Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXXI) Restos de una Antigua Gloria

EXPLORADORES DE WILWOOD

Elian Arroway, mago abjurador de la Sangre del León

Shelaiin Liadiir, guerrera elfa de la Casa Liadiir, hija del Ithandir Sovieliss

Gaul, iniciado druida semiorco proveniente de Dun Emain

Tarkathios, guerrero de brazo tatuado kurathi con misteriosos poderes

Quarion, arquero, cazador y rastreador elfo de los bosques

Ephraim, médico errante y clérigo de Barin, dios de los ladrones

ESCUDOS DE PIEDRA

Tobruk, enano ex-esclavo convertido en un furioso luchador

Lomborth Barbazul, enano de las montañas discípulo de Dumathoin

Grugnir, enano bribón y astuto poco amigo de los compromisos

Sarthorn, veterano ballestero enano curtido en la Grieta del Trueno

Caellum, cerrajero enano que empieza a descubrir un misterioso don

Escudo 19

Los dos días después de abandonar la cueva de Herne el Cazador transcurrieron como un borrón de marchas forzadas, de abrirse paso por la maleza densa incluso a machetazos, en un intento desesperado por cubrir las millas de bosque inexplorado que les separaban del viejo camino. En sus anteriores exploraciones habían divisado en la distancia una sierra de colinas, en las que un pico solitario destacaba prominentemente sobre las demás. Si aquel era el Pico del Águila, llegar hasta él sería el primer paso para hallar la guarida del Espíritu Lobo. Y debían hacerlo corriendo contra el inexorable paso del tiempo. El camino les permitiría avanzar con mucha mayor velocidad, y lo que era más importante aún, con menos posibilidades de perderse. Solo cabía rezar porque el camino siguiera manteniendo el mismo rumbo y no virara más adelante para alejarles de su destino.

Aquel nuevo día amaneció brumoso, después de que los compañeros hubieran recuperado el camino e hicieran noche en un pequeño claro cercano a él. Pero al despertar, les aguardaba un inquietante descubrimiento. A su alrededor, por todo el claro, algo colgaba de las ramas de los robles y alerces, algo que no había estado allí la noche anterior. Se trataba de una serie de extraños y toscos muñecos, hechos de ramitas y hierba, que se mecían siniestramente en el frío aire matinal. Ninguno de los centinelas nocturnos había percibido el menor movimiento a su alrededor, y desde luego no habían visto a nadie colgando las extrañas efigies.

Al instante todos se pusieron en guardia, con varios de los guerreros formando un círculo defensivo casi por inercia. Descolgando uno de los muñecos, Elian lo examinó con atención. Creía haber visto algo parecido anteriormente, un grabado en uno de los libros de su maestro.

Esto… se parece a algo que hacían los Primeros Hombres, según dicen los escritos de Gabrieth Ordeyl de la Torre de la Estrella. Una antigua práctica de los Alor, cuando compartían el mundo con las Cortes Faéricas. Colgaban efigies parecidas a estas para protegerse de las Hadas, o quizá invocarlas, cuando se acercaba la noche de Samhain, el momento en el que el Velo es más tenue y los espíritus de los muertos y las hadas oscuras rondan en libertad por el mundo de los mortales. Pero es algo que cayó en desuso hace siglos… quizá milenios.

Sus compañeros se miraron entre sí, preocupados. Faltaba poco más de una semana para la noche de Samhain. Wilwood no sería un buen lugar donde encontrarse en una noche como aquella, y menos teniendo en cuenta las amenazas que el Caballero del Espino había pronunciado en nombre del Príncipe Carniog de la Corte Oscura. Otra cuenta atrás de la que preocuparse.

Elian intentó realizar un conjuro para percibir cualquier magia que pudiera albergar la efigie que tenía en las manos, pero las energías arcanas chisporrotearon alrededor de sus dedos y se disiparon inofensivamente, sin producir efecto alguno. Intrigado, Ephraim intentó lo mismo, suplicando a Barin que le revelara los encantamientos presentes. En su caso el milagro funcionó, aunque sintió que el poder del dios se encontraba con cierta resistencia al ser canalizado a través suyo. El muñeco no estaba embrujado, ninguno de ellos lo estaba.

