Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXV) El Pico del Águila

EXPLORADORES DE WILWOOD

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

Ephraim, médico errante y clérigo de Barin, dios de los ladrones

ESCUDOS DE PIEDRA

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

Escudo 23

El Pico del Águila se alzaba ante ellos, más cercano e imponente a cada paso que daban. Era como un inmenso colmillo de roca desnuda, que se alzaba unos 2000 pies por encima de las colinas sobre las que dominaba. Se trataba de una punta rocosa y escarpada, y en su cima se veían revolotear, diminutas desde la distancia, las aves que le daban nombre. 

Los compañeros habían llegado al lugar donde el Astado les había indicado. Su objetivo, la guarida del espíritu lobo, estaba muy cerca, en el lugar donde los dos ríos se unían. La opción más segura era, sin duda, explorar las colinas y los pies del Pico del Águila. Si localizaban uno de los dos ríos de los que había hablado el avatar de Herne, podrían seguirlo hasta la afluencia que estaban buscando. 

Sin embargo, las miradas de todos se alzaron hacia las alturas, siguiendo el perfil vertical del pico. Parecía casi imposible de escalar salvo por los más avezados escaladores, siempre que tuvieran el mejor equipo, pero sin duda, otear desde las alturas les revelaría mucho sobre los territorios que les rodeaban. Se encontraban en el punto más occidental al que ningún grupo de exploradores hubiera logrado llegar, y todo cuanto se extendía a su alrededor era una incógnita. El riesgo merecía la pena.

Por fortuna, contaban con la magia para ayudarse en tal tarea. Gaul y Lomborth habían suplicado a los poderes que veneraban que les concedieran el poder de bendecir con la capacidad de escalar cual un arácnido, y emplearon su magia druidica con Tobruk y Sarthorn, amén de consigo mismos. Los cuatro formarían el equipo que ascendería el Pico del Águila y otearía el terreno desde lo alto.

El resto del grupo montó guardia abajo, preparados para intervenir si sucedía algo. Elian preparó su conjuro de caída de pluma y se mantuvo alerta por si debía usarlo, aunque no las tenía todas consigo. El conjuro estaba pensado principalmente para ser lanzado sobre uno mismo, y su alcance era muy limitado. Si uno de sus compañeros caía, tendría que esperar hasta el último momento antes de lanzarlo, o de lo contrario no le afectaría. 

El ascenso fue fácil gracias a las bendiciones mágicas. Los escaladores necesitaban apoyar pies y manos, pero se adherían a la superficie rocosa igual que una araña, con lo que la falta de agarraderos no les suponía ningún problema. Estaban alcanzando la mitad del ascenso, a unos 800 pies por encima de las colinas quizá, cuando vieron las águilas. 

Las grandes águilas que planeaban en círculos alrededor de la puntiaguda cima habían ido descendiendo lenta y majestuosamente, con un vuelo tan indolente que su pérdida de altitud había pasado desapercibida. Ahora se veían más grandes e imponentes. Y tenían algo extraño en sus proporciones, en la negra silueta de sus cabezas. Gaul frunció el ceño; sabía que las águilas eran aves solitarias, que no suelen volar en bandada. Fue entonces cuando todos vieron que no se trataba de águilas.

El cuerpo de los seres era el de una gran ave rapaz, sin duda. Sin embargo, su cabeza parecía la de un lobo de colmillos babeantes coronado por una cornamenta de ciervo de astas crueles y afiladas. Y lo más extraño de todo eran sus sombras, recortadas contra la pared del pico, pues no proyectaban formas que se correspondieran al cuerpo de los seres, sino que eran las sombras de personas, de seres humanos que se debatían agónicamente agarrándose el pecho. 

Dos de las criaturas se despegaron de la bandada para dirigirse con un chillido convertido en rugido hacia los escaladores, mientras otros tres iniciaban un picado para dirigirse hacia las presas que les aguardaban en el suelo. Al verlas más de cerca, Elian reconoció a las monstruosas bestias.

¡Peryton! ¡Son Peryton!

Pero el mago no tuvo tiempo de advertir a sus camaradas de nada más. Las criaturas hicieron una pasada sobre cada uno de los grupos, sobrevolando sobre ellos y haciendo que sus sombras se cruzaran con algunos de ellos. Todos los tocados por las sombras, Sarthorn y Lomborth arriba, y Shelaiin, Tarkathios y Quarion abajo, sintieron la misma sensación, como si alguien acabara de pisotear sus propias tumbas, y se les heló el corazón en el pecho con la intuición de que acababan de ser sentenciados. Y efectivamente, tras esa primera pasada, los peryton se volvieron hacia sus presas elegidas. 

