Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXIV) El Misterio de la Mansión del Cuervo

LOS MAPEADORES DEL NORTE

Thaena Sveinsdóttir, guerrera y exploradora korrwyf con sangre de gigantes

Qain’naan, monje enoquiano seguidor de la senda del Fantasma Hambriento

Petrus Cornelius Faust, alquimista andmar recién llegado a Alasia

Assata Silil, conjuradora kushita acompañada de su eidolon panteriforme Shakar

Fray Dervan Oban, clérigo itinerante y bonachón de Uriel

Cosecha 30

La tormenta rugió toda la noche sobre Crawford Manor, como si el cielo protestara con furia por el vil crimen que se había producido entre aquellas paredes. Los cuatro compañeros hicieron caso a las palabras de Sir Inghram, su anfitrión, y pasaron la noche en el aposento de invitados que les habían asignado. Cuando salió el sol, sin embargo, la tormenta era ya un recuerdo, barrida del cielo por completo por los vientos nocturnos. 

A pesar de la amabilidad y hospitalidad  de la familia Crawford, estaban encerrados en la misión, de eso no había duda. Sir Inghram había declarado que nadie saldría de los terrenos de la mansión mientras no se hallara al culpable. Entre tanto, y como no tardaron en descubrir gracias al servicio, tenían libertad para moverse por Crawford Manor y pasar el tiempo como buenamente pudieran. Los cuatro estuvieron de acuerdo: lo mejor que podían hacer era ayudar cuanto pudieran a descubrir al asesino, y así ser libres para retomar su misión.

Iniciaron sus pesquisas aprovechando el copioso desayuno que les había preparado Breanda, la cocinera. La mujer era la máxima autoridad en la cocina de la casa, una estancia presidida por una gran chimenea y absolutamente atestada de mesas, bancas, cestos de ropa, cubertería  y ristras de salchichas colgando y ruedas de queso en sus dos despensas. Allí es donda Breanda sirvió el desayuno a los invitados de la familia. La mujer seguía afectada por lo ocurrido; había sido ella quien había encontrado el cuerpo de Corbett en la torre blanca. Al ser preguntada, les contó que entró en la torre cuando vio la puerta entreabierta, y allí se encontró la tétrica escena. A medio desayuno un puñado de chiquillos entró en la cocina, y Breanda los avió rápidamente con grandes aspavientos, no sin antes darle a cada uno (con fingida renuencia) un gran trozo de bollo de canela. Los niños que vivían en Crawford Manor solían ayudarla en sus tareas, les explicó, y la cocina se usaba también como aula cuando los jóvenes recibían sus lecciones. Los compañeros le preguntaron entonces por Bran, el hijo menor de Sir Inghram, a quien no habían conocido. La cocinera les aseguró que ese chico era un diablillo que no dejaba de tramar travesuras, aunque se le notaba en la voz el cariño que le profesaba. Antes de despedirse de la mujer, no pudieron evitar preguntarle por los cuervos, y la leyenda que giraba a su alrededor. Susurrando como si no quisiera ser pillada diciendo sandeces, Breanda les dijo que desde que era pequeña había oído el rumor de que los miembros de la familia Crawford eran todos capaces de adoptar la forma de cuervos gigantes:

Pero no cuervos malos, oh no. Los cuervos son aves sabias, y vigilantes. Ellos se transforman de noche, cuando nadie les ve, y sobrevuelan estas tierras haciendo buenas acciones y protegiendo la región de las criaturas que merodean en la oscuridad.  

La conversación con Breanda fue interrumpida cuando se escucharon unos golpes en el gran portalón de la muralla. Alguien estaba llamando a las puertas de Crawford Manor, y los guardias apostados le estaban saludando como a alguien conocido. Intrigados, salieron al patio para averiguar quien era el recién llegado. Cuando llegaron, Sir Inghram ya estaba también allí. Caminaba junto al hombre que acababa de cruzar las puertas, tirando de las riendas del caballo que tiraba de su carreta cubierta con lona. Estaba claro que le conocía, y Thaena y Qain le recordaron nada más verle. Se trataba de Fray Dervan Oban, un clérigo itinerante de Uriel conocido en las Tierras Reclamadas por su simplicidad rústica y bonachona. Fray Dervan solía pasar su tiempo de aldea en aldea, prestando sus humildes servicios como guía espiritual a cambio de hospitalidad básica y algo de sustento. Le habían conocido en Falshire, tras acabar con el ogro del molino que mantenía aislada a la aldea. Al parecer, sus viajes también le habían llevado en más de una ocasión a un punto tan alejado de la ciudad como Crawford Manor.

