Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXIII) La Bestia

LOS MAPEADORES DEL NORTE

Thaena Sveinsdóttir, guerrera y exploradora korrwyf con sangre de gigantes

Qain’naan, monje enoquiano seguidor de la senda del Fantasma Hambriento

Petrus Cornelius Faust, alquimista andmar recién llegado a Alasia

Assata Silil, conjuradora kushita acompañada de su eidolon panteriforme Shakar

Fray Dervan Oban, clérigo itinerante y bonachón de Uriel

Escudo 1

La lectura de los Discos de Plata apartó por unos momentos la mente de los compañeros del misterio de Crawford Manor. ¡Aquello era un descubrimiento que se remontaba a los días de la Guerra de la Sombra! Su autor, Magius de Grimhold, relataba de primera mano la Caída de Sartia, que sumió al mundo en quinientos años de edad oscura. Y sus palabras parecían presagiar que eran muchas las cosas que en la actualidad se desconocían sobre el Reino Perdido y su devastación. ¿A qué misteriosos aliados se refería? ¿Cual fue la traición de los sartianos? ¿Qué intentaba Magius hacer con el Cuerno de Brân? Y sobre todo… ¿donde se encontraba el castillo de Grimhold que mencionaba?

Por un lado, los Discos decían que se encontraba cerca de la Torre Blanca, es decir, de la actual Crawford Manor. Y aparentemente, montaba guardia sobre el “verde mar de los Sarathan”, es decir, sobre las extensas llanuras de Pal Sarath. Y también sobre algo llamado el Craidh. Tras pensar unos instantes, Petrus llegó a una conclusión. Craidh era una antigua palabra sartiana que, en la evolución de esta lengua hasta resultar en la lengua común que se hablaba en la actualidad, podría haber sufrido fácilmente un proceso de falsa etimología, dando lugar a un vocablo actual que nada tuviera que ver con su significado original de “espesura primordial”: cuna. Si el alquimista no se equivocaba, el Craidh mencionado por Magius… podría ser el Bosque de la Cuna. 

Y si aquello era cierto, que se supiera solo había un lugar cerca de Crawford Manor y que estuviera a distancia visual tanto del bosque como de las llanuras. El lugar que daba nombre a la región en la que se encontraban: el Camino del Torreón. “Los altos torreones de Grimhold”… Si sus suposiciones eran acertadas, Magius había muerto muy cerca de su querido hogar.

Cuando los investigadores regresaron a la luz del día, la búsqueda del pequeño Bran no había concluido aún. El niño no aparecía por ningún lado, y la preocupación de Alida y Sir Bertram se había acrecentado en varias órdenes de magnitud. Rezaban porque el niño estuviera oculto en alguno de los escondrijos y recovecos que sólo él parecía conocer. Los compañeros se llevaron a los Crawford aparte para contarles en privado lo que habían descubierto en las entrañas de la mansión. Ambos se mostraron intrigados y perplejos a partes iguales; era obvio que no conocían el secreto de la mansión. 

Si esta casa está protegida por los cuervos, como esos fantasmas aseguran, ¿donde están ahora? ¿Porqué no hacen nada en nuestra hora de mayor necesidad? -replicó Sir Inghram, antes de volver a dirigir las labores de búsqueda de su hijo. Aquella era su máxima prioridad ahora, aunque les agradecía sinceramente su labor y su ayuda. 

Qain propuso a Alida que bajara a presenciar con sus propios ojos la tumba de su abuelo. El monje pensó que quizá los espectros enanos fueran más comunicativos con un miembro del linaje Crawford, y Alida también estaría en su derecho de reclamar las armas y pertrechos de su antepasado sin incurrir en las iras de sus fantasmales guardianes. Sin embargo, los enanos muertos fueron tan parcos en palabras con ella como lo habían sido anteriormente, y la joven se limitó a presentar sus respetos a los artífices y a su abuelo muerto, pero se negó a tomar sus armas. Llegaría el día en que sería digna de ellas, dijo, pero ese día aún no había llegado.