En el suelo, los aventureros aprestaron sus armas a distancia, intentando abatir a las bestias voladoras mientras estas empezaban a hacer cargas de pasada, corneando con sus astas puntiagudas, apuntando siempre al pecho. Los escaladores lo tenían aún más complicado. Necesitaban aferrarse a la pared al menos con una mano, lo que limitaba enormemente sus opciones defensivas. Eran como serones en un concurso de arqueros. 

Uno de los peryton embistió a Lomborth y le desgarró la espalda, y estuvo a punto de hacerle caer del brutal impacto. Tobruk y Gaul miraron hacia arriba y abajo, intentando ver si había algún repecho donde pudieran ponerse en pie y luchar en mejores condiciones. Quiso la suerte que algo más arriba hubiera una pequeña cornisa, poco más que un escalón erosionado en la roca. No debía medir más de cuarenta o cincuenta centímetros, y estaba bastantes pies más arriba, pero debían llegar allí si querían sobrevivir.

¡Arriba! ¡Arriba!

Los cuatro intentaron seguir ascendiendo mientras se protegían como podían del constante acoso de los peryton. Entre tanto, la lucha en el suelo se había encarnizado también. Una de las bestias embistió a Shelaiin con dureza, intentando hundir su cornamenta en su coraza en un claro intento de abrir hueco hasta su corazón para arrancarlo con sus dientes. 

¡Es eso lo que buscan! -gritó Elian, tras conjurar un fulminante rayo abrasador-. ¡Van a por el corazón, protegéos!

Era cierto. A la menor oportunidad, los peryton intentaban desgarrar salvajemente con sus fauces la caja torácica de su presa y arrancar el órgano aún pulsante. Tarkathios tenía problemas para deshacerse del suyo, que le había derribado e intentaba alcanzar su pecho, hasta que conjuró su espadón de voluntad concentrada y casi partió en dos a la bestia. 

Sarthorn y los demás lograron alcanzar el repecho, y se pusieron en pie allí, apretados y de espaldas contra la pared. Apenas podían moverse, pero al menos podían usar todas sus manos. Allí empezaron a poder devolver algún golpe, siempre esperando al momento en el que las bestias iniciaban un nuevo contacto para poder alcanzarlas. Sarthorn, por su parte, sacó su ballesta de repetición, satisfecho por fin de tener oportunidad de hacer lo que se le daba mejor.

La lucha prosiguió ardua y atroz. Las bestias eran duras y peligrosas, y doblemente para aquellos afectados por la maldición de sus sombras. En el suelo, la magia curativa de Ephraim y Grugnir había impedido que varios de sus camaradas cayeran agonizando, pero aún así la mayoría sangraba profusamente por las crueles heridas dejadas por los cuernos de los monstruos. Una de las criaturas aún vivía, y seguía intentando acabar con la guerrera elfa, que se había enfrentado con dos de los monstruos a la vez para permitir que Quarion abriera distancia y pudiera usar su arco. 

Arriba también una de las bestias había sido abatida y se había precipitado desde las alturas, y la otra estaba malherida. Pero en lugar de retirarse, atacó con saña furibunda una vez más, y alcanzó a Lomborth de lleno en el pecho. Con un brutal giro de cabeza, el peryton despejó los pies del pelirrojo enano del suelo y le arrojó a una caída de mil pies de altura. 

La caída duró apenas un par de segundos. Lomborth gritó mientras se precipitaba a toda velocidad hacia el último abrazo de la madre tierra. Entonces, quizá a unos pies del suelo, su descenso se frenó en seco, y empezó a caer con la ligereza de una pluma hasta posarse en el suelo sin sufrir daño alguno. Elian le sonrió y le hizo una pequeño saludo con la cabeza, con la punta de su bastón de mago aún reluciendo.

Los otros dos monstruos no tardaron en caer, y de nuevo se hizo el silencio en torno al Pico del Águila. Quien le hubiera puesto el nombre al lugar, se había equivocado de parte a parte. Pero la sangre derramada valió la pena, pues ahora que estaban libres de peligro, pudieron alcanzar a comprender el inmenso valor de la recompensa que habían obtenido a cambio de sus esfuerzos. 

Habían ascendido el Pico del Águila por su vertiente oeste. A los pies de los escaladores, aún en la estrecha cornisa, se abrían los confines occidentales del Bosque de Wilwood, una visión que nadie había presenciado, quizá, en un milenio. Estaban presenciando, después de tantas expediciones y peligros superados, el final de Wilwood. 

