmento de su conversación.

-Te digo que es verdad. Esas cosas aparecen de la nada y atacan a las naves solitarias…

-¿Máquinas vivientes? ¿Me tomas el pelo? ¿Es que lo has visto con tus propios ojos?

-No, tío, pero Maxwell sí. ¿Te acuerdas de Maxwell?

-¿El de la perilla? ¿El que siempre va hasta el culo de Draz? Sí, claro.. Un testigo muy fiable.

-¿Por qué crees que va siempre colocado? Fue el único superviviente de su carguero, tío. A los demás les desintegraron a todos. 

-Los Drazadictos siempre tienen una excusa…

Ambos se callaron cuando el peculiar grupo pasó a su lado, y se quedaron mirándoles de reojo.

En la barra, sentado solo bebiendo, había un Nephilim, a todas luces un Alfa. La enorme criatura verdosa iba vestida con un traje biotech de camuflaje, llevaba una escopeta de plasma de dos cañones mal escondida debajo de un largo guardapolvos de cuero sintético, y tenía pinta de pocos amigos. No parecía desear compañía.

En una de las mesas, había 3 legionarios jugando a cartas. No iban vestidos con armaduras pesadas ni iban equipados como soldados, pero iban armados con pesados pistolones laser. A Jinx no se le escapó que estaban más pendientes de todo lo que pasaba en la cantina que de su partida. Vitas, se dijo para sus adentros.

Media docena de mecánicos kaltoranos se arracimaba en uno de los reservados, charlando animadamente y formando un cierto barullo. Parecían estar discutiendo sobre algo.

En otro reservado, solo, había otro kaltorano de más edad y aspecto zarrapastroso. Estaba bebiendo y viendo holovids con la mirada algo perdida.

Los cuatro ocuparon una de las mesas centrales, y mientras Jinx se levantaba a la barra para pedir las bebidas, Murdo conectó su terminal personal al Torrente de Datos para acceder a la TradeNet local. Juntos revisaron las ofertas de trabajo que habían colgado, así como sus pagas y fechas de expiración. Algo habría para una nave como la Tartarus. Las ofertas resultaron todas lucrativas, pero complicadas.

El primero de los encargos consistía en recoger 8 cajas de combustible de hidrógeno en Kadash y transportarlas hasta las lunas de Mishpacha en menos de 5 días. Aquello requeriría una nave kaltorana, capaz de sumergirse en las aguas del planeta oceánico. Descartada.

Un pasajero necesitaba hacer un transporte de datos desde Faro a Alabaster-4. Necesitaba entrar los chips en Alabaster “discretamente”. La paga era buena, pero aquello era arriesgado, después de su reciente escaramuza en Makor. Descartada.

Una subsidiaria del Conglomerado Recuento de Cadáveres solicitaba el transporte de 12 cajas de material biológico inestable desde Edén a Paradiso, marcadas como “mercancía peligrosa”. Aquello habría que entrarlo en la estación de contrabando, y la Tartarus aún no estaba equipada con distorsionadores de señal y códigos falsificados de transpondedor, lo que hacía que la misión fuera casi suicida incluso sin entrar en lo volátil o tóxico de la mercancia. Descartada.

También había una recompensa por el pirata Ghantos Ghan, visto por última vez en el sector 5 del cinturón de Monopolio. La paga era buena, pero la oferta expiraba en 3 días, un margen muy estrecho de tiempo.

Por último, una entidad privada de nombre no revelado buscaba miembros para formar una expedición al interior de la Zona Reclamada. Se solicitaban miembros que supieran cazar y defenderse, así como expertos en arqueología y culturas anteriores a la Guerra. No se ofrecía paga, pero se prometía una parte proporcional de todo el botín obtenido.

Ninguna de las ofertas era el trabajo rápido y sencillo que habían esperado, aunque claro, para ese tipo de trabajos ya estaban los canales oficiales. Si uno se veía obligado a acceder a la TradeNet, es que no podía permitirse ser selectivo. Viendo lo que había, el grupo decidió mezclarse un poco con los parroquianos para ver qué se cocía en el lugar. Murdo se sentó en la barra y empezó a charlar con el cantinero. Resultó que se trataba del propio Jal Draxa, dueño del lugar. El tipo no era un gran charlatán, pero como todos los corps, era un hombre de negocios, y Murdo consiguió conectar bien con él. No era un experto en cibernética, pero el piloto estuvo razonablemente seguro de que el implante ocular del cantinero tenía más funcionalidades que una simple prótesis. 