Sir Inghram permitió entrar al fraile, quien había expresado su voluntad de ayudar en la captura del asesino, advirtiéndole que si lo hacía, no podría abandonar el lugar hasta que la situación estuviera bajo control. Como devoto servidor de la Dama de la Rueda y Guardiana del Destino, Fray Dervan afirmó que sin duda la mano de su diosa había guiado sus pasos hasta donde debía estar.

[Fray Dervan se incorporaba así a esta aventura como personaje jugador, un clérigo de nivel 1 con un gran sentido común y una enorme intuición pero de razonamiento simple y astucia aletargada (Int 5). Debería haberse incorporado al grupo en la sesión anterior, cuando los Mapeadores abandonaron la ciudad, pero dado que su jugador no pudo asistir a aquella sesión, decidí aprovechar el concepto de fraile errante del PJ para que el jugador pudiera entrar en juego lo más rápidamente posible.]

Fray Dervan pidió permiso para examinar el cuerpo del difunto Corbett, y Qain fue con él a la capilla de la torre blanca, donde había sido asesinado. Por su parte, Assata, Thaena y Petrus obtuvieron el permiso de Sir Inghram para acceder a la biblioteca de la mansión, con la intención de pasar el día indagando en sus tomos. Así pues, cada parte se dirigió a realizar sus propias pesquisas.

La extraña pareja formada por el enjuto y serio monje enoquiano y el fornido y jovial fraile inspeccionaron el cadáver de Corbett, pero no descubrieron nada que no supieran ya. El hombre había sido asesinado por la espalda, probablemente a traición, y muy salvajemente, mediante incontables puñaladas que le habían dejado la espalda como un amasijo sanguinolento. O bien el asesino se le había acercado sin ser detectado en absoluto, o quien lo había hecho gozaba de la confianza del muerto.

Después de eso, los dos investigadores se separaron también. Qain se dirigió a la herrería que se levantaba junto a los establos, y allí conoció al herrero de Crawford Manor, un gigantón llamado Merle. Qain había decidido ganarse la confianza de los habitantes de la mansión arrimando el hombro para ayudarles en sus tareas. El hombre de pocas palabras le dijo que si quería trabajar, había mucho que hacer en los establos. No era exactamente lo que había planeado, pero el monje dedicó buena parte del día a palear excrementos, apilar heno, cepillar a los caballos y demás tareas de mozo de cuadras. Sin embargo, en los establos conoció a Ramsey, el hijo de Waldron el jardinero. El monje supo congeniar con el adolescente, quien obviamente le habló de las chicas más guapas de la mansión, Alida y Ceirin, la hija del fallecido, que ahora debería asumir el puesto de maestro de armas de su difunto padre. También le contó que Corbett y Merle habían discutido bastante fuerte unos días atrás.

Por su parte, Fray Dervan se pasó el día recorriendo Crawford Manor, escuchando rumores y hablando con el viejo Waldron en el patio ajardinado que se encontraba en el interior de la mansión, pegado tanto a la cocina como a la torre blanca. Mientras enderezaba al viejo espantapájaros, el anciano le contó al fraile que Crawford Manor fue construida por enanos, en pago de la deuda que los hijos de la roca habían adquirido con Sir Bertram Crawford durante las guerras en el norte. Y con un susurro, también le contó que el fantasma de Sir Bertram aún recorría la mansión por la noche, en forma de un gigantesco cuervo. También le dijo que en la biblioteca se encontraba un viejo libro sobre la historia de la casa y de la familia Crawford, por si quería leer más sobre el tema.

