Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXVII) El Reposo de Vonkar

LOS PORTADORES DEL AMULETO

Sir Alister Norff, Caballero Protector del Reino Perdido

Adavia Morthelius, hechicera e Iniciada Dra’gashi

Shahin ibn Shamal, Magus Sûlita heredero del Viento

Ealgar Caul, Escudero de Sir Alister de la sangre del León

Ponto Overhill, Bardo Mediano

Namat, Sacerdote de Valkar, Padre de la Batalla

Escudo 10

Era ya de noche en el Árbol Hueco, la única posada del pueblo de Lindar, cuando Oren Vaymin terminó de tatuar a Sir Alister. Desde que habían llegado al lugar, dos días atrás, el gharadrim había ocupado la mayor parte del tiempo entregado a dicha tarea. Ahora, las palmas de ambas manos del fornido caballero mostraban sendos ojos tatuados en tinta púrpura, y rodeados de intrincados y laberínticos patrones en espiral. Concentrarse en uno de ellos, dijo el Guardián de Ravengrim, lo activaría, permitiéndo a Sir Alister “ver sin ver” durante una hora aproximadamente. Eso borraría el tatuaje, y por tanto era perentorio que los reservara para cuando realmente fueran necesarios, según les advirtió Vaymin.

A cambio de su trabajo, el resto de los Portadores habían decidido ayudarle en su extraña misión. El norteño había sido enviado a Alasia en busca de una persona, alguien que albergaba un gran poder que no sabía controlar. Había sido dotado de los medios necesarios para seguir místicamente el rastro de esa persona, pero por alguna razón, su cristal no funcionaba como era debido.

El poder del cristal buscador choca con algo, una especie de… barrera. Es como si alguien, o algo, estuviera ocultando a quien busco.

Por ello los Portadores habían decidido que el gharadrim debía acompañarles hasta Lindar, donde ellos debían hacer escala en su camino hacia el Salón de los Antiguos. Durante el Concilio de Stephan habían oído hablar de Morayne Tanner, la joven a quien todos conocían como “la Bruja de Lindar”. De ella se decía que podía hablar con el viento, y que los espíritus del aire danzaban a su alrededor. Morayne había muerto a manos de su prometido, el arquero Jack Morden, pero quizá ella había sido el objetivo de su búsqueda.

Eso no es posible -fue la respuesta del Guardián de Ravengrim-. Si la persona que busco hubiera fallecido, lo sabría. Mi misión no ha terminado aún. 

[Por supuesto, este grupo no sabía que Morayne seguía viva y se encontraba junto a Morden en algún lugar de Wilwood, ya que fue la única información que los Escudos de Piedra se reservaron durante el Concilio.]

Habían visitado al viejo Tanner, el padre de la muchacha, al que encontraron partiendo leña. El hombre no pareció muy contento de verles llegar, y cuando empezaron a hacerle preguntas sobre su hija muerta, su talante se oscureció aún más. [En realidad su mal humor no era por el dolor, claro, sino por su afán de proteger el secreto de su hija y los proscritos]. Ealgar, que conocía por experiencia propia lo que era recorrer la Senda de la Voluntad sin saberlo siquiera, le preguntó a Tanner por la madre de Morayne. Quería saber si, como había sucedido en su propio caso, la madre de la muchacha también había dado muestras de ser… diferente. Tanner les contó de manera hosca y sucinta que muchos habían tenido a su difunta esposa por loca, ya que decía oir voces a todas horas, y que a veces se quedaba horas mirando al vacío, creyendo ver cosas que nadie más podía ver. También les dijo que falleció al dar a luz a Morayne.

Aunque no había logrado dar con la persona quien estaba buscando, Oren Vaymin se despidió de los Portadores con la sensación de estar siguiendo el rastro correcto. A la mañana siguiente, los Portadores del Amuleto partirían hacia el Salón de los Antiguos con la esperanza de encontrar la Llama Helada de Thelgadiss, y así devolver la vista a Ponto y Sir Alister. Se desearon suerte mutuamente. Sus caminos se separaban allí.

Escudo 11

Tras unas horas de marcha, la escarpada colina conocida como el Reposo de Vonkar apareció a la vista del grupo. Ahora sabían que su cima plana había albergado milenios atrás un fuerte circular de los primeros hombres que habitaron en aquellas tierras. La malhadada compañía del guerrero Vonkar y sus aventureros habían sucumbido allí, y los huesos pelados de un gran número de humanoides con cráneos de hiena sembraban aún los campos que rodeaban el promontorio.

Dejando las monturas al pie de las colinas, la compañía emprendió el ascenso cautelosamente. Un angosto sendero muy empinado subía ladera arriba, formado por lo que un día fueran peldaños de una escalera tallada en la roca y que ahora estaban tan redondeados y desgastados por la erosión que era difícil identificarlos como tales. Una vez superada la ladera inicial, el camino se tornaba en un desfiladero de un par de metros de anchura a lo sumo, flanqueado por paredes de roca verticales, que les obligó a avanzar en fila india. Shahin iba en vanguardia, a modo de explorador, mientras Ealgar guiaba al invidente Sir Alister y Namat hacía otro tanto con Ponto, y Adà cerraba la marcha.

Estaban casi arriba cuando empezó la fiesta de bienvenida. El anterior intento de acceder al Salón de los Antiguos por la entrada del Reposo de Vonkar había alertado a los trasgos de las ruinas de que aquel acceso estaba comprometido, y aquella vez estaban preparados. La primera señal de su presencia fue el retumbo, el sonido de algo grande golpeando y rozando la piedra: ¡una gran roca más o menos esférica bajaba rodando por el empinado desfiladero a toda velocidad! Y a la vez, las flechas empezaron a llover desde lo alto, con sus silbidos resonando en la angostura.

