Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXVI) El Tenebrarium

Escudo 8

Gaul corría espada en mano hacia el interior de la iglesia cubierta de musgo, seguido de cerca por Lomborth, para alertar a sus compañeros de que algo no iba bien en aquel lugar, cuando escuchó el sonido del derrumbe.

Elian se acercó con cuidado al borde del agujero dejado por la caída de sus compañeros, para ver si seguían con vida. Estaba pronunciando las palabras de un conjuro de luz que les iluminara en la oscuridad, cuando el amasijo verde empezó a moverse. Lo que al principio había parecido una alfombra de musgo, hongos y setas se agitó y cobró vida, empezando a reptar por el suelo de la antigua iglesia y desprendiendo el hedor de la descomposición. No había sido ningún animal lo que había sembrado el lugar de huesecillos. La masa reptante se dividió en dos con un sonido nauseabundo, con cada mitad avanzando hacia el grupo por uno de los lados del agujero del suelo.

Mientras eso ocurría, en el lóbrego tenebrarium los susurros de ultratumba llenaron el vacío de locura y miedo. Rodeados de las efigies de los Dioses Caídos, Shelaiin, Grugnir y Tarkathios intentaron hacer oídos sordos e ignorar aquel sonido que parecía provenir de todas partes a la vez, pero habría sido igual de fácil ordenar a sus corazones que dejaran de latir. En sus mentes no había espacio para nada más. Los tres empezaron a corear los incomprensibles susurros, formando un coro unido en la vesania. Ni siquiera cuando la cosa que susurraba en la oscuridad se hizo visible y empezó a avanzar hacia ellos pudieron rasgar el velo de locura, y se quedaron inermes e indefensos, aguardando mansamente a que aquello se les acercara.

Sin duda, en el pasado había sido un hombre. De alguna manera, su espíritu atormentado había rasgado el Velo, convertido en una mera sombra compuesta de oscuridad, odio y locura. La maligna nube de sombras rebullía en el aire, con una forma vagamente humanoide, con unas mandíbulas esqueléticas apenas visibles en la oscuridad farfullando tétricamente mientras formaba un par de manos parecidas a garras. El espectro farfullante alargó una de esas zarpas hacia Grugnir y la hundió en el interior de su cuerpo, atravesando su armadura y su carne como si no estuvieran allí.

Arriba, Elian había centrado su atención en las dos masas viscosas que se aproximaban hacia ellos, mientras Quarion y Sarthorn dejaban volar ya sus proyectiles hacia ellas. El mago dio unos pasos atrás mientras formulaba unas palabras, y de la punta de su bastón surgió una lanza de fuego que impactó contra uno de los seres mucilaginosos con un siseo y desprendiendo un horrible hedor a carne podrida quemándose. Eso no frenó a las criaturas, sin embargo. Avanzando sobre el desigual suelo sin problemas, las dos moles se abalanzaron sobre el grupo por dos lados. Caellum escapó gracias al poder que lentamente iba creciendo en su interior. Casi sin darse cuenta sus dedos se transformaron en garras curvas que le permitieron trepar rápidamente por la pared de la iglesia y quitarse de en medio. Los dos arqueros no tuvieron tanta suerte. Quarion y Sarthorn fueron engullidos, cada uno por una de las cosas reptantes. Simplemente, siguieron moviéndose hasta arrollarles, absorbiéndoles en su interior, donde empezó el lento y doloroso proceso de digestión.

Tobruk estaba bajando las escaleras que creía que conducían al tenebrarium para socorrer a sus compañeros cuando escuchó el grito de Grugnir. El contacto del espectro hizo que la mente del enano se enturbiara. Le costaba pensar con claridad; su voluntad menguó y todos sus sentidos se amortiguaron. Pero el toque dementador del no muerto tuvo la virtud de romper el efecto hipnótico de su susurro, y Grugnir se apartó  de él como pudo mientras le apuñalaba con su fiel daga. Para su sorpresa, el filo atravesó al ser sin hacerle el menor daño. Viendo aquello, el enano se retiró y  ante eso, el espectro se volvió hacia la siguiente presa más cercana, Tarkathios. De nuevo su mano fantasmal se hundió en su cuerpo, y el kurathi gritó de dolor.

[El contacto del espectro restaba puntos de Sabiduría, y como quizá el lector haya podido intuir, Tarkathios (al contrario que Grugnir) no es un personaje que vaya sobrado de ella… más bien al contrario.]

Arriba, Lomborth y Gaul llegaron al interior de la iglesia para ver a Elian haciendo frente solo a las dos masas viscosas. Lomborth lamentó no poder conjurar una de sus esferas llameantes, ya que había empleado su magia para otros menesteres, y se preparó para combatir de un modo más tradicional. Gaul, en cambio, recurrió a sus conocimientos de iniciado druidico para conjurar una pequeña llama en la palma de su mano izquierda, y lanzarla contra una de las cosas.

