Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXX) Cuervos Muertos

LOS MAPEADORES DEL NORTE

Thaena Sveinsdóttir, guerrera y exploradora korrwyf con sangre de gigantes

Qain’naan, monje enoquiano seguidor de la senda del Fantasma Hambriento

Petrus Cornelius Faust, alquimista andmar recién llegado a Alasia

Assata Silil, conjuradora kushita acompañada de su eidolon panteriforme Shakar

Fray Dervan Oban, clérigo itinerante y bonachón de Uriel

Escudo 1

La búsqueda del viejo Waldron fue completamente infructuosa. El anciano parecía haberse desvanecido por completo. En la mente de todos pendía la posibilidad de encontrar su cadáver, una nueva víctima de la maldición de Crawford Manor… o del asesino que se ocultaba entre ellos. Pero no apareció ningún cuerpo, ni ningún rastro del viejo jardinero.

En el fragor de la búsqueda, Thaena no había olvidado su empeño de examinar las habitaciones del hijo pequeño de los Crawford, Bran. La noche anterior el guardia no les había permitido el paso, bajo órdenes de Lord Inghram. Pero ahora la exploradora korrwyf estaba decidida a examinar el lugar en busca de pistas. Mientras Qain permanecía en la planta baja del edificio, investigando el sarcófago en la capilla de la Torre Blanca ahora que les habían dejado solos, Thaena se dirigió a las habitaciones, seguida de Petrus y Assata. Por su parte, Fray Dervan buscó a alguien con quien los invesstigadores aún no habían hablado: el senescal y mayordomo de la mansión, Rook. Su despacho estaba junto a la biblioteca, y allí le encontró el fraile, un hombre de cabello corto y negro muy atareado con legajos de papeles. El senescal le invitó a pasar y tomar asiento, sin levantar la mirada de los documentos que iba clasificando y firmando.

Las gestiones no paran ni durante los momentos de crisis, ¿sabéis, hermano Dervan?

Tras una breve charla, al fraile le quedaron claras cuales eran los deberes que mantenían tan ocupado a Rook: la administración de las arcas, la paga de salarios, procurar los alimentos y víveres necesarios, gestionar el buen funcionamiento cotidiano del lugar, en resumidas cuentas. Estaba claro que el senescal no tenía tiempo para largas charlas, a pesar de demostrar su preocupación por el paradero de Waldron. Cuando fray Dervan le preguntó por la Torre Blanca, el delgado mayordomo levantó la mirada de los papeles.

Sí, la artesanía de Crawford Manor es espectacular. Fue construida por enanos, que hicieron un gran trabajo imitando la arquitectura sartiana. Dicen las historias que los enanos que la construyeron murieron y fueron enterrados aquí, pero si eso es cierto, no queda hoy en día ningún rastro de ello. Quizá sus lápidas fueron cubiertas o retiradas durante todo este tiempo. Mi padre una vez me dijo que fueron sepultados en una bóveda subterránea, pero en todos los años que llevo viviendo aquí, nunca he visto ni oído hablar de ninguna cámara subterránea ni pasadizo en la mansión o en sus alrededores.

Mientras, el trio de investigadores llegó hasta las puertas de la habitación del joven Bran. Estaba cerrada con llave, pero no había ningún guardia a la vista, por lo que probablemente no hubiera nadie dentro. Decidiendo que ya pediría disculpas más tarde, Thaena pegó una patada a la puerta que la abrió de par en par. Lo primero que asaltó sus sentidos fue el olor. Un desagradable olor a rancio y cerrado, junto a un tufo similar al de un perro sucio y mojado encerrado durante días. Pero el olor desapareció de sus mentes cuando vieron a los cuervos. El suelo estaba sembrado de cuervos muertos. Cuando Thaena se arrodilló para examinarlos, vio que todos y cada uno de ellos tenían el cuello roto. La vieja profecía volvió a sus cabezas: “La muerte de los cuervos aborrecerás, o el linaje de los Crawford no será nunca más”.

Por lo demás, la habitación estaba vacía. El mobiliario era el que cabía esperar, una cama, un arcón a los pies, un armario alto, la ventana cerrada por porticones de madera. Sin embargo, se podía palpar en el aire una tensión contenida, una quietud antinatural que les puso los pelos de punta. Lentamente se adentraron en el cuarto del niño, decididos a investigar más a fondo. No habían dado ni un paso, cuando de repente el arcón que se encontraba a los pies de la cama salió volando hacia ellos a gran velocidad. Thaena logró hacerse a un lado, y el cofre se estrelló contra la pared con violencia, desparramando todos sus contenidos. 

