Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXII) Sombras Bajo Tierra

LOS MAPEADORES DEL NORTE

Thaena Sveinsdóttir, guerrera y exploradora korrwyf con sangre de gigantes

Qain’naan, monje enoquiano seguidor de la senda del Fantasma Hambriento

Petrus Cornelius Faust, alquimista andmar recién llegado a Alasia

Assata Silil, conjuradora kushita acompañada de su eidolon panteriforme Shakar

Fray Dervan Oban, clérigo itinerante y bonachón de Uriel

Escudo 1

Las escaleras que partían del falso sarcófago de Sir Bertram eran estrechas y empinadas, casi más una escala de mano que verdaderos peldaños. Descendían entre la roca viva de la colina sobre la que se alzaba Crawford Manor, y Thaena, que iba en cabeza, tuvo problemas para encogerse y hacer pasar su gran estatura por aquel angosto acceso. Al pie de las escaleras, unos veinte metros más abajo, les aguardaba una cámara cavernosa lanceada por incontables estalactitas y estalagmitas, que surgían del suelo o se cernían en el techo como las fauces de alguna criatura que ha permanecido hambrienta demasiado tiempo. Una leve corriente de aire provenía del este, donde se abría un oscuro túnel. 

A medida que lo recorrían, descendiendo en una suave pendiente, el aire se iba volviendo más húmedo. La pendiente se hizo más pronunciada, hasta que llegaron a lo que parecía el fondo. El túnel les había conducido hasta lo que parecía un estanque subterráneo, alimentado por el agua que goteaba del techo y que bajaba en regueros por las paredes, y cuya superficie lamía suavemente la fría piedra del suelo del pasadizo. Las oscuras aguas se agitaban levemente por lo que parecían corrientes arremolinadas. La única manera de cruzar el estanque sin nadar era un delgado puente de piedra, de no más de sesenta centímetros de anchura, que cruzaba el lago justo a nivel de superficie. Al otro lado, el túnel continuaba, retomando el ascenso. 

Qain fue el primero en intentar cruzar el puente. Sin embargo, y a pesar de sus precauciones, en cuanto pisó la sección central, su peso activó el sencillo mecanismo impulsado por las leyes de la mecánica. La sección central rotó sobre sí misma, haciendo caer al monje a las frías y oscuras aguas antes de que su propio peso la volviera a dejar en posición. Sin saber qué podría acechar en las profundidades del estanque, Qain nadó rápidamente hacia la otra orilla; por suerte no había ido lastrado con armadura o una gran impedimenta, de lo contrario su peso le habría podido arrastrar fácilmente a una tumba acuosa. Saliendo al otro lado, Qain encontró un agujero en el otro extremo del mecanismo pivotante: sin duda estaba pensado para encajar un pasador y bloquear el puente para que fuera seguro de cruzar. Trabando el mecanismo con una piqueta de hierro, indicó a sus compañeros que podían seguir sus pasos.

El nuevo túnel ascendía de nuevo, tanta altura como previamente había descendido el anterior, pero se cortaba abruptamente en medio del vacío. Se abría en una pequeña repisa que daba a una caverna circular de unos 12 metros de diámetro. El techo, a unos 3 metros escasos por encima de sus cabezas, estaba plagado de enormes estalactitas de calcita. A 18 metros por debajo, la superficie de un lago subterráneo aguardaba a cualquiera lo bastante insensato para sumergirse en sus profundidades. En la sección norte de la caverna, a más o menos la misma altura a la que se encontraban, se podía distinguir otro túnel que se adentraba en la roca, mientras que en el techo, sobre el centro de la sala, la amortiguada luz del sol se filtraba por un agujero en la roca.

Los compañeros dedujeron que aquel lago subterráneo debía constituir la reserva de agua de Crawford Manor, y el agujero del pozo en el techo parecía confirmar esa teoría. Sin embargo, para acceder al otro túnel y poder proseguir sus pesquisas, sería necesario escalar lateralmente las paredes de la caverna. Qain pensó que quizá el agujero del pozo podía serles útil: si conseguían descender una cuerda desde la superficie, sin duda podrían usarla para facilitarse la travesía. El monje emprendió el ascenso de vuelta a Crawford Manor, con la intención de implementar su plan. 