Como le había ocurrido a Grugnir, Tarkathios recuperó el sentido después de ser atacado por el espíritu. Apenas era capaz de coordinar sus acciones, y todo a su alrededor parecía cubierto de un manto turbio y ondulante, como si hubiera acabado él solo con la bodega entera de Gorstan. Aún así, sacó su enorme espadón e hizo lo que mejor se le daba. Sin apenas ser consciente, concentró en su espada el poder de su Voluntad y la descargó sobre la cosa. El simple acero no podía dañar a aquel espectro de más allá del Velo, pero la Voluntad enfocada en su filo hizo que el espadón abriera un tajo en la nube de tinieblas ardientes. El ser siseó con furia y redobló la intensidad de sus susurros.

Mientras, las dos masas viscosas parecían incapaces de tragarse a nadie más, pero golpeaban duramente al resto con pseudópodos que formaban a partir de sus cuerpos informes. Caellum se dejó caer por detrás del cieno que se había tragado a Quarion y, percibiendo su patrón místico, tiró bruscamente de los hilos místicos, causándole graves daños. Gaul seguía arrojando pequeñas bolas de fuego, mientras Lomborth la emprendía a golpes con su pico, intentando no darle a su compatriota en el interior.

Tobruk llegó abajo, y en cuanto escuchó el susurro, frenó su carrera de golpe y se quedó inerte, mirando la lucha desesperada de sus compañeros sin poder mover un dedo. La cosa ahora sabía que Tarkathios podía dañarla, y la emprendió con él. Sus ataques hicieron mella de nuevo en el guerrero, que sintió que su cordura y su voluntad pendían de un delgado hilo.

[Y así era… pues se había visto reducido a Sabiduría 1. Le fue de un pelo. La tirada de daño fue tensa, pues todos en la mesa sabíamos que si yo sacaba un buen resultado, estaba muerto… lo que no sabían los jugadores era que, si eso hubiera pasado, en unos segundos su alma se levantaría convertida en un segundo espectro farfullante, al servicio del primero.]

Grugnir corrió hacia Shelaiin y sin pensárselo mucho le arreó una buena patada en la espinilla. Aquello tuvo el efecto deseado: la elfa se sacudió el nefasto trance y reaccionó rápidamente, corriendo a socorrer a Tarkathios, aunque rápidamente comprobó que su espada curva no servía de nada contra la criatura espectral. La elfa gritó que las armas corrientes eran inútiles, esperando ser escuchada desde arriba.

Y lo fue. Gaul oyó a su amiga, y bajó la vista hacia su espada encantada de hierro frío, forjada por el legendario herrero enano Durggedin el Negro. Gritó:

¡ELIAN!

Y se tiró por el agujero. El mago gritó una palabra de poder, y la caída del semiorco se ralentizó justo antes de tocar el suelo. Gaul aterrizó en el tenebrarium y sobreponiéndose al tétrico murmullo, cargó contra el ser. Tarkathios, que ni siquiera en su estado normal tenía el suficiente sentido común para retirarse de las batallas perdidas, seguía cuerpo a cuerpo con la criatura a pesar de sus facultades mermadas. Si Shelaiin no hubiera estado protegiéndole, aquel habría sido su fin. Pero ahora, con dos espadas fuertes capaces de dañar a la criatura, la lucha empezaba a dar la vuelta.

Lo mismo ocurría arriba. Mientras Lomborth y Caellum combatían cada uno con una de las cosas viscosas, Sarthorn logró salir del interior de la criatura que se le había tragado. Entonces Elian proyectó una segundo rayo ígneo, calcinándola por completo. Los tres enanos dedicaron sus atenciones a la masa restante, y Elian empezó a disparar proyectiles de luz sólida a través del agujero, que volaron infalibles hacia el espectro del tenebrarium. Finalmente, la espada de Gaul atravesó el núcleo de la entidad, que con un grito reverberante se disipó convertida en jirones.

Por el silencio que llegaba desde arriba, el combate contra las criaturas legamosas había terminado también. Elian conjuró una luz mágica y la envió hacia abajo para disipar las sombras del tenebrarium.

 Al final de la sala, se hallaba un viejo altar, que debería haber representado la victoria de la luz sobre la oscuridad. Sin embargo, su superfície estaba cubierta de innumerables marcas, como si alguien la hubiera estado arañando con las uñas repetidamente. Sobre el altar había un Valoreon cubierto de polvo y extremadamente frágil.  Frente al altar, en el suelo, se podía ver un esqueleto envuelto en ropajes de fraile, con una soga medio podrida alrededor de su cuello, la viga con la que se ahorcó desaparecida mucho tiempo atrás. Sin duda, su alma torturada se había transformado en el espectro al que acababan de enfrentarse.

Registrando el cuerpo, encontraron en su cinto un tubo para portar pergaminos, así como un frasco metálico que aún parecía contener líquido, y un pequeño libro de oraciones. Tras un breve vistazo, Grugnir (que había sido acólito en la iglesia de Barin, príncipe de los ladrones) afirmó que aquellas plegarias no habían sido utilizadas en muchisimo tiempo. Dudaba que ningún clérigo de la era actual las conociera.