Mientras el monje acompañaba a la joven, el resto del grupo se unió de nuevo a la búsqueda de Bran, y aunque el pequeño Crawford no apareció, no tardaron en hacer un nuevo y macabro descubrimiento. Registrando cualquier escondrijo en potencia, por pequeño que fuera, descubrieron que la trampilla de una de los pequeños compartimentos-despensa bajo la cocina parecía estar cerrada por dentro, o quizá atascada. Intrigados, dejaron que Thaena obrara su particular forma de magia. 

Los músculos de la guerrera con sangre de gigante se abultaron y la trampilla se deslizó hacia un lado bruscamente, liberada por la fuerza de aquello que la atrancaba. Se trataba de Breanda. La pobre mujer había sido embutida por la fuerza en aquel estrecho espacio, en el que su cuerpo apenas habría cabido de no encontrarse en el estado en el que se encontraba. Había sido metida a presión allí dentro, por alguien o algo que solo podía tener una fuerza sobrenatural. Los huesos de su cuerpo se habían ido rompiendo uno a uno a medida que su asesino empujaba para hacerla pasar por la estrecha abertura, y ahora sobresalían de su carne en muchos puntos. La afable cocinera había encontrado su atroz final en sus propios dominios, y se unía de aquella manera a Corbett y al desaparecido Waldron en la lista de víctimas. Y, si los dioses no eran misericordiosos, también al pequeño Bran.

Revisando sus opciones, lo que habían descubierto en la habitación del niño y en las profundidades de la tierra, los compañeros volvieron su mirada a las alturas. En el cuarto de Bran había habido algo, una presencia no enteramente incorpórea, a juzgar por los pelos anaranjados arrancados por Qain. Algo que había abandonado el lugar sin cruzar la puerta. Y si los cimientos de la Torre Blanca habían guardado secretos, ¿porqué no iba a hacerlo su cumbre? Era el único lugar de la mansión que aún no habían registrado. 

Cuando le preguntaron a Sir Inghram si había algún acceso a los tejados, el noble les contestó negativamente. Cuando era necesario repararlos o cambiar algunas tejas, lo que sucedía cada cinco o seis años, se construían largas escaleras para que los trabajadores ascendieran. Pero era peligroso, por lo que no se hacía demasiado a menudo. Y las escaleras que antaño subían por el exterior de la Torre Blanca acababan a los seis metros de altura, desmoronadas siglos atrás. Sin embargo, Rook, el senescal, le recordó algo a su señor.

Está la vieja escalera secreta, mi señor. No se usa desde tiempos de su abuelo, cuando había razones para ello, pero si no me equivoco, debería llegar hasta el tejado.

Crawford asintió, cayendo en la cuenta. Era posible, sí. Guió a los compañeros hasta el gran salón. En la pared oeste, cerca de la esquina, hizo memoria intentando recordar lo que le había contado su padre de niño, y pulsó una combinación de puntos en la mampostería. Al momento, una sección del muro se deslizó hacia un lado, soltando una nube de polvo. Detrás había un pequeño hueco, en el que no había más que una escalera de mano metálica que ascendía en vertical.

Sir Bertram tenía muchos enemigos, y era precavido en exceso. Montó esta escalera para poder moverse en secreto entre los distintos niveles de la mansión, y poder apostar espías y vigilantes ocultos. Si Rook está en lo cierto, podría tener salida al tejado, aunque si es así, mi padre nunca me lo reveló.

Antes de subir para descubrirlo, trazaron un plan. Le pidieron a Sir Inghram que apostara arqueros en las torres de vigilancia, con la intención de cubrirles si algo ocurría allí arriba. Alida se situó en una de las torres, arco en mano, y lo mismo hizo Ceirin, la hija de Corbett y futura maestra de armas de la mansión. Dervan se quedó abajo, y Assata se quedó apostada también junto a los arqueros, preparada para usar su magia si era necesario. Cuando estuvieron todos en su lugar, Thaena, Qain y Petrus subieron de uno en uno hacia las alturas de la mansión.