Mientras tanto, sus compañeros decidieron intentar aprovechar el tiempo en su ausencia. Decidieron que Thaena, atada a una cuerda que sujetaban sus compañeros, intentaría escalar la pared, clavando pitones a su paso para facilitar el trayecto al resto. La pared era rugosa y tenía agarraderos, pero aún así era bastante vertical y estaba húmeda. La korrwyf empezó a avanzar trabajosamente, pero en un momento dado, le resbalaron las manos y no logró asirse a la resbaladiza superficie. Assata y Petrus lograron resistir el repentino tirón del peso muerto de la guerrera, pero la brusca sacudida hizo que Fray Dervan trastabillara hacia delante, precipitándose al vacío, seguido de Shakar, que también había estado tirando de la cuerda con los dientes.

Los dos cuerpos se estrellaron contra las frías aguas con un sonoro chapoteo. El robusto fraile empezó a hundirse arrastrado por el peso de su armadura y sus hábitos. Pero lo peor estaba por llegar. Algo empezó a agitarse en el agua, algo que en principio pareció un banco de pequeños peces que empezaron a nadar en círculos alrededor de ambos. Sin embargo, mientras se hundía Fray Dervan abrió los ojos, y pudo comprobar con horror que lo que nadaba en las aguas acercándose a ellos a toda velocidad ¡era un verdadero enjambre de manos cercenadas a la altura de la muñeca!

Las manos empezaron a aferrarse en torno al clérigo y a la pantera, buscando la garganta y las extremidades, intentando arañar, estrangular y arrastrar a sus víctimas hacia el fondo. Viendo que su eidolon corría peligro, Assata soltó la cuerda y envió a Shakar a su plano de existencia natal, mientras formulaba las palabras de poder que abrirían un conducto entre los mundos. Un portal se abrió en el agua, un agujero en el tejido de las dimensiones que se abría a las profundidades de los océanos celestiales, y entonces la conjuradora emitió su llamada. Dos delfines blancos, de ojos azul intenso, cruzaron el portal y se dirigieron raudos como arietes contra las manos que acosaban a Fray Dervan. 

Mientras, Thaena hacía lo imposible por alcanzar de nuevo la pared y ascender hasta la repisa, sabiendo que el fraile corría peligro de muerte y que Petrus no aguantaría mucho rato su peso. Sin embargo, volvió a resbalar, y aquella vez el alquimista no logró sostenerla en vilo. Ambos se precipitaron hacia las aguas infestadas de manos no-muertas.

Luchar por mantener la cabeza fuera del agua mientras una veintena de manos intentaban estrangularles y ahogarles fue absolutamente agónico. Thaena desenfundó una daga, sabedora de que armas más grandes serían inútiles en tal aprieto, y acuchillaba y sajaba mientras intentaba mantener a flota a sus compañeros, peores nadadores. Fray Dervan, medio ahogado, logró sacar la cabeza del agua el tiempo suficiente para gritar una exhortación a Uriel. El poder divino de la diosa inundó la estancia, espantando a un gran número de las manos, que los delfines de Assata iban devorando pasada tras pasada, pero el fraile no pudo evitar verse arrastrado de nuevo, ya sin aliento. Mientras Petrus había visto que un nuevo túnel se abría justo debajo de la repisa en la que se habían alzado, a nivel del agua, e intentaba nadar hacia allí con todas sus fuerzas para salir del agua.

La expulsión de muchas de las manos fue lo que permitió que Thaena buceara rápidamente hacia el cuerpo hundido del fraile, y pegando sus labios a los de él, le insufló el aire de sus pulmones. De no ser por eso, el pobre Dervan habría encontrado su final allí mismo. Finalmente, lograron acabar o ahuyentar al resto de las manos asesinas, y nadar detrás de Petrus, hacia el misterioso nuevo túnel, salvando la vida por un estrecho margen.

Cuando Qain regresó después de haber tirado cuerda por el agujero del pozo, se encontró con la fiesta que sus compañeros habían montado en su ausencia. Clavando piquetas y atando cuerda para el descenso, el monje y Assata se reunieron con sus compañeros abajo, decididos a explorar aquel nuevo túnel más profundo.

El túnel era corto, y por su suelo corría un torrente de agua que se deslizaba hasta desembocar en la caverna del pozo. Allí, la arquitectura no era cavernosa, sino trabajada con meticulosidad y precisión, un pasadizo de piedra labrada por manos expertas, que se abría en lo que era sin duda una galería memorial. La sala estaba dominada por seis estatuas de tres metros y medio de altura, dispuestas a lo largo de las paredes norte y sur. Cada una de ellas estaba montada sobre un pedestal y mostraba la severa efigie de un enano ataviado en cota de malla y faldón de guerra, yelmo cónico y con un martillo y un cincel cruzados sobre su pecho. Había runas enanas inscritas en los pedestales, que Petrus supo leer. 