Justamente, las horas que el resto del grupo empleó en la biblioteca dieron algunos frutos. Thaena descubrió un libro sobre la lengua enana en el que se encontraba la fórmula de un conjuro que servía para poder comprender cualquier idioma escrito o hablado. Petrus, espantado por el desorden de la biblioteca, se dedicó a crear un inventario de libros y un sistema de catalogación y archivo mientras iba ojeando un libro tras otro, encontró un libro sobre fauna salvaje que hablaba de los ankhegs, los insectos cavadores que abundaban en la región, y que afirmaba que gracias a los dioses no eran lo bastante numerosos para suponer un peligro serio. El libro también hablaba de una criatura peluda conocida como “el hombre salvaje de los bosques”. Gracias a su meticulosidad, el alquimista se dió cuenta que faltaba uno de los libros, que sin duda alguien debía haber retirado. Por su parte, Assata (incapaz de olvidarse del todo de su antigua misión como Portadora del Amuleto), estuvo leyendo todo lo que encontró sobre la historia de Sartia y Alasia, un tema que parecía fascinar a los dueños del lugar. Al hacerlo, descubrió una mención que le llamó la atención, sobre un objeto llamado el Cuerno de Brân. El texto decía que, cuando llegara el momento adecuado, “el Cuerno sonará una vez para despertar a los durmientes, dos veces para llamar a los caídos, y tres veces para el final.” Aquello le recordó la oscura profecía que los maestros Dra’gashi le habían revelado a Adà, sobre que todo empezaría en Alasia, con el sonido de un cuerno. Además el nombre del objeto le había sonado extrañamente familiar, pero fue incapaz de recordar donde lo había escuchado.

Al caer la tarde y acabar la jornada de trabajo, Qain visitó a Merle y le preguntó sobre su discusion con Corbett. La respuesta del herrero fue vehemente.

Sí, Corbett y yo discutimos no hace mucho. No quedó muy complacido con una espada que le hice. ¡Pero asesinarlo! Si sospechas de mí, extranjero, busca en otra parte. No le habría matado ni aunque hubiéramos discutido cada día de nuestras vidas. ¡El que ha hecho esto sufrirá mi ira si jamás le echo el guante, eso lo juro!

Entonces, cuando Qain le aseguró que no creía que fuera culpable, Merle le confesó algo con aire avergonzado. Le juró que, aunque le tomara por loco, había visto algo extraño dos noches atrás, algo difícil de creer: una criatura grande y peluda que corría, ora a dos patas ora a cuatro, por los tejados de Crawford Manor. Añadió que de niño leyó sobre algo parecido en la biblioteca de la casa, pero que estaba seguro de que lo que vio era real y no un producto de su imaginación.

Cuando el grupo se reunió para la cena tras las pesquisas del día, y pusieron en común todo lo averiguado, decidieron ir a hablar con Sir Inghram y Griswell, que habían estado todo el día reunidos en el laboratorio del mago. Mientras cruzaban la antesala que llevaba hasta la cámara,  escucharon como Griswell mencionaba la discusión entre Corbett y Merle, pero Inghram se negaba de plano a creer que el herrero pudiera ser culpable. Los dos ceñudos hombres recibieron al grupo, y juntos comentaron la situación.  Allí conocieron también al familiar de Griswell, un cuervo viejo y grandote llamado Hugo, que el mago describió como “un pajarraco chiflado que siempre habla en rima”.  Antes de retirarse a pasar la noche, Thaena intentó visitar al hijo menor de los Crawford, Bran, pero los aposentos de los jóvenes Crawford estaban bien custodiados por orden de Sir Inghram, y no se le permitió molestar al niño.

Escudo 1

Tras una segunda noche sin sobresaltos en Crawford Manor, los Mapeadores y Fray Dervan prosiguieron sus pesquisas en la mansión. Petrus visitó a Griswell, y el mago le recibió con grandes ojeras y el aspecto muy cansado de quien no ha pegado ojo en toda la noche. Ambos compartieron impresiones sobre las artes arcanas, acordando comparar notas y fórmulas cuando la investigación hubiera terminado. Assata y Thaena descubrieron que Sir Inghram ya había dejado a sus hijos salir de sus aposentos con vigilancia, y localizan al pequeño Bran en el almacén, donde casi son víctimas de una de las pesadas y peligrosas “bromas” del niño, travesura que estuvo a punto de costarles una herida de daga. El niño parecía inconscientemente ignorante del daño que podían causar sus pequeñas trampas, al menos antes de que Thaena se encargara de hacerle ver la irresponsabilidad de sus acciones.