Gaul cogió otra de las efigies, le echó un buen vistazo, y la olió.

Hierba de Bruja -dijo. Los exploradores ya habían tenido experiencias con aquella extraña hierba en una de sus primeras incursiones en Wilwood. Dificultaba el uso de la magia, incluso de la divina. Crecía por todo el claro por donde habían acampado.

Viendo que nada parecía amenazarles, y a pesar de lo inquietante de la situación, los compañeros decidieron ponerse en marcha de nuevo. No había tiempo que perder. Mientras se preparaban para reemprender su viaje, sin embargo, Tarkathios cogió una de las efigies y se la metió en el zurrón sin que le viera nadie. También arrancó unas briznas de hierba de bruja y las guardó en el mismo lugar. Después se puso en marcha también, corriendo para atrapar al resto de la compañía, que ya se estaba perdiendo de vista entre los viejos árboles.

Unas horas más tarde, el día les deparaba una nueva sorpresa, más desagradable aún. Más adelante el camino torcía en un amplio recodo, pero Quarion pudo oler la sangre antes de doblarlo.

Yrch -siseó el elfo en su lengua natal, mientras cargaba una flecha en su arco-. Orcos.

No se oía nada, así que la compañía avanzó con las armas aprestadas, hachas, espadas y arcos. Al doblar el recodo, les esperaba una masacre. Un gran número de orcos yacían muertos por el camino y a ambos lados del mismo. Sus rostros escarificados no dejaban lugar a dudas, se trataba de orcos del Escudo Hendido. Orcos de Ur Grakka.

Una quincena de ellos, quizá más, habían caído en combate. Algunos tenían flechas clavadas, otros habían perecido a cuchilladas, y uno había sido incinerado. Pero no había únicamente cadáveres de orcos en aquel lugar. Tres guerreros yacían entre ellos. Uno era un medio elfo ataviado en armadura de cuero, con sus dos espadas cortas tiradas a su lado, y un gran surco dejado por un alfanjón a través de su espalda. Otro era un elfo de cabello plateado, con el hacha que le había matado aún clavada en el pecho. El otro era un humano, un guerrero ataviado en cota de mallas. Y les conocían a los tres.

Se trataba de Carsten y los suyos, una pequeña compañía de aventureros que se había cruzado en su camino en algunas ocasiones. Habían competido unos contra otros y festejado juntos en el Gran Torneo. Carsten se había arrastrado varios metros tras recibir la herida que había acabado con su vida. El guerrero, arrastrando todavía su espadón, había reptado por el barro hasta una roca. Allí había escrito un mensaje usando su propia sangre, antes de morir:

Les tienen.

Todos sabían lo que significaba. La compañía del guerrero estaba formada por más miembros, un sacerdote de Uriel, un mago, una mediana vivaracha… Ninguno de ellos se encontraba entre los cadáveres. Les habían llevado a Ur Grakka.

La compañía hizo un alto para decidir lo que debían hacer. Quarion odiaba a los orcos con todas sus fuerzas, y era partidario de montar una partida de rescate. Era, además, una ocasión única para rastrear a los orcos supervivientes y encontrar el paradero de su ciudad oculta en el bosque. Pero su propuesta no fue secundada. Por mucho que odiaran la idea de dejar a unos inocentes en las crueles manos de los orcos, su misión era mucho más importante. No podían permitirse desviarse de su rumbo, y la tarea que les aguardaba era demasiado peligrosa para dividir sus fuerzas. La decisión fue dura, pero prácticamente unánime. Debían seguir adelante.