Angrim, maestro de Angvist. Angvist, maestro de Hulgrim. Hulgrim, maestro de Torbrand. Torbrand, maestro de Dolen. Dolen, maestro de Regin. Regin, maestro de Brimmir.

Sin duda, aquellos eran los enanos que habían construido Crawford Manor para Sir Bertram, los maestros constructores de quienes se decía que seguían enterrados en el lugar. Pero Thaena recordó un detalle más. Uno de los nombres le era conocido. Haciendo memoria, recordó al enano extremadamente anciano que se había presentado en el Torneo de Rocablanca y había capitulado ante Sir Alister Norff. Su nombre era Brimmir. 

Pero Petrus interrumpió sus cavilaciones, al descubrir un elemento sospechoso. 

No muevas ni un músculo -le dijo el alquimista. 

La guerrera había pisado una placa de presión frente a una de las estatuas. Examinando con ojo clínico y la atención al detalle propia de su profesión, se percató de que, si Thaena liberaba la presión, el martillo de la estatua giraría con gran velocidad en un amplio arco justo a la altura de sus cabezas. Arrodillándose, calculó la presión que la mujer estaba ejerciendo con la misma pericia de quien está acostumbrado a pesar y calcular cantidades milimétricamente exactas, y buscó entre sus pertenencias y en el resto de la sala algo que se aproximara lo suficiente. Cuando lo encontró, le pidio a Thaena de retirar el pie a su orden. A su grito, rápidamente hizo el cambio. El martillo empezó su letal movimiento, pero instantáneamente regresó a su posición original, sin reventar la cabeza a nadie.

Se habían librado de la trampa, pero no había manera de seguir avanzando. Al final de la galería, la sala terminaba en una cascada de agua, que probablemente caía filtrada del estanque del puente, que debía quedar justo por encima. Sin embargo, Assata se acercó y retiró con su arma la cortina de agua. Detrás se abría una nueva oquedad, que daba a unas escaleras ascendentes. Tras seguirlas, llegaron por fin a la cámara que estaban buscando.

Una gran mesa de mármol ocupaba el centro de la sala circular, con seis pequeños arcos colocados equidistantes a lo largo de su perímetro; los arcos eran extraños, ya que solo medían un metro y medio de altura, pero daba la impresión de que tras ellos no había más que oscuridad. Sobre la mesa yacía un esqueleto humano ataviado en una armadura de placas. Un escudo, que mostraba un cuervo negro sobre un fondo blanco, yacía sobre el pecho del cadáver, cuyas manos óseas aún aferraban una enorme espada ancha bajo el escudo. El cráneo estaba pelado, excepto por algunos rizos de lo que antaño fuera una densa barba negra aún pegados a su mandíbula. La tumba de Sir Bertram Crawford estaba completamente desprovista de polvo.

Cuando los compañeros entraron silenciosos en la tumba, sin embargo, algo ocurrió. Como si se filtrara por los poros de una extraña carne pétrea sobre la que se alzaban, empezó a alzarse una niebla que se enroscó alrededor de sus tobillos. Se sintieron súbitamente pesados y pegados al suelo. De repente, como si sus ojos acabaran de adaptarse a la oscuridad, se dieron cuenta de las inmóviles figuras que se alzaban en cada uno de los umbrales que les rodeaban. Los pozos sin ojos de seis calaveras les contemplaban, con seis largas barbas blancas pegadas a las mandíbulas marfileñas. Las figuras iban envueltas en cotas de mallas y harapientos faldones de guerra, pero tanto ellas como sus atavíos parecían dotados de una peculiar insustancialidad que les permitía ver a través suyo. 

En una profunda y grave voz que retumbó en las paredes a su alrededor, uno de los enanos fantasmales habló.

¡Marcháos, intrusos! ¿Porqué perturbáis nuestro sueño de nuevo?

Qain, que siendo enoquiano reaccionó con más facilidad a la presencia de los espectros, quiso saber qué quería decir con “de nuevo”. Tras un largo y frío silencio, la estentórea voz respondió.

Otro nos perturbó no hace mucho tiempo, pero veo que no está entre vosotros.