[Ese libro permitía añadir a las listas de conjuros de clérigo una serie de conjuros que no forman parte de las reglas básicas de Pathfinder. Según las reglas de la campaña, los personajes durante la creación sólo pueden optar por conjuros y dotes de los libros básicos. Cualquier cosa que se salga de ahí, debe ser encontrada en juego. Ese libro de oraciones olvidadas es un ejemplo de como voy introduciendo en la campaña ese tipo de material… si los jugadores se lo curran para descubrirlo.]

Mientras, Tobruk, siempre curioso, se había acercado al altar. El Valoreon era el libro sagrado de la religión a la que daba nombre, las sagradas escrituras que relataban la historia de la creación del mundo y las gestas de los dioses. Soplando para quitar el polvo, el enano vio que el vetusto libro estaba abierto por el siguiente pasaje:

Cuando amaneció sobre los nuevos y malhadados logros del hombre, el sol salió acompañado de la Hueste Celestial, armada y preparada para la batalla. El resplandeciente Gardron los lideraba, espada refulgente en mano. Y dijo: 

“Gardrath, has pecado contra tu Padre, y grande es Su ira. Pero más grande es aún Su clemencia. Obedece Su última orden, y volverás a ser Su hijo.” 

“¿Y cual es esa última orden, Gardron, Espada Justa, Voz de Adar?” 

“Regresad a Él, tú y los tuyos. Volved a Él y recibiréis el perdón. Regresad a Su Trono, donde os uniréis a Él para toda la eternidad”. 

Gardrath se rió. 

“¿Eso es lo que nos ofrece el Creador? ¿El exterminio? ¡Ésa es Su misericordia! ¡No! ¡No aceptamos el precio! ¡Si lo que Él quiere es nuestro exterminio, lucharemos! ¡Si lo que quiere es aplastar lo que hemos logrado, lucharemos! ¡Este mundo es nuestro ahora! ¡Y por él, lucharemos! ¡Y si no podemos conservarlo, lo veremos arder!” 

Y Gardron se entristeció, porque su hermano había dado el último paso en un camino para el que no había regreso. 

“Sea entonces” –dijo Gardron, sin que el pesar menguara la firmeza en su voz-. “Has dejado de ser hermano mío. Has perdido tu nombre y tu alma. Yo te nombro Groilänth,  el Adversario. Groilänth el Traidor. Por siempre el Oscuro, pues únicamente Oscuridad surgirá de tus actos”.

Y con estas palabras, empezó la Guerra de las Lágrimas.

Mientras tanto, arriba, después de sacar a un Quarion medio inconsciente del interior del légamo, la atención de todos se había centrado en la parte de la pared que estaba cubierta por una lona harapienta. Elian retiró la tela con la punta de su bastón, y dejó al descubierto un antiguo retablo. Aparentemente se había quedado a medio terminar. Estaba dividido en 10 secciones, 9 más pequeñas rodeando a una central más grande. Cada sección parecía haber estado dedicada a un santo o héroe del pasado, pero todas las imágenes estaban desfiguradas y destrozadas, como si alguien hubiera aplicado con saña un cincel para borrar las escenas representadas. Sin embargo, una pequeña inscripción al pie de cada escena era aún visible, tallada en la madera y al parecer recubierta antaño en pan de oro. Las inscripciones decían lo siguiente:

Para Alric de Montadhan, raudo jinete, fino oro y seda verde;

Para Baran, robusto defensor, un recio bastión de ébano y marfil;

Para Hawkwood el sagaz, el peregrino en jade y el plumaje del ave más sabia;

Para Baltek el Fuerte, señor de Redoran, piedras de sangre y la piel de su bestia;

Para el paladín de Calidor, el incienso más puro y el sagrado receptáculo;

Para Taranna Llyr, señora del poder y la magia, hierba de bruja y perla negra;

Para Ferall Dunharrow, el más implacable, buen acero templado en sangre enemiga;

Para Eamon Valnar, de mirada certera, tejo negro y flecha de plata;

Para Perenal el joven, amado por todos, arpa de cedro y llama imperecedera;

Y para Ottger Cathalien, Señor de Alasia, el león blanco en el metal más noble.

No había ninguna duda. El retablo estaba dedicado a Ottger Cathalien y los Nueve Barones de la Fama, los héroes más famosos de las leyendas de Alasia, que se habían enfrentado a las fuerzas de la Llama Oscura y que habían logrado que aquel pequeño vestigio de la antigua Sartia sobreviviera a lo largo de los siglos, una pequeña ascua que ahora el Barón Stephan pretendía reavivar.

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3 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXVI) El Tenebrarium”

      1. Uf, a mí me va a costar contenerme.

        Pero estoy abierto a sobornos a cambio de no matarte ^^

        Por un pequeño suplemento, hasta te ayudo a escapar del resto de enfurecidos lectores. ¡Aproveche esta oferta, nos los quitan de las manos (… y los ahorcan)!

        Le gusta a 1 persona

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