Mientras tanto, Qain (tras casi partirse la crisma en las escaleras por culpa de otra bromita de Bran) se unió de nuevo a Fray Dervan y juntos fueron a la capilla en la torre blanca con la intención de investigar el sarcófago de Lord Bertram y comprobar si realmente seguía allí enterrado. Sin embargo allí se encontraron con Alida, rezando por el alma de Corbett. La joven les dijo que no creía en supersticiones como la maldición de los cuervos, pero aún así les contó un hecho extraño que le ocurrió en la niñez, y que nunca había podido ni olvidar ni explicar.

Hay tanto abracadabra mezclado con las leyendas de los cuervos que me es difícil no ser un poco escéptica sobre la profecía. Pero aún así, hay algo raro en esos pájaros, como el hecho de que nunca atacan ni pican a nadie. Nunca. Y hay algo más, algo extraño que me sucedió una vez. 

Un día, cuando tenía más o menos la edad de Bran. salí sola a remar por el arroyo que hay en los bosques a los pies de la colina donde se alza este castillo. Había sido una primavera lluviosa y las corrientes eran más fuertes de lo que había imaginado. Antes de darme cuenta mi barquichuela ya se había volcado y el agua me arrastraba en mitad del río. Pedía ayuda a gritos, pero había ido sola, no había nadie en los alrededores. Me hundí, debí tragarme como medio arroyo. 

Entonces, de repente, algo me agarró y me sacó del agua, y en un santiamén estaba en la orilla. Miré hacia arriba, y allí estaba, ¡el cuervo más grande que jamás he visto! ¡Podría haber izado a un hombre adulto en cada una de sus garras, imagínaos a mí! Pero rápidamente desapareció sobre las copas de los árboles. Volví a casa empapada como una rata de aguas. Breanda me dio un baño caliente, y mi padre una monumental reprimenda.

Entonces llamaron a la puerta de la torre blanca, y la cabeza de Ramsey se asomó tímidamente, preguntando por su padre. El viejo Waldron no había sido visto desde la noche anterior, tras su charla con Fray Dervan. Aparentemente, había desaparecido de la faz de la tierra.

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9 comentarios en “Crónicas de Alasia, Libro 2: (XXIV) El Misterio de la Mansión del Cuervo”

  1. Me chifla esta historia detectivesca. Siempre me resulta difícil rolear historias de asesinatos y detectives. La complejidad está en hacer unos PNJ sólidos y creíbles, tanto como ir dejando pistas que no sean obvias, pero tampoco pasen desapercibidas.
    ¿Cómo lo hiciste tú?

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  2. Pues no fue la señora Fletcher, pero en este caso sí tuve ayuda: se trata de una aventura que no es de creación propia insertada en el sandbox. No diré la fuente de momento porque los jugadores merodean por aquí y aún no la hemos terminado… pero me gustó precisamente por como gestiona esos elementos en un entorno tipo D&D.

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    1. Pues a veces sí jajaja. Sobre todo cuando al rato de escribir la entrada alguien me dice “es que eso no fue así”, o “el que mató al bicho fui yo”… Pero bueno, son flexibles, y también ayuda tener más mentes recordando detalles de las sesiones que a mí se me podrían olvidar a la hora de escribir.

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    1. Bueno, me temo que os tocará esperar un poquito más… Yo asumo todo, claro, pero es lo que tiene relatar partidas, ¡no puedo escribir lo que aún no se ha jugado! Y por razones que veréis en un par de semanas, uno de los grupos se ha estado llevando casi todas las sesiones últimamente…

      ¡En Canción de Hielo y Fuego los cliffhangers son por mala leche, aquí son por necesidad! XDDD

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