Muy al sur, se abría una franja de tierra que probablemente todavía pertenecía a Alasia, antes de que sus ojos se perdieran en las vastas y áridas planicies de Kanth. 

Al oeste, el terreno se alisaba y se convertía en lo que parecía un inmenso cenagal, mientras que borrosa en el horizonte, hacia el noroeste, se perfilaba una larga sierra de colinas. 

Al norte, el bosque acababa a campo abierto, en una especie de gran valle muy extenso flanqueado a este y oeste por alargadas y abruptas sierras. 

Lo que parecían los restos del viejo camino se divisaban, como una hilera en la que parecía que los árboles estaban algo más separados de lo normal. En un punto de ese camino distinguieron, con la ayuda del catalejo de Lomborth, los restos de algo. No parecían edificios pero se vislumbraban destellos metálicos y siluetas entre los árboles que no parecían naturales.

Un poco más allá, distinguieron casi de milagro lo que parecía el tronco negro de un gran árbol que parecía crecer solitario en mitad de un claro del bosque. Y en una zona al norte de su posición se veían diversas columnas de humo alzándose del bosque, provenientes de lo que parecía ser un campamento de algún tipo, rodeado de una empalizada.

Un río nacía a los pies del Pico del Águila, y se encontraba con otro no muy lejos al suroeste de allí. Ese mismo cauce se iba ensanchando hasta convertirse en un río ancho y poderoso de caudalosas aguas, aparentemente tranquilas y quizá incluso navegables. 

A lo largo de ese río se le iban incorporando afluentes, alimentándolo aún más, o nacían subsidiarios de él. El primero de esos subsidiarios parecía desembocar en una zona húmeda del bosque, donde el suelo parecía empantanado.

El segundo afluente nacía de unas colinas que flanqueaban el Valle de los Túmulos por el suroeste. Donde se encontraban ambos rios había un gran promontorio, una roca gigantesca quizá, y en ella se podían ver columnas y restos de lo que podría ser una ruina o un monumento.

El tercer afluente nacía también en otras colinas boscosas más al sur, y cerca del lugar donde ambos ríos se unían, se podían distinguir las ruinas de una antigua ciudad. 

Inmediatamente al suroeste de las colinas donde nacía ese tercer afluente, se hallaba una zona del bosque donde las copas de los robles eran colosales y sobresalían hasta duplicar o triplicar la altura de los árboles que les rodeaban. 

Su posición en la pared occidental no les permitió ver el corazón de Wilwood, que se hallaba a sus espaldas, pero cuando alzaron la vista hacia arriba, vieron que en lo alto del Pico del Águila, aún a mil pies sobre su cabeza, se abría lo que parecía ser una oquedad, un punto oscuro, como la boca de una cueva abierta al cielo. 

Y en el horizonte, las Tierras Perdidas de Alasia aguardaban aún, hermosas y salvajes, tentando a los oteadores con sus secretos, extendiéndose a tanta distancia como la vista podía alcanzar…

Wilwood Player's Map.png

Mapa de Wilwood para los jugadores, actualizado con la información obtenida desde el Pico del Águila

[Y con esto las Crónicas de Alasia llegan a lo que podríamos llamar “pausa a mitad de temporada”. Debido a que en nuestro grupo hemos hecho un parón en la campaña para testear las reglas de Pathfinder 2ª Edición, las Crónicas han llegado al punto actual de nuestras sesiones de juego. Pronto retomaremos las andanzas de estos personajes y todos los demás, así que las Crónicas continuarán en breve. Pero no temáis, la acción no se detiene, solo cambia de tercio… A partir del próximo lunes, la Tartarus despega de nuevo, y su variopinta tripulación de inadaptados, mercenarios y ex-convictos sigue dispuesta a explorar el universo de Fragged Empire para ganarse la libertad y un puñado de créditos. ¡Nos vemos en Haven!]

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9 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXV) El Pico del Águila”

  1. ¡¡¡Nooooooooooooooooo!!! ¡Jugad, jugad, malditos!

    No te basta con que lleve tropecientos años esperando al sexto libro de Canción de Hielo y Fuego, que añades esta crueldad.

    Venga ese Fragged, anda.

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      1. Así se te atragante el próximo perrito pequeño que te entregue una niña y que te comas después de muerto “porque, total, qué más da”, malaje.

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      1. No, si la última campaña de Fragged que narró me gustó mucho.

        Pero no se le puede dar cancha a estos artistas, que luego engordan y engordan, se mueren de repente, sin terminar la serie y, ¿¿¿a quién le reclamas, entonces???

        A ver si hacen la serie de TV de Alasia, aunque cambien cosas…

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