Efectivamente, la escalera se abría al tejado. Este era un tejado a dos aguas, bastante inclinado, compuesto por tejas de un gris verdoso por el musgo y el verdín. Sería necesario caminar con mucho cuidado para no resbalarse y precipitarse a la muerte. Thaena avanzó la primera. Estaba acostumbrada a las cubiertas de los barcos, y tenía bastante equilibrio para su tamaño y corpulencia. Se dirigía hacia la Torre Blanca, cuya cima sobresalía unos tres o cuatro metros por encima del tejado, con la intención de escalar sus muros y echar un vistazo a lo que pudiera haber en lo alto. Cuando hubo cubierto la mitad de terreno, Qain empezó a avanzar tras ella. 

Thaena escaló sin dificultad la piedra vieja y agrietada de la torre, y mientras lo hacía empezó a notar un olor rancio, como a pelo mojado de animal. En cuanto asomó la cabeza, vio que allí no había nada, y acabó de izar su cuerpo para subir. Sin embargo, nada más hacerlo, algo la golpeó con una fuerza brutal, un impacto en la mandíbula que la levantó del suelo y la hizo caer sobre las antiguas piedras de la cima de la torre. En ese momento el aire empezó a rielar delante suyo, y su atacante empezó a materializarse lentamente, apareciendo de la nada.

Era una criatura enorme, de casi tres metros de altura, aunque estaba encorvada y parecía menor de lo que era. Se alzaba a dos patas, como un hombre, pero se apoyaba en el suelo con uno de sus larguísimos brazos, mientras que el otro aún estaba cerrado en el puño con el que la había golpeado. La bestia era simiesca en apariencia, cubierta de largo pelo sucio de un color anaranjado, pero su rostro era diabólico y grotesco, de ojos rojos brutales y colmillos sobresalientes y puntiagudos.

Era el hombre salvaje de los bosques del que habían leído en el libro.

El demonio-simio rugió mientras Thaena se ponía en pie como podía y Qain empezaba a avanzar lo más rápidamente que podía sin arriesgarse a una caída. Assata gritó a los arqueros que dispararan, y las flechas empezaron a surcar el aire hacia las alturas, mientras la conjuradora empezaba a invocar sus criaturas. La guerrera se enfrentó sola a la bestia, y luchó valientemente. Incluso logró herir a la bestia, aunque claramente el acero normal no la dañaba como debería. Pero la criatura era demasiado fuerte. Golpeándola furiosamente con sus puños como martillos, los compañeros de Thaena vieron como la guerrera caía al suelo, desplomándose como un fardo.

El demonio-simio iba a cogerla y meterla en una oquedad que se hallaba en el centro de la torre, cuando los dardos arrojados por Qain se clavaron profundamente en la nuca de la cosa. [¡Crítico!]. Bramando, dejó el cuerpo de Thaena y se volvió hacia el monje, que seguía de pie en el tejado, y dio un salto prodigioso. La pesada bestia aterrizó de pie frente al monje, golpeándose el pecho y provocando un pequeño terremoto de tejas sueltas y agrietadas. Qain perdió pie y resbaló un par de metros hacia abajo antes de equilibrarse y lograr frenar su caída.

Petrus también se acercaba lentamente, con cautela, mientras mezclaba líquidos de dos frascos distintos con cuidado de no excederse ni una gota. Al instante el compuesto empezó a sisear y humear en sus manos. 

Qain adoptó una postura de combate, mientras sacaba un frasco de agua bendita que tenía guardado para ocasiones especiales. 

Las águilas conjuradas por Assata volaban raudas hacia el demonio-simio, mientras Alida y sus arqueros disparaban a la criatura. 

Entonces, la bestia habló con voz gutural.

Ya es demasiado tarde. La tarea de mi amo será completada. Y no podéis impedirlo.

Y con un bramido atronador, saltó al ataque.

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9 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXIII) La Bestia”

  1. 1- Sir Bertram NO ERA precavido “en exceso”, porque nunca se es demasiado precavido (“así que llevas DOS palos de 3 metros en el equipo, ¿verdad?… por si se rompe el primero”).

    2- ¿Quién ha contratado a King Kong para esta escena?

    3- ¡Ese crítico güeno, ahí, Qain!

    4- ¡Aaaaaaagh! Si esto no es un cliffhanger, que venga Dios y lo vea (bueno, un “roofhanger”). ¡Otra vez! ¡Maldito!

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