Pronto, él y Draxa estuvieron comentando la actividad corporativa que se producía en Faro, y las novedades en el tejido empresarial del sistema. Llegados a un punto de la conversación, el calvo cantinero dijo:

No todos los corps somos unos bastardos avariciosos sin corazón. Compañías como C.U.R.E. llevan medicinas y vacunas a todos los rincones de Haven, sin importarles la raza o el mundo de origen. Hace poco que están en activo, pero su rápida capacidad de respuesta ha prevenido ya varias epidemias y brotes contagiosos. Sus honorarios no siempre son baratos, ¡pero han salvado incontables vidas!

Por su parte, Kahta se fue también a la barra, pero se sentó junto al Nephilim Purasangre. Éste la miró de reojo, sin moverse, y la saludó con un escueto:

Emisaria.

Kahta pidió lo mismo que estaba bebiendo él, e intentó establecer una conversación. Pero a pesar de todo lo brillante que era su mente, a pesar de su genio científico multidisciplinar, a Kahta se le daba fatal aquello para lo que su genotipo había sido específicamente diseñado: la diplomacia. 

¿De qué Nido vienes? -replicó el corpulento Nephilim a sus pobres intentos.

De ninguno -respondió Kahta-. 

El Alfa se presentó como Grakk Gaath, y era un cazador veterano, superviviente de más de una docena de expediciones a las junglas de Mishpacha. Kahta aprovechó para intentar saber un poco más de lo que había ahí fuera. 

Los restos del ejército de Xion. Nephilim salvajes. No todos los nuestros escucharon a la Devwi-Ich. Son bestias salvajes, degeneradas. Sin jerarquía, sin liderazgo, se han degradado. Por eso la Devwi-Ich dedica tantos recursos a recuperarlos e integrarlos de nuevo en el Nido. Pero yo he estado ahí fuera, y sé que eso es una mierda de Tre’-Bach. Lo único que entienden esos animales es un fogonazo de plasma en la cara. No valen el material genético del que están hechos. 

Gaath le señaló a Kahta una gran cicatriz en el lado derecho de su inhumano rostro. 

¿Ves esto? Me lo hizo uno de ellos, el peor de los que rondan por los bosques ahí fuera. Garuthia el Demonio, le llaman. Pobre del que se acerque a su territorio. El Nido de Edén pagaría generosamente por llevárselo con vida, pero si soy yo el que le encuentra, su fin será otro muy distinto.

Por su parte, Jinx se unió a los suyos para ver qué tramaba aquella panda de mecánicos. Cuando se acercaba, oyó una voz que le resultó remotamente familiar.

¿Primo? ¿Primo James?

Uno de los mecánicos se separó del grupo, y al salir, Jinx vió a un joven, un adolescente en realidad, de trenzas negras y ojos grandes. La última vez que había visto a Billy, antes de salir de las lunas de Mishpacha donde ambos se habían criado, era tan solo un niño. No era raro para un kaltorano encontrarse parientes cercanos o lejanos; los clanes eran familias muy extensas y desperdigadas a lo ancho y largo del sistema. Su primo Billy se acercó a él, y le presentó al resto de sus compañeros. 

Resultó que aquel grupo de kaltoranos estaba intentando decidir cual era la mejor manera de transportar varias toneladas de chatarra hasta una colonia minera en el cinturón de Liberty. Cuando se enteraron de que Jinx contaba con nave propia, le propusieron un trato. No podían pagar en créditos corporativos, pero sí ofrecían a cambio varias cajas de repuestos mecánicos para naves. Aquello le sonó interesante a Jinx. Los repuestos mecánicos eran más fáciles de colocar que las escasas partes robóticas que actualmente transportaban en la Tartarus. El viaje sería sencillo, y les podía resultar lucrativo. Cuando hizo un aparte para hablar a solas con su primo, Jinx le preguntó si sus padres sabían que se dedicaba a la recuperación de chatarra. No era algo ilegal, pero podía ser peligroso. 

Claro que lo saben… ¿A qué crees que se han dedicado ellos toda la vida? Además, no hay nada que temer, ya lo sabes. La Abuela Jinx cuida de todo el clan, y nos guía con su sabiduría. Cualquiera que se meta con un Jinx ya puede tener cuidado. ¡La Abuela es una fuerza de la naturaleza!

James rió para sus adentros. En eso, su primo no se equivocaba. Dejando a los mecánicos, se plantó en el otro reservado, donde se sentaba el kaltorano solitario. El tipo no le vio ni llegar, y hasta que no le habló para llamar su atención no apartó la mirada un tanto vidriosa de la holopantalla. Musitó algo entre dientes como respuesta cuando Jinx le pidió permiso para sentarse. Cuando tomó asiento, y tras presentarse, el otro hizo otro tanto, mirándo a Jinx como si se estuviera fijando en un punto detrás de él.

Jenkin. Riff Jenkin. Quiero salir de aquí.

¿Qué? ¿De la cantina?

No. De… de aquí. Del infierno. Del mundo. 