Era imposible apartarse del camino de la roca, no había espacio suficiente; y dar la vuelta y echar a correr camino abajo era impensable contando con que dos de ellos estaban absolutamente ciegos. No tuvieron tiempo de pensar, ni de coordinar sus reacciones. Shahin y Ealgar respondieron con premura y treparon por las paredes todo lo rápido que pudieron, intentando aferrarse a la piedra por encima de la roca rodante. Con Sir Alister delante y Ponto detrás, Namat estaba encajonado. Musitó una rápida plegaria a Valkar, mientras tocaba con la mano las anchas espaldas del caballero.

Alister sintió que la fuerza del Padre de la Batalla le inundaba, mientras sus músculos se endurecían como el hierro. Intentando guiarse por el oído, el caballero ciego afianzó los pies firmemente en el suelo, extendió los brazos hacia delante, y se preparó para el choque. La piedra rodante se estrelló contra él con toda su inercia. El caballero apretó los dientes y tensó los músculos al máximo mientras intentaba frenar su arrollador avance con sus manos desnudas. La gran roca le arrastró varios centímetros hacia atrás, pero Sir Alister permaneció firme, y poco a poco, sus giros se detuvieron hasta que el avance se detuvo por completo.

La oración de Namat y la fuerza de Sir Alister habían salvado al resto del grupo de ser arrollados y probablemente muertos, pero la roca ahora taponaba en desfiladero, y mientras las flechas volaban hacia Shahin y Ealgar, que habían quedado por delante de ella. Un gran número de goblins, una docena quizá o incluso más, se agolpaban sobre sus cabezas a ambos lados del desfiladero, que se había convertido en una galería de tiro perfecta.

Dejándose caer al suelo, Shahin se pegó a una de las paredes para intentar ofrecer el menor objetivo posible, y sacó uno sus mejores ases en la manga, Desenrolló uno de los pergaminos que había encontrado en el Portal de los Lamentos, el más poderoso de todos, y lo leyó a toda prisa, intentando descifrar al vuelo una magia que superaba sus conocimientos con creces.  A medida que pronunciaba las palabras mágicas, las runas inscritas se iban encendiendo y quemando por sí solas. El pergamino se convirtió en cenizas entre sus manos, y al instante, una intensa tormenta de hielo se desencadenó sobre los goblins de la cima. Enormes piedras de granizo empezaron a llover sobre las inmundas criaturas, partiendo sus cráneos al impactar, mientras toda la zona se llenaba de un frío intenso y una gruesa capa de nieve empezaba a acumularse en el suelo en cuestión de segundos. Los trasgos que no sucumbieron al instante murieron intentando alejarse de la gélida borrasca que había surgido de la nada.

Con el comité de bienvenida eliminado, los Portadores lograron coronar la cima de la colina. Las puertas de piedra que ocultaban las anchas escaleras que se hundían hasta el corazón del  Reposo de Vonkar estaban abiertas de par, ya que ninguno de los trasgos había tenido tiempo de huir al interior de su guarida y cerrarlas tras de sí. Armas en mano, los Portadores se adentraron en las ruinas, preparados para abrirse paso luchando entre sus defensores. La segunda oleada no se hizo esperar.

Al asomarse Ealgar por el umbral que encontraron al fondo de las escaleras, los chillidos  y siseos agudos y diabólicos de los goblins hicieron eco en las cavernosas estancias que se abrían más allá. Una de las criaturas soltó a dos grandes bestias, comadrejas gigantescas de fauces babeantes, que se abalanzaron sobre el escudero, mientras una partida de guerra goblin dividida en varios grupúsculos abrían fuego con saña. Con Sir Alister en la retaguardia junto a Ponto y Adá, a Ealgar y Namat les tocó soportar lo peor del embate, poniéndose a cubierto de las flechas tras las columnas que flanqueaban el umbral, mientras se defendían de las dos comadrejas gigantes azuzadas a modo de perros guardianes.

Mientras, Shahin se coló cimitarra en mano en la cámara, decidido a hostigar a los arqueros. En cuanto le vieron entrar, uno de los grupos de trasgos salió corriendo despavorido, saliendo por uno de los varios pasadizos que partían de la estancia, mientras que otro se retiraba hacia atrás hasta quedar con la espalda contra la pared. El magus les siguió, con la intención de eliminarles rápidamente, y cuando se dio cuenta de que la supuesta huida era una treta, ya era demasiado tarde. El suelo se hundió bajo sus pies y cayó a un profundo foso de paredes lisas. Con risas maliciosas, todos aquellos trasgos que habían simulado escapar de él se plantaron al borde del foso, donde el sûlita yacía indefenso, boca abajo contra el frio y duro suelo. Todos a una, alzaron los arcos, los tensaron, y abrieron fuego.

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8 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXVII) El Reposo de Vonkar”

  1. Me parece que de esta no se libra el pobre Shahin. 😦

    Por cierto, un comentario tonto de estilo, pero es que me suena muy raro lo de “abrir fuego” cuando se trata de arcos, ya que es una expresión que se empezó a emplear con lar armas de fuego, claro, por razones obvias, pero que con arcos no tiene mucho sentido. 🙂

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    1. Es verdad, aunque lo he leído a menudo usado con este tipo de armas, por lo general yo también prefiero usar “disparar” o “soltar”, por lo mismo que no uso el sistema métrico… no encaja. Esta vez se me ha colado… 😦

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