Fue entonces, sin darles tiempo a recuperarse de la sorpresa, cuando la aparición se manifestó. Una imagen vagamente humanoide y translucida se materializó de repente en medio de la oscura habitación, con el rostro de un muerto descompuesto en una mueca grotesca de furia y horror. El fantasma se abalanzó sobre ellos, llenándoles de un terror sobrenatural. Thaena y Petrus no lograron dominar los nervios, y llevados por el pánico, echaron a correr escaleras abajo. Assata permaneció firme, y el espectro desapareció en el aire antes de llegar hasta ella. Cautelosamente, la joven kushita entró en la habitación conjurando una luz para disipar las penumbras reinantes. Entonces sintió que una fuerza invisible la agarraba y la empujaba con violencia. Assata se estrelló contra los porticones de la ventana, que se abrieron de par en par por la fuerza del impacto, y salió despedida hasta el patio de la mansión, dos plantas más abajo. Se habría roto el cuello de no tener la suficiente presencia de ánimo como para rodar con el impacto al estrellarse con el duro suelo. Aún así, el fuerte golpe la dejó aturdida y conmocionada, con todo el cuerpo dolorido. 

Qain, atraído por los gritos de sus compañeros, salió de la Torre Blanca, y al verles bajar corriendo por las escaleras con los rostros desencajados de terror, subió las escaleras de dos en dos. Thaena y Petrus, dando muestras de un gran valor, hicieron acopio de fuerzas y subieron tras él. El monje enoquiano entró en la habitación y aguzó sus sentidos como había aprendido en el monasterio de las Tierras Muertas donde había aprendido sus artes marciales. Le pareció notar una presencia definida en la habitación: claramente no estaba solo en ella. Alargó el brazo en la dirección donde había creído notar algo, y llegó a tocar lo que parecía un brazo fuerte y cubierto de pelo. El alto armario se tambaleó, como si de repente algo enorme hubiera saltado desde él, y Qain dejó de notar la presencia. Cuando Thaena, Assata y los demás llegaron, el monje ya estaba convencido de que fuera lo que fuera, aquella presencia había abandonado el aposento. En su mano había algunos pelos como de animal, de un fuerte color anaranjado. 

Aquello se volvía más extraño por momentos. Nada parecía tener sentido. ¿Se enfrentaban a un fantasma vengativo? ¿A alguien que pretendía acabar con los Crawford haciendo cumplir una antigua profecía? ¿O a algún tipo de bestia extraña y sobrenatural? Mientras Dervan sanaba las heridas y contusiones de Assata, el resto fueron libres por fin de examinar la habitación del niño. Y entre los restos del contenido del arcón roto encontraron un gran libro, titulado La Historia de Crawford Manor. Petrus lo sostuvo entre sus manos, y calculó que tenía el tamaño y grosor exactos: sin duda era el libro que faltaba en la biblioteca. 

Tras un buen rato repasando los contenidos del manuscrito, el alquimista descubrió una críptica referencia que le llamó la atención. En un comentario casual y fácil de pasar por alto, se mencionaba veladamente una cámara funeraria secreta bajo la mansión, accesible únicamente a través de un pasadizo oculto en la Torre Blanca. El texto no daba ninguna pista sobre su ubicación exacta, pero aquello reforzó la intuición que Qain había tenido con el sarcófago de Lord Bertram, que allí reposaba.

Cuando bajaron para informar de lo ocurrido, Alida les informó que había estado buscando a su hermano por todas partes, y que parecía haberse escondido en alguno de los rincones secretos que solo él conocía, pues no aparecía por ninguna parte. Los investigadores informaron a la joven de lo sucedido, y de sus sospechas sobre una cámara subterránea, y pidieron permiso a la joven para abrir el sarcófago de su antepasado. Alida asintió con rostro grave, y les guió hasta la capilla en la Torre Blanca.

Allí deslizaron la pesada tapa labrada con la efigie de Lord Bertram Crawford. Cuando el mármol blanco se deslizó, reveló un interior absolutamente vacío. Ningún cadáver reposaba allí, ni lo había hecho nunca. Tanteando con paciencia y aguzando los sentidos, no tardaron en comprobar que una sección lateral del interior del sarcófago podía presionarse, como si de un botón o placa se tratara.

Al hacerlo, el sonido rechinante de roca rozando contra roca empezó a escucharse en el antiguo edificio, y el fondo del sarcófago empezó a correr hacia un lado, revelando lentamente un espacio vacío y oscuro del que emanaba una fría corriente de aire. Unas empinadas y estrechas escaleras talladas en la roca descendían en una absoluta negrura, casi en vertical. Los compañeros miraron a Alida, pidiendo permiso en silencio. Cuando la joven de negros cabellos asintió, pálida y muda, los aventureros encendieron antorchas, conjuraron luces mágicas, y uno a uno, descendieron hacia la oscuridad.

Ilustración: Anselm Foierbach, the Dead Raven

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