Por mucho que preguntaron por el misterioso intruso que se les había adelantado, no recibieron respuesta alguna por parte de los enanos muertos. Sin embargo, cuando Petrus preguntó si eran los constructores de Crawford Manor, el líder de los fantasmas volvió a hablar.

Así es. Fue nuestro mayor logro, y gracias a él, la deuda que debía a Bertram Crawford el clan de Angrim fue saldada. Fuerte era la necesidad del clan de Angrim durante los días oscuros de guerra contra los orcos y gigantes bajo las montañas, y más fuerte era aún el brazo de Crawford y el mordisco de su acero cuando se labró su camino carmesí hacia la victoria. Inspiró a los enanos como ningún humano había hecho antes ni lo ha vuelto a hacer. Construir esta modesta morada fue lo mínimo que el clan de Angrim podía hacer a cambio, y fue aquí donde nosotros, los artífices, pasamos nuestros últimos días. Un gran poder está atado a los muros de este castillo, y el menor de ellos es el que se ve a simple vista.

Assata preguntó si se refería al linaje de los Crawford, y a la profecía de los cuervos. El espíritu enano replicó.

Ah, te refieres al pueblo de los cuervos, aquellos que pueden cambiar de piel entre hombre, corvus y lo que se halla entre medias. Mucho tiempo atrás, en sus tiempos de heroismo, el hombre al que veis yacer aquí rescató a uno de su especie de la pira. Sanó al hombre-cuervo y le llevó de vuelta con su pueblo, en el bosque. El pueblo cuervo quedó enormemente agradecido y le juró que le concederían cualquier cosa que estuviera en sus manos dar. Pero aunque la espalda de Crawford era fuerte y su tripa estaba llena, sabía que llegaría un día en el futuro en el que eso no fuera así. Por tanto, les dijo que un día regresaría y entonces les pediría su favor. 

No fue hasta que construimos la mansión, años más tarde, que Crawford no regresó a ellos, y ellos no le habían olvidado. Los hombres no viven tanto como otras gentes de este mundo, así que con su juventud ya a sus espaldas, Crawford supo que no podía ya defenderse a sí mismo y a su familia de sus muchos enemigos. Pero sabía quien podía. Les dijo al pueblo cuervo lo que necesitaba: quería que ellos, con el poder de sus alas batientes y sus garras salvajes, protegieran su castillo para siempre. Como antaño los castillos de Sartia tuvieran también sus guardianes alados, dijo. Y a eso accedieron. Eligieron a seis de sus miembros más fuertes y les ataron a Crawford Manor. Nunca osarían abandonar sus puestos; si uno moría, su hijo se alzaría para tomar su lugar. 

Así emitió Crawford su último edicto: para evitar que uno de los guerreros cuervo fuera asesinado, nadie jamás debía dañar a un cuervo, grajo o urraca en sus tierras, bajo pena de muerte. 

Y así los seis guerreros cuervo custodian el castillo en la superficie hasta el día de hoy, igual que nosotros lo custodiamos desde abajo.

Las revelaciones de los enanos muertos arrojaban algo de luz sobre el misterio de lo que estaba sucediendo en Crawford Manor, pero planteaban otras tantas preguntas. Y sin embargo, no fueron las últimas revelaciones que obtuvieron los compañeros allí, en las profundidades de la tierra. Los espíritus enanos se negaron a decir nada más, y se retiraron de nuevo más allá del Velo cuando finalmente abandonaron la tumba. 

Ascendiendo de nuevo a la repisa de la caverna del pozo, los compañeros decidieron que no regresarían a la superficie sin averiguar a donde conducía el otro túnel, al que Thaena había intentado infructuosamente acceder escalando. Aquella vez, hicieron una cordada, y usando la cuerda central como medida adicional de seguridad, lograron alcanzar aquella extraña oquedad. Aquel túnel parecía mucho más antiguo que el resto, de alguna manera, más tosco y erosionado, y sin duda no estaba construido por manos enanas. Estaba sembrado de trampas antiguas y solo funcionales a medias, como cepos y fosos, y terminaba en una cripta antiquisima, y cubierta de polvo y telarañas, en la que el viento que soplaba por una grieta en la superficie creaba un gemido agudo que podría confundirse con alaridos espectrales, si uno no hubiera oído de verdad las voces de los muertos. Aquella sala circular coincidia en tamaño exactamente con la Torre Blanca en la superficie, y parecía estar situada justo debajo, aunque a muchos metros de profundidad.