Jinx frunció el ceño, aquello era algo que había visto antes. Los recuerdos genéticos de su especie podían ser una bendición en algunos momentos, y sin duda, en los tiempos de paz en el auge del imperio Arconte, habían sido una fuente de sabiduría compartida. Pero tras la Guerra, tras las incontables atrocidades, la muerte, la destrucción, el canibalismo… La mayoría de las veces era una verdadera maldición, y no todas las mentes estaban preparadas para ello. Los más desafortunados recibían un legado de horror en su memoria que no podían dejar de experimentar. Todo kaltorano vivía sabiendo que en cualquier momento, aquel podía ser su destino.

¿Quieres salir del planeta? Tengo una nave, amigo. No solemos aceptar pasajeros, pero quizá…

¡Sí! ¡Sí! Tengo que salir de aquí. Me da igual donde. No aquí. ¡Sácame de aquí!

¿Tienes dinero?

Riff Jenkin estalló a reir, mientras negaba con la cabeza. Al momento se perdió en algún recuerdo, y empezó a agitar la cabeza adelante y atrás.

Ceros y unos… Ceros y unos… Solo dicen eso… Ceros y unos… Ceros y unos…

Jinx esperó pacientemente a que el brote mnemónico remitiera, y le propuso un trato al pobre desgraciado. Le llevarían a bordo de la Tartarus y le dejarían en el primer destino en el que atracaran, y a cambio sólo tendría que pagarles con historias e información sobre cualquier cosa que recordara, el sistema, su mundo natal, lo que fuera. Jenkin aceptó el trato gustoso, y Jinx se levantó para comunicárselo a sus colegas, sabiendo que tendría que convencerles de aquello era buena idea.

Todos se reunieron de nuevo con Thanatos en la mesa, ya que el legionario no se había movido de allí para nada. Tras poner en común lo que habían hablado con los lugareños, todos estuvieron de acuerdo en que aceptar el encargo de los kaltoranos era lo mejor que podían hacer en relación riesgo-coste-beneficios. Y en cuanto a Jenkin… Jinx se encargó de persuadirles, exagerando un poco lo que podían obtener de él a cambio. Cuando el kaltorano se aproximó a sus congéneres para comunicarles que habían aceptado el trato, y tras acabar de negociar las condiciones, Billy le cogió del brazo y le llevó aparte.

Primo, ¿sabías que la Milicia ha estado atacando varios asentamientos aquí, en Mishpacha? A los corps no les ha hecho ni puñetera gracia que los guerrilleros hagan bajar el precio de sus inversiones aquí, y están contratando a mercenarios para que acaben con la célula responsable. ¡Algunos creen que el mismísimo Ezekiel Swift podría dirigirla! ¿Te imaginas? ¡Swift, aquí! 

A Jinx no se le escapó el entusiasmo con el que hablaba de la Milicia su joven primo. En el mejor de los casos, se trataba de un grupo de rebeldes y guerrilleros kaltoranos que se negaban a aceptar la convivencia pacífica entre las razas, y que deseaban recuperar el sistema solar que antaño perteneció a su pueblo. Eso les convertía, ante los ojos de la mayoría de ciudadanos de Haven, en terroristas. Aunque Jinx hasta ahora no había tenido tratos con ellos, sospechaba desde hacía tiempo que quizá la Milicia hubiera tenido algo que ver con su encierro en UBIK. Por eso, cuando Billy le tanteó, intentando averiguar no muy sutilmente si él tenía lazos milicianos, supo al instante lo que pretendía. El zagal estaba deseando unirse a ellos, atraído por las hazañas de su líder, Ezekiel Swift. 

Piensátelo bien antes de tomar ninguna decisión, Billy. Lo que elijas va a marcar tu futuro. 

El muchacho asintió en silencio, pero estaba claramente decepcionado. Había esperado un apoyo más explícito por parte del primo al que había idolizado, el que viajaba libremente por el espacio en su propia nave en compañía de legionarios y Nephilim.

Entonces, las puertas hidráulicas de la cantina se abrieron con un sonoro siseo, y tres enormes figuras aparecieron en el umbral. Una de ellas pertenecía a Palamon, el reclutador de los Espadas de la Gloria. Detrás de él iban dos legionarios más, un hombre y una mujer, con las armaduras tan bruñidas como la suya, y con armamento igual de pesado. 

Sus ojos se posaron en el corpachón de Thanatos, sentado tranquilamente en la mesa. Se hizo el silencio más absoluto cuando los tres Espadas de Gloria se adentraron en el salón con sus capas rojas ondeando tras ellos. Palamon se dirigió al mercenario.

Hola de nuevo, hermano. Creo que me debes una disculpa.

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2 comentarios en “Fragged Empire 2: (III) Maldad y Vileza”

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