Escudo 20

La compañía llegó al puente roto sobre el Cauce Plateado al día siguiente, y trazaron un plan para cruzar el río de forma segura. Usando sus poderes místicos, Tarkathios y Caellum cruzaron el río a nado fácilmente, incluso cargando con las cuerdas que les permitirían establecer líneas de seguridad. Sin embargo, no contaron con que las orillas del río formaban un abrevadero natural al otro lado, frecuentado por bestias de todo tipo. Al llegar a la otra orilla y empezar a buscar árboles recios donde atar las cuerdas, Tarkathios vio que la mayoría de ellos tenían una franja de corteza desgastada y pelada, en la que aún se veía pelos pardos y plumas pegadas.

Antes de que la palabra “oso-lechuza” se cruzara por su mente, dos de las enormes y bizarras bestias surgieron de la maleza. Una de ellas se alzó agresiva sobre las patas traseras, soltando un chillido de ave, mientras la otra cargaba a cuatro patas contra el sorprendido kurathi. Viendo aquello, Caellum retrocedió y se lanzó de nuevo al río. Uno de los monstruos le persiguió. Tarkathios, por el contrario, no hizo el menor ademán de huir, ni aún sabiendo que estaba solo y que sus refuerzos se hallaban al otro lado de un ancho río. Con un grito de guerra, concentró su voluntad de la misma manera que lo hacía para crear una armadura mística con el poder su mente, pero aquella vez concentró el fuego del alma en su mano. Un enorme espadón hecho de voluntad sólida apareció en ella. El guerrero de brazo tatuado lo empuñó, preparado para recibir el embate de la bestia.

[Inexplicablemente, Tarkathios había logrado vivir para llegar a nivel 2, momento en el que se hizo multiclase. Si su primera clase era Aegis, un guerrero místico especializado en conjurar distintas armaduras de fuerza mental, su segunda clase fue Soulknife, capaz de hacer otro tanto con las armas. Era la primera vez que usaba este poder. Y casi fue la última.]

La lucha contra los osos-lechuza estuvo a punto de costarle la vida al valeroso pero insensato kurathi. Mientras sus compañeros hacían lo posible para ayudarle desde el otro lado, lanzando flechas y conjuros, el kurathi se vio presa del abrazo férreo de uno de los monstruos, al que se unió su pareja, al ver que no podía alcanzar a Caellum, que cruzaba el río a toda velocidad en pos de la seguridad. Cuando las dos bestias cayeron finalmente, Tarkathios estaba agonizando en el suelo en un charco de su propia sangre. El resto de la compañía llegó a su lado justo a tiempo para que la magia curativa de Ephraim le arrancara de las fauces de la muerte. Por suerte, la hierba de bruja que llevaba en el zurrón había perdido algo de efectividad después de arrancada, y no impidió que el conjuro curativo funcionara.

Escudo 23

El bosque al otro lado del río era territorio absolutamente inexplorado. Ninguna compañía había llegado tan lejos en sus exploraciones. Al día siguiente, descubrieron una bifurcación en el camino. Mientras que el ramal principal seguía hacia el oeste, un segundo ramal partía hacia el sur. Decidiendo, tras consultar con sus mapas y sus notas, que aquel segundo camino debía conducir al Valle de los Túmulos, la compañía siguió hacia el oeste. Las colinas estaban ya muy cerca.

Dos días después, el camino les condujo directo hasta las colinas, sobre las que destacaba imponente el Pico del Águila, un picacho pelado y rocoso en forma de colmillo. Pero en cuanto el camino empezó a ascender sus abruptas laderas, una majestuosa visión se reveló ante sus ojos.

Sobre una cornisa triangular que se alzaba sobre el camino, se alzaban diez imponentes estatuas. Cada una de las esculturas debía medir nueve o diez metros de altura, quizá más, y en su conjunto mostraban a un grupo de guerreros respondiendo a la llamada a las armas de su líder, montado sobre un majestuoso caballo de guerra, y siguiéndole al combate. Las estatuas juntas formaban un monumento impresionante, surgido del pasado, que parecía darles la bienvenida a un mundo antiguo, mientras les llenaba de un asombro reverencial.

Allí se encontraban los últimos defensores de la antigua Alasia. Los últimos héroes del Reino Perdido de Sartia.

Ottger Cathalien y los Nueve Barones de la Fama.

 

Ilustración por Juan Carlos Barquet

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