Doce sarcófagos se alzaban de pie junto a las paredes de la pequeña cámara circular, apenas dejando espacio para caminar. Cada sarcófago era de sencilla piedra gris sin ornamentar. Cuando después de muchas precauciones y pruebas, se decidieron a abrir uno de ellos, el que estaba situado en posición predominante, el esqueleto que reposaba en su interior cayó sobre Petrus, que por un momento pensó que estaba siendo atacado. 

El esqueleto estaba ataviado con harapos que sin duda antaño habían sido túnicas y mantos lujosos, y aún tenía brazales, anillos y colgantes de bronce adornándole. Pero lo que más les llamó la atención era que el esqueleto aferraba una serie de discos metálicos, como si fueran extremadamente valiosos. 

Los discos eran de plata, algo oscurecida por el tiempo, y estaban unidos por un aro del mismo metal, que los sujetaba entre sí, con lo que parecían formar una especie de libro de lo más inusual. Y cada uno de los discos, de las páginas, estaba cubierto de texto, una escritura antigua y arcaica, pero claramente reconocible. Era como una versión ancestral de la lengua común que se seguía hablando en toda Valorea. Era Sartiano antiguo. 

Y los Discos de Plata decían:

Mucho tiempo he buscado, a lo largo y ancho de nuestro reino en guerra. Lo que mi saber arcano logró, solo el Cuerno de Brân puede deshacerlo. El Cuerno es antiguo, tan antiguo que ni manos humanas ni manos élficas pudieron tener parte en su creación. Y no ha sido fácil; cayado y conjuro fueron mis únicas armas, y he tenido que combatir, escapar y ocultar mis pasos tantas veces que ni siquiera las recuerdo. He sellado pactos que me perseguirán durante el resto de mis días. Nuestras tierras están sucumbiendo a la Llama Oscura, lenta pero implacablemente. Hasta Grimhold llegaron las terribles noticias: Liongard ha caído. Del Alto Rey y su casa, nada se sabe. Las puertas de las Montañas Negras se han abierto de par en par, y las legiones de la oscuridad arrasan nuestros campos, incendian nuestros cielos y envenenan nuestras aguas al amparo de la noche. Una noche en la que, sin nuestros antiguos aliados, estamos indefensos. Les fallamos, cuando ellos nunca lo hicieron. Wickmore supo aprovechar nuestros miedos, nuestros recelos. Y lo único que pude hacer para ayudarles tuvo un terrible precio. 

Empecé mi búsqueda como un hombre joven y fuerte, armado con el grimorio que me permitió semejante proeza de las artes mágicas. Ahora soy un anciano, y mi vigor se ha consumido antes de tiempo, y el Tomo de Conjuros de mi maestro, el Archimago Nadrath, ya no está en mi poder. Pero por fin he hallado el Cuerno, y lo he mantenido a salvo, lejos de las manos de los Darkons. Lo he recuperado para nuestros hermanos nocturnos, y lo llevaré a Grimhold, para que su llamada ponga fin a mi obra y despierte a los que duermen eternamente. Los Guardianes de la Torre Blanca me han acogido, tan cerca ya de casa. Pero estoy cansado, muy cansado… Qué no daría por volver a ver los altos torreones de Grimhold, donde ellos aguardan por siempre, montando aún su eterna vigilancia sobre el Craidh, y sobre el verde mar de los Sarathan. Nosotros les fallamos. No, les traicionamos. Con el Cuerno en mi mano, puedo subsanar ese error. Solo un poco más y todo habrá terminado. Quieran los dioses del Valoreon que me resten fuerzas suficientes para regresar a mi vieja torre, y resuello para hacer sonar el Cuerno, y deshacer así el mal que les infligí para salvarles. Quizá con ellos de nuevo a nuestro lado, Sartia no sucumbirá al fuego y la ruina. Solo unos días más…

Magius de Grimhold

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5 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXII) Sombras Bajo Tierra”

  1. ¡¡¡Maldición!!! ¡¡¡Qué de preguntas!!! ¿Quién es el intruso misterioso de la tumba? ¿A quién traicionaron los sartianos? ¿Qué hace el dichoso Cuerno? ¿¿¿Y dónde está??? ¿¡Por qué nadie deja las cosas en su sitio!?

    Y, lo que es más importante… ¿Dónde están los cuerpos de todas esas manos natatorias? ¿Están correteando por el fondo del estanque? ¿Cómo se rasca esa